Posts Tagged 'El Retiro'

Dios bendiga al hijo de la Paqui

 

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Ha sido como si en medio de un desierto hubiera manado un caudal de agua fresca y transparente. Pasabas un fin de semana delicado, acosado por tus tradicionales dolores de espalda y por nuevas lanzadas en las lumbares que hacían de cada uno de los movimientos más rutinarios -sentarse, levantarse del sillón, tenderse, incorporarse de la cama, agacharse a coger las llaves caídas, inclinarse a anudar el cordón de los zapatos, etc,etc- una tortura refinada. Un pinchazo, como un calambre fugaz, ráfagas de un lumbago que te mordía como un lobo rabioso esa libertad de culo inquieto que te has buscado siempre. Nada que ver con el aventurero que navega el Atlántico a vela, que asciende al Aconcagua, que cruza Alaska haciendo esquí de fondo, o atraviesa al Sahara en moto. Algunos amigos tuyos han firmado hazañas así. Tú solo improvisabas pequeñas aventuritas, escapadas de curioso, paseatas burguesas, hormigueos urbanos o rústicos. Vuelos de saltamontes: del Parque del Oeste al mercado de Barceló, un suponer, del estanque del Retiro enseñando a tus nietos cómo nadan los patitos a la chocolatería de San Ginés, vecina que fue de una de las casas donde vivió Boccherini en su estancia capitalina. Cuando eras niño había un sueño recurrente que te raptaba en la calle de Serrano y después de sobrevolar medio Madrid y de un descenso de vértigo te depositaba en Rosales. Echabas a pasear de nuevo y entonces te dabas cuenta de que ibas semidesnudo, vistiendo sólo una camiseta que estirabas desesperado para que la gente de las terrazas no viera tus vergüenzas.

Qué malos ratos.

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Hoy son otros los malos ratos. Cada día se acortan más tus saltos de saltamontes. Este fin de semana, en las cuerdas de Navalcán con algunos de tus mejores amigos y ante un impresionante maremágnum de pinos, castaños, encinas, alcornoques, madroños retamas, jaras, brezos, tomillos y aulagas florecidos, praderas pintonas de margaritas y al fondo el murallón de Gredos, gigantesca ola azul petrificada al romper hace millones de años, sólo pudiste emular tus marchas de juventud. Eso sí, como tu amigo Eduardo, por otras razones, tampoco puede decirse que sea Killian Jornet, andabais a paso de convalecientes tal que dos naturalistas británicos que conversaran sin parar tomando buena nota de la flora y de la fauna que os salía al paso.

-Esa es una ranita de San Antonio-decías apuntando a una rana verde con antifaz negro que se ganaba la vida entre el pasto húmedo.

-A esa mata de florecillas moradas que cuelgan como dedales le llaman dedalera.

Aquí en Navalcán al chotacabras también le conocen como capacho o engañapastores.

El día era claro, soleado y con brisa, lo que se dice tonificante. Tan parecido al que respiraba aquella hermosa película de Vittorio de Sica que se tituló Los girasoles. Nada menos que Mastroiani y Sofía Loren, con su melena batida por el mismo viento que ajustaba su blusa ciñendo aquellos maravillosos pechos que se le desbordaban por el escote.

-¿Verdad que las margaritas son como girasoles diminutos?

-Hablando de girasoles…¿Te acuerdas de lo requetebuena que estaba Sofía Loren en aquella película? Por cierto…¿No la estás viendo retozando por ahí?…¿Te imaginas la maravilla de sus tetas bamboleándose mientras da sopapos al aire con su cazamariposas?…

Por unas causas u otras os sentíais algo viejos al iniciar el paseo. Menos mal que la imaginación y la curiosidad rejuvenecen.

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Pero lo más notorio del fin de semana fue recibir el whatsup que puso en circulación tu amigo José María Mazarrasa. Lo reproduces aquí ad majorem coñam lectoris. Primero, os hizo reír toda la tarde. Y luego también pensar: ¿dónde está el secreto de la hilaridad? ¿Por qué una simpleza como esta puede excitar de forma tan aguda el sentido del humor? Te pareció algo grandioso, como un momento Chaplin, un chispazo de Groucho, un gambito de Woody Allen, otro milagro de Gila. El absurdo hecho caramelo. Tus males te duelen incluso cuando ríes pero, aun así, que Dios bendiga al hijo de la Paqui por hacernos pasar tan buenos ratos

Dios bendiga al hijo de la Paqui

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Ha sido como si en medio de un desierto hubiera manado un caudal de agua fresca y transparente. Pasabas un fin de semana delicado, acosado por tus tradicionales dolores de espalda y por nuevas lanzadas en las lumbares que hacían de cada uno de los movimientos más rutinarios -sentarse, levantarse del sillón, tenderse, incorporarse de la cama, agacharse a coger las llaves caídas, inclinarse a anudar el cordón de los zapatos, etc,etc- una tortura refinada. Un pinchazo, como un calambre fugaz, ráfagas de un lumbago que te mordía como un lobo rabioso esa libertad de culo inquieto que te has buscado siempre. Nada que ver con el aventurero que navega el Atlántico a vela, que asciende al Aconcagua, que cruza Alaska haciendo esquí de fondo, o atraviesa al Sahara en moto. Algunos amigos tuyos han firmado hazañas así. Tú solo improvisabas pequeñas aventuritas, escapadas de curioso, paseatas burguesas, hormigueos urbanos o rústicos. Vuelos de saltamontes: del Parque del Oeste al mercado de Barceló, un suponer, del estanque del Retiro enseñando a tus nietos cómo nadan los patitos a la chocolatería de San Ginés, vecina que fue de una de las casas donde vivió Boccherini en su estancia capitalina. Cuando eras niño había un sueño recurrente que te raptaba en la calle de Serrano y después de sobrevolar medio Madrid y de un descenso de vértigo te depositaba en Rosales. Echabas a pasear de nuevo y entonces te dabas cuenta de que ibas semidesnudo, vistiendo sólo una camiseta que estirabas desesperado para que la gente de las terrazas no viera tus vergüenzas.

Qué malos ratos.

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Hoy son otros los malos ratos. Cada día se acortan más tus saltos de saltamontes. Este fin de semana, en las cuerdas de Navalcán con algunos de tus mejores amigos y ante un impresionante maremágnum de pinos, castaños, encinas, alcornoques, madroños retamas, jaras, brezos, tomillos y aulagas florecidos, praderas pintonas de margaritas y al fondo el murallón de Gredos, gigantesca ola azul petrificada al romper hace millones de años, sólo pudiste emular tus marchas de juventud. Eso sí, como tu amigo Eduardo, por otras razones, tampoco puede decirse que sea Killian Jornet, andabais a paso de convalecientes tal que dos naturalistas británicos que conversaran sin parar tomando buena nota de la flora y de la fauna que os salía al paso.

-Esa es una ranita de San Antonio-decías apuntando a una rana verde con antifaz negro que se ganaba la vida entre el pasto húmedo.

-A esa mata de florecillas moradas que cuelgan como dedales le llaman dedalera.

Aquí en Navalcán al chotacabras también le conocen como capacho o engañapastores.

El día era claro, soleado y con brisa, lo que se dice tonificante. Tan parecido al que respiraba aquella hermosa película de Vittorio de Sica que se tituló Los girasoles. Nada menos que Mastroiani y Sofía Loren, con su melena batida por el mismo viento que ajustaba su blusa ciñendo aquellos maravillosos pechos que se le desbordaban por el escote.

-¿Verdad que las margaritas son como girasoles diminutos?

-Hablando de girasoles…¿Te acuerdas de lo requetebuena que estaba Sofía Loren en aquella película? Por cierto…¿No la estás viendo retozando por ahí?…¿Te imaginas la maravilla de sus tetas bamboleándose mientras da sopapos al aire con su cazamariposas?…

Por unas causas u otras os sentíais algo viejos al iniciar el paseo. Menos mal que la imaginación y la curiosidad rejuvenecen.

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Pero lo más notorio del fin de semana fue recibir el whatsup que puso en circulación tu amigo José María Mazarasa. Lo reproduces aquí ad majorem coñam lectorum. Primero, os hizo reír toda la tarde. Y luego también pensar: ¿dónde está el secreto de la hilaridad? ¿Por qué una simpleza como esta puede excitar de forma tan aguda el sentido del humor? Te pareció algo grandioso, como un momento Chaplin, un chispazo de Groucho, un gambito de Woody Allen, otro milagro de Gila. El absurdo hecho caramelo. Tus males te duelen incluso cuando ríes pero, aun así, que Dios bendiga al hijo de la Paqui por hacernos pasar tan buenos ratos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carpe minutum

Para aliviar esperas y preocupaciones, nada como mirar al cielo y aprovecharlo...

Para aliviar esperas y preocupaciones, nada como mirar al cielo y aprovecharlo…

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Cruzas el pinarcillo que se extiende a los pies de tu balcón y pasas junto a cuatro cacatúas verdes de esas que invadieron Madrid. Ahora picotean hierbas y gusanillos como si como si esta fuera su tierra de toda la vida. Ni se inmutan al verte. Recuerdas al tío Augusto, naturalista y ornitólogo, subdirector del Museo de Ciencias Naturales, muerto en Madrid el día de San Isidro de 1946 de un derrame cerebral. Más que recordarlo, lo imaginas, puesto que aunque llegara a tenerte en sus brazos, no sabes de él más que lo que te contaba tu madre, tus hermanas y tus primos mayores, las fotos familiares, sus libros antiguos, con preciosas láminas de animales que aliviaban tus largas estancias en la cama por frecuentes anginas, sus papeles, sus publicaciones. Se sorprendería al comprobar que un ave tropical se ha aclimatado a tu pueblo. ¿Estaría a favor del respeto a las cacatúas, o abogaría por combatirlas, como proponen ahora?

Hay dilemas éticos para cualquier cosa.

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Paseas luego por Madrid Río muy bien acompañado por dos damas y te fijas en unos galápagos que toman en el sol en un espigón del estanquito que es por ahí el Manzanares. Te preguntas si Darwin podría adivinar su edad de un vistazo. Cuando tú cogías galápagos como esos en el Tiétar, los quelonios se defendían tirándose unos pedos absolutamente disuasorios. Puaf, qué hedor. Por una simple regla de tres argumental, te imaginas al autor de la teoría del evolucionismo saludando a los gigantescos ejemplares de la Isla de los Galápagos –alguno de ellos sobrevivió hasta hace pocos años- con una pinza en las narices. Buena caricatura para el Punch.

Duda añadida: ¿serán las ventosidades de estos fabulosos reptiles tan culpables como dicen que son del calentamiento global los meteorismos de las vacas? Hay cada teoría…

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Por la tarde, tras la siesta butaquera (no pijamera), que es la que te gusta, te pones el ordenador sobre la rodilla y con la espalda protegida por el mullido respaldo tratas de sacar adelante un post que te atormenta desde el viernes pasado. Se te ha encasquillado. Tu compromiso con elduendedelaradio te reconcome como si fueras un criminal inconfeso. Tantos días sin dar señales de vida…¿A dónde vamos a llegar?

El post que tenías en la cabeza se hubiera podido titular: ¿Para qué nos sirve Europa? O así. E n la jornada de reflexión ante las Elecciones Europeas querías reflejar lo que supuso el sueño de Europa para tu generación. Europa como ungüento para curar definitivamente las heridas de la Segunda Guerra Mundial. El espejismo que nos trajo la Unión Europea con su maná de fondos y subvenciones, dinero que la picaresca nacional ordeñó a conciencia. La decepción cuando se pinchó el globo y se estrechó el cuerno de la abundancia. El escepticismo y el desinterés por la política europea, contagiada por la fobia que todo lo político despierta tras la crisis. ¿Para qué sirve Europa?, se pregunta el abstencionista que pasó de urnas el domingo después de haber mamado lo suyo, como casi todos.

-No seas tonto, papá- responde el hijo de papá rico que ha pasado a ser papá indignado- Si no hubiera Europa no habría Champions, y si no hubiera Champions…¿qué sería del próximo sueño de Florentino?…

El chaval sospecha que, consagrado definitivamente el presidente del Real Madrid como ser superior y Sergio Ramos como hijo en quien el padre tiene todas sus complacencias, no habrá dios que le niegue a Florentino una pequeña recalificación más. Por ejemplo, ampliar el Bernabéu hasta la Plaza de Castilla, o levantar unas Torres Florentonas en el Retiro para ningunear a las famosas Petronas. En fin cualquier detallito para recordarnos que debemos estar orgullosos de que Madrid sea la capital mundial del fútbol, que quien manda, manda, y que se acabó la miseria. Afortunadamente el papá indignado es propietario de una proveedora de perfiles metálicos a la constructora de Florentino, de modo que a él también le volverá a sonreír Europa.

-Tienes razón, hijo –concluye el abstencionista arrepentido dando un cachetito cariñoso a su hijo- Si no hubiera Europa ya no podríamos aspirar a la undécima…

Larga vida pues a esta Europa que parece resbalarnos.

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Pierde la final de la Champions tu Atlético de Madrid, te duele Europa (no tanto como la derrota de tu equipo), sigues anotando observaciones inútiles con las que otra veces eres capaz de añadir algo nuevo a tu blog. Sin embargo el post que iniciaste el viernes no avanza. Definitivamente se te ha atragantado. ¿Por qué? Porque vives sin vivir en ti. Va hacer casi dos semanas que terminaron las pruebas previas a tu nueva ración de radioterapia en la Dorsal 7.

-Ya le llamaremos –te dijeron en el hospital

Y sin embargo no te llaman. Revives la misma inquietud del candidato a un puesto de trabajo que espera la llamada del head hunter, del actor que cree haber sido el mejor en el casting para el papel de Hamlet o del futbolista cuyo nombre suena para uno de los equipos grandes. Tu zozobra sin embargo tiene motivos mucho menos estimulantes, y es idéntica a la de miles de sufridores que hacen cola en los hospitales públicos o privados: ¿cuándo te avisarán para pasar por talleres? ¿Cuándo decidirán los hechiceros de la tribu que es el momento adecuado para llamarte a capítulo y administrarte rayos de esperanza?

Qué duro se te hace esperar.

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Declinas tu propósito de rematar un nuevo post. Te desplomas en tu butaca favorita dispuesto a sumirte en un legítimo dolce far niente, pones la televisión y no puedes descansar. Tu atención se divide entonces entre si es hora ya de llevar tus cortinas al tinte, si sería mejor ponerte a hacer una ensaladilla rusa o si es prioritaria la suerte de los polluelos de la barnacla, una anátida que según el fascinante documental del canal National Geographic Wild, cría en los acantilados de Escandinavia. Cuando la barnacla madre ve que su pollada ya está para salir a buscarse la vida, levanta el vuelo y la obliga a saltar a tierra firme para que la siga cuando aterrice. Los patitos de barnacla, que aún carecen de plumas y no saben volar, se lanzan uno a uno al vacío como esos suicidas que antaño se tiraban por el Viaducto.

-¡He tenido una suerte de pata madre! –dirán los que no se estrellan contra las rocas.

En estas lucubraciones distraes tu larga espera. Aunque la incierta vida de las pequeñas barnaclas te inspira la más tierna de tus emociones, te llega el sueño. Te cuesta acomodar tu costillar en el cama, pero al final acabas durmiendo.

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Como tu ánimo siempre está ligeramente barnizado de ciclotimia, la preocupación con la que te acostaste se diluye cuando amaneces y te asomas al balcón. El cielo hace milagros. No lo dices en sentido figurado, sino en sentido real: miras al horizonte y el espectáculo de las nubes rasgadas por una especie rompimiento de gloria sobre la silueta de San Francisco el Grande es un milagro estético que sólo puede presagiar buenos días. Turnersobre cuya vida se acaba de presentar en el Festival de Cannes una película muy interesante- no lo hubiera pintado mejor. Enfocas la cámara de tu móvil ( la única que sabes manejar) y haces lo posible por atraparlo.

Por unos momentos archivas a las cacatúas, a Europa, Florentino el Magnífico, la Champions perdida por el Atleti, la suerte de los galápagos y de las barnaclas, el llanto de tus vértebras, el retraso de radiología, el tinte de las cortinas, la ensaladilla rusa y hasta el encaje de bolillos que te presentan la Declaración de la Renta y otros pagos pendientes. El carpe diem del clásico ya casi te parece excesivo: carpe minutum y a vivir despreocupado, que son dos días.

  

 

 

 

 

Un 5 de agosto memorable

Ver amanecer en Madrid y pasear luego por lalguno de sus barros de la periferia tampoco es mal plan para agosto...

Ver amanecer en Madrid y pasear luego por uno de los barrios de su periferia también puede ser un buen plan…

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Llega agosto, Madrid aligera su carga humana y tú tienes que confesar algunas de tus debilidades inconfesables. Reconoces una cierta adicción a varios factores que te ponen plomo en las alas para decidirte a abandonar tu palomar y volar hacia las vacaciones. Uno es el gusto por la soledad y el silencio. Otro es la ausencia de compromisos. Como aquí no hay playa, que bien lo recuerda la canción, te quitas ese cuidado. Como apenas te queda familia y amigos en la villa y corte, nadie te requiere para almuerzo, comida, merienda, cena o copa alguna. Hay días en que ni suena el teléfono. Tienes una cierta inclinación por lo insólito, pero lo insólito insignificante y aburrido, lo que nadie haría por considerarlo absolutamente falto de interés.

Sólo quieres y necesitas andar, porque te gusta y además te mantiene en forma. Y puede parecer una perversión, pero a la vista de que la ola de calor africano ha cedido,  te pones el sombrero, te echas una mochila a la espalda y una vez disfrazado de guiri –sin  la botellita de agua en la mano, por Dios- coges el metro y te vas al pueblo de Vallecas.

Desde ahí volverás andando a tu casa.

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Piensas en lo mal que has organizado tu vida, pero te complaces en tu propio caos. Durante el largo paseo vas repasando los múltiples destinos maravillosos en los que podrías despertar. Claro que desde no todos ellos observarías el amanecer tras las cúpulas y los tejados de Madrid, como haces tú cada mañana.  Día tras día,  la salida del sol se va desplazando en el horizonte hacia la derecha de tu observatorio, buscando su solsticio de invierno. En menos de un mes, en lugar de levantarse entre las siluetas recortadas del Madrid de los Austrias lo hará entre los bloques de ladrillo de los nuevos madriles que se van extendiendo al este  y sur de la capital.

Y qué rápido pasa todo.

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Es imposible caminar con la mente en blanco. En cada paso se frunce un recuerdo, un pensamiento, un deseo, una idea, uno de esos buenos propósitos que jamás se cumplen, una duda. De repente el nombre de una calle te lleva a alguien con el que lo relacionas, y vas mentalmente con esa persona amiga un ratito. Te cruzas con un vecino  de piel oscura, y concluyes que poco se parece ya este paisanaje multinacional al  Madrid suburbial de Galdós.

A propósito de suburbial, incluso a ti te suena anticuada esta palabra. ¿Se podrá seguir utilizando, o es otra de las políticamente incómodas que se debe tapar con un eufemismo?

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Por donde vas sigues ejerciendo tu pasión de diablo Cojuelo. ¿Y quién vivirá en ese piso con las persianas cerradas? ¿También se han ido sus dueños de veraneo? ¿A Torrevieja? ¿A Miño? ¿A Elche de la Sierra? Y la señora esa que tiende la ropa en su terraza…¿se llamará Manuela, Trini, Adela?… Tal vez su nombre sea Olga, o Anouchtka porque en Vallecas hay mucha población rusa. Y marroquí, y búlgara, y rumana. También vallecana, se supone

Desayunas porras en Vallecas. Compras pan de centeno en Vallecas. Y te sientes moderadamente satisfecho, porque al fin haces algo nuevo en tu vida. ¿Mira que si tu extravagancia se convierte en trendic topic? (También reconoces que no estás muy seguro de lo que significa eso de trendic topic. Pero por si acaso cuadra y además mola incurres conscientemente en la gilipollez).

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La entrada en la almendra central de Madrid viniendo desde Vallecas no es lo más elegante de la ciudad. Así que como de lo que se trata es de andar, te desvías hacia el norte en dirección al Retiro, buscas la zona más umbría y solitaria del maravilloso parque y te sientas durante una hora en un banco para leer los periódicos en el IPAD.

Confirmas que en agosto los periódicos son casi totalmente prescindibles.

Continúas el paseo por la Cuesta de Moyano, donde compras cuatro libros por diez euros.  Vuelves a casa, te duchas, comes, te echas la siesta. Te despiertas, tomas un café con hielo, estudias durante dos horas la Pasión según San Mateo de J.S. Bach, que si todo va bien cantarás con tu coro  en el mes de marzo. Después lees El hombre del salto, de Don De Lillo,  una de las gangas compradas en Moyano, haces una cena ligera y acabas el día viendo por la tele Harper investigador privado, una buen thriller protagonizado por Paul Newman en los años sesenta.

Luego te vas a la cama, y lees un poco más antes de que el sueño te venza y apagues la luz.

Resumes mentalmente:  qué pérdida de tiempo, qué plan tan absurdo. Qué domingo tan tonto. Y qué cinco de agosto tan esaborío.  Sin embargo tú, parafraseando al poeta, estás convencido de que hay otros días de verano, pero están en éste. Que, por cierto, casi te parece más original y divertido.

Francisco, un buen día de verano

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Las razones por las que un hombre más bien escéptico pasa un buen día de verano pueden ser muy diversas. Además, tú ni tan siquiera  tienes ya tan seguro lo que es un buen día de verano. Años atrás no lo hubieras concebido sin darte un chapuzón en el mar, en un río o como poco en la piscina. Y sin esperar al menos una mirada de esa moza que salía del agua recogiendo sus formas de mujer y caminando tímidamente mientras se sacudía el cuerpo como una gacela mojada.

Ahora ni necesitas refrescarte con una zambullida. Estás en Madrid, y en el foro nunca se te ocurre que hay que bañarse. Asimilaste en su día aquella definición de Madrid como poblachón manchego lleno de subsecretarios (Cela). Desenfocada definición al día de hoy, cuando cualquier pueblo manchego seguro que dispone de una piscina municipal gloriosa financiada por la Unión Europea, que por ahí también se debe de haber desaguado la Europa de los mercaderes. Tampoco es grave lo de tu afición al secano. Con los años uno acaba reconciliándose hasta con sus manías más extravagantes.

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Sorprendentemente en este julio tan exageradamente caluroso el fin de semana refresca y el domingo amanece en Madrid nublado. Era una buena noticia. También lo era que ya no necesita España el posado en bikini de Ana Obregón para sentirse feliz. Santo cielo, qué madurez la de este pueblo.  No se sabe si porque la musa de las revistas del corazón ya no está para esos numeritos  o porque tiran más dos camisetas (las de Neymar y la de Isco)  que dos tetas, el caso es que ahora vemos mucho más futbolistas fichados y las barbas de Rajoy que el tanga de la sonriente actriz, lo que puede que tampoco sea buen síntoma.

Una llamada de teléfono de mujer te quebró las lucubraciones.

-Abuelo-  que si me llevas al Retiro, porque me aburro.

Marina tiene una voz diamantina y ocho años muy redichos. Como encabeza un pelotón de seis mujercitas  y la pequeña de las nietas sólo ha cumplido dos, te parece ya tan madura que a menudo crees pasear con una licenciada en lugar de una niña. La mañana está fresca, cuasi otoñal. Sólo un par de días antes habías escuchado por la radio que se celebraba el día de los abuelos, una de esas advocaciones estúpidas con las que se da jabón sucesivamente a casi todo y  casi todos: día de la madre, del padre, de la mujer, de los niños, del corazón, de esta o aquella enfermedad, de la música, del agua, del ahorro de energía, de los animales de compañía, del orgullo  gay, del teatro… Se te ocurre proponer que se consagre ya el Día Internacional de los que no tienen día, y se acabe con el baboseo mediático de estos homenajes. También te da por pensar que ya has hablado con la primogénita de tus nietas cien veces más de lo que tu abuelo Pablo pudo compartir contigo, y que en estos momentos un niño con abuelos es un niño con más padres y madres. Tú en particular no necesitas que te dediquen un día, porque ya lo hacen tus nietas cada vez que te reclaman como lazarillo para los días de vacaciones.

-A mí me gustaría vivir en el campo-dice la criatura mientras dais un larguísimo paseo por El Retiro– porque sales de casa y no necesitas a los mayores para pasear. Y además juegas con la perra, y te bañas, y recoges los huevos de las gallinas…

La vuestra es una mañana de conversación peripatética. A su tierna edad Marina, como cualquier niño de ahora, entre muchas observaciones y pintorescas historias que cuenta, también plantea cuestiones que te ponen en un brete.

-Abuelo, ¿por qué hay tantos pobres en la calle?…

Te callaste. Tu excusa es que era el día de los abuelos sin respuesta.

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Cuando esta España que al modo unamuniano tanto nos duele aún se lame las heridas del Avia descarrilado en Santiago, salta otra mala noticia. Tan típica del verano como expresiva de la secular estupidez humana. Un agricultor se pone a quemar rastrojos y provoca el incendio que arrasa dos mil hectáreas –hasta el momento- en la Sierra de la Tramuntana de Mallorca, declarada por la UNESCO patrimonio de la humanidad. Nunca aprenderemos. Sin embargo la mañana te había dejado una huella amable, y estabas dispuesto a ver el vaso medio lleno. Aunque no eres especialmente vaticanista, sino más bien al contrario, te ha llamado la atención la claridad y la rotundidad con la que se está pronunciando el papa Francisco en Brasil, donde entre otras broncas a los políticos, a los ricos y al propio cuerpo de servicio de la Iglesia ha clamado por la laicidad del Estado. A ti, tan influido por el poder del lenguaje, te parecía que este papa era como esos entrenadores argentinos tipo Valdano que se devanan en volutas de filosofía hueca. Pero ahora has cambiado de opinión.

-¿Será Francisco el promotor de la perestroika que la Iglesia necesita?-te preguntas esperanzado.

La noticia te parece verdaderamente importante, y te ha dejado el alma contenta. Así que como en Unitel Classic –un canal de música clásica que descubriste hace poco y que te tiene entusiasmado- ofrecen por la noche una Novena de Beethoven dirigida por Daniel Barenboim y nadie vigila tus excesos, porque es otra de las ventajas de vivir solo, buscas tu partitura de la Oda de la Alegría y te sumas al coro cantando desde tu palomar como si estuvieras en el mismísimo Albert Hall donde se celebra el concierto. Ya insinuabas al principio que nunca se sabe cómo acabará un buen día de verano.

El abuelo sigue disponible

Tú, como este otro abuelo... (Imagen prestada de www.porlosabuelosfelices.blogspot.com

Tú, como este otro abuelo…
(Imagen prestada de http://www.porlosabuelosfelices.blogspot.com)

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En realidad hoy te apetecía mucho más centrarte en la historia de Pilarín. Aunque ni siquiera sabes si acabarás llamándole así, ese nombre tan antiguo. Promete ser una historia apasionante, un cuento que viene muy a cuento para  meditar sobre uno de esos problemas –otro más- que son corolario de la dichosa crisis. Gensanta, que diría Forges. La crisis…

Pero reconoces que ayer no fue un día normal para ti. Y que aunque no crees que tu experiencia se pueda traducir automáticamente en ayuda para los que fueron como tú tocados por el cáncer, debías responder al menos a la multitud de familiares, amigos, conocidos y lectores de este blog que se han interesado por la evolución de tu enfermedad. El caso es que ayer la joven oncóloga que gobierna tus destinos examinó los análisis y el informe del último TAC  y fue concluyente.

-Esto está muy bien, Luis. Vete de vacaciones tranquilo, y a partir de septiembre sólo nos veremos cada seis meses para hacerte un control.

Y te fuiste tan contento, aunque a ti la exteriorización de este tipo de alegrías te de una miajita de vergüenza.

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La realidad es que tu cáncer sigue ahí, medio adormilado en tres o cuatro rinconcitos de tu cuerpo, pero, como dicen los taurófilos de las reses mansas, no parece hacer por ti. No le interesa hacer sangre, así que como todos los detalles de los análisis dan unos datos muy positivos te dan una especie de alta provisional.

Te imaginas al tumor como esos militares que llegan a una edad de jubilación, y les mandan a la reserva o en situación de disponible. Ahí estará el bichito, con su uniforme de coronel –siempre pensaste que no tenía el rango de general-, jugando al dominó en el casino con otros cancerillos en la misma situación, y esperando que el destino  les reclame por si conviene ponerte las cosas difíciles.

-Que hay que seguir dando guerra, amigo. A la carga…

Nada es descartable. Pero si no te dio ningún miedo cuando pintaban bastos, no te va a dar ahora que la bestia parece aletargada.

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Lo más curioso de esta experiencia es que por lo visto se puede sufrir el cáncer y tener buena cara. Esto te intriga, porque tú nunca tuviste buena cara, pero bastó que entraras en talleres para que la gente te dijera que tenías buen color, y que con ese aspecto y el buen apetito que nunca te faltó la cosa no podía ser muy grave. Tampoco has sufrido dolores, salvo los que en la espalda te provocó la metástasis. Ni diarreas, ni vómitos. Ni te has sentido cansado. Ni has dejado de dormir. Ni te ha decaído el ánimo. Pequeñas molestias sólo fueron las que te ocasionaron la radioterapia y la quimioterapia.

Pero eran gajes del oficio, como quien dice.

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Tan sano te ven los tuyos que ya te ha llamado tu nieta Marina para que la recojas a ella y a las otras  nietas con vacaciones y las lleves al Retiro. Gajes del otro oficio, el de abuelo, que no puede permitirse el lujo de pasar a la reserva en estos días en que cierran los colegios y aún no se abrieron las puertas de las vacaciones.

Así que cierras este post apresuradamente para cumplir tus deberes dando las gracias a todos los que se han preocupado por tu salud, y animando a los colegas del tumor para que esperen también sus buenas noticias. Ojalá vengan pronto.

Y en el próximo post, la historia de Pilarín, que seguro tendrá más gracia.

La medicina del alma

La foto es un churro, pero la "instalación" tiene su aquel...

La foto es un churro, pero la “instalación” tiene su aquel…

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Viste en un ABC reciente que en algún lugar han inaugurado un busto en honor de Mingote. Recuerdas vagamente la foto de familia y autoridades que suele recoger este tipo de actos. Junto al busto aparecen todos los que lo admiraron con cara de circunstancias. Quizás sea por lo mismo que te ha llamado la atención a ti, y es que la presunta obra de arte no se parece en nada al original. Suele pasar. Nos asombran el Moisés de Miguel Angel y el Éxtasis Bernini por la asombrosa fidelidad de sus rasgos, pero lo cierto es  que nadie había visto la cara ni tiene la fotografía  de Moisés ni de santa Teresa para comparar. O sea, que el retrato de los personajes no deja de ser un suponer.

A Mingote le van a dedicar ahora una estatua en El Retiro. Ya han convocado un concurso: Dios nos coja confesados. Más valdría que le dedicaran una placa en la que se plasmara uno de los dibujos con los que se autorretrató. Sólo unas líneas de su lápiz serían para el gran público bastante más identificables y, sobre todo, más emotivas, que lo que probablemente elegirá el jurado municipalista. Basta cotejar la estatuaria conmemorativa que jalona las calles de las ciudades y pueblos de España. ¿No son sus mejores esculturas las de aquellos a los que nunca conocimos de carne y hueso?

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A tu tío Federico Larrarte le dedicaron cuando murió uno de esos recuerdos de bronce en los jardines de Arenas de san Pedro que llevan su nombre, pero tú pasaste por allí y comprobaste que aquel bajorrelieve podía ser él o cualquier otro tío. Mejor hubiera sido sólo la leyenda: al doctor Federico Larrarte, que atendió a tantos arenenses sin cobrarles una peseta. El tío Federico Larrate siendo poco tío –estaba casado con una prima segunda de tu madre, que era la  que daba las mejores comidas y meriendas de la familia- era un gran tío. Lo suyo eran los niños, aunque no sabes si a eso hay que llamarle puericultor, como se decía entonces, o pediatra, como prefieren decir ahora. De modo que tu primera noción de un galeno se fraguó sobre la imagen de un señor sonriente, muy pulcro, elegante y simpático vestido con camisa a rayas y cuello de celuloide blanco que iba a tu casa cuando te dolía la garganta o eructabas esencias de huevo duro.

-Este niño en cama, que no vaya el colegio –decía después de auscultarte y de palparte la tripa- Y de dieta, arroz blanco, jamón de York y yogur.

Entonces te daba un cachetito en el moflete, para restarle importancia al asunto, metía el estetoscopio en su maletín de mano y se despedía.

Eran tres de tus manjares favoritos, así que tú le quedabas muy agradecido, porque te sanaba, te libraba del colegio, le daba alegrías a tu paladar imberbe y encima, en verano, hasta te llevaba de excursión en su Renault 4/4  por las carreteras de Arenas.

El tío Federico se distinguía además por su voz, que tú, en una precoz ínfula de greguerista ramoniano, asociaste a la del bocadillo de jamón, como si los bocatas de jamón hablaran. No sabías por qué, pero estabas convencido de que el tío Federico tenía voz de esa delicia, sin precisar si el jamón era de Avilés, de Teruel o de Montánchez, porque entonces lo de ibérico pata negra no entraba en tus cabales. Otra de las peculiaridades del tío Federico es que exhalaba un perfume inconfundible, el de una colonia que no oliste nunca en ninguna otra persona, y que grabó tu memoria olfativa para siempre. También lucía  en el dorso de una mano  uno de esos grandes lunares que la edad desparrama por la piel humana.

-¿Qué es eso?- le preguntaste un día.

-Un caramelo –te respondió sin darle importancia.

Tú, como buen niño, no entendías el sentido del humor. Pero te quedaste con la idea del caramelo para redondear la imagen del hombre que te ayudó a crecer. Todo positivo, todo amable. Un mal día el tío Federico se murió, y tú mojaste la  pluma en la tinta de los recuerdos para escribir El retorno del tío Federico, una semblanza imaginaria en la que resucitaba para seguir vigilando la salud de sus pacientes. Supones que aquellas cuartillas pecarían de sensibleras, pero a su hijo Adolfo, que heredó el maletín y luego te ayudaría a criar a tus hijos, le emocionaron mucho.

-Muchas gracias- te dijo por teléfono con la voz temblorosa. Era la única vez en su vida que te llamó él, porque siempre eras tú o tu mujer la que le llamaba para atender a los niños.

Ese recuerdo te estimula. Pensabas que los médicos, tan familiarizados al cabo con las glorias y miserias de la vida y de la muerte, no deben de ser propicios  a la emoción. Sin embargo muchos años después repites en cierto modo la experiencia con otro médico y te das cuenta de lo contrario. Les cuesta, probablemente están educados para la frialdad y la templanza, pero, como cada quisque, tienen su corazoncito.

3

Que la fuerza te acompañe, decía Darth Vader. Pero luego te acompaña o no, según le da. A Constantino Romero, que era quien daba voz al tal Darth, le ha acompañado sólo hasta los 65 años, dos menos de los que tú has cumplido con largueza. Sigue el desfile…

Eso quiere decir que estás en edad de riesgo, y que nada agradeces tanto como ese médico amigo que, saltándose el severo protocolo y la burocracia que hoy exige la medicina, pública o privada, te ofrece su teléfono móvil y te atiende a cualquier hora del día y de la noche. Se habla mucho de los progresos de la moderna medicina, pero a ti te nacieron en la época de los médicos de cabecera, cuando Mahoma aún iba a la montaña, y no era esta la que tenía que acudir al hospital o al ambulatorio para revisar sus debilidades. O sea, que echabas de menos al médico cercano. En más de cuarenta años de cotizante de la Seguridad Social ni siquiera recibiste la visita de ninguno de sus galenos.

-Con la de trabajo que tendrán- pensabas-¿Cómo les voy a llamar por una simple vomitera?

4

La fuerza de Darth Vader quebró con tu puñetera neoplasia y dejó de acompañarte, pero como no hay mal que por bien no venga fue entonces cuando perdiste el pudor y solicitaste la ayuda de esos médicos que, dentro o fuera de tu seguro eran tus amigos. A tu otorrino de confianza, Paco Isasa, a quien no veías desde el colegio, te lo reencontraste veinte años después trotando a tu lado entre la nube de corredores que corríais la Maratón de Madrid, y desde entonces lo llamas sin reparo alguno cuando lo necesitas. Vitín L. Barrantes, que es dermatólogo, te hace encantado la ITV de la carrocería, y te anima cariñosísimo con la autoridad añadida de haber superado su propio susto y ser un hombre feliz. El cirujano Vicente F. Nespral te arregló en su día la fontanería interior (e inferior), y es tan eléctrico atajando tus males como poniéndote en contacto con el especialista que haga falta. José Antonio Serra, que es geriatra, está abierto hasta al amanecer `para examinar tus vergüenzas y despacharte recetas adobadas con sentido del humor.

-Lo del reconstituyente  me parece bien. Lo de la muñeca hinchable –dice sin perder un ápice de su ironía- excesivo.

Y finalmente tienes a Quico L.I., que es psiquiatra,  que lleva años luchando denodadamente contra su propio bichito  y que coincide contigo en el campo los fines de semana. Tal vez por eso se ha convertido en tu mentor y supervisor, como si él fuera el prior y tú el misacantano tumoral. Qué cosas.

5

A Quico le debías un detalle, pero no es hombre fácil de regalar, pues él bebe Coca-Cola en lugar de vino, y además se ha comprado ya todos los caprichos más o menos útiles que normalmente apetecemos los hombres. Así que decidiste que más que un regalo le cuadraba un homenaje. Podías haberle encargado un busto, con el riesgo de que al artista de turno le saliera un engendro como aquel del pobre Mingote que se cita en este post, y además no tenías presupuesto Tiraste de imaginación y entonces se te ocurrió una instalación, que ese neologismo mágico con el que los artistas modernos presentan sus creaciones o sus camelos, que pueden ir desde una docena de latas de tomates ensartadas por un alambre en torno a la escafandra de un buzo –qué genial- hasta tres escarabajos peloteros disecados sobre un tablero de parchís. Asombroso, sobre todo si los escarabajos van pintados de turquesa y oro y el título de la instalación es Tres lanceros bengalíes.

 

-No te pongas estupendo- sentiste que te decía entonces Pepito Grillo- y no te comas el coco. Que Quico es más sencillo de lo que tú piensas.

6

Entonces pensaste en lo mismo que probablemente te hubiera gustado a ti, un modesto juguete de hojalata y un mensaje ad hoc, como queriendo decir que lo importante no es el valor del objeto en sí, sino su significado. Pillaste una ambulancia de los años sesenta, una caricatura suya, una foto de Gredos como marco de vuestros encuentros, y con la ayuda de tu sobrina Alicia y tu sobrino Ramón instalaste, y valga en palabro, todo esto en una caja de madera cerrada por una tapa de cristal. Lo demás fue leer el soneto en medio de un pequeño festejo entre amigos. El soneto, titulado La ambulancia de Quico, dice así

¿Por qué será que Quico, o don Francisco,

doctor en los problemas de la mente

siempre te atiende, amigo y diligente,

te duela tu locura o tu menisco?

¿Por qué no hay nieve ni rayos ni pedrisco

que frenen su atención hacia el paciente?

¿Por qué cura su optimismo impenitente

Hasta el mal más dañino y levantisco?…

La respuesta no está sólo en su ciencia,

sino en algo de aún más importancia.

Buen galeno, acude con urgencia

y para atajar cual sea tu dolencia

te acoge en su mágica ambulancia

y te inyecta cariño en abundancia.

La instalación no es para que figure en el Reina Sofía, y el soneto no hace sombra a los de Quevedo. Pero con ellos no hablaba un artista, sino sólo un amigo agradecido que mejora día a día gracias a la medicina del alma.


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