Posts Tagged 'Felipe González'

¿Tampoco la pana es lo que era?

Nadie diría ahora que la dura vida del campesino español vestía  de pana...

Nadie diría ahora que la dura vida del campesino español vestía de pana…

1

En tu importantísimo Estudio de los componentes de la felicidad que no estudia nadie, obra tan ambiciosa y profunda que difícilmente será publicada nunca, citas a menudo la eximia figura del Profesor Franz de Copenhague, al que tu generación reconoce el mérito de ser el padre de los inventos del TBO. Algunos de ellos, como los melones cuadrados, el dispositivo anti-cabello en la sopa, el aparato limpia-narices o el procedimiento para descargar mercancías con jirafa fueron publicados en aquellas deliciosas historietas que alegraron infancias como la tuya. Otros, naturalmente, no alcanzaron esa gloria.

La relación de aportaciones del citado profesor al bienestar de la humanidad te llevó a investigar la biografía de este curioso personaje, cuyo perfil se desdibuja a finales del pasado siglo, cuando la revista desaparece. Según los expertos –esta fuente es tan socorrida que no se puede obviar nunca- en sus últimos años el profesor, aburrido de que sus inquietudes se estrellaran contra un mundo demasiado torturado por los grandes problemas que le afligían, cerró su centro de estudios y, al igual que tantos ciudadanos del norte de Europa se instaló en Mallorca, donde había pasado largos períodos de vacaciones desde 1956. Como a la vejez viruelas, aquel genio que había pasado su vida entre probetas, matraces, circuitos eléctricos, campos magnéticos, serpentines, trinquetes y sucedáneos del famoso Enigma con los que inútilmente intentó descifrar cuáles serían los catorce resultados de la quiniela y los años que tenían Zsa Zsa Gabor y Celia Gámez, se enamoró de una churrera de Felanitx. De entonces data su proyecto del conservador de las propiedades del churro y la porra, para que a las dos horas de salidos de la sartén no se convirtieran en una masa frita gomosa de dudoso gusto, su vigorizante de erecciones del pene a partir de la cascarilla de arroz y de la harina de huesos nde ballena  y su contador de la duración de los bastones que forman los canalillos de los pantalones de pana. Según el eminente sabio, la calidads de este tejido que durante décadas había servido para el traje de faena del campesino español había degenerado de tal forma que se hacía irreconocible. Una pena.

2

O tu memoria es muy mala o estás de acuerdo con el profesor, porque tú también piensas que alguien del sector textil te está estafando. Hace ya tiempo que, especialmente en el campo, prolongas el uso de los pantalones de pana aunque sus rodilleras empiecen a desgastarse. ¿Por qué? Porque los bastones verticales que forman su característico dibujo se desgastan en nada. A la vista de la pana actual, resulta difícil creer que hubo en tiempo en que la pana era la tela recia y peleona que uniformaba por igual a los campesinos y los colegiales.

-Sáqueme un corte de pana para para los pantalones de los chicos –decía tu madre mientras se sentaba en una silla y el pobre dependiente de Galerías Preciados se preparaba a manejar el metro de madera con cara de tierra, trágame.

Y luego añadía.

-En tonos sufridos, por favor.

Eso significaba en marrón oscuro, que era el tono más sufrido de todos. Como además la pantalonera los hacía en tamaño porsi (por si creces), con la cintura cerca de las tetillas y el bajo casi ocultando las rodillas, el que sufrías aquellos pantalones cortos-aún no se estilaban los largos para los niños- tan horribles eras tú. Te parecían eternos y, como todo lo que se convierte en monotonía, insoportables. Una tarde parda y fría/ de invierno, los colegiales/ estudian monotonía/ de lluvia tras los cristales. Siempre que recuerdas estos versos de Machado, tan expresivos de la grisura de la vida colegial de posguerra, te ves con aquellos sufridos pantalones porsi hincando codos en el pupitre.

Quién te iba a decir entonces que algún día echarías de menos algo de aquéllo que tanto duraba.

3

Puede ser que un año en la vida de un niño equivalga a quince en tu edad provecta, y que lo que entonces te parecía perpetuo ahora lo veas efímero. Puede que la edad deforme la perspectiva de tu mirada, y que tiendas a idealizar el pasado por simple nostalgia. O puede que el imperativo de la obsolescencia prematura, que ya tienen en cuenta los fabricantes de las máquinas e inventos que utilizamos a diario, se haya impuesto hasta en los pantalones de pana. La ley implacable de la sociedad de consumo. El caso es que aún en 1982 los jóvenes que representaban a un partido obrero que quería cambiar España, con Felipe González y Alfonso Guerra a la cabeza, vestían traje de pana, como queriendo decir que acababan de dejar la azada, la hoz y el martillo antes de dar la rueda de prensa. Y que hoy, por el contrario, sólo ves pantalones de pana impolutos en aquellos amigos de buen vivir que, llegado el fin de semana, se visten casual y se suben a su todo terreno de lujo para ir al golf, de montería o enfilar carretera rumbo a una estación de esquí.

¿Tampoco la pana es lo que era?…Vives sin vivir en ti esperando que el contador del profesor Franz de Copenhague aclare si definitivamente eres un viejo quisquilloso o, si por el contrario, los listos de la confección te están tomando el pelo con esos pantalones de pana de pacotilla que al mes de uso ya apuntan claros en sus rodillas.

Una ardilla en el pensamiento

El pensamiento no para, aunque al final del d´çia lo que a mejor se te queda grabado es algo tan intrascendente y juguetón como una ardilla...

El pensamiento no para, aunque al final del día lo que a mejor se te queda grabado es algo tan intrascendente y juguetón como una ardilla…

1

A sólo unos días de entrar en el año sexagésimo octavo de tu vida se te ocurre preguntarte cuántos periódicos habrás leído en todo ese tiempo. No tienes nada en contra de la profesión periodística, más bien al contrario. Te hubiera espantado ser cronista de los tribunales, o tener que asistir todos los días a una rueda de prensa para preguntar si Messi está curado o si lo de Di María fue un reacomodo de los genitales y no un tocamiento intencionado. Bajo el título de periodistas hay linces, arpías, majaderos, inquisidores, egos superlativos y hasta mafiosos, pero también gente sesuda y preparada, finos observadores e incluso genios literarios en pequeñas dosis. A ti te hubiera gustado entrar aunque fuera en la cola de este último sector. O sea,  ser columnista de un diario de provincias, de esos que escribían con cierta intención literaria en un café, fumaban en pipa  y no tenían que abordar lo que pasaba, sino más bien fabular sobre lo que no ocurre nunca. Un modelador de realidades paralelas y más bien inverosímiles, pero bien considerado y seguido por un puñado de lectores selectos. Como para conseguir una gloria pequeñita, pero entrañable.

Lo dices porque por primera vez en tu vida sientes fatiga como lector de periódicos. Ningún medio dice todos los días exactamente lo mismo que el anterior, pero las constantes humanas se repiten: la guerra de turno, el rifirrafe parlamentario de rigor, el escándalo del día, del mes o del año, las exhibiciones de maldad, de cinismo, de desvergüenza, de falta de ética consustanciales al ser humano. Las memeces del mundo del corazón. La matraca del fútbol, que por su peso económico, político y social es lo que más importa al personal. Necrológicas ilustres. Esquelas, anuncios. Nada es igual, pero viene a ser lo mismo. Todo te produce la impresión de deja vu. Por eso pasas sobre las páginas de los rotativos como las ardillas, saltando de titular en titular.

2

Supones que un psicólogo enteradillo te haría un diagnóstico delicado.

-Lo siento, chico, pero esa pérdida de curiosidad puede ser el primer síntoma claro de la vejez.

