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Carta de amor a la mentira

Querida Ruth

He decidido escribirte, porque ya no me fío ni de las nuevas tecnologías. Te escribiré esta carta, la meteré en un sobre, yo mismo la llevaré a tu casa, subiré hasta tu piso y la pasaré por debajo de la puerta. Después tocaré el timbre y saldré corriendo escaleras abajo. Puede que aún te huela el papel a la colonia con la que hoy rocié mis manos. He comprado una con un aroma muy marcado, para que todo parezca más romántico. Lo necesito, de veras.

Lo necesitamos. Para empezar, y siento que no sean buenas noticia, debo decirte que murió Pedro José Castaño. Ya sabes, era el más listo de la promoción, hizo Económicas, sacó las oposiciones de Técnico Comercial, Economista del Estado, Diplomado en Estadística y Contabilidad, master en Boston en no se qué. Y Periodista. Se inclinó por ejercer el periodismo económico. Estaba obsesionado con que para ser un buen especialista había que estar preparado, él leía todo: el Financial Times, The Economist, Expansión , las páginas salmón de todos los periódicos influyentes…Nunca escribió a humo de pajas. Se documentaba profundamente. Últimamente, desde lo de Lehman Brother´s, que Dios confunda, escribía una columna diaria, participaba en una tertulia de TV dos veces a la semana y en otra de radio los lunes, miércoles y jueves. Cada día tenía enfocaba la crisis desde un ángulo distinto, y se despedía haciendo una profecía optimista que al día siguiente era sistemáticamente burlada por la Ley de Murphy. Anteanoche Pedro José salió de la redacción a las tantas de la madrugada. Se despidió de sus compañeros diciéndoles que se sentía más socrático que nunca. Quizás quiso reconocer aquello de sólo se que nada se. A la mañana siguiente apareció muerto en la cama. En su mesilla de noche había un vaso con los restos de un líquido que, analizado por la policía judicial, resultó ser cicuta. Fue el suyo un suicidio muy socrático.

Tampoco es agradable lo que le ha pasado a la señora Belarmina. ¿Te acuerdas de ella, la cabrera del pueblo que hacía tan buenos quesos?…La pobre empezó a enloquecer el día que un candidato pasó por allí prometiendo no sólo el AVE, sino un apeadero a trescientos metros de su majadal. Ella estaba convencida de que gracias a eso iba a poder exportar sus quesos a medio mundo. Luego vio la publicidad esa del yogur griego, se enteró de que a los griegos les habían expoliado el patrimonio artístico, y de que ahora les querían quitar el yogur y se identificó con la causa de la vieja del anuncio. Se terminó de trastornar cuando escuchó que Grecia, país que no conocía ni por las películas, estaba en la ruina. Se creyó griega, y se pasaba el día como la señora esa del último spot de DANONE que grita ¡Yogurazo!, no se sabe si con rabia o con asco. Todas las mañanas salía de su casa, se subía a la torre de la iglesia, gritaba ¡Quesazo! imitando a la del anuncio y a las 12 del mediodía derramaba una cántara de leche y voceaba después que le querían arruinar hasta que subía su esposo, el pobre señor Cipriano, y se la llevaba. La semana pasada se la llevaron definitivamente los loqueros y la internaron en un manicomio, o como se diga ahora. Qué pena, Ruth. ¿La culpa de estos sucesos?…La mentira, Ruth, la mentira.

Qué poco imaginábamos en aquellos veraneos del pueblo que íbamos a vivir bajo un cielo de mentiras y sobre un suelo de más mentiras todavía. Desde que tengo uso de razón no he hecho más que ver cómo las diferentes mentiras que nos mantenían han explotado como los globos de las ferias. Yo fui un chico creyente y religioso, y lo que vi me hizo escéptico y agnóstico. Yo fui revolucionario y marxista en la universidad y la simple lectura de lo que han sido las dictaduras de izquierda me hizo abominar de mis viejas ideas. Yo creí en las democracias occidentales, y en Europa, y en la Constitución, y en eso que se llama el estado de bienestar y ahora todos esos globos se desinflan y escapan alejándose de nosotros mientras nos hacen pedorretas. Yo creía en la ética, y en la libertad, y en la educación del individuo, y en el sentido de la responsabilidad, y en el Rey, y en los políticos, y en los jueces, y en los empresarios, y en el pueblo, y en la familia… Ahora sólo nos dicen que hay que creer en Casillas y en Iniesta. Y, mientras me asomo al abismo agarrado a una última esperanza, me dan ganas de preguntar lo de aquel maravilloso chiste de Eugenio: ¿no hay alguien más ahí?…

Y de repente me he acordado de ti, Ruth. De repente me he acordado de lo que me gustabas cuando echamos el primer baile en la plaza del pueblo, aquel verano de 1962. Tez morena, sonrisa blanquísima, un lazo turquesa en tu melena oscura y una rebequita, porque era septiembre, y ya refrescaba. Sólo supe de ti que te gustaba el Dúo Dinámico y que de mayor querías poner una tienda de moda y viajar por las calles de Roma en Vespa, y a ser posible con Gregory Peck. Y no nos arrimamos mucho, pero creo que, aún con la rebequita de por medio, llegué sentir tus pechos turgentes rozando contra mis costillas. Hoy cualquier joven diría tus tetas, pero yo era un primavera, y también creía en la belleza de las palabras, y en el hechizo de la literatura, y todos los escritores que he leído siempre han utilizado lo de turgente para los pechos femeninos. O sea, que debe de ser algo bonito. La cosa es que salí muy emocionado de aquella noche, y como esos recuerdos son tesoros que se guardan en la caja fuerte del alma, no los olvidé jamás.

Ayer te vi cruzar por la calle, y fue como si una mano mágica hubiera dado con la combinación de la caja fuerte y la abriera a mis sentimientos. Eras tú, una mujer aún muy atractiva de la que nunca he vuelto a saber nada. Apenas tengo noción de quién eres, no se si estás casada, soltera o viuda, incluso puede que seas lesbiana, me da igual. Aquel baile bien podía haber sido el germen de una bella mentira, como las que nos han ido vendiendo a lo largo de nuestra vida y ahora explotan y desaparecen. Una mentira maravillosa: tú y yo amándonos apasionadamente sin tener en consideración ni una sola de las tachuelas que la vida nos pone en nuestro camino. Sin temores, sin prejuicios, sin pensar que todo ha de filtrarse por el puñetero pasapurés de la realidad. Una mentira más, para seguirnos manteniendo contentos. Al fin y al cabo…¿qué es una raya más para un tigre?

Así que, como necesito ilusiones y alegrías para sobrevivir, terminaré con lo que antes dijeron otros sabios. También es mentira que te llames Ruth, porque naciste en el pueblo y te pusieron Rufina, pero necesito un nombre así y una atmósfera incluso un poco cursi para repetirte con voz queda y conteniendo las lágrimas lo mismo que decía Johnny Guitar a Viena al cabo de tanto tiempo: Dime algo agradable. Miénteme, Ruth, dime que no me has olvidado en todos estos años. Dime que hubieras muerto si yo no hubiese vuelto. Dime que me quieres como yo te quiero.

Tuyo, en la única verdad, que es la mentira

Julio

Una cagada en la niebla

De repente el Duende piensa si no será que que una densa niebla en el cerebro nos ha impedido distinguir la realidad del sueño...

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Pero lo que están hablando en Bruselas…¿es bueno o es malo?

El Duende reaccionaba como un niño. Todo invitaba a eso. Había paseado por Madrid, el día claro y luminoso, aparentemente alegre, los escaparates tentadores, atiborrados de colorido, el personal desmelenado, llenando los parques, los museos y las calles de turistas, curiosos y parados estacionales o permanentes con derecho a la ilusión más barata, que es pasear e imaginar qué harían si en lugar de víctimas del sistema fueran ricos y pudieran rendirse al becerro de oro del consumo.  También el día de las Conchitas, de la Inmaculada, que antes era muy importante, pero que ahora sólo es una pilastra de un puente con carteles por la calle de una Vigilia que uno nunca ha sabido qué es exactamente y cómo se celebra. Por cierto, ¿Dónde están las Conchitas? Antes abundaban, Conchita era un nombre muy de niñita bien vestida de nido de abeja, pero también de pastelera, de secretaria, de manicura, de modista o de profesora de piano. Ayer el Duende, que está sobrado de tiempo para la cortesía de felicitar, tiró de agenda y sólo dio con cuatro Conchitas conocidas, todas ellas más bien Conchotas. No por el volumen, sino más bien por la edad. La Cintrón, Concha Espina, la gran Conchita Montes, la Velasco…Ahora tendrían que llamarse Lía, Vanessa, Seila, Oyanta, qué se yo.

Y cuando anocheció, las luces de Navidad de las calles –geometrías laicas, como si la fiesta se celebrara por unos Juegos Olímpicos o por designación de laUNESCO. Todo invitaba a sentirse confuso y esperanzado como un niño. Un paréntesis de fiesta tan largo inyecta molicie y desliza el alma a la ensoñación, y al Duende le dio por ver el cactus  de la realidad como si fuera una rosa aterciopelada o por lo menos una pompa de jabón flotando en el aire.

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Se puso en carretera a las ocho de la tarde, y en  su alma palabra que latía una cierta ilusión infantil. Pero las noticias le pusieron un nudo en la garganta. Sarkozy hablaba de que Europa estaba a punto de explotar. El duende imaginaba que Alemania había invadido otra vez Polonia, y que los Aliados volvían a declarar la guerra. Otro Apocalipsis ( por cierto, qué pena que esta serie no sea obligatoria para todos los que tienen menos de cincuenta años, para que de una vez por todas se enteren de lo peligroso que es coquetear con cualquier totalitarismo).

Y entonces, a la altura de Talavera, se abatió la niebla. Puré de nubes bajas que le sumieron  a uno en otra croqueta sentimental distinta, la de la confusión fascinante, porque la niebla le abstrae a uno de lo terrenal, le mete en un túnel que no sabe si acabará en el más allá  o en una barranca, y eso despierta al mismo tiempo terror y esperanza, una cierta emoción, como la que cuentan los que han estado a punto de morirse y ven la mágica luz al final de la gatera por la que se les escapa la vida. Niebla densa, de las que ciega cualquier referencia, y más en una carretera comarcal, donde los trazos de pintura se han desleído. No hay mal que por bien no venga: en esa metáfora encontró el Duende el retrato ideal del momento. La crisis era chafarrinón de niebla que envolvía el mundo. En la niebla nadie alcanzó a ver las causas de esta catástrofe económica, la niebla obnubiló a los padres de Europa, que no cayeron en el pequeño detalle de que o se sientan reglas firmes y criterios rígidos en el club o esto sería la Casa de Tócame Roque o el Puerto de Arrebatacapas (por cierto, existe, al este de la provincia de Ávila). La niebla cegó a los economistas, a los líderes políticos, a los banqueros y, como no, a los hijos del estado del bienestar, que mientras funcione el cuerno de la abundancia jamás se preguntará de donde manan los dineros mágicos. La niebla total.

Una necesidad la tiene cualquiera, y más en un viaje que se alarga por falta de visibilidad. También tiene su encanto hacer pis en la niebla: se puede imaginar que del fondo aparecerá un zombie, o el enigma de otro mundo, o una hada, o el ángel de la guarda, o Frankestein buscando a su niñita para ser bueno con ella. Pero no, fue un trámite sencillo, sólo aliviarse, sentir la caricia húmeda de las microscópicas gotas de la nube y sacudirse los anticipos del sueño que empezaba a acechar al conductor.

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Lo malo vino después. Otra vez en el coche, sorteando las curvas de la comarcal a paso de tortuga, la fina pituitaria del Duende comenzó a detectar un olor insólito, impropio de su edad, que poco a poco se hizo sencillamente insoportable. Olía a caca, ese olor de lo más inconfesable de la infancia, a caca humana, caca fresca del compañero de pupitre cagón, de letrina campamental o de retrete turco de antigua estación de tren, asquerosa. Se detuvo en el primer claro que encontró a su derecha, bajó del coche, se puso ante al haz luminoso que arrojaban los faros y se miró a los zapatos. Comprendió que el primer descampado que hay a la salida de la autovía, cuando empieza la comarcal hacia Candeleda, era utilizado habitualmente por los conductores para los mismos menesteres. Y que alguien había dejado en el campo deyecciones pastosas y pestilentes que la oscuridad impidió ver a tiempo.

-¡Mierda!- dejó escapar el Duende perdiendo los papeles.

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No hay mal que por bien no venga, recordemos. La operación de limpieza fue delicada, hubo que frotar los zapatos contra la hierba mojada durante un buen rato, y restregar después las suelas con un estropajo improvisado de tomillos y jaras para que su aroma se llevara definitivamente los malos recuerdos de la pituitaria. Sin embargo la penosa incidencia cerraba el círculo perfecto para redondear la metáfora de la noche, en la que la niebla se había adueñado de todo. La crisis, la fragilidad de la economía, la ligereza de los políticos, la ignorancia de los expertos, la codicia de los banqueros ladrones, la irresponsabilidad de Europa, del FMI, del BCE, de la madre que los parió. La incertidumbre de la Cumbre, la inutilidad del sistema, la ingenuidad de los administrados, la ruina, la desesperanza. Todo en suma no había sido otra cosa que aquello de lo que el Duende podía dar desagradable testimonio. O sea, una gran cagada en la niebla.

Menos mal que la meteorología sorprende. Hoy, en su observatorio de la vertiente sur de Gredos lucía un sol espléndido, mientras la niebla seguía arropando el ancho valle del Tiétar. Bajo su capa quizás todo siguiera confuso, pero a vista de pájaro aquello parecía un precioso mar de algodón blanco que rompía sus olas imaginarias contra los acantilados de las montañas.

 

 

 

Tristeza, balcón y gato

No le busquemos demasiados pies al gato...

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Mientras Obama se mosqueaba con la vieja Europa y la regañaba por no saber cómo combatir la crisis, algunos se entretenían analizando una foto de la ministra Carmen Chacón con la piernas cruzadas.

Presuntamente cruzadas, debe añadir este bloguero. Según algunos observadores maliciosos,EL PAÍS había trucado la foto, jugando con las piernas de la ministra para que parecieran otra cosa que lo que en realidad son. No se sabe si para favorecer su imagen o para fastidiarla y agradar a Pérez Rubalcaba, que le disputó la candidatura del PSOE y ahora es el favorito del periódico.

El Duende, alertado por un confidencial que denunciaba que ahí había busilis,  pasó un buen rato ante  la foto. Se acordaba de una extraña corbata de seda estampada que durante años se exhibió en el escaparate de una tienda de la calle Alcalá, junto al Teatro AlcázarEn el estampado de la corbata, bastante fea por cierto, se veía a una dama mirándose ante un espejo. Y a su lado, un letrero: “No es lo que parece”. El Duende se la quedaba mirando un rato y de repente, por no se sabe qué macabro efecto óptico, la dama ante el espejo se transformaba en una calavera. El Duende en este caso vio las piernas de la ministra algo forzadas por el deseo, tan femenino, de lucir lo mejor posible. Pero no advirtió nada raro en la foto.

Pensó que a veces nos empeñamos en buscar cinco pies al gato a casi todo.

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El día de un hombre jubilado se llena con experiencias variadas. Por ejemplo, con paseos, gestiones en la calle, conversaciones llamadas telefónicas, apretar los tornillos a la butaquita giratoria de IKEA en la que se sienta para escribir, pequeñas compras para la supervivencia, recuerdos que van y vienen y observaciones varias. También con noticias que a veces son buenas y, más frecuentemente, malas. Aparte de la bronca de Obama y de las piernas de la ministra Chacón, el día de ayer le sorprendió al Duende con una noticia tremenda. Unos amigos que habían sufrido la muerte de una nieta hace tan sólo cuatro cuatro meses, perdían en accidente de coche a otro nieto que estaba estrenando la juventud.

-Si Dios existe, espero que tenga una buena excusa- dijo Woody Allen, probablemente en una ocasión como esta.

Dolor, indignación, confusión, tristeza. Vana curiosidad: ¿quién le explica a uno todos los trágicos porqués que nos va planteando la vida?

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Para momentos así, el Duende tiene un remedio impagable. Es sólo un balcón. Mejor dicho, algo más: es un horizonte panorámico, un paisaje que tiene historia y que probablemente alienta muchas pequeñas historias de los que ahí viven. Oxígeno para el alma aturdida. El horizonte abarca desde  los edificios históricos del viejo Madrid hasta su pequeño palomar, con el Manzanares de por medio, mucho arbolado y un pinar  que se extiende a sus pies.

-¿Y por qué pasan estas cosas?-suspira asomándose al balcón.

Se acodaba ayer en su barandilla y miraba el panorama mientras por dentro seguía hurgando en sus porqués. Creyó que las lágrimas le iban a nublar la vista, pero pudo distinguir entre los pinos a un gato negro  que retozaba con un papel que volaba al soplo del viento. Cuando el minino se cansó, se tumbó a dormitar entre la pinaza y la hierba seca. Cuánta paz ajena a cualquier dolor respiraba el momento. Entonces el Duende se acordó de Morito, el gato negro que ya vivía en la casa de sus padres cuando él nació. Morito ronroneaba junto al fogón de leña, y luego se estiraba y afilaba sus garras en las patas de la mesa de la cocina. Era muy manso, muy bueno, y se dejaba acariciar con el mismo mimo con el que ahora repasa uno sus recuerdos de la infancia.

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Caía la tarde. El gato negro del parque  seguía sesteando en la última mancha de sol mientras cruzaba volando una de esas bandadas de cacatúas verdes que ya se han hecho madrileñas. Y de repente la mirada hacía de ungüento: la vista le consolaba, el gato le distraía, la memoria le sonreía. Y aunque la trágica noticia le pesaba en el alma, sentía un cierto alivio. Quizás haya que aceptar con naturalidad que la carne de la vida se meche de amargura. Y respetando el sufrimiento ajeno, puede que  no haya más remedio que contemplarlo como la foto de la Chacón, sin sacar cinco `pies al gato del destino que nos entretiene.

(*) Hay quien busca “tres pies al gato”. Incluso parece que el propio Quijoteutiliza esta expresión. Pero huroneando en internet constatamos queSebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana mantiene que llo correcto y lógico  es hablar de cinco. Y lo legitima en verso: El normal, cuatro presenta/ Tres, si le falta una sola/ Y cinco si, quien la cuenta,/ toma por pata la cola

El Duende de verano (4) Tierras Altas… y limpias

Las Tierras Altas de Escocia son también el lujo de la soledad...

1 El encanto de la soledad…y de 35 ml. de malta

A los poetas les debe de encantar Escocia. Desde la cumbre del Bouchaille Etive Mor el profesor Mc Crorie le mostró a su acompañante, el bloguero, una extensa llanura verde que se abría entre las montañas. Sólo pasto y manchas de agua de pequeños lagos festoneados al fondo por más crestas.

-Se llama  Rannoch Moorle dijo como si fuera Moisés mostrando a los israelitas la Tierra de Promisión– Y es la zona despoblada más vasta de Gran Bretaña..

(Por cierto, qué era la Tierra de Promisión? Hablaban de ella sin cesar en la Historia Sagrada que le enseñaban al Duende cuando era niño y nadie le explicó donde quedaba y qué cosechas daba para ser tan apetecida).

Supone el viajero que en provincias como nuestra amada Soria cabrían varias extensiones solitarias así. Pero en el Reino Unido, que soporta la mayor densidad de población por kilómetro cuadrado de toda Europa, esta reserva de naturaleza y, sobre todo, de soledad, es un auténtico lujo. El panorama, tan bello, tan frío, tan limpio de toda impureza del desarrollo –apenas un único y agradable hotel, el asfalto de la carretera y los postes de la luz que se pierden en la lontananza- tiene su mística. Le entran a uno deseos de ponerse a fundar conventos en plan Santa Teresa o San Juan de la Cruz, aunque los turistas se limitan a hacer senderismo o a pescar. No almas, sino truchas o salmones.

También se emborrachan de oxígeno, de perspectivas cuando ayuda el weather, de pensamiento y filosofía de la vida. Lo pide el cuadro. No es descartable que también lo hagan con el malt que producen  las turbas de este suelo en las que, dicen los expertos, radica el secreto de su exquisito bouquet. Aunque en Escocia los 35 mililitros de su ración autorizada de whisky de malta los vendan a precio de cojón de mico, caramba.

Por cierto, que el bloguero, que jamás toma whisky, confiesa su devoción por esta joya de la destilería, insuperable remate de una cena en la que se comentan las incidencias de la jornada. La toma solo, sin añadirle hielo ni agua. Y la paladea y disfruta como cualquier turista burgués: nadie es perfecto.

2. Un paisaje austero, limpio de casi todo

Creía el viajero que también se iba a emborrachar de fauna, y en especial de aves. Todas las guías de viajes de Escocia hacen especial hincapié en su riqueza ornitológica. Pero tal vez las criaturitas, tan acostumbradas a la niebla y a la lluvia, se asusten cuando brilla un sol despampanante como al que le acompañó por estos pagos. Lo cual que los días de senderismo por las Highlands los viajeros sólo pudieron contabilizar, literalmente, un par de cuervos que graznaban sobrevolando Kintail, una mariposilla, no más de tres o cuatro moscas y algunos mosquitos. Afortunadamente, al tercer día, y a media ladera, vieron varios ciervos pastando tranquilamente en la distancia. Pero ni una lagartija, ni una culebrilla, ni un solo reptil ni bichito de ninguna otra especie animando el paisaje. Y, por supuesto, tampoco más aves. El propio profesor Mac Crorie se sorprendió de que, con ese tiempo tan esplendoroso, la naturaleza pareciera yerta.

Abundando en soledades, apenas se cruzaron los viajeros  con otros montañeros. Ni mucho menos vieron latas vacías, envases, papeles y otros restos de basura como la que normalmente jalonan nuestras rutas de senderismo. Impresionado por tal pulcritud, ni las mondas de mandarina o de plátano se atrevió a dejar a la intemperie el bloguero. Sólo el último día, y en el lecho de un glen (valle), donde sí coincidieron con otros paseantes, algunas toallitas higiénicas moteaban el limpio verde de las Highlands.

-Oh-dijo el profesor Mc Crorie visiblemente contrariado.

Ya ha confesado el Duende que no es fácil entender el inglés que con cerrado acento escocés chamulla su compañero de viaje. Pero en este caso le quedó muy claro que, aunque sus compatriotas sean muy limpios en la montaña, ninguno está libre de un apretón. Y no es lo mismo cargar en la mochila con las mondas de las frutas que con desagradable recuerdo de que no somos cuerpo glorioso. Es lo que tiene la condición humana.

El día D después de Leire Pajín

Nada como este día para revisar nuestro  tradicional sentimiento antinorteamericano...

Nada como este día para revisar nuestro tradicional sentimiento antinorteamericano...

Tan norteamericana, y sin embargo, como Picasso o Casals, tan empecinada en mantenerse española. La tía Clota llegó a Estados Unidos hace la torta de años, y se casó con uno de esos excombatientes que salvaron a Europa de la zarpa nazi.  El tío Oscar, que en paz descanse, desembarcó en Anzio, y vivió lo suficiente como para casarse una vez, divorciarse, encontrarse con la granaína que enseñaba español en la universidad, casarse otra vez, hacerse rico y establecerse finalmente en una preciosa granja de Vermont. En la misma casa donde ahora atrás ella y sus amigas seguían emocionadas por la tele los actos conmemorativos del día D.

-Fue muy bonito –le comentó a su sobrino Homper-Y esta vez yo también llevaba las barras y estrellas.

Dice la tía Clota que la tarde se fue en te con brownie y lágrimas. Como tantas tardes, pasearon, merendaron  y después se sentaron ante la tele para sumarse a la celebración emocional. Edwina y Thelma le habían preguntado muchas veces cómo su presidente Zapatero de España, tan sensible ahora con Obama, había hecho el feo de no saludar en un desfile a la misma bandera que ahora dice que es su guía. Y la tía Clota trató de disculparle: no era la bandera del día D, era la de Bush y la de la guerra de Irak. Aunque Thelma y Edwina nunca lo entendiesen.

-Tienen razón, sobrino. Cuando una ve esos cementerios verdes de Normandía punteados por miles de tumbas blancas de jóvenes norteamericanos…

Dejaba la frase sin acabar. La tía Clota se sorprende de que se olvide a menudo lo que hubiera podido ser Europa si Estados Unidos no hubiera echado  una mano y Hitler hubiera ganado su guerra.

-Tienes razón tía- dice Homper- En todos los colegios españoles, como asignatura obligada, debería proyectarse El mundo en guerra, ese monumento documental que en los años setenta produjo la BBC. Si las nuevas generaciones conocieran las dimensiones de aquel drama y nuestros cementerios fueran como los de Normandía, no recelaríamos tanto de los yankis, te lo digo yo…

-¿Tu crees? –le miró interrogante. Y luego, demostrando una vez más que sigue lo que pasa en su querida España se contestó ella misma- Oh, sí, claro que lo crees…Ya lo ha anunciado esa chica tan entusiasta…La de la coincidencia de dos liderazgos progresistas en Estados Unidos y España,  la  el acontecimiento planetario y la conjunción astral de Obama y ZP…¿Leire Patín se llama?…

-Bueno, patina a menudo-corrigió Homper conteniendo la risa- Pero es Pajín.

Y así, entre sonrisas y lágrimas, transcurrió la celebración del día D sesenta y cinco años después.

Touriño y los dimitidos felices

Una dimisión a tiempo puede ser la puerta de la felicidad

Una dimisión a tiempo puede ser la puerta de la felicidad

Ayer Homper volvió a ser el Hombre Perplejo gracias a la tía Clota.

-Pobre Touriño –se lamentaba ella-¿Sabes si tiene algo que hacer?…

Homper la tranquilizó. Emilio Pérez Touriño no ha sido una personalidad política arrolladora, pero es economista y profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, y ha publicado incluso numerosos estudios.

-Volverá a la cátedra, supongo-le respondió Hom.

-El hombre estará triste, pobre. ¿Sabes si hace el Damero Maldito, o colecciona sellos?…El marido de Edwina, que también tuvo que dimitir en su compañía, ha conseguido criar una variedad de rosas pintonas muy premiadas en los concursos, y Bob, el que tenía la gasolinera de Tinmouth, cocina pizzas para el Ejército de Salvación. ¿Sabes?…Es importante que los dimitidos, como los jubiletas, se impongan labores que les mantengan la curiosidad y les permitan sentirse vivos.

A Homper le extrañó sobremanera que a la anciana tía Clota le preocupara la suerte de una persona tan anodina como Touriño. Pero ella le razonó que era parte de la terapia que se aplicaba para no convertirse en un bicho raro.

-Los viejos nos vamos obsesionando con nosotros mismos a medida que cumplimos años, y acabamos siendo unos egoístas de tomo y lomo. Yo los martes de cada semana me propongo pensar en alguien que me traiga sin cuidado, para contrarrestar esa tendencia. Y le vi tan educado, tan elegante al reconocer su derrota electoral, que he decidido dedicarle el día…¿Sabes si pesca, o si monta en bicicleta?…

Homper le dijo que no se obsesionara por el dimisionario, que tampoco la cátedra le dejará tiempo para tanto. Entonces ella amplió su jornada de meditación a Bermejo.

¿Y qué hace el ministro que dimitió la semana pasada, si ha terminado la temporada de caza?…Dile que lea a Galdós, que es muy entretenido. O a Patricia Highsmith, que es apasionante…Sobre todo, que no le de tiempo a pensar que metió la pata…

Homper tuvo que falsear su agenda –a decir verdad, no demasiado cargada- para excusarse. No podía dedicar su jornada a llamar a todos los dimisionarios conocidos para transmitirles la preocupación de la tía Clota.Y le contó el ejemplo de Joaquín Almunia, un político honrado, competente y simpático que perdió unas elecciones, dimitió y ahora es feliz como Comisario en la Unión Europea.

-Vive tan relajado –le explicó a la tía- que el sábado pasado acudió a la inauguración del Museo de la Casa de las Flores en Candeleda. Sorprendente, ¿no?…Un hombre tan importante en Europa dedicando unas horas de su sábado a ver juguetes de hojalata en un pueblo…

La anécdota acabó reforzando el sermón piadoso de la tía Clota. Antes de dar por cerrada la sesión de Skype, le insistió a su sobrino para que localizara a Touriño y le contara que Aaron, un hermano de su difunto marido que fue prejubilado en Texaco, amaestró a su hamster a ritmo de su armónica.

-Yo no lo ví, pero dicen que cuando tocaba Oh Susana! el hamster marcaba unos pasos de baile…

Se despidieron. Y luego, por la noche, la tía Clota no podía conciliar el sueño atormentada por las dudas. Dudaba si Touriño tendría hamster, si el presidente dimitido tocaría la armónica o si el animalito, gallego él, preferiría bailar la muñeira.

Un respeto a los Reyes Magos

Que las Cabalgatas respeten la dignidad de los Magos...

Que las Cabalgatas respeten la dignidad de los Magos...

Durante años, el concejal Filomeno, de Izquierda Unida, había criticado la Cabalgata de los Reyes Magos. Le parecía, en primer lugar, innecesariamente monárquica, en segundo lugar anacrónica, en tercer demasiado cara para el erario público y finalmente poco solidaria con los más necesitados. La Cabalgata discurría por la zona más céntrica de la ciudad, donde justamente se ubicaban las viviendas más caras. Y mientras los ricos podían ver a los Magos desde sus terrazas y balcones, aprovechando incluso el acontecimiento para abrir salones y hacer relaciones públicas con sus amigotes, las clases humildes pugnaban entre el gentío por hacerse un hueco en la calle, abrir su escalera portátil y encaramar a sus críos a tan inestable observatorio. Muchos eran  los llamados a los fastos del acontecimiento, pero pocos los elegidos que acababan viéndolo en condiciones.

-Qué claudicación intolerable-comentó la primera vez que uno de sus correligionarios aceptó el dudoso privilegio de encarnar a Baltasar.

La tradición decía que el partido del alcalde elegía la persona que encarnaría a Melchor, el segundo partido en número de concejales la que haría el papel de Gaspar e Izquierda Unida se encargaba de designar al rey negro. Aunque Filomeno era, como es lógico, agnóstico, africanista, partidario del Frente Polisario, devoto de Martin Luther King y simpatizante de Obama, como pedagogo de profesión no se mostraba partidario de prolongar la ingenuidad de los niños con un ritual que además tenía sus raíces en lo que contaban los Evangelios. Además, él no había superado la frustración que las huellas del engaño y la simulación habían dejado en su personalidad. A los siete años descubrió con sólo fijarse en la pechuga banca que asomaba por el cuello de la túnica del Baltasar de su pueblo que éste en realidad era Vitillo, el alguacil, indecorosamente embetunado. Y años después padeció un trauma aún más grave cuando, creyendo haberse ligado a una sueca tipo Anita Ekberg comprobó al tacto que en realidad se estaba enrollando con un travelo que de día repartía butano y de noche hacía servicios especiales. Así que este año que, por fin, le había caído en suerte el discutible honor de ser él el rey negro, se comportó con coherencia y le ofreció a Ambrosio Bongueme su puesto.

-Ambrosio, ¿no decías que te hacía tanta ilusión ser rey mago?…Pues ea, aquí tienes la oportunidad. Y sin tener que teñirte ni nada…Porque hay que ser coherente, y si Baltasar era negro, lo lógico es que sea encarnado por uno como tú.

En realidad, ese cinco de enero el concejal Filomeno había sido invitado a una montería a la que iba a asistir Marianín, el ministro de Justicia, al que le quería pedir un favor. Y temía no regresar a tiempo para la cabalgata. Además, así podría cumplirse uno de los sueños más largamente acariciados por el pobre Ambrosio.

Ambrosio Bongueme era un médico guineano huído de la tiranía de Teodoro Obiang. Deslumbrado, como todo el tercer mundo, por la prosperidad de Europa, se había ganado la vida en España como jardinero, camarero, paseador de perros, enfermero de de ancianos impedidos y últimamente como secretario in péctore de Filomeno, al que servía como conductor, recadero, pinche de cocina eventual y chapuzante cuando se obstruía el bote sifónico del cuarto de baño o había que montar un mueble de IKEA. Bongueme no aspiraba a ejercer su profesión, no, porque no pedía tanto a la vida. Se limitaba a soñar que algún día demostraría que un negro puede ser mejor que un blanco. Además, estaba muy ilusionado porque le habían dicho que cuando los Reyes Magos visitan los hogares la noche del cinco al seis de enero, solían encontrarse una bandeja con roscón, turrones, y otras golosinas, y el hombre estaba canino. Así que se tomó muy en serio su papel, y durante una semana estuvo ensayando sonrisas, modales mayestáticos y lanzamientos de caramelos. La tarde decisiva, Ambrosio se probó el disfraz, se miró al espejo y se sintió tan identificado con Baltasar que pidió a Dori, la secretaria de Filomeno, que le hiciera una foto de recuerdo para mostrar a sus descendientes la altísima dignidad a la que había llegado. En esas estaba, cuando sonó el móvil de Dori. Fue una conversación breve, en la que ella sólo emitió monosílabos y un tranquilo, jefe, no te preocupes para cerrar la conversación.

-Lo siento, Ambrosio-le dijo al rey Baltasar después de colgar- Pero el ministro se ha descolgado de la montería, y además al final de la cabalgata hay una recepción a la que tiene interés en asistir el jefe, porque van los patrocinadores y Vanessita, su hija, está moviendo el currículum…Ya sabes, otro año será.

La cabalgata de aquel año mostró al rey negro más deslucido que se recuerda. Unas barbas postizas impresentables, un embetunado que no engañaba a nadie, un turbante improvisado con un foulard de Loewe y la cortina del despacho del concejal a modo de costrosa capa. Además, mientras Melchor y Gaspar cabalgaban sobre camellos, Filomeno tuvo que conformarse con un jaco que le prestó un policía municipal. Mientras tanto, por los arrabales de la ciudad, Ambrosio Bongueme, repartía caramelos a manos llenas mientras proclamaba a voz en cuello desde el camello robado que él era el auténtico rey Baltasar, y que no hay que creer en los Reyes Magos cuando quienes los representan no les respetan como se merecen.


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