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Audrey te regala un par de guantes

"Sometimes dreams come throot", dijo Garci cuando recibió su Oscar. Y es verdad. Audrey Hepburn reaparecio en tu vida y te mando un par de guantes...

“Sometimes dreams come throot”, dijo Garci cuando recibió su Oscar. Y es verdad. Audrey Hepburn reaparecio en tu vida y te mando un par de guantes…

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La vida es un descubrimiento constante. A los dieciséis  años comprendiste que Menéndez Pelayo era algo más que una calle ancha que bordea El Retiro por el lado este  y empalmaba con  General Mola. Don Marcelino era un señor orondo y barbado que aparecía en el Díaz- Plaja, tu manual de literatura, que le cuadraba como prototipo de sabio. El sabio acababa en la calle Alcalá y daba paso al soldado, que seguía su camino hacia el note de Madrid.

A  Mola  le apeó del callejero la democracia, por haber sido el director  del golpe militar del 18 de julio y el jefe del Ejército del Norte. La gente nos quedamos siempre con el detalle más importante de las biografías, sin caer en la cuenta de que estas a veces pasan por alto guiños curiosos y desconcertantes. Hace poco leíste que el generalote de gafas de culo de vaso –debía de sufrir miopía-, además de dirigir las operaciones militares con mano de hierro, oh paradojas, se entretenía en fabricar juguetes de invención propia, y además dejó escrito un manual de ajedrez. O sea, que su temible personalidad escondía también una cuota de inocencia y, como se le supone a todos los  pomares, fischeres y karpoves de este mundo, de culto a la inteligencia. Quién lo diría.

El sabio santanderino en cambio resultaba menos contradictorio. Un extravagante plan de estudios del  momento (todos los planes de estudios, por uno u otro motivo, acaban siéndolo) había decidido que el  curso  Preuniversitario con el que te despedías del colegio se dedicara a temas nonográficos. Mira que te gustaba ya literatura, y que hay talentos en los que podías haber puesto tu atención con el mayor interés. Pero alguna lumbrera del Ministerio de Educación Nacional decidió que te olvidaras de todo y  estudiaras en profundidad la figura del polígrafo don Marcelino Menéndez y Pelayo, y en especial su Historia de las ideas estéticas, que es justamente el tipo de apasionante libro de bolsillo que un chico de dieciséis años se lleva a la cama como lectura preferida. Qué rollo de curso. Sólo aprendiste que aquel ilustre era un lector infatigable, que orilló el amor –aunque las malas lenguas le acusaran de putero- porque le quitaba tiempo para la lectura, y que sintiéndose ya cerca de la muerte se lamentaba así de la vita brevis.

 –¡Qué pena morirme, cuando me queda tanto para leer!

Vamos, que lo leía todo.

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Tú no has leído tanto, a pesar de que la televisión apareció en tu vida cuando ya no eras un impúber. Pero eres un ratón de diccionario, un tipo que desde hace muchos años, cuando no entiendes una palabra tiras de él y te ilustras para comprenderla. Y tienes memoria para recordar donde hallaste aquella palabra enigmática que te llevó al diccionario. Descubriste barboquejo en El candor del padre Brown, de Chesterton, la  palabra teso en alguna novela de Delibes, borborigmo en Contrapunto de Huxley y metempsicosis en alguno de las sesudas páginas de don Marcelino. Sabes lo que estos vocablos raros significan  porque te fastidia desconocer las múltiples palabras que uno emplea diariamente a humo de pajas. Y no recuerdas a cuento de qué fue, pero sí que metempsicosis es la doctrina según la cual las almas, después de la muerte transmigran a otros cuerpos.

Tal vez fuera eso, la metempsicosis, lo que necesitabas para explicar ese extraño suceso o ese pequeño y maravilloso milagro que te aconteció hace sólo unos días.

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Vas contando tu vida post tumoren porque piensas que puede ser una terapia más para el regreso a la normalidad. En esa normalidad de cabeza poco ordenada, ya lo contaste, perdiste un guante en el autobús. Le añadiste a la historia, completamente banal, algo de sal y pimienta de propia Minerva. ¿Por qué no podría haberlo encontrado una dama encantadora? ¿Por qué no podía ser esta tu adorada Audrey Hepburn, que veinte años después de su muerte, sigue siendo una inmortal?…

Hace poco leíste una novela de Juan José Millás titulada El mundo en la que el autor recordaba haber paseado en su infancia por un barrio donde se cruzaba con los muertos, como si estos siguieran gozando de buena salud y salieran de sus tumbas a tomar el fresco. El niño de El sexto sentido, película que alcanzó mucho éxito, veía muertos como quien contempla el vuelo de una mosca, y no digamos los niños de Los otros. De cuando en cuando el hombre se fatiga de racionalidad, y le da por crear mundos en los que la frontera entre la vida y la muerte se desdibuja. Tanto, que casi acabamos creyéndonoslo. La ciencia tampoco se duerme por buscar lo imposible. Lo último que te ha sorprendido en este sentido es que hay un científico que está dispuesto a embarazar a una mujer –robusta y de anchas caderas la tiene que buscar- con espermatozoides obtenidos no se sabe cómo para que nazca de su vientre ese homo sapiens con cara de bestia que hasta ahora sólo conocíamos en su versión digital.

Tu historia podría ser un caso de esos, o incluso de metempsicosis. Pero queda más bonito interpretarla como si fuera un cuento de aquellos que convertía en películas inolvidables Frank Capra.

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Pues a los dos días de subir el post del guante perdido, un mensajero se personó en tu palomar y te hizo entrega de un gran sobre. Lo abriste y encontraste en su interior una fotografía de 42 x 30 de la mismísima Audrey mirándote fijamente a los ojos, como si viniera  a tu casa para ajustar todas las cuentas sentimentales pendientes contigo desde hace tantos años. No era su mirada lo único que te impresionaba. La foto venía envuelta en un papel de celofán transparente, que sujetaba contra el papel, cruzados sobre los delicados hombros de aquel ángel inmortal, dos guantes de piel para hombre junto con este escueto mensaje:

Un beso

                                             Me los encontré…¡¡en el metro!!

Te acordaste de la frase de José Luis Garci cuando recibió su Oscar y quiso agradecerlo con su desastroso acento inglés de la calle de Narváez: Dreams sometimes come trooth. Te quedaste pasmado, maravillado del ingenio y la ternura de Audrey para sorprenderte. Y estabas tan nervioso cuando fotografiaste su envío con la cámara de tu móvil que el pulso te temblaba, y con toda seguridad, la foto nunca podrá expresar el profundo agradecimiento y la incontenible emoción que te produjo ese regalo del más allá.

Bendita metempsicosis, o lo que sea. Y casi bendito el tumor, que tiene a tantos ángeles de la guarda pendientes de hacerte la vida feliz.

El nefasto día en que murió Liz Taylor

A Homper le gustaba sobre todo aquella Elizabeth Taylor anterior a Cleopatra. Parecía más cercana y asequible que la gran estrella en que se convirtió luego...

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De repente, a su edad, Homper había descubierto las tertulias. No tenía demasiada experiencia en tertulias. Siempre había sido un hombre inquieto, culo de mal asiento, ir de aquí para allá, hocicando en terrenos distintos, entreteniéndose en ver cómo la vida se trenza o se desfleca. Muchas labores y aficiones diferentes, aunque todas propias de su sexo y condición.

Nada humano me es ajeno –dijo el primer día de tertulia en plan solemne, así como para marcar estilo.

Sus amigos le miraron tan estupefactos como solía quedarse Homper por casi todo. No se le esperaba sentencia semejante. Homper se apercibió  de ello y se avergonzó profundamente de haber sido tan poco original.

-Hoy voy a pedir Calisaydijo en la tertulia de ayer. Y sus amigos le volvieron a mirar con los ojos como platos.

-¿Por qué se te ocurre semejante cosa?-le preguntó Dionisio- ¿Conoces a alguien que conozca a alguien que conozca a alguien que tome Calisay?

-Lo tomé una vez hace cuarenta años y me pareció el licor más detestable que he probado nunca-Homper se puso muy serio- Y quiero estar verdaderamente triste para brindar en memoria de Elizabeth Taylor.

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En las tertulias se dicen muchos lugares comunes, pero hay que enunciarlos con clase y buena dicción. Dionisio, por ejemplo, estuvo muy afinado cuando después del primer sorbo de su café dejó caer algo verdaderamente original y trascendente.

Hollywood ya no es lo que era.

Pedro, otro tertuliano que había sido un destacado financiero y tenía muy buena cabeza, lo ratificó. Recordó que hacía tan sólo dos o tres semanas había muerto Jane Russell, una de sus debilidades eróticas más turbadoras.

-Una apoteosis de curvas –matizó- ¿Sabéis lo que dijo Bob Hope a propósito de sus encantos? Pues dijo que la inteligencia de un hombre se notaba cuando era capaz de hablar de Jane Russell sin mover las manos. Eso es lo que dijo.

Gerardo terció recordando que la que estaba verdaderamente buena de Los caballeros las prefieren rubias no era Jane Russell, sino Marily Monroe, a lo que Arturo, otro tertuliano, apostilló otra frase para la historia.

-Lo cortés no quita lo valiente, Gerardo. Es verdad que Marilyn estaba buena, pero Jane Russell estaba buenísima.

Todos los tertulianos rieron. Pero a Homper le resultó imposible, porque acababa de degustar el Calisay y el paladar le exigió cara de naúsea.

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La tesis de Homper es que otras guapas, como Maureen O´Hara, podían haber sido camareras de esas que sirven corderos asados en un mesón castellano. Gene Tierney, belleza incomparable, era su farmacéutica favorita. Eleanor Parker, Grace Kelly o Deborah Kerr pedían ser princesas imperiales o hadas. Según él, Sandra Dee, Debie Reynolds y Leslie Caron nacieron criaturas de cajita de música: se abría la tapa, sonaba el Danubio Azul y giraban pizpiretas luciendo sus maravillosas caderas enfundadas en tutú. Cyd Charisse marcó el canon de las piernas perfectas. Ava Gardner, el esplendor de la carnalidad. Rita Hayworth le disputaba a la O´Hara el reinado de la pelirrojía, pero añadía el plus de lo pecaminoso del que Maureen carecía. Virginia Mayo, Lana Turner y hasta Kim Novak simbolizaban el erotismo cursi.

-Pero luego estaban las que uno quería que fueran sus primas o sus vecinas de arriba: Vivian Leigh, Pier Angeli, Natalie Wood, Jean Simmons. Y la primera Elizabeth Taylor.

Por encima de todas reinaba para Homper  la imponderable Audrey Hepburn. Pero no podía olvidar los ojos (¿de verdad violeta?)de aquella chica judía de Ivanhoe que le enamoró cuando era un párvulo inocente.

-Luego, a medida que engordó y cuajó en gran diva, también se hizo más cursi- dijo mientras apuraba el castigo de la copa de Calisay- Pero es lamentable: ya no quedan estrellas de la época dorada de Hollywood.

Los compañeros de tertulia coincidieron en un suspiro de nostalgia.

-Bueno –precisó Dionisio- Para ser justos, queda el viejo Kirk Douglas, pero no es lo mismo.

-No es lo mismo, no-subrayaron  a media voz los tertulianos.

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La nostalgia, más que un error, es una desgracia. Y las desgracias nunca vienen solas. Rafael puso sobre el velador un ejemplar de EL MUNDO y apuntó a la última noticia de su portada.

-Practicar sexo o deporte de modo esporádico eleva el riesgo de infarto-leyó en voz alta.

Silencio y gestos de preocupación.

-Lo que nos faltaba para mirar al futuro con optimismo- concluyó Homper mientras se levantaba de la mesa y se ponía la gabardina.

Hay días que deberían haberse borrado del calendario antes del amanecer.

Injubilables felices

...Como Angelillo, que no es este, pero podría serlo, aunque él sea más de montaña que de mar.

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Botín tiene 76 años, pero es feliz levantándose a las 6´30 de la mañana y reuniendo a directivos de altos bonus cuando aún no les ha dado tiempo de quitarse las legañas. A Tomás Fuertes, presidente de El Pozo, lo que más le apasiona es estar al pie del cañón. ¿Querrá decir que se pondrá el mono y los guantes y bajará a la fábrica a embuchar charcutería, que es lo suyo? Amancio Ortega, 76 años, dice que seguirá trabajando hasta el final. Nadie sabe cuánto vale su minuto de actividad. Teresa Rivero, 75 años, es presidenta del Rayo Vallecano, equipo de fútbol cuya plantilla lleva varios meses sin cobrar por la mala cabeza de la familia Ruiz Mateos. Reconoce que está mayorcita, no que su familia es incorregible, pero afirma estar encantada con sus ocupaciones. Plácido Domingo, 70 años, ya avisó desde el palco del Real que seguiría cantando mientras le quedaran fuerzas. Mejor que cante, porque hablando se pone un poquito cursi. “Podría vivir sin trabajar”- dice Francisco Ibáñez, el creador de Mortadela y Filemón“pero la vida sería demasiado aburrida”.