Le dirías que lo tuyo no es exactamente pérdida de curiosidad, sino desplazamiento de la misma hacia otras cosas. Parece que, convencido de que los grandes asuntos no pueden transformar ya el mundo que conoces, cambiaras la dirección de tu mirada hacia otros más cercanos y de menos pretensiones. Hace unos días te llamó el Hombre Perplejo para hacerte una curiosa consideración al respecto.

-Estoy muy preocupado –te dijo Homper- Ayer me propuse contar el número de pensamientos que me podían sorprender a lo largo del día, y me fue imposible. Eran tantos que perdí la cuenta. ¿Cuánto dura un pensamiento? ¿Cuándo puedes considerar que termina ese pensamiento y empieza el siguiente?

Fuiste incapaz de decirle nada al respecto. Más bien te identificaste con él.

3

Rastrillas el terreno por el que ha volado tu pensamiento a lo largo del día y casi caes en un ataque de pánico. Primero te das cuenta de que no te pusiste la noche anterior la gota prescrita en el último ojo operado: te habías venido al campo y dejaste el colirio en Madrid. Lo grave no será que tengas que gastar otros veintitrés euros por tercera vez, pues son varios los olvidos que ya llevas. Lo peor es que por la noche constatas que no sabes donde dejaste el recién comprado, y hoy tendrás que comprar otro nuevo Nevanac. Eso sí que debe de ser la chochez.  A pesar de que saltas sobre los titulares del periódico te hace gracia leer que Felipe González abandona el consejo de Gas Natural por aburrimiento. Y tu pensamiento se pone chulo.

-Es lo que tiene, Felipe- le dices al expresidente- Yo tampoco he querido ser consejero del  Santander y de Inditex porque tanto Botín como Amancio Ortega me aburren a muerte.

4

Luego dudas de  si tres higos secos pueden ser tan eficaces para el tracto intestinal como el zumo de naranja, que siempre te da una pereza infinita hacer incluso con el mejor exprimidor. El próximo pensamiento te surge al ver una foto de una chiquilla llamada Miley Cirus tocándose con ostentación y manifiesta desfachatez lo mismo que Di María, pero en mujer. Miley es la cantante que ha destronado a Lady Gaga como superventas. A qué cosas obliga la necesidad de la fama. Entretanto ves al gato durmiendo encima del lomo de la perra Mas, bautizada así, por cierto, antes de que el ínclito don Artur fuera molt honorable president de la Generalitat. La imagen del gato durmiendo encima de la perra te produce cierta ternura, y el la reflexión incidental de por qué se dice “que se llevan como el perro y el gato” cuando se habla de personas que se tiran los trastos a la cabeza. Te enteras de que el presidente Hollande, que no destaca precisamente por su apostura, ha enamorado a una chica que es lo que se dice un pibón. La consideración derivada es evidente: ¿se hubiera enamorado ella si en lugar de Presidente de la República él fuera salchichero?

Así vas. Un minuto, o sólo treinta segundos, o menos, y tu mente ya está en otra cosa. Imposible contar los pensamientos.

5

Te preguntas si airear estas cosas le puede beneficiar a alguien. Y aunque no te gusta entrar en intimidades ajenas, piensas que sí. Crees que a tu buenísimo amigo Víctor L.B., uno de los que con su constante atención más ha contribuido a que mires con optimismo tu tumor, le gustará saber que él se colaba a dos por tres en este rosario de pensamientos del día. Ahora es él el que necesita tu suerte y tu cariño. Le puedes garantizar lo segundo. Ánimo Vitín.

Por lo demás, tu pensamiento continuo es tan ligero y volátil como  tú. La imagen del día es una simpática ardilla que se te ha cruzado en el camino. Tal cual  la  imaginabas al leer los periódicos. No es fácil verla por aquí, debe de estar aprovechando las últimas bellotas y castañas quehan sobevivido al paso de las cabras y los jabalíes. Pero es una estampa de vida simpática y vivaz que, al igual que tu mente, progresa  de salto en salto, sin pararse demasiado en nada. Tampoco es mal símbolo del modo en que hay que tomarse la vida.        

Los incorregibles bocazas

 

También le habría podido recordar su anuelita que calladito estaba más guapo...1

La primera reacción de aquellas ancianas inmortales fue de estupefacción. Una vez a la semana se reunían en la mesa eterna a tomar el te, y repasaban, a vista de pájaro, los asuntos terrenales. Aquella tarde la abuela de Cristobalito Montoro  estaba confundida, y más que eso, incluso molesta por lo que acababa de decir su nieto.

-¡Pero si siempre tuvo abuela!-se lamentaba la buena señora- Y nunca le fallé…Siempre fui de lo más cariñosa con él…¿Quién es más listo?…¡Cristobalito!…¿Quién es el más aplicado?…¡Cristobalito!…¿Quién tiene la carita de murciélago más guapa de la humanidad?…¡Mi Cristobalito!…Y ahora dice que dentro de poco España asombrará al mundo con sus logros económicos…

La pobre anciana apenas pudo retener sus lágrimas.

-¡Como si no hubiera tenido abuela!- dijo entre sollozos mientras secaba su arrugado rostro con el moquero.

-Calla, calla- le consoló la abuela de ZapateroPeor fue lo de mi Joseluisín…Mira que yo le había dicho siempre que era como un principito de cuento, igual que Bambi, tan limpio y transparente en su mirada que no sabía yo si era la abuela de un chico de León o del Niño Jesús de Praga…Pero nada, no se contentó con el jabón que le daban los artistas y su claque y tuvo que decir aquello de que estábamos a las puertas del pleno empleo, que habíamos superado a Italia e incluso a Francia y que ya éramos temidos en la Champions de la economía…¡Qué bochorno!

-¡Y qué mal trago para ti y para nosotras!-dijo la abuela de Montoro señalando a otras abuelas de la eternidad que también se sentían ninguneadas.

2

A la mesa de te se acercó  la abuelita de Pedro Solbes, recordando lo mal que lo pasó cuando su nieto Pedrito, tan solvente hasta entonces, dijo que de crisis nada de nada mientras el barco se hundía. Y por las bóvedas de otros rincones de la eternidad resonaban igualmente las voces de más abuelas decepcionadas por las tonterías que habían dicho sus ilustres nietos pese a los muchos elogios y cariños que ellas les prodigaron cuando eran niños.

-Pues mi Felipín, tan  inteligente como era, se lució con aquello de OTAN, de entrada no

-Pues mi José Antonio dijo que España era una unidad de destino en lo universal…¿Qué necesidad tenía de decir esa tontería?…

-Pues anda, que cuando a  mi nieto  Paquito se le ocurrió decir que los Principios Fundamentales del Movimiento son por su propia esencia permanentes e intangibles, y que todo quedaba atado y bien atado…

3

El descontento se había adueñado de aquel colectivo de abuelas en la eternidad. Todas creían haber amado y elogiado con el mayor cariño a sus importantísimos nietos. Pero sin embargo ellos, como si nunca hubieran tenido abuela, se habían obstinado en fanfarronear diciendo frases grandilocuentes que al poco tiempo quedaban reducidas a simples gilipolleces.

-En lugar de mimarles tanto, podíamos haberles recordado que en boca cerrada no  de entran moscas-dijo la abuela de Montoro.

-O por la boca muere el pez –añadió la de Zapatero.

-O uno es dueño de lo que calla, y esclavo de lo que dice- subrayó la abuelita de Solbes.

-O calladito estás más guapo -volvió a la carga la abuelita del ministro de Hacienda.

Las abuelitas de José Antonio  y de Franco, advirtieron entonces que el Jefe se acercaba a la mesa de te y aprovecharon la ocasión para hincarse de rodillas ante Él y pedir por todos sus nietos lenguaraces que parecen no tener abuelita.

-Perdónales, Señor- imploraron- Porque son políticos, y no saben lo que dicen…

Zorongo en la Plaza de Oriente

1
No hay que darle más vueltas, aquí cada quisque debe colaborar en la medida de sus posibilidades al rearme de la moral colectiva. Contrariamente a lo que dijo el poeta, y aunque pueda sorprender la afirmación, cualquier tiempo pasado fue peor. Su espejismo no sirve de nada cuando sólo cuenta lo que nos espera. Hasta los años de euforia entran en esa consideración, pues de los tiempos de Felipe González, de Aznar y no digamos de Zapatero datan muchos de los polvos que hoy enlodan nuestra esperanza. Fuimos cigarras en lugar de ser hormigas. De repente España se convirtió en Antoñita la Fantástica, y así nos luce el pelo.

Pero a pesar de todo en algún rincón de cada día, cuando menos se lo espera, puede encontrar uno algo que le reconforta el alma.

2
Ocurrió mientras caía la tarde y empezaba a cernerse la noche, tan perezosa en estos días de julio. Atravesaba el Duende la Plaza de Oriente cuando llegó a sus oídos una voz que le retrotraía a la adolescencia. Un día tan importante como aquel otro en que anunció que acababa de comprar el Espasa –y casi nadie en aquella casa sabía lo que significaba eso- apareció su padre con un tocadiscos alemán. Antes la familia sólo guardaba memoria de una gramola de la Yaya que se accionaba a mano. Se cargaba con un manubrio, se ponía en el plato un disco de pizarra y gracias a un altavoz como de La Voz de su Amo se escuchaba a Gardel, cantando un tango desde el más allá con su tono cansino y arrastrado. Más devahído a medida que se acababa la cuerda al invento.

A uno la voz de Gardel le sonaba como el llanto de un pimiento morrón a punto de ponerse pocho, pero eran figuraciones, porque los pimientos morrones no cantan, aunque cada cual sea muy libre de elaborar sus propias imágenes para vestir los sonidos.

3
La novedad ya no se llamaba gramola, ni tampoco pikú. Era un aparato que sabía atinar automáticamente con el primer surco del disco y depositar en él el brazo con la aguja de diamante. Qué milagro: aquella aguja exploraba los surcos de pizarra y resucitaba a Gardel. Ahora, y con una tecnología más moderna, iba a reproducir a Bach, Beethoven, Haendel, y Debussy, primeros clásicos que entraron en la casa familiar. El quinto disco de 33 revoluciones por minuto llevaba en su funda la cara de un hombre joven y agraciado, con el pelo revuelto y corbata de rayas. Es el retrato que pintó Gregorio Prieto, en nada parecido al modelo original, de García Lorca. El disco llevaba por título El mundo lírico de Federico García Lorca, y era una recopilación de romances y canciones populares que inicialmente debió de tocar al piano el poeta granadino acompañando a una voz que podía ser la de la Argentinita, aunque fuera en esta grabación la de Lina Richarte. La luna es un pozo chico/ las flores no valen nada…/Debajo de la hoja de la lechuga/ tengo a mi amante enfermo con calentura/ De los cuatro muleros/ de los cuatro muleros, mamita mía, que van al río, que van al río…

4
Y de repente, en esa Plaza de Oriente ya despejada de guiris se escuchó la misma voz del romancero que tanto fascinó a nuestro poeta universal. Venía de una pareja de jóvenes: una de ellas tocaba la guitarra, y la otra cantaba exactamente las mismas canciones y con la misma voz de mezzo que uno guardaba en el disco duro de su memoria, con el mismo buen gusto de la Richarte. Al Duende le pareció asombroso. Era una tarde triste y opresiva, en el imperio de la modernidad descarajada. Uno pensaba en su país hecho unos zorros, hundido en la crisis, con la cultura popular colonizada por el Gran Hermano anglosajón, el ánimo colectivo triturado en picadura amarga y de repente, al aire, sonaba una voz fresca que agitaba la bandera del cante, del arte y de la poesía con un acento lírico inequívocamente andaluz. Qué hermosa paradoja.

-No hay otro bálsamo mágico –insinuaba la nueva Argentinita mientras cantaba que En el café de Chinitas/ dijo Paquiro a su hermano/ soy más valiente que tú/ más torero y más gitano…

Ya caía la noche, y no había un gentío frente a la fachada del Palacio Real, pero poco a poco, zorongo va y seguidilla viene, entre la nana de este chiquito que no tiene cuna, el Viva Sevilla y las tres moritas que me enamoran en Jaén, se fue formando un corrillo de los abrumados ciudadanos que suspendían su paseo para escuchar a las dos jóvenes artistas. El Duende depositó sus monedas en la alfombrilla que se extendía delante de ellas y se sentó a escuchar y observar al personal.

-No pararán mucho tiempo aquí- pensó mientras tarareaba por lo bajini aquellas perlas del mundo lírico de García Lorca.

5
Pero se equivocó. Uno de los que se detuvo, el que parecía más bruto, un hermano de Pedro Picapiedra, escuchaba serio y ceñudo, los brazos cruzados. Debía de tener músculos de basalto, porque no se movía nada en aquel rostro de sindicalista reivindicador. Miraba al dúo de guitarra y cantante como si fueran una Caterpillar o una veta de carbón. No era ciertamente la suya la cara de la poesía. Y si embargo descruzó los brazos, dirigió una de sus manos hacia el bolsillo y cuando el Duende, malpensado, creía que era para practicar ese gesto tan español del tocamiento cojonero, sacó del fondillo un euro y lo depositó en la alfombrilla.

-No sabeis el mérito que tenéis –les dije a las artistas mientras la gente les aplaudía- Que con la que está cayendo hagáis vibrar al público con vuestras canciones le llena a uno de optimismo.

Se llama el Dúo Zorongo. Entre los recuerdos que evocaba su repertorio y ver cómo reaccionó a su arte el Picapiedra, este Duende reconoce que le llegaron al corazón. Igual que emocionaron a los que en ese momento paseaban por la Plaza de Oriente. Qué alivio, qué desahogo. Quizás convenga envenenarse un poco menos de economía y política, y curarse el desasosiego con estas sorpresas agradables que aún se encuentran por las calles de Madrid,

Amas de casa diplomadas

Doña María seguirá currando lo mismo. Pero ahora con la satisfacción de ser Diplomada...

Doña María seguirá currando lo mismo. Pero ahora con la satisfacción de ser Diplomada...

Para Doña María, un político competente era como un buen vendedor de medias de cristal.

De cristal, que es como se decía cuando ella era una muchachita y las medias transparentes eran aún artículo de lujo. En realidad eran de fibra artificial, que entonces aún se decía nylon. Pero mostraban el blanco de la pantorrilla, y con aquella denominación sugerían más fascinación, más glamour. Si la Cenicienta bailaba en palacio con zapatos de cristal, Doña María aspiraba a ser la princesa del Bloque los Arándanos engalanando sus piernas con medias de cristal. Como las de Marlene  Dietrich, que lucía tan buena figura. Nadie le parecía más seductor  que el dependiente de la mercería donde compraba la marquesa para la que ella trabajó cuando dejó el pueblo y se plantó en Madrid. Aquel hombre que, por cierto, se parecía a Sarkozy, abría la caja plana de cartón, levantaba el papel seda que las cubría y tomaba en sus manos aquellas calzas delicadas y brillantes, como un cendal de oro, para mostrárselas a la clienta.

-Se las pone usted, señora, -decía el dependiente – y queda como una artista de cine.

Doña María mantiene que SuárezFelipe, Sarkozy y Zapatero nacieron vendedores de ilusiones, o sea, de  medias de cristal. Y que Aznar en cambio tenía maneras de vendedor de gruesas medias de lana o, peor aún, de zuecos. Es la diferencia entre la labia con glasé y el estilo de lija del nueve  del profesor de Georgetown. Así y todo, aún le quedaba algo al soñador imbatible que es ZP para demostrar el talante que dice llevar dentro. Le faltaba mirar por el ama de casa y mimarla como se merece.

-O sea, que nos reconozca y nos de la importancia que tenemos -reivindicaba ella- O sea, sueldo, seguridad social y categoría.¡Ah!, y un bonomedia por tres pares de medias de cristal al año para que la imagen del ama de casa no salga perjudicada con tantas carreras como se nos hacen.

Sueldo, seguro, reconocimiento, carreras. Qué líos nos hacemos cuando el estado del bienestar no se atreve a decir no a casi nadie. Menos mal que la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega -una mujer tenía que ser- ha venido a poner los puntos sobre las íes prometiendo que las amas de casa podrán diplomarse y, en su caso, trabajar como expertas en dependencia. Según sus palabras, será otra manera de crear puestos de trabajo.

Y doña María está encantada: ya no será gladiadora del hogar, sino titulada. Y con uno de esos diplomas con tinta de oro, letra de pendolista- y quién sabe si hasta la firma de la ministra correspondiente- para enmarcarlo y colgarlo en el comedor.

-¿Y mi sueldo?…¿Y mi seguridas social? -pregunta nuestra entrañable Ingeniera Técnica del Hogar, como seguramente será a partir de ahora.

Los optimistas pronostican machadianamente que se hará camino al andar. Entretanto la vice tranquiliza al colectivo de doñasmarías recordando que tienen su puesto de trabajo asegurado. El actual, claro. Lo que, tal y como están las cosas, no deja de ser otra buena noticia.

A Homper le gusta el AVE

El vaso medio lleno. A pesar de lo que le gustaban aquellos trenes de su niñez Homper se quedó perplejo la primera vez que viajó en el AVE. Qué rapidez sin vértigo, qué comodidad sin alardes, cuántas ventajas sobre los pobres aviones, tan perjudicados por la obsesión de la seguridad y el gigantismo de los aeropuertos.

Tenían su encanto los trenes de la época, cierto. Aquel señorío rodante que te prestaba eventualmente la criticada RENFE, y que te permitía viajar en un compartimento con asientos de capitoné y redecilla de reposacabezas. Invitaban a sentirse uno protagonista de novela interesante, o, como poco, de thriller cinematográfico (Extraños en un tren, de Hitchcock, y El tren de John Frankenheimer son para él las películas de trenes favoritas)  Era como la habitación de un hotel lanzada a explorar el paisaje, que desfilaba infatigable, cromo a cromo, anunciado por los postes del teléfono o de la luz y al compás del metrónomo que marcaba implacable el tracatrá del caballo de hierro. Muchas veces, el compartimento lo completaba una familia.. Si quedaban asientos libres, te entretenías hablando con los demás viajeros. A menudo viajantes de comercio, curas ensotanados o policías secretos, lo cual daba más emoción al viaje. Alguno te  llegaba a contar que llevaba pistola,  y, si se hacía tu amigo, hasta ofrecía su tortilla.

-¿Ustedes gustan?

A Homper le sorprendía que le dijeran que lo educado era decir no. Pero lo debía de decir con tan poca fe que a menudo acababa probando de la oferta.

-Buen apetito, el peque.

En aquellos tiempos los trenes eran de carbonilla, y a los niños -ahora enanos- se les llamaba peques.

El vaso medio lleno, insiste Homper. Parecía un capricho modernoso de Felipe González, pero ahora, gracias al AVE,  viaja en tren después de no haberlo pisado durante lustros. Hasta la poblemática del WC de espaldas al pueblo, tan denunciada por doña María, parece en vías de solución. Ya se sabe, en los trenes, como en los aviones,  sólo hay una cabina para que se alivien los viajeros. Y si, a la tradicional mala puntería  del macho se le agrega el bamboleo del vagón en marcha, el efecto es como el de un aspersor o, con todos los respetos, como el del hisopo del señor obispo, pero en cochino. Más estable y, en consecuencia, menos propicio a estos desvaríos, la propia doña  María asegura que ahora el WC del AVE presenta normalmente menos problemas al respetive.

Lo dicho, que la modernidad avanza, y a veces con manifiestos progresos como el que ahora aporta el AVE. Homper  ha recuperado en él el placer de viajar en tren, leyendo plácidamente, observando el paisaje, analizando las caras de los viajeros, y lucubrando sobre sus vidas. Contando, como de niño, los postes de teléfono entre pueblo y pueblo. E imaginando dónde paran esos múltiples caminos que uno va dejando al paso meteórico del tren. Confiesa que le gustaría andarlos  hasta el final, pura curiosidad. Pero se teme que, por mucho tiempo que nos ahorre el AVE, quizás es algo tarde para recorrerlo todo.

Sin Calvo-Sotelo, menos Duende

Todos los que han seguido al Duende desde su paso por la SER saben los motivos por los que le debía estar tan agradecido a Leopoldo Calvo-Sotelo (así, con guión, que no se sabe por qué se tiende a suprimir ahora en los apellidos compuestos). El caso es que aquel presidente de gobierno que después de la labia de Felipe González y el gracejo malvado de Alfonso Guerra, tan fácilmente imitables, aparecía como la dignidad marmórea inasequible a la caricatura, propició algunos de los chispazos más hilarantes de la larga colaboración entre Javier Capitán y el Duende. Primero haciendo un dúo de expresidentes con Adolfo Suárez, luego con un pintoresco representante que promocionaba al aparentemente severo Calvo-Sotelo como humorista. Qué buenos ratos pasamos con el Poldo Mix.

Está muy feo echarle de menos sólo por la punta que le sacamos en la radio. Sin embargo lo bueno de la caricatura es que te obliga a fijarte en el personaje y garrarte a sus flecos amables. Dejando a un lado sus rasgos más fácilmente parodiables, uno estudia su biografía y los breves contactos que tuvo con él no puede evitar el respeto y hasta el afecto. El Duende le escribió dos o tres ocasiones. Siempre respondía con un tarjetón escrito a mano, y con detalles que individualizaban el mensaje. Es decir, que se tomaba la molestia de recordar a quién se estaba dirigiendo para no hablar con simple cortesía formularia.

En una de mis misivas le pedía disculpas por un exceso que no se si fue de los imitadores o de Julio César Iglesias, tan amigo de poner en riesgo el temple de su entrevistado con una humorada no siempre oportuna. Acababa de salir Leopoldo bis en una de las viñetas matinales que hacíamos hace unos años. Y a continuación había preparada una entrevista con Calvo-Sotelo, el de verdad. Evidentemente, éste había escuchado la parodia y, ni corto ni perezoso, Julio, para abrir boca, le preguntó qué le parecía. Como toda caricatura –contestó el ex presidente con su sorna habitual- evidentemente exageradaPero si tiene usted tan buena imitación, no se para qué quiere el original. No fue nuestro mejor día en la radio. Pese a la buena educación y a la tolerancia para la ironía de don Leopoldo, el hielo se cortaba. Julio, como su tocayo Aparicio, tuvo que hacer faena de aliño.

Pero el almario del Duende es a veces muy escrupuloso. Y, no pudiendo acallar su mala conciencia le escribió disculpándose por el rato incómodo que le habían hecho pasar. Utilizó para ello una frase un poco afectada, algo así como me encocora que a usted le pueda haber sentado mal la imitación. A lo que él contestó: me encocora que te encocore, y que no encocore a quien debería encocorar.

Hoy el Duende siente muy suyas las famosas palabras de John Donne: nadie es una isla, lo que le pasa a otro también te afecta a ti, la muerte de todo hombre te disminuye. Don Leopoldo, tan maltratado en su día por la suerte política y por un pueblo que no repara en los matices, se va quizás sin el afecto que España le debía. Y se lleva una de las cuerdas del violín que más le gustaba tocar a uno. Lo que decía el poeta, que al final las campanas acaban doblando por todos, y que al mosaico de las ilusiones radiofónicas del Duende se le van cayendo teselas irreemplazables.


Siluetas de RNE

Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 1,336,047 hits

A %d blogueros les gusta esto: