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Sonrisas y lágrimas y otras cantinelas que triunfan

Algunas cantinelas de “Sonrisas y lágrimas” son tan tontas y, no obstante, tan resultonas como muchas de las que se escuchan en política…

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Leer periódicos, ver la tele o escuchar la radio va a ser lo que era escribir en tiempos de Larra. O sea, llorar.

En medio de la confusión universal– ahora no hay sabio que sepa cómo sacar al mundo del atolladero- lamentablemente España se ha convertido en el valle de lágrimas que cantábamos en la salve. Qué ojo el de aquel profeta maragato que diagnosticó que estábamos en la Champions de la economía. Las cosas no fueron exactamente así, y después de las sonrisas complacientes vinieron las lágrimas. Lloramos por nuestra ruina, por la osadía de nuestros profetas, por la incompetencia de nuestros sabios, por la irresponsabilidad de nuestros políticos y por la impotencia del personal para revertir la situación. Lloramos igualmente por lo feos que ahora nos ven desde fuera, como no se recatan en contar el New York Times, Le Monde y otras luminarias deOccidente. Uno llora además de rabia por esos demagogos que siguen agitando a la masa y camelando a los ignorantes, que somos casi todos, con el discurso nacionalista que funciona como un yoyó.

-Ahora soy solidario –nos dicen en alguna lengua vernácula- y lanzo el yoyó de la solidaridad para pedir un rescatillo de nada. Pera mañana soy independiente, recojo el yoyó y que os vayan dando.

Cuánto agradece este bloguero no sentir ninguna necesidad nacionalista. Qué pereza pensar que a partir de ahora podría ser por plebiscito popular de nacionalidad madrileña. Y qué gilipollez creer que el nuevo etiquetado Made in Madrid iba le iba a hacer milagrosamente más joven, más alto, más guapo más rico y más feliz. Ma…eppur si muove. Sorprendentemente, mientras nadie reclama a voces ser más inteligente o mejor persona, el mensaje nacionalista sigue encandilando a multitudes.

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Federalismo, estado, problema identitario, nacional de aquí o de allá. Qué rollo, qué inmenso rollo. Pero qué bonito para los fuegos de artificio dialécticos. Por otra parte, qué aburrimiento pensar que, además de lo que ya somos porque la naturaleza y el mundo nos han hecho así, tenemos que adoptar un nuevo envase para nuestra mismidad.

Anteyer en EL PAÍS Xavier Vidal Folch, un peso pesado de uno de los periódicos que más generoso ha sido siempre con las reivindicaciones seculares del catalanismo, publicaba un artículo muy esclarecedor al respecto. A tenor de lo que en él cuenta, si es verdad que el bon seny es uno de los rasgos característicos del alma catalana, Cataluña podrá acabar siendo nación independiente (nadie sabe cómo, si pretenden contar con la legalidad). El romanticismo de la independencia dará mucho vuelo a su senyera, cierto. Pero cuando, además ser dueños de su nación y de su estado catalanes, se den cuenta de que eso no redime los pecados de mal gobierno que han provocado su ruina, quizás su sentido común tradicional les recuerde que con las cosas de comer no es bueno jugar.

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Pero como el bloguero no resiste ya ni un minuto más de depre por los males de la patria, lanza su yoyó de lágrimas y lo recoge convertido en un sonrisas. Sonrisas y lágrimas. Afortunadamente, el pastelón más empalagoso que ha creado la industria del cine regresa convertido en el musical. El Duende confiesa que cuando se estrenó la película él iba a cineforums, filmotecas y otros antros de cine comprometido. Tuvo que claudicar a la presión `popular, y un día le metieron en un cine y le obligaron a ver la aventura de aquellos chiquillos cantores que, con menos azúcar glasé, había contado años antes otro film titulado La familia Trapp. Era este más discreto, y quizás por eso mismo pasó sin pena ni gloria. En plena proyección de la nueva versión, la película de Robert Wise, le irritó tanto su exceso de cursilería que se levantó de la butaca y abandonó el cine sin ver el final de la historia.

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Desde entonces siempre le ha tenido manía. Vuelve convertida en musical, dicen que estupendo, y al menos los que vayan a verlo creerán por un par de horas que si hay motivos para llorar, también los hay para sonreír. Sobre la ola de almíbar que la promociona, alguna voz crítica ha reconocido que su número más famoso, el de la escala musical es una de las canciones más estúpidas y peor traducidas que se han hecho nunca. Don es trato de varón / re selvático animal / mi denota posesión/ fa r es lejos en inglés…Parece que en algún momento se cantó esta misma pieza con otra letra algo menos ridícula, pero la gente, seguía coreando entusiasmada la majadería original, sin saber qué animal de la selva es el re, y sin sospechar siquiera qué significa trato de varón. Cantinela gilipollesca, se diría. Igual da: algunas de estas tontadas, si son coreadas por muchos, acaban arrasando. En política y en todos los órdenes de la vida.

No te mueras nunca, Audrey

Cada vez que queremos huir de la nostalgia, regresa Audrey Hepburn y vuelve a atraparnos...

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La nostalgia será un error, cierto. Y sólo mirar adelante tiene sentido. Pero el caso es que despierta uno este domingo dispuesto a la catarsis necesaria y  lo primero que escucha es la voz de Audrey Hepburn recién salida de la ducha cantando Moon River.

 Ya lo ha señalado este bloguero en otras ocasiones, es una de las escenas de más ternura que recuerda en la otra vida que era el celuloide. Ella allí, en albornoz, sentada en la escalerilla de incendios de un bloque de Manhattan, abrazada a una guitarra mentras encandilaba al universo con su cara de ángel, si es que los ángeles tuvieran sexo. Ella allí y el Duende joven aquí, tan lejos de cualquier paraíso, en el insignificante Madrid de la época, casi imberbe, estudiando ese coñazo inmisericorde que se llamaba Derecho Procesal mientras perseguía la sombra huidiza de las muchachas en flor. Qué injusticia. Para qué carajo quería uno el derecho procesal cuando lo que necesitaba era salir con ella.

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La inmortal Audrey anunciaba que EL PAÍS regalará durante los domingos que haga falta las mejores películas de nuestra época, las indispensables, las que, entre otras cosas, nos hacen pensar en los momentos de debilidad que no todo cualquier tiempo pasado fue peor. Hepburn, Peppard, Blake Edwards, Henry Mancini, Desayuno con diamantes. El desayuno del bloguero no llega a tanto. Un café, unas tostadas y unas cuantas ilusiones.

Entre ellas, la de desembarazarse definitivamente de cualquier compromiso sentimental con el pasado. Tirar por la borda todo lo que ya no puede ser. Pero va la SER y para arreglarlo lanza a Plácido Domingo cantando Maitechu mía, una de las grabaciones contenidas en el doble CD de melodías eternas que no debemos dejar de comprar.

Joder con la modernidad. No las tiene todas consigo, y al cabo casi recela tanto como este bloguero de lo que está por llegar. Tanta apología del futuro para acabar sujetándonos con los lazos de siempre. ¿No será otra milonga?…

Por si acaso, please, Audrey, no te mueras nunca.

Películas pequeñas

Para hacer una crítica de una película, pequeña o grande, no hace falta hacer un alarde de erudición1

De vez en cuando los críticos de cine descubren una película pequeña. No se trata de un cortometraje, ni de cine para niños. Tampoco de un filme necesariamente de producción barata, por más que en la mayoría de los casos así sea. Llaman así a las películas sin pretensiones, amables, fáciles de ver y de entender. De las que no buscan hacer filosofía ni revoluciones, arreglar el mundo o contribuir a la náusea universal fustigando nuestras conciencias. A lo sumo, fina ironía y sátira que se queda en cosquillas.

No suelen firmarlas cineastas de renombre, y raramente actúan en ellas actores oscarizables. Nos cuentan la vida de un guardagujas, los amores de una peluquera o la vida en un aburrido pueblo de Gales o en un cuartelillo de la Guardia Civil.. Salen actores gordos, ancianos que cultivan sus flores y hortalizas con verdadero mimo, señoras cocinando salchichas, trenes de cercanías,  niños que tiran piedras al río, conflictos de portería y demás cuadros costumbristas que, por puro contraste con el mundo que podemos ver diariamente a través de los medios, provocan la sonrisa y despiertan la ternura. Tras muchas de esas películas pequeñas  hay talentos notables, y generalmente bastante más sensibilidad que la que necesitan Oliver Stone  o James Cameron para arrasar con sus superproducciones.

Es bueno interpretar igual nuestros días. Cada despertar viene a ser una película, y últimamente al bloguero no le alivian más que las películas pequeñas.

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Ayer se encontró en el supermercado a Homper, que metía en su carrito dos cartuchos de Filipinos.

-Nunca imaginé que una simple rosquillita de galleta bañada en chocolate me pudiera suponer tanto- se excusa como si aún fuera un niño.

El Hombre Perplejo es un alter ego disciplinado. Sostiene que lo que ve y escucha cada día del mundo alrededor  la hace sentirse en el epicentro de un cataclismo,  y que sólo busca sus particulares películas pequeñas para seguir manteniendo la afición a la supervivencia.

-A Dios me lo escondieron entre brumas. A la patria me la borraron. La política y la economía, a las que adorábamos como si fueran el becerro de oro, se derrumban tal que un castillo de naipes. Al amor me lo ha bastardeado el egoísmo de este ser humano que se cree el rey del mambo. Ya sabes, tantos derechos le han hecho perder el oremus. Y ahora, con lo de Grecia, hasta la democracia parece haberse vuelto gilipollas.

El día le ha deparado, amen de otras malas noticias, un insulto a la dignidad llamado Txapote y el referéndum de Papandreu, una buena solución para que el pueblo griego pegue patadas a la desvergüenza  de sus políticos en el culo del resto de Europa.

-Ya ves –concluye a la manera de Groucho Marx- Cuanto más conozco a la especie humana, más necesito la droga de mis Filipinos.

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El bloguero agradece tanto las películas pequeñas como las críticas pequeñas. Sobre la función de la crítica se han escrito muchos libros,  pero ahora que se redimensiona todo, bueno sería que los plumillas que se ocupan de este menester  recordaran que una de sus funciones es guiar al ignorante.

El bloguero reconoce que una de sus  contadas claudicaciones al sadomasoquismo es leer las críticas de cine en EL PAÍS. A excepción del valiente Carlos Boyero no hay ni uno solo de su equipo de críticos que desperdicie la película más tonta para dejar un poso de su sabiduría en un ensayo que se adentra en muchos laberintos sin aclarar al final si la película es buena o mala, divertida o aburrida, para frívolos o para torturados, para verla en compañía de de niños o mejor con  gerentes de pompas fúnebres. Desesperantes. El marqués de Betanzos, que fue quien inventó el neologismo de eruditos a la Googleta, les diría  ahora a estos cátedros eruditos a la claqueta.

Afortunadamente hay en la red otros críticos sin pretensiones que hacen de la síntesis y la claridad su norma. Busquen la web de El cine según Atticus y descubrirán con Pepe García Berdoy muchas películas, grandes o pequeñas, comentadas con sensibilidad y con criterio. Another year y Criadas y señoras han sido dos de sus últimas recomendaciones más que atinadas. En tiempos de zozobra, nada como zambullirse en la fábrica de sueños sabiendo que el sueño va a ser de nuestro gusto. Fuera, en la vida de verdad, hace demasiado frío.

 

El vaso de Nerón y otras joyas de nuestra cultura

De las extravagancias de Nerón cualquier escritor audaz puede hacer un best seller...

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Una arqueóloga descubre entre las piedras sillares de un viejo molino un pequeño cofre que contiene un vaso de vidrio y en su interior un parche para ojos tuertos. El vaso lleva grabado la letra N, mientras que en la cinta del parche se adivinan las iniciales A.M. C. El extraño hallazgo excita la curiosidad de Genarina, que en realidad buscaba en la zona  restos iberos. Genaranina está obsesionada por la incidencia de los fenómenos paranormales en el curso de la historia, de manera que se pone a a investigar y después de dos décadas tirando del hilo llega a la conclusión de que el vaso, que por la calidad de su vidrio se puede datar en el siglo I de nuestra era, es el que usaba Nerón para guardar sus lágrimas. Desde Quo Vadis, efectivamente, toda la humanidad sabe que el emperador, aunque fuera cruel, también era llorica.

Por otra parte, el parche de ojo resulta ser el de Ana Mendoza de la Cerda, Princesa de Éboli. La coincidencia  parece un absurdo, pero Genarina sigue estudiando el caso y un día comprende que Nerón, arrepentido de haberse portado tan mal con los cristianos de Roma, fue abducido por las fuerzas del bien residentes en Paramia, una estrella situada a tres millones de años luz, y realizó un viaje astral de quince siglos para entrar en contacto con esta afamada tuerta, a la sazón amante de Antonio Pérez y muy cercana al rey Felipe II. La princesa había ofrecido al rey prudente los servicios de un Nerón reconvertido para hacer una Contrarreforma en toda la regla, con el rigor y la severidad que exigía la herejía luterana. Una labor para la que el desalmado emperador romano, que sólo tendría que cambiar la dirección de su innata vesania, era el baranda indicado. El papa y el católico rey de las Españas se encomendaron a Dios y dieron el visto bueno, porque, como subraya el propio libro, “el fin hay veces que justifica los medios”.

Pero la CIA, que desde hace diez años ha rehabilitado en secreto la máquina del tiempo de H. G.Wells, media en el asunto. Tiene reservada para la intrépida pareja la misión de infiltrarlos en La Meca  y generar desde allí una célula de activistas que acabará con Al Quaeda. El hombre clave es su agente Brad Trochows, educado a los pechos de la Stasi y más tarde de de Putin  y vendido a los a yankis por un duplex en la Quinta Avenida, un paquete de acciones de Walt Disney Produccions y la colección de bragas de Mae West que ha cedido generosamente para el soborno el rijoso millonario Alistair Sobornes. (A cambio, todo hay que decirlo, éste obtendrá la licencia de explotar una mina de diamantes en la Libia de Gadaffi, a punto de caer). Sin embargo, cuando Brad inicia el conjuro utilizando el vaso de Nerón, un inoportuno estornudo le provoca un movimiento brusco, el vaso cae y la joya arqueológoca queda rota en mil pedazos, dando al traste con la operación.

La solapa del libro advierte que es “el nuevo fenómeno editorial de la novela de historia-ficción, un original e inteligente recorrido por las zonas más oscuras de la historia de la humanidad trenzada con una apasionante trama de intrigas, espionaje y misteriosos asesinatos ”, y asegura que ahí se desvelan las claves del amor lésbico que se sospecha que mantuvo Cleopatra con la cocinera de Marco Antonio, de la emboscada que acabó con Viriato, del asesinato de Rasputín y de la extraña muerte de Michael Jackson, aparte de apuntar pistas solventes para resolver el viejo problema de la cuadratura del círculo y de la piedra filosofal. Todo por sólo veinticuatro euros.

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El vaso de Nerón, que así se llama la novela, está firmada por Adriana Nevol, pseudónimo de Petra Gómez, periodista muy de izquierdas que pasó diez años de corresponsal en Moscú y veinte años predicando el marxismo-leninismo hasta que comprendió que la cosa ya no vendía un clavel, y que la mayoría de sus coleguis ponían un dedo al azar en el calendario de la historia, elegían un personaje más o menos conocido, investigaban en todo aquello que nadie había investigado nunca y que parecía poco probable que fuera investigado y se ponían a escribir una novela histórica que el público recibía con entusiasmo.

-Porque desengáñate, Petra-le dijo la ejecutiva de su editorial-La literatura pura es como agua que se escurre entre los dedos. Y la gente quiere aprender, aunque sólo sean tonterías.

La editorial apostó fuerte por El vaso de Nerón,  y hasta produjo un spot para la tele en la línea de esos trailers de películas de Hollywood que mezclan mitos, historia, verdad, ficción, churras, merinas, sinfonía de efectos especiales, algún guaperas como Johny Depp y Angélica Jolie y luego arrasan en taquilla.

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Al siempre susceptible Homper también le impresiona la manga ancha  con que ahora se cocina  la cultura que nos invade. Digamos que de este vale todo espiga como positivo el “algo queda”. Del famoso fenómeno El código Da Vinci él no entendió casi nada, y más bien le pareció una patraña o, como dice el castizo, una paja mental. Pero evidentemente sale a la palestra Leonardo y el supuesto misterio de su Última Cena.

Menos da una piedra-se dice.

Y la transversalidad como método, que tanto vale para la educación como para la divulgación o la creación literaria O sea, empezar hablando del parche del ojo de la Princesa de Éboli y acabar, no se sabe cómo, en la lucha contra el terrorismo islamista. Amplitud de miras, curiosidad, imaginación y audacia sin límites para encontrar un hilo conductor más o menos verosímil y saltar sin barreras de un asunto a otro. El resto debería ser calidad. Pero más probablemente es promoción o pura suerte.

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Preocupado de que su estupefacción permanente acabe arrojando un saldo negativo o pesimista de su visión de las cosas, Homper se permite recomendar dos nombres de escritores que, lejos de la frivolidad voluntarista de Petra Gómez (perdón: de Adriana Nevol) hacen de sus escritos un viaje cultural siempre instructivo y a menudo fascinante.

Uno es Antonio Muñoz Molina, que hasta en sus artículos de crítica literaria –léase La fiesta interrumpida en el suplemento cultural de EL PAÍS de este último sábado- entretiene, deleita y enseña. Otro es Andrés Trapiello, un verdadero superdotado que tanto escribe poesía y gana premios de novela  como es capaz de elaborar en Las armas y las letras un magnífico ensayo histórico sobre nuestra guerra civil. No la cuenta él, la cuentan los periodistas y escritores, muchos de ellos desconocidos para el gran público, cuyos trabajos ha glosado con la curiosidad y el rigor de un auténtico erudito. Cuántos mitos destruye su investigación, y qué sorpresas se lleva uno leyéndolo con detenimiento. Homper ha encontrado con este libro mucho más placer que con muchos best-sellers. Pero tampoco se dejen llevar por sus consejos. Hay que descontar que, además de Hombre Perplejo, es algo rarito…

 

Tristeza, balcón y gato

No le busquemos demasiados pies al gato...

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Mientras Obama se mosqueaba con la vieja Europa y la regañaba por no saber cómo combatir la crisis, algunos se entretenían analizando una foto de la ministra Carmen Chacón con la piernas cruzadas.

Presuntamente cruzadas, debe añadir este bloguero. Según algunos observadores maliciosos,EL PAÍS había trucado la foto, jugando con las piernas de la ministra para que parecieran otra cosa que lo que en realidad son. No se sabe si para favorecer su imagen o para fastidiarla y agradar a Pérez Rubalcaba, que le disputó la candidatura del PSOE y ahora es el favorito del periódico.

El Duende, alertado por un confidencial que denunciaba que ahí había busilis,  pasó un buen rato ante  la foto. Se acordaba de una extraña corbata de seda estampada que durante años se exhibió en el escaparate de una tienda de la calle Alcalá, junto al Teatro AlcázarEn el estampado de la corbata, bastante fea por cierto, se veía a una dama mirándose ante un espejo. Y a su lado, un letrero: “No es lo que parece”. El Duende se la quedaba mirando un rato y de repente, por no se sabe qué macabro efecto óptico, la dama ante el espejo se transformaba en una calavera. El Duende en este caso vio las piernas de la ministra algo forzadas por el deseo, tan femenino, de lucir lo mejor posible. Pero no advirtió nada raro en la foto.

Pensó que a veces nos empeñamos en buscar cinco pies al gato a casi todo.

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El día de un hombre jubilado se llena con experiencias variadas. Por ejemplo, con paseos, gestiones en la calle, conversaciones llamadas telefónicas, apretar los tornillos a la butaquita giratoria de IKEA en la que se sienta para escribir, pequeñas compras para la supervivencia, recuerdos que van y vienen y observaciones varias. También con noticias que a veces son buenas y, más frecuentemente, malas. Aparte de la bronca de Obama y de las piernas de la ministra Chacón, el día de ayer le sorprendió al Duende con una noticia tremenda. Unos amigos que habían sufrido la muerte de una nieta hace tan sólo cuatro cuatro meses, perdían en accidente de coche a otro nieto que estaba estrenando la juventud.

-Si Dios existe, espero que tenga una buena excusa- dijo Woody Allen, probablemente en una ocasión como esta.

Dolor, indignación, confusión, tristeza. Vana curiosidad: ¿quién le explica a uno todos los trágicos porqués que nos va planteando la vida?

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Para momentos así, el Duende tiene un remedio impagable. Es sólo un balcón. Mejor dicho, algo más: es un horizonte panorámico, un paisaje que tiene historia y que probablemente alienta muchas pequeñas historias de los que ahí viven. Oxígeno para el alma aturdida. El horizonte abarca desde  los edificios históricos del viejo Madrid hasta su pequeño palomar, con el Manzanares de por medio, mucho arbolado y un pinar  que se extiende a sus pies.

-¿Y por qué pasan estas cosas?-suspira asomándose al balcón.

Se acodaba ayer en su barandilla y miraba el panorama mientras por dentro seguía hurgando en sus porqués. Creyó que las lágrimas le iban a nublar la vista, pero pudo distinguir entre los pinos a un gato negro  que retozaba con un papel que volaba al soplo del viento. Cuando el minino se cansó, se tumbó a dormitar entre la pinaza y la hierba seca. Cuánta paz ajena a cualquier dolor respiraba el momento. Entonces el Duende se acordó de Morito, el gato negro que ya vivía en la casa de sus padres cuando él nació. Morito ronroneaba junto al fogón de leña, y luego se estiraba y afilaba sus garras en las patas de la mesa de la cocina. Era muy manso, muy bueno, y se dejaba acariciar con el mismo mimo con el que ahora repasa uno sus recuerdos de la infancia.

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Caía la tarde. El gato negro del parque  seguía sesteando en la última mancha de sol mientras cruzaba volando una de esas bandadas de cacatúas verdes que ya se han hecho madrileñas. Y de repente la mirada hacía de ungüento: la vista le consolaba, el gato le distraía, la memoria le sonreía. Y aunque la trágica noticia le pesaba en el alma, sentía un cierto alivio. Quizás haya que aceptar con naturalidad que la carne de la vida se meche de amargura. Y respetando el sufrimiento ajeno, puede que  no haya más remedio que contemplarlo como la foto de la Chacón, sin sacar cinco `pies al gato del destino que nos entretiene.

(*) Hay quien busca “tres pies al gato”. Incluso parece que el propio Quijoteutiliza esta expresión. Pero huroneando en internet constatamos queSebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana mantiene que llo correcto y lógico  es hablar de cinco. Y lo legitima en verso: El normal, cuatro presenta/ Tres, si le falta una sola/ Y cinco si, quien la cuenta,/ toma por pata la cola

Otro 18 de julio

¿Les sigue doliendo tanto a los alemanes la 2ª Guerra Mundial como nos duele aún a los españoles nuestra guerra, que queda más lejana?

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Inflamado de patriotismo, Dalmacio se vistió con su viejo uniforme de sargento de infantería, metió la pernera de los pantalones abombachados por dentro de las botas, se caló el gorro cuartelero con el borlón colgante, ciñó su correaje y sacó de la funda de pistola su Astra reglamentaria.

-Por Dios y por España –murmuró mientras la cargaba de balas – Ya está bien de asistir impávidos a la destrucción de la patria. Se va a enterar ese rojazo de lo que es un soldado de la 2ª Bandera de Castilla.

Se miró al espejo mientras retorcía la punta de sus bigotes, montó el arma y apuntó al frente, como si él mismo fuera el vecino al que tenía que matar.

-¡Viva Franco! –gritó- ¡Arriba España!…Muere, cabrón, por comunista y por masón.

Y simuló con la boca los tiros que pensaba descerrajar al enemigo que esperaba tras la puerta.

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Al otro lado, Miguel repasaba los cargos  contra el faccioso que vivía enfrente. Era monárquico confeso, perteneció a una familia de terratenientes que mangoneaban en la cooperativa de aceite de un pueblo de Jaén, iba a misa, se puso a defender al cura en una de las quemas de iglesias y por si fuera poco se proclamaba simpatizante de la CEDA.

Es un traidor a laRepública. Así que si no se lo apiola la Brigada del Amanecer haremos justicia nosotros-dijo mientras abría el arcón donde guardaba el equipo con el que se hizo la última foto de campaña. A saber, el mono, el correaje, las alpargatas, la gorra, el mosquetón Mauser con la bayoneta.

-Eso de la bayoneta calada acojona mucho- farfulló- Además le diré que al párroco de mi pueblo le torearon y le estoquearon con un bayonetazo en todo lo alto, porque el volapié con la espada se hace muy difícil con  los curas, carajo.

Sacó un viejo disco de pizarra de su funda de papel  y lo puso en el plato del pikú. El disco empezó a girar.  Con mucho cuidado el miliciano posó el brazo de la aguja sobre  su borde y tras el sonido de unos chisporroteos empezaron a escucharse por el altavoz los acordes de La Internacional. Miguel se anudó al cuello un pañuelo de la CNT, colgó el fusil de uno de sus hombros,  levantó el puño de la mano derecha y al grito de viva la República y muerte a los fascistas abrió la puerta de su casa dispuesto a llevar a cabo la histórica misión de liquidar al vecino de enfrente.

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Los dos ancianos se encontraron en el descansillo y se dieron los buenos días. Dalmacio salía en ese momento del ascensor, y  traía bajo el brazo el ABC y EL PAÍS.

-Tome –dijo ofreciendo este último periódico a su vecino- Hoy se lo regalo yo con mucho gusto.

-¿Por ser el setenta y cinco aniversario del inicio del golpe de estado de los suyos?…

-Del Alzamiento –corrigió Dalmacio con una sonrisa- No, no. Le seré sincero: se lo subo como hago todos los días, porque yo soy madrugador y buen vecino. Pero hoy acabo de darme cuenta de que se me ha olvidado comprar el brick de leche.

-Anda, la leche, tiene gracia.

-Ya sabe –explicó Dalmacio bajando la mirada-  Desde que murió Agustina no me acostumbro a la idea de que he de hacer la compra yo solo, y se me ha olvidado que se me acabó la leche.

-La buena leche, querrá decir-matizó Miguel.

-Ya, comprendo-admitió el viejo soldado conteniendo una risa- El caso es que no me apetece un pimiento salir ahora para  poder desayunar mientras leo el ABC, como acostumbro. Así que, si le sobra,  le cambio un brick de leche por su periódico, que hoy vendrá con mucha memoria histórica de esa que tanto les gusta a ustedes…

-No me joda, Dalmacio, no me joda…-dijo Miguel con sorna mientras reabría la puerta de su casa para dejar su periódico.

Se hizo un silencio y los dos veteranos se miraron frente a frente. Dalmacio estaba delgado como un sarmiento. Mantenía su bigote con las guías en punta, pero estaba completamente calvo y llevaba unas gafas de culo de vaso que a Miguel le recordaron las que llevaba el general Mola. Miguel conservaba en cambio todo el pelo, blanco como el frente de Teruel de aquel endemoniado invierno donde se le congelaron los tres dedos que le faltaban en un pie.

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¿Sabe lo que le digo?-dijo el viejo miliciano- Que me han mandado unas perrunillas de mi pueblo se me van a enranciar como no las despabile pronto. ¿Me deja que le invite yo a desayunar?

Dalmacio se quedó estupefacto.

-Es café de puchero, naturalmente-precisó Miguel- Como el que hacíamos en el frente.

Dalmacio vaciló. Jamás había traspasado el umbral de la puerta del vecino deln4º A. Ni aún cuando murió Manuela, la compañera de Miguel, que salio de casa para enterrarse en el cementerio civil a finales de los años noventa. Pero ese era un día muy especial, había dormido mal, con pesadillas. Soñó que revivía el glorioso alzamiento, y que él, que era un hombre pacífico, tenía que vestirse de guerrero y matar rojos. Por cojones. Luego se desveló, puso la radio y donde no recreaban como en un serial el 18 de julio de 1936 recordaban el aniversario de lo que él creyó que era una cruzada contra el mal y luego resultó ser una burrada y una carnicería, como todas las guerras.

-Se lo agradezco, Miguel. No sabe la pena que me da desayunar solo- dijo mientras atacaba la primera perrunilla con su dentadura desguarnecida y observaba los carteles de guerra y la reproducción del Guernica que ilustraban el comedor de su vecino.

-No me lo agradezca. Esta noche soñé que me volvía a poner el mono de miliciano para liquidarle a usted, que era el faccioso que me quedaba más cerca. Además, a mí también me da por culo la soledad.

-Vaya, qué coincidencia-dijo Dalmacio-Ahora sólo nos matamos cuando padecemos pesadillas, y no por tener ideas distintas…

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Se liaron a hablar de esas cosas raras que eran los ideales. Y con los ideales, también de las equivocaciones. Y, de las equivocaciones, las heridas que dejaron estas. Y de las heridas pasaron al  rencor, y luego del rencor, a la amargura. Y de la amargura, el desasosiego permanente de aquella guerra que había empezado hacía setenta y cinco años y que, aunque los que la hicieron la daban por concluida seguía alimentando eso que ahora se llama siempre  el debate político. Político tenía que ser el dichoso debate, como si no hubiera otros problemas que solucionar.

-¿Y si no leemos los periódicos de este 18 de julio?-sugirió Dalmacio.

-¿Y si damos por bien perdidos los dos euros y cuarenta céntimos que me han costado?-dijo Dalmacio mientras tiraba el ABC y EL PAIS a la papelera.

Y los vecinos se comprometieron a no leer más periódicos ni ver o escuchar más informativos del 18 de julio hasta que este día dejara de ser un tormento en su memoria. Y aunque no hay pruebas de que a partir de entonces los que antaño fueran enemigos mortales pasaran a ser amigos forever, parece que luego del desayuno compartieron unos chupitos de aguardiente del pueblo de Dalmacio, y luego a la tarde vieron juntos en el DVD de Miguel La diligencia de John Ford, que era otro monumento al valor y a la hombría,  y Éxtasis, que era una película de esa época ominosa en la que aparecía Hedy Lamarr  bañándose en las aguas completamente desnuda. Pues afortunadamente, y pásmese el lector,  todavía hay algunas cosas en las que  la que los españoles de distintas ideologías  suelen coincidir sin mayores problemas.

Lo que aún no ha contado Wikileaks

Los líderes políticos se preguntan, con cierta razón, si la libertad de expresión y la libertad de filtración no se estarán pasando...

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Qué triste vivir atormentado por la sombra de una sospecha, por el remordimiento, por el sentimiento de culpabilidad. Qué insufrible salir a la calle y tener la sensación de que todo el mundo está leyendo en el fondo de tu alma y conoce los secretos que más quieres ocultar. Qué tortura ver en cualquier  ciudadano con el que te cruzas a un juez togado que te mira fríamente mientras frunce el ceño y con cara  de calamar impasible lee su sentencia.

-Culpable. Se le condena a…

Nadie, ni los gatos de la calle, tan discretos y respetuosos, parece observar el principio de presunción de inocencia. Qué dura la vida de quien tiene que hacer doble vida.

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Un agudo acotador de la actualidad disfrazado en plan Mortadelo como castaño de Indias lo hubiera constatado aquella mañana. Al igual que cualquier otro día, se podía ver a oficinistas diligentes vestidos de oficinistas diligentes que atravesaban el parque para dirigirse a su trabajo.  También a algunos buscones discretos que esperaban en lo más umbrío del jardín su encuentro con el amor oscuro. Y, cómo no, a los practicantes de “jogging”. Corrían en todas las direcciones.

Pero al ojo crítico no le pasaron inadvertidas dos figuras que avanzaban en dirección contraria. Ella era una chica  rubia que  vestía un chándal verde y corría como una gacela. Él, como tantos diplomáticos, era de los de trote cochinero: el chándal de Armani, eso sí. Pero sólo para mantener la forma sin aburrirse tanto como los colegas que pagan un gimnasio carísimo y hacen kilómetros  sobre una monótona cinta rodante.

Ambos se iban a cruzar, pero cuando se encontraron sus miradas, ralentizaron el paso. Y, sin  conseguir disimular el por qué, cambiaron su rumbo y tomaron direcciones opuestas.

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Fue el oprobioso complejo de culpa. Si, a tenor de los últimos acontecimientos, impregnaba éste a toda la sociedad, que veía caer a otro mito -la única flor y nata que le quedaba ya a aquel país tan venido a menos- cómo no iba  a pesar sobre ellos, que al fin y al cabo eran atletas.

Ella, además, al igual que la otra gran protagonista de la Operación Galgo, también se llamaba Marta. Y aún no había tenido tiempo de pasar por la peluquería y cambiar el tinte de su cabello por otro menos llamativo. Recordó horrorizada el final de la noche en que conoció a aquel apuesto diplomático norteamericano. No es que se gustaran al primer golpe de vista. Es que se emborracharon juntos, se olvidaron de sus respectivas vidas, se acostaron en la misma cama  y ya al amanecer, antes del último envite  de la pasión, esnifaron una rayita de coca.

-¡Qué espanto!-pensó Marta- Se sabrá todo…Y acabarán desposeyéndome de la medalla que gané en la Carrera por el Corazón Sano que organizamos en la urba…

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Pero más graves aún eran los motivos que angustiaban a Edgar Templeton, diplomático, y espía. Vivía sin vivir en él desde que saltó Wikileaks porque,  aunque había arrancado secretos de alto valor estratégico sobre los narcos colombianos, los nuevos ricos del petróleo rusos, las mafias chinas y el preocupante nuclear de Irán y de Corea del Norte, lo que más le inquietaba aún no había visto la luz.

-Con todas mis informadoras tuve la precaución de acostarme a oscuras-pensó.

Pero el encuentro con aquella dichosa Marta fue distinto. Con las demás  sólo servía al Departamento de Estado y al placer carnal. Con Marta había sentido además algo parecido al amor, y se había desinhibido sin tomar las debidas precauciones.

-Qué disparate-pensó mientras se abría la bragueta y se acercaba a la taza del retrete- Lo hicimos a plena luz, y ella lo vio. Me moriré de vergüenza…

Escudriñó todos los rincones de aquel cuarto de baño, buscando cámaras ocultas. Se temía que la bomba podía estallar de forma inminente. Pensaba que cualquier día de éstos, la filtración llegaría a EL PAÍS, y todo el mundo acabaría sabiendo que Edgard Templeton además de espía era agente doble.

Aún más: también se sabría que aquel hombre tan serio y competente, aquel diplomático ejemplar que tanto había arriesgado por la seguridad de Occidente, se había tatuado en el miembro viril la imagen de Hello Kitty.


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