En el último dominical del periódico El Mundo se han juntado cien injubilables felices y nos cuentan su porqué. También los hay sin cara conocida: Celso González, un ganadero que prefiere cuidar sus animales que pagar a alguien por ello, Mª del Carmen Rodríguez, dueña de una zapatería, Juana López, carnicera, Lourdes Soriano, monja. Podría interpretarse como un reportaje pagado por el gobierno para ir acostumbrarnos a la idea de que jubilarnos más tarde es prolongar ese estado de felicidad que parece dar el trabajo. No subraya lo fundamental, lo que de verdad explica por qué no quieren retirarse. Y es que todos trabajan o en su empresa mercantil o en su empresa vital, que otros llamarán su ego. Qué curioso: los albañiles y jornaleros por cuenta ajena no aparecen en la lista, ¿por qué será?

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Tampoco aparece Ángel Serratosa,  80 años cumplidos justamente ayer, natural de Ronda, casado felizmente con la prima Carolina, más conocida como Chita, y residente en Barcelona. Padre feliz  de siete hijos, abuelo y bisabuelo de incontables criaturas, se jubiló después de una larga carrera en la empresa Tassada y Beltrán, y desde entonce es  activista puntual en Intermón. Como tantos jubilados que no salen en los papeles sigue en activo, aunque un proyectito de agua potable en un país subdesarrollado de la ONG en la que colabora sea menos vistoso que los dividendos de Botín o las tiendas que abre a diario el dueño del imperio ZARA.

Angel hace honor a su nombre, y no lleva alas porque las alas se planchan mal, no hay quien les marque la raya, y él es extremadamente pulcro y presumido. A su padre le fusilaron en Ronda cuando la memoria histórica se empezaba a escribir con sangre. Pasa de puntillas por esa cruel espina que se clavó en su niñez, y no se le conoce una expresión de odio ni tampoco una secuela que haya sesgado su natural bonhomie. A veces llega a irritar, porque no critica nunca  a nadie. En sus ratos libres  pasea,  pinta, lee y va a exposiciones. Un experto en felicidad diría que su biografía es un éxito, pero ni siquiera él está libre de imperfecciones. Lleva más de medio siglo en Barcelona, y es tan políticamente correcto que hace lo posible por hablar el catalán.

Ziz plau –le dice al kiosquero con su lengua rondeña un poquito zopaz– ¿E que me donaría La Vanguardia?

Es su máximo logro en la lengua de Espríu. Bienaventurados los que tienen buenas intenciones.

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Una de las grandes satisfacciones de Angelillo, como se le conoce en familia, es haber rehabilitado la massía que heredó su mujer en la Pobla de Lillet. Por ahí aparece de vez en cuando este bloguero y pasa unos días inolvidables con sus primos y con parte de su numerosísima tribu, porque en la casona de piedra no cabemos todos.  Ahí tiene su fuente el Llobregat, desde ahí se ve el impresionante peñasco de Pedraforca y se avistan al norte las lejanas crestas de los Pirineos. Cerros, valles, aire puro, montañas nevadas al fondo. Uno se acuerda de  cuando se quedaba embobado mirando la ilustración de la caja de lápices de colores Alpino, con aquel cervatillo triscando por paisajes como el de la Pobla. Angelillo y la prima Chita han repartido mucho oxígeno entre el personal que los conoce.

Un día paseaba con ellos por el monte y Angelillo se plantó ante un enorme pino negro.

-Mira qué ejemplar- dijo con evidente orgullo- Es el mejor de este monte.

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Quiso este duende entonces escribirle un poema de esos pretenciosos que hablan de la realidad y el símbolo, la aguja impasible que, en el frío del invierno o bajo el sol abrasador de agosto, sigue cosiendo el cielo y la tierra, la realidad y el sueño, el ser y el deber ser, la materialidad y la inmortalidad del alma. El gran  pino negro de la Pobla, directo desde las raíces de la tierra hasta hacerle cosquillas con las ramas de su punta al mismísimo Dios. Un trasunto arbóreo del Angelillo.

Quiso escribirlo y dedicárselo a este buen hombre que, aún no saliendo entre los injubilables de la lista de El Mundo, tampoco quiere dejar de trabajar. Aunque sólo sea  en el noble afán de hacer la vida más amable a los demás. Así que hoy lo escribe este bloguero no en verso, sino en prosa deshilvanada, con el simple deseo de felicitarle por ser un ochentón aún tieso, sonriente y positivo, bien planchado  y exportador de felicidad.

Galletas del alma por Navidad

Si no hubiera Navidad, habría que inventarla y darle las gracias por venir...

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Un ejecutivo de empresas que tenía que tomar un avión entretuvo su obligado retraso comprando los periódicos y un paquete de sus galletitas saladas favoritas. Se sentó a leer frente a la puerta de embarque, dejó su bolsa de viaje en el asiento de al lado y mientras hojeaba el repertorio de amarguras que últimamente suministran los papeles, abrió mecánicamente el cartucho de galletas y empezó a comérselas. Al poco, advirtió que otra mano procedente del asiento siguiente al de la bolsa iba haciendo lo mismo que la suya. Esto es, se alargaba hasta las galletas, cogía de cuando en cuando una y se la llevaba a una boca que, por el momento, el viajero ni siquiera había mirado.

Al principio no le dio mayor importancia. Pensó que sería un despiste y continuó comiendo sus galletas mientras seguía leyendo sus periódicos. Pero ante la insistente desfachatez de aquella mano que no cedía turno, no pudo resistirse y torció su cabeza buscando ver la cara al ladrón.

-Me lo temía –se dijo con resignación- Es el signo de los tiempos…

Sus sospechas se confirmaron. La mano furtiva pertenecía a un joven mochilero con barbas y pendiente que, impávido, se aprovechaba de él para aliviar su gazuza o su aburrimiento. Se indignó sobremanera, pero pensó que no valía la pena provocar un incidente por unas galletas saladas. Sólo se tensó cuando ambos llegaron a la última galleta. Entonces el joven la partió por la mitad, tomó la que creía que le pertenecía y, sin decir palabra, se levantó de su asiento y se fue.

El cabreo del ejecutivo contra aquel pícaro de aeropuerto sólo cedió cuanto tuvo que subirse al avión. En ese momento, al abrir su bolsa para sacar la tarjeta de embarque, se dio cuenta de que el cartucho de galletas que había comprado en la tienda permanecía intacto donde lo guardó, y que era él con su despiste quien se había aprovechado de la generosidad de un mochilero al que ni siquiera dio ni las gracias.

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La anécdota se la contaron al Duende hace unos días, y éste se le quedó grabada porque parece un cuento de Navidad de nuestro tiempo. A los cristianos nos enseñaron que esta es una fiesta para compartir. Y se puede compartir de todo con todos. Van pasando las navidades de nuestras vidas y, a falta de tiempo y de recursos para compartir algo con las personas a las que uno quisiera susurrar un cálido feliz Navidad a la oreja – afortunadamente son muchas- uno sueña con  Dickens para dejarles al menos una emoción o una sonrisa.

Dickens, please. Échale una mano a este duende.

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Nada, o quizás algo así, tiene que ver esto con lo que pasó por él durante la última experiencia musical que vivió el domingo en el Monasterio de Yuste, donde, con la Orquesta y el Coro del CEU cantaba El Mesías de Haendel. Leer una partitura te permite, entre otras cosas, entender textos que normalmente, y más cantados en coro, permanecen ininlteligibles para el oyente. La gran música coral gusta y conmueve, pero raramente se entiende. Este bloguero ni sabía que existía la palabra zaragatero (bullicioso, zalamero) hasta que tuvo que cantar la Mazurca de las Sombrillas de Luisa Fernanda. La había oído antes mil veces, pero, sencillamente, no la había escuchado con claridad. Mucho menos El Mesías, cuyo libreto original es en inglés del siglo XVIII.

Y sin embargo, a fuerza de repetirlo en los ensayos y por una triple coincidencia, doce palabras, doce, se le van a quedar  prendidas con imperdibles en el corazón de esta Navidad.

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Por la mañana había recibido en su correo una felicitación de su entrañable Inés Velasco y Vidal-Abarca, que ha sido siempre, el espíritu de la Navidad con faldas. Alegre, positiva, generosa, encantadora. Una joya de mujer. Casualmente, menudo contraste, luego el Duende se topaba en  las páginas de El Mundo con un dramático reportaje sobre la muerte del Jesús Velasco Zuazola, su padre. Los hijos que mordió ETA, pretitulaba el periódico. Inesita sólo tenía doce años cuando los terroristas tirotearon y asesinaron al comandante Velasco tras dejarla  a ella y a sus hermanas en el colegio.

Finalmente por la tarde, después de haber cantado el Aleluya que celebra la resurrección de Cristo, este bloguero seguía emocionado una de las arias más bellas del Mesías, aquélla en la que tenor y contralto se alternan cantando unos versículos de la Epístola a los Corintios: Oh death, where is thy sting? Oh grave, where is thy victory? (Oh, muerte, ¿donde está tu aguijón? Oh, tumba, ¿Dónde está tu victoria?) Estas doce palabras le hicieron meditar. Se acordó de los injustamente arrebatados por el asesinato, como el padre de Inés. Y de su amigo Félix, que se fue tres meses atrás por culpa del cáncer. ¿Murieron realmente, con tanta vida como nos han dejado a su paso?…

Qué suerte ser un cristiano, aunque sea nebuloso, y poder recibir el mensaje vitalista de la Navidad. Y qué emoción compartirlo con tantos, como si fueran esas galletitas saladas que el mochilero ofreció en el aeropuerto sin decir esta boca es mía. Afortunadamente, seguirá habiendo cuentos de Dickens a todas las escalas. For ever ande ver, como se canta en el Aleluya.

La vida puede ser maravillosa


"Carpe pajaritum", podríamos decir. Porque si te metes en profundidades...

"Carpe pajaritum", podríamos decir. Porque si te metes en profundidades...

Cuántos amaneceres y atardeceres podría prestarle el Duende a los estetas. Y no necesitaría más que los de esta otoñada. Ayer tarde, sin ir más lejos. Ven, Escarlata, guapa, mira hacia poniente y vuelve a soltar tu frase: a Dios pongo por testigo…Era verdad. Qué brasas tan maravillosas las que parecía haber dejado el sol al acostarse tras la sierra de Gredos. ¿Quién puede comprar eso? Y estaba allí, gratis, a disposición de cualquiera que se parase y orientara su mirada al último resplandor de un hermoso día.

Y, dicho esto, cuántas amarguras, cuántas preocupaciones y cuántas penas. Un nuevo amigo  visitado por la enfermedad innombrable aquí, otro más despedido a la vuelta de la esquina, aquella buena amiga con depresión, ésta de cabeza porque su hijo se le escapa de las manos e inicia un camino de final imprevisible…El impacto que acusa la conciencia del Duende no siempre es proporcional a la importancia de lo que lo provoca. En el mismo fin de semana en que  se clamaba en forma multitudinaria por el derecho a la vida –qué tranquilidad no ser diputado para no votar ese proyecto de Ley del Aborto por fidelidad a la disciplina de partido-, un reportaje del periódico dominical le astilla sus escrúpulos de buen ciudadano. No es que arda el subsuelo de las Tablas de Daimiel porque la avidez de desarrollo ha secado las fuentes de lo que antaño fue laguna, que ya es preocupante. Es que ha leído en EL MUNDO que miles de caballos a lo que sus dueños no pueden o no quieren ya mantener desfallecen de hambre. Es la sequía más la crisis. Las fotos de estos pobres animales escuálidos, algunos de ellos agonizantes y ya picoteados por alguna rapaz impaciente, le atormentan, por insólitas, tanto o más que las de esas víctimas de los talibanes suicidas que hacen estallar bombas. Qué sensiblero e injusto es el ego. Puede que el día en que el mundo conoció el estallido de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, a alguien conocido le preocupara más un uñero en el dedo gordo de su mano derecha.

La vida puede ser maravillosa, decía Andrés Montes como muletilla que sonaba a insustancial. Quizás se lo creyera, pero se ha muerto a los veinte días de ir a esa escombrera donde desgraciadamente cada día se encuentran más parados.  El Duende agradece ser ciclotímico fugaz, o funámbulo por el filo de la vida que es como el filo de la sierra. En el pico más alto, se alimenta de atardeceres, de nietas, de dulce de membrillo, de algunos recuerdos y del humilde carbonero, un pajarillo precioso que ayer trinaba –vaya usted a saber por qué- como si fuera primavera. En la sima, se duele por cualquier cosa, se desespera porque en su cajón cada día aparecen más calcetines desparejados  o `porque, una vez más, le han cortado  el agua a mitad de ducha. Cuando la sima es más profunda de lo habitual, también se preocupa por el día de mañana, palabra.

La vida puede ser maravillosa. O una mierda, según se mire. El Duende no puede dejar de verla así, como un intermitente que salta del rosa al negro, las veinticuatro horas del día. Y entonces agradece mucho no ser Schopenhauer, sino un superficial que se desliza por el devenir como una pastilla de jabón ya gastada, que se escurre, se va diluyendo y cualquier día se va definitivamente por el sumidero. Pero eso sí, sin darle importancia. ¡Viva la superficialidad!

…Y, para desengrasar, chocolate

Tableta de chocolate

(Foto de pablokdc)

No sabe el Duende por qué le gusta tanto el chocolate. Quizás porque fuera la golosina por excelencia en la España de posguerra, sobre todo si se hacía con azúcar refinada y no dejaba en los molares la desagradable sensación de que masticabas tierra. Cierto que en otro post se trató del tema, pero si dicen que todos los escritores  reescriben siempre su único libro, qué no va a hacer un chatarrero de observaciones. Pues eso: volver hoy sobre uno de esos placeres que la Iglesia de Roma nunca catalogó como pecado, por más que  le de a uno tantas satisfacciones como algunos de los que prohíbe el sexto mandamiento.

  Chocolate, chocolate, qué delicia. En las noches de orgía, el aprendiz de Duende, en lugar de soñar que perdía en la topografía rubia y exuberante del cuerpo de Anita Ekberg  o de Sofía Loren, que eran las tentaciones de la época, imaginaba que se podía despachar a solas una tableta de chocolate y almendra de Elgorriaga. Desgraciadamente, la ración de la merienda -pan con mantequilla y chocolate, era la oficial de su casa- era una onza, medida que, además de al chocolate, sólo ha visto aplicarse al oro. Y es que, en la escala de valores de entonces, el chocolate servía para calibrar la riqueza y, por ende, la felicidad. Uno lo asociaba al oro de Moscú, creía que  el tío Gilito acumulaba, sobre todo, chocolate y que algunas de las habitaciones del suntuoso palacio de los March en la calle de Lista estaba literalmente llena de chocolatinas, bombones y tabletas. Por cierto, este fin de semana un reportaje de EL MUNDO que firma Esteban Urreiztieta atribuía a un sicario del magnate mallorquín el asesinato del presunto amante de su esposa,  un joven apellidado Garau, que murió de dieciséis puñaladas en 1916. Y el Duende inocente, pensando que el mayor delito del financiero mallorquín sería acumular chocolate sin repartirlo con los chiquillos del barrio.  Además, una prima suya -del Duende, no de March ni del asesinado- llamada Pili, fue durante una breve etapa dependienta de una bombonería. Y desde entonces, la miró siempre de otra manera, como a una santa que hubiera estado en contacto con Dios, aunque la esencia de Dios fuera sólo cacao y azúcar. La imaginación infantil.

 Se ignora cómo era el chocolate de la casita que sedujo a  Hansel y Gretel, pero el canon chocolatero del Duende habla de un chocolate negro, con un máximo del 80% de cacao. Por encima de  ese porcentaje uno siente la boca como si hubiera engullido alquitrán. Le gusta tanto el chocolate que le sobran sus maridajes, aunque los soporta bien, y los agradece incluso, cuando son con frutos secos  y trufa oscura o praliné de café. No comparte en cambio el entusiasmo por el famoso After Eight, porque le sabe a relleno de pasta de dientes, y cree que la mayoría de las fórmulas sofisticadas que ha probado en las bombonerías de última generación no hacen sino estropear una delicatesse que estaba muy bien inventada.

 Forest Gump decía, no sin razón, que la vida es una caja de bombones, y a saber qué  depara el que tú eliges. El Duende se levanta todos los días implorando que no le toque el de licor, que es, a su juicio la mayor perversión  y la más desagradable sorpresa que puede ocultar una delicia.  Woody Allen metió en su infierno particular al inventor de los muebles de metacrilato, y el Duende añadiría al sádico que  profanó el chocolate  mezclándolo con marraskino, anisette o licor de café. Puaff, puaff…

 Pero no quiere extenderse en más atrocidades, porque llevaba muchos post en plan cursi o de pretendida trascendencia bucólico-sentimental. Y hoy, pásmense, traía a colación el chocolate, más que nada, para desengrasar…¿Lo entienden? 

Zapatero, entre el biscuit y la gloria

Jose Luis Rodriguez Zapatero

Va a ser verdad que es un Cristo agnóstico, o un Gandhi que en lugar de yogur y cañamones se alimentó de cecina, o el neoignaciano laico impaciente, o Merlín el encantador, o el padre Damián de Molokai redivivo y rebozado en mayo del 68, o el gran Houdini, o la versión moderna del buen samaritano, o un Harry Potter asistente social.

Va a ser cierto que lleva dentro la panacea de todos los males, el secreto de la piedra filosofal, la quintaesencia de la bondad humana, el poder de fascinación del flautista de Hamelin, el germen de la Utopía futura. De otra manera no se entiende que alguien con tan excelentes condiciones para haber sido director de comunicación de una gran empresa, presidente de una cadena hotelera, embajador -aunque necesitara mejorar su inglés-, catedrático de Teoría de las Ideas Justas (entiéndase como se quiera), profesor de arte dramático y declamación, psicólogo para autoestimas decaídas y poeta ganador de juegos florales haya caído en eso tan vulgar que es la política. No se le conoce ningún puesto ejecutivo antes de ser secretario general de su propio partido. Ni siquiera jefe de ventas de un concesionario de Renault. Pero ahora es el presidente del gobierno, que encarna el poder ejecutivo. O sea, es el mandamás. Y, a tenor de los últimos debates, parece que va a seguir siéndolo.

El último elogio se lo ha escuchado el Duende a Lucía Méndez, subdirectora de EL MUNDO. Según ella el presidente Zapatero es, además de referente de virtudes cívicas y sociales, modelo de telegenia, buen orador y portavoz universal del humanismo pata negra. Y, por añadidura, guapo. Esto no se lo habían dicho ni a Adolfo Suárez, que fue buen mozo, ni Felipe González, con sus morritos tan sensuales, ni a Leopoldo Calvo Sotelo, la dignidad de la esfinge que tan bien caricaturizó Peridis. Tampoco se lo habían llamado a José María Aznar, a pesar del morbo que a algunas de sus fans les inspira su cabellera de madelman. Nadie ha levantado la voz llamándole a Lucía feminista por el piropo. Si piropeas a una chica ahora eres un machista, y lo de machista es malo. Pero en cambio lo de feminista tiene connotaciones sociales muy positivas, aunque la fémina considere en este caso lo mismo que los hombres apreciábamos antes en la hembra y ahora nos guardamos por si las flyes. Diga usted que María Teresa Fernández de la Vega es una hermosura de mujer y verá cómo se mosquea el patio. Bueno, quizás tampoco hay que pasarse en el elogio.

Porque hoy éste queda para la figura del presidente Zapatero. Alguien le rebautizó como Bambi cuando apareció en la escena política. Unos dicen que fue Raúl del Pozo, otros que Alfonso Guerra, y Javier Capitán sostiene que fue el Duende impostando la voz de aquél en una jornada de Gran Carnaval. El caso es que, fuera quien fuera su bautista, el inocente cervatillo se esfumó, y aún sin perder la mirada de criatura de Walt Disney se ha resabiado lo suficiente como para levantar sospechas en la otra media España que no le jalea con entusiasmo.

Rajoy, por supuesto, no será menos imperfecto. Pero su falta de telegenia, su mirada extraviada y hasta esa ese que se le deshilacha en la boca juegan en su favor. Con mejor o peor tino, y posiblemente con la misma dosis de demagogia, si convence será a pesar de su falta de encanto. De ese encanto empalagoso que le sobra Zapatero, un político mucho más difícil de batir que lo que en principio sugería su relamida estampa de príncipe de cuento o de figurita de biscuit.


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