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El coche de tus sueños

Echas de menos  aquellos coches a los que podías subir sin arrugarte y ver el paisaje desde una cierta altura...

Echas de menos aquellos coches a los que podías subir sin arrugarte y ver el paisaje desde una cierta altura…

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Sabed que soy de aquel tiempo en que los coches de verdad olían a gasolina y al cuero de sus asientos, y en que los de juguete eran de hojalata y colgaban del techo de las cacharrerías o de los tenderetes de feria –se te ocurre escribir para algún capítulo de la autobiografía que nunca llegarás a publicar. Hubieras podido añadir que te fascinaban los automóviles porque en tu casa no había de eso, eran lo más fantástico que soñabas entonces, y sin embargo pasabas días, y a veces semanas, sin montar en uno de ellos. Los veías por la Castellana, en las películas y en unos anuncios de los viejos ejemplares del National Geographic Magazine que te entretenían cuando guardabas cama por culpa de las anginas. Los Hispano Suiza, los Cadillac, los Packhard, los Dion Bouton, los Peugeot, los Buick. Aquellos modelos parecían que sólo podían ser propiedad de Gary Cooper, del Duque de Windsor, de Manolete o de gente así.

No teníais coche en casa, cierto, pero en los veranos de Arenas de san Pedro, tu padre contrataba el taxi del Agustinillo lo atiborraba de familia y de cestas de merienda y este os subía por el Puerto del Pico para llevaros de excursión a los pinares de Navarredonda o, por el contrario os bajaba hasta el Monte el Rincón para bañaros en el Tiétar. El Agustinillo era gordo, y tenía un Ford de color beige con los guardabarros pintados de negro, ruedas de radios y trasportines desplegables, para que en él cupieran casi tribus enteras. Después de comer la consabida tortilla y los filetes empanados, mientras tú merodeabas por los arenales del río buscando galápagos, el Agustinillo abría las puertas delanteras de su Ford para crear corriente y dormía la siesta despechugado y con el pie izquierdo apoyado en el estribo de coche, sobre el que descansaba la rueda de repuesto. Debían zumbar las moscas, pero no las recuerdas.

Sí recuerdas en cambio que al regreso, ya de noche, mientras aquel viejo coche de la década de los treinta vibraba y parecía desguazarse a cada bache siguiendo las infinitas curvas ascendentes o descendentes, según la ruta elegida, tú mirabas por la ventanilla a las estrellas y éstas te seguían, como si también se hubieran apuntado a la excursión. Qué emocionante. Muchas carreteras ni siquiera estaban asfaltadas. Al acabar el viaje te gustaba pasar el dedo por las manecillas de las puertas y recogías el polvo que se acumulaba en ellas. Era polvo del mismo color que el beige de la pintura, y es que el Agustinillo era muy sabio y debía de pensar que así se ahorraba en lavados.

El coche, ese sueño que te trasplantaba de la ciudad al campo en un ratito, te cambiaba la vida. No reparabas en muchos más detalles, aunque luego, de tanto mirarlo, te inspirabas en su silueta, en su calandra y en los tapacubos para ponerle cara. El pequeño Renault 4/4nada que ver con lo que ahora se llama todo terreno- era sonriente, aunque a veces se te antojaba una viejita. El Peugeot y el Wolksvagen, del que entonces sólo se conocía el escarabajo, tenían aspecto más severo, incluso triste. Los grandes modelos norteamericanos con sus espectaculares maleteros y alerones evocaban esplendor, comodidad, poderío. Lo que luego se llamaría el factor imagen.

-Quiero un coche muy güeno –era fama que pedían los toreros convertidos en figuras millonarias- El mejor que haiga.

Y con el mote de haigas se quedaron esos cochazos cuyos últimos vestigios aún ruedan, como fantasmas de otro tiempo, por la isla de Cuba.

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Comprabas un desideratum que se llamaba coche, y no necesitabas saber mucho más. Si tenía motor, ruedas, volante y asientos, ya habías ganado licencia para el sueño, y billete para la aventura de hacer caminos, descubrir paisajes y evadirte. Luego la industria evolucionó, los coches se sofisticaron y a ti, que permanecías en la infancia del automóvil, te complicaron la vida.

Lo has notado ahora, en que después de casi catorce años con el mismo modelo debes pensar en el cambio. Cada vez te cuesta más girar el cuello para aparcar casi cinco metros de carrocería. Los coches, incluso los pequeños, son cada vez más grandes, mientras que los garajes y aparcamientos se reducen progresivamente. Cada día se te hace más penoso sentarte al volante, porque antes subías al coche, pero ahora tienes que agacharte para entrar en él como si bajaras a un sótano. Para tu espalda dolorida y tus tranquila manera de conducir, lo ideal era un coche como los viejos taxis de Londres, cambio automático que te de menos trabajo, velocidad de crucero que te permita ver el paisaje y leer todas las señales y pocos mandos y botones que no te compliquen la vida. Imposible. Ahora todos los coches están llenos de cosas que no entiendes ni te interesan, y te hablan de siglas, controles TCS y ESP, detectores, par motor, luces led, cristales tintados, anclajes Isofix y Top Tether, lector de MP3, equipo de audio con conexiones USB y Aux, airbags – como si no pensaras más que en estrellarte- y retrovisores calefactables. Por cierto…¿para qué carajo quieren calefacción los retrovisores? ¿Significa eso que también tienes que activarla tú? Claro que es casi peor lo de ordenador a bordo…

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Te gustaría poner de moda la teoría de la prescindibilidad, el minimalismo, la simplificación como método. La cruda realidad es sin embargo que el signo de los tiempos no va contigo. En lugar de tanto refunfuñar, deberías leer e informarte de lo buenos que son ahora los diseñadores de coches, que los hacen –dicen- cada vez más atractivos. Lástima que ya seas demasiado viejo para cambiar, y que al final te vayas a conformar con cualquier antigualla que te lleve de aquí para allá sin demasiadas humillaciones. Eso sí, por si a alguien le interesa poner epitafio cuando hayas hecho el último viaje, allá va una idea: “Murió feliz, porque no tuvo que leer instrucciones”

Seymour Hoffman, tristemente en el fondo del pozo

¿Por qué estos tipos tan sobrados de talento se abandonan a los  paraísos artificiales?... artificiales?...

¿Por qué  tipos tan sobrados de talento se abandonan a los paraísos artificiales?…

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Siempre que conoces una noticia como esta vuelves a ver el pozo. Te puede la curiosidad infantil, así que te apoyas en el brocal, miras al fondo del agujero oscuro, lanzas una piedra para escuchar su impacto sobre la superficie del agua y calculas los metros de caída hasta hundirse en él. Cada pozo –pensabas- es un misterio. Un depósito de cantos arrojados desde la superficie, de herraduras, de monedas que algunos novios tiraron creyendo que volverían allí para besarse, de niños traviesos que calcularon mal el peso de su cabeza y arriesgaron demasiado, de galgos ahogados cuando acaba la temporada de caza y ya no hay liebres que correr, de crímenes sin resolver. Cuántos desaparecidos no se habrán hecho presentes años después como esqueletos en el fondo de un pozo.

Lo recuerdas, tu cabeza reflejada en el espejo circular de la superficie, a veces con la luna mirándose por encima de tu hombro. Había en el pozo algo de misterioso, incógnita oscura, redonda y fría. La angustia de una muerte más que probable si caes en él. El peligro que había que evitar.

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El pozo de los paraísos artificiales. Llevamos generaciones educando a nuestros niños y jóvenes para que tengan en cuenta sus riesgos, pero no hay manera: siempre hay un aventurero arrogante y simpático que se cree Dios y desprecia el peligro.

-Yo me controlo y manejo estos rollos como el yo-yo: ahora lo tiro, ahora lo recojo. Ahora o tiro, ahora lo recojo, ahora lo tiro…

Philipe Seymour Hoffman es el último que no ha sabido recoger su yo-yo a tiempo. Hundido para siempre en el fