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Los Clamores a Martirio

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Aquella noche, Esmeralda Clamores regresaba a casa extenuada y algo deprimida. Ella no entendía de expresiones como Blue Mondays, pero conocía bien el sentir de la decepción y falta de ilusión del ser humano, y no digamos de la frustración de ser un artista no reconocida.

El reconocimiento a su obra se había esfumado desde que Carlos Herrera la encumbrara en el programa de Las Coplas de mi SER por esas tonaíllas improvisadas. Entonces España era una sola, y maldecía que nadie reparara en la brillantez de su espectáculo 17 pitorros de España, con vedettes coordinadas en una coreografía de las 17 comunidades autónomas de este país plurinacional, país de países o nación de naciones. Expresiones con las que a todos los pogres se les llena tanto la boca.

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Le dolían los pies tras pescar una vez más una pequeña paga del Tony 2 de Madrid. Ese bar en pleno barrio de Chueca pegado a un gran piano de cola donde folklóricos como ella, no debidamente encumbrados a su juicio, chorreaban arte español por su garganta, con fenómenos improvisadores al piano. El manager del Tony 2 tampoco había accedido a la contratación de sus 17 vedettes para su espectáculo. Los asistentes, ebrios en su mayoría, se desternillaban con su versión de Little Flag a la vera de los teclistas. Esmeralda sabía que era un éxito, pero le enfadaba terriblemente que un arte tan sublime se ahogara entre copas de gin tonics y manos deslizándose por debajo de las faldas. Era indigno.

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Abrió la nevera, aprovechó unos huevos que puso a hervir, abrió una lata de tomate natural, sacó las yemas, y las mezcló junto al tomate y otras latas de atún, alcaparras y un bote de mayonesa – ea, encima del cachondeo, querrán que una además luzca figura como Penélope Cruz -. Se sentó en la mesa redonda frente a la TV, reposando el plato en el hule tan limpito que conservaba de las giras de la radio con Carlos. Era el presente de un fan de Cuéllar, y en él se esbozaba el concepto de los 17 pitorros. Encendió el electrodoméstico de cátodos, pues nunca accedió a cambiar a una TV plana, otra ofensa que derrumbaría a sus 17 vedettes comunitarias, debidamente vestidas en su bandera autonómica y que adornaban el salón reposando sobre el televisor. Y cambiando de canal, se topó con La Noche en 24h, informativo dirigido por ese chico tan guapo y correcto que es Sergio Martín, su sección de “barra cultural”.

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Había una mujer mu guapa y folklórica. La entrevistaban a razón de su próxima actuación en el Circo Price. Vestía estupendo, lucía sonrisa de dentadura de anuncio, adornaba su moño con una peineta de las de antes, y contaba curiosidades de su espectáculo. Hablaba de la copla, y de su trabajo de convertir este arte en Yastandar. Perpleja, dejó caer su tenedor encima del plato, y gotitas de tomate se adueñaron de la pantalla del televisor y su guatiné. También del hule, claro está. Inmediatamente cogió el móvil para llamar a Samuel, su único sobrino sensible que aún creía en su arte, y a quién acudía para las dudas del inglés.

  • Samu, pon el canal 24h hijo
  • Enseguida tía Esme
  • ¿ves a la folklórica?
  • Sí, tía, claro que la veo
  • ¿y qué significa Yastandar sobrino?

Samuel le pidió que le dejara escuchar. Al rato, volvieron a hablar.

  • Tía, es Martirio, la coplera moderna, y habla de Jazz Estándar. Quiere cantar las coplas en inglés. Por ejemplo “La bien pagá” la canta como “Paid so well”….

El sobrino continuó hablando solo, mientras su tía Esmeralda Clamores había roto a llorar… Pero Samuel entendió perfectamente el motivo de tanta tristeza; su tía ya le había comentado con anterioridad que ella había recuperado el coraje artístico, porque España se rompía, y más que nunca necesitaban de recursos culturales como sus 17 pitorros. Este revés de corroborar que aupaban a una folklórica que popularizaba lo que ella había ya innovado, traducir las coplas al inglés, en los 90, y nada más y nada menos que en La Cadena Ser, era demasiado hasta para su entusiasta tía Esmeralda Clamores.

  • Bueno, tía, no llores más. Además, seguro que no hallarán traducción posible para los 17 pitorros de España, ni tampoco para el botijo que lo sustenta. Duérmete y mañana te llevo el desayuno a primera hora para darte un beso y animarte.

Espérame en el cielo, Manolo

Escobar1

Sigue el desfile. Estás en una edad en que se te mueren hasta los inmortales, y lo peor de todo es que ni siquiera te afecta como crees que te debería afectar. Procesas con naturalidad el instinto de supervivencia: si hay otra vida, seguramente pasará menos tiempo para que te encuentres con el difunto en el más allá que el que pasaría aquí hasta que volvieras a saludarlo.  Así que el muerto al hoyo y el vivo al bollo, o aquí paz y después gloria. Debe de ser que, aunque no lo quieras, se te acorchan los sentimientos. Lo que otros llaman simplemente ley de vida, que como apostillaban los romanos es dura lex, sed lex. Se muere Manolo Escobar y su España sigue a lo suyo. De imprescindibles está lleno el reino de los cielos.

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A ti, reconócelo, la muerte de los famosos te suela afectar poco. Incluso la de aquellos a los que, sin ser amigos tuyos, has conocido de algo. Pero no todos los famosos han sido iguales, incluso en la breve y superficial relación que mantuviste con ellos. Cuando desapareció sigilosamente Tola te dio verdadera pena, porque te parecía un verdadero talento televisivo, una auténtica revolución como presentador incisivo y mordaz, y además fue de los que indirectamente más te ayudó en tu carrera radiofónica. Te entristecía ver que, lejos ya su magnífico Si yo fuera presidente, la gente apenas se acordaba de él. Murió Juan Luis Galiardo y de verdad que lo sentiste, pues después  de haber soportado una bronca suya –por un asunto un tanto divertido- y de haber vacilado con él un par de veces en la radio te parecía un tipo simpático, ingenioso y de gran honestidad intelectual, capaz de convertir su pasado de seductor en una caricatura de la insoportable levedad del ser. No sabes si antes o después también voló Antonio Mingote, que a base de ver sus chistes tantos años era como de la familia, y como otra muerte de buenazos puedes catalogar la de José Luis Borau, personaje que te despertaba infinita ternura y al que recordabas de cuando rodaba para tu agencia spots publicitarios en su casa antes de lanzarse a ser figura del cine.

En ese mismo orden preferente colocas a Manolo Escobar.

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Ni una sola de sus canciones estaría en la lista de tus 500 favoritas. El Ejido, Badalona, Benidorm, su famoso tupé, una troupe de hermanos como palmeros y guitarristas, todo el argumentario de tópicos españolistas en unas letras sin el perfume de Quintero, León y Quiroga…Nada de lo que le ha subido al pedestal de la gloria popular te emociona particularmente, incluso caería en el caleidoscopio del sinete folklórico que hacía en la radio una tal Esmeralda Clamores nacida de tu repertorio. Y sin embargo le admirabas. Admirabas la sinceridad de su vida y de su cante, deseoso siempre de dejar en el aire una fragancia amable y positiva. Admirabas al hombre machadianamente bueno que habitaba en esa alma que respiraba honradez y una casi conmovedora ingenuidad.

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Cuando se le pide a un personaje famoso su participación en una campaña de publicidad es muy normal que éste exija un cojón de mico primero y luego, con la boca chica, cumpla sin dar demasiadas facilidades. Vanitas vanitatis Tú viviste esa misma experiencia con otros personajes públicos, que decían veinte segundos de mensaje para un banco sin cambiar su cara de marmolillo y en una hora de rodaje se llevaban lo que cobraba Curro Romero por una corrida de entonces. Ninguno te había dado las gracias porque te acordaras de él para proponerlo como prescriptor, y, de paso ganarse una pasta. Ya creías que eso era lo normal entre las celebridades. Por eso te sorprendió que unos meses después de acabada una campaña para anunciar los PAC de la Unión Europea a través del Banco Santander en la que aparecía Manolo Escobar cantando desde lo alto de un tractor Billetes, billetes verdes/ pero qué bonitos son, recibieras una llamada de teléfono en tu agencia.

-Hola –te dijeron al otro lado del teléfono- Soy XX, sobrino de Manolo Escobar y su representante. Que mi tío dice que le gustaría ir a hacerte una visita.

Se presentaron tío y sobrino en tu despacho. Y, como si el ilustre cantante fuera un debutante feliz por haber ganado sus primeras pesetas gracias a ti, te abrazó sonriente y ceremonioso.

-Toma-dijo entregándote  un bonito cuadro a pastel- Y muchas gracias por haberte acordado de mí.

Manolo Escobar era un buen coleccionista de arte moderno. No sabes, ni te importa, qué cotización tiene la firma de aquel pastel. Cuando lo miras, sólo piensas en lo que valía el hombre que lo regaló, un ídolo de masas que nunca perdió la perspectiva de la normalidad. Un buen tipo que sabía estar a la altura de su fama.

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En el campo, un poco triste, pero contento de otra parte. No sabes si es por la muerte de Manolo Escobar , pero qué manera de llorar el cielo. Desafías al temporal y sales a pasear bajo la lluvia removiendo los erizos de las castañas por si descubres un boletus. En estas te llama por teléfono tu amigo M.G.

-Qué alegría me da escucharte –te dice- Y menudo el susto que me he llevado…¿Creerás que me han llamado para decirme que habían escuchado por la radio que te habías muerto?…

Desde que va hacer un año pensaste que te podías morir en breve plazo, a ti estos despistes no te dan ningún yuyo. Por lo que te cuentan, hoy Javier Capitán evocaba en su programa de RNE la colaboración que mantuvisteis él y tú con el fallecido Manolo en un programa bastante horribilis de Tele 5. No sabes cómo se expresó Capitán, que no suele hacerse líos, pero alguien lo escuchó a medias, se precipitó en sus conclusiones y creyó que el difunto eras tú, hasta el punto de llamar a tu amigo ya citado para darle el pésame. Que la noticia no sea cierta te da una doble alegría. De una parte, ya te consta que los pocos que recibieron la mala nueva lo sintieron de verdad. De otra, sigues vivo. Y con ánimo para cantarle a tu admirado Manolo Escobar  el bolero aquel de Espérame en el cielo…

Un encuentro con Forges

Muchas de las observaciones de Forges te recuerdan a las que hacía tu doña María en la radio...

Muchas de las observaciones de Forges te recuerdan a las que hacía tu doña María en la radio…

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A veces tiras del hilo de un día cualquiera y acabas encontrando un poco de  literatura. Todo empezó cuando las noticias dieron cuenta de que el el bloqueo de la administración de los Estados Unidos podría provocar un batacazo económico treinta y dos veces superior en su cuantía al que supuso la quiebra de Lehman Brothers.  Las gracias de la economía global.  No es justo –pensaste- ¿Por qué  los grandes pelotazos de los ricos sólo tienen repercusión en sus bolsillos y sus ruinas nos arrastran a todos?

Vana pregunta, porque las cosas son como son, y tú qué pito vas a tocar en esto. Así que a vivir, que son dos días.

Advertiste que este en particular era día de macarrones con tomate, chorizo y queso. No sabes qué sienten los demás, pero tú tienes claro que tu cuerpo hay  días de que desea imperiosamente macarrones con tomate, o días de lentejas, o de filetes de gallo rebozados, y momentos de morder desesperadamente un bloque de jamón de York o una tajada de esas grandes  ruedas de queso Emmental  que exhibían las mantequerías antiguas.  En días así,  son esos bocados tu necesidad inmediata, y colmarla,  tu felicidad posible. Bueno, pues el día del miedo al enésimo soponcio económico tu hambre exigía ese plato tan sencillo, pero tan gratificante.

Y te pusiste  a ello.

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Todo fue bien hasta que tuviste que abrir un sobre de queso rallado para esparcirlo  sobre la fuente de  macarrones. Hubo un tiempo en el que abrir cualquier sobre o paquete era algo al alcance de cualquiera, pero desde que el sector alimentario inventó el termosellado de los envoltorios y  esa fuente de cabreos y frustraciones sin límite que llaman abrefácil , ese momento constituye uno de los más delicados y difíciles para la autoestima.

-¿Seré capaz de hacerlo –te preguntaste- o este puto queso rallado me volverá a recordar que soy incapaz también para esto?

Obviamente, el abrefácil se salió con la suya, y no cedió a tus ímprobos esfuerzos. No pudiste liberar el queso rallado hasta que recurriste a las tijeras de cocina, que junto con el cuchillo jamonero tantos cortes te han producido en esa labor sencilla como debería ser sacar un alimento de su envoltorio. El nuevo fracaso te planteaba el dilema de no saber si eras realmente un imbécil o los fabricantes de abrefáciles son lo más siniestro y vesánico de la especie humana.  En ese momento, además,  sentiste dentro de ti a doña María, aquella criatura radiofónica que para casos como éste siempre decía la misma sentencia.

-Esto está hecho de espaldas al pueblo.

 

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La vida es a veces una cadena de casualidades. El día anterior te había llamado la atención el chiste de Forges  sobre abrefáciles que reproduces aquí. Eso coincidió con la llamada una amiga para avisarte de que en el programa de RNE No es un día cualquiera que presenta Pepa Fernández, ella, el propio Forges y ese trasgo genial de finísimo humor llamado Juan Carlos Ortega habían evocado tus años de radio junto con Javier Capitán y Julio César Iglesias, rindiendo un particular y cariñoso homenaje a tus títeres de cabecera como fueron Braulio, Esmeralda Clamores, el padre Bonete y la ya citada gladiadora del hogar.

[Escuchar el programa pinchando aquí, minunto 45 aprox.]

 

–¿Estaré muerto? –pensaste al escuchar sus palabras a través del podcast de RNE a la carta- Porque normalmente sólo se habla de la gente así de bien cuando ya no puede escucharlo…

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También debe de ser casualidad  que el maestro Mingote, y Forges  nacierais el mismo día 17 de enero con algunos años de diferencia. Y casualidad fue que hace dos o tres semanas te lo  encontraras paseando por el centro de Madrid, y que anduvierais juntos un ratito contando vuestros respectivos arrechuchos, a Dios gracias si no vencidos al menos amansados, y hablando de la radio, de las cosas de la vida y de esta costumbre que tenemos los jubiletas –él aún no del todo- de echar a andar cada día para recuperar la ilusión de la salud y aventar los recuerdos.

Te sorprendió la frase con la que te despidió antes de entrar a hacer unas compras en el nuevo Mercado de San Antón.

Pues me alegro mucho de verte así de bien –dijo mientras te daba un apretón de manos y te sonreía- Y te doy las gracias por existir, porque sin gente como tú, te lo digo en serio,  esto sería mucho menos soportable.

Pasmado te quedaste, viniendo aquello de un agudo observador y fabricante  sonrisas inteligentes al que de verdad admiras. No le dijiste que lo tuyo no fue ningún esfuerzo especial por resistir a la enfermedad.

Tampoco le pudiste decir entonces que a pesar de la amenaza del cataclismo económico que nos persigue, y de lo gilipollas que uno se siente por culpa de los abrefáciles, aún te entusiasma pasear por la vida y seguir descubriendo amigos.

 


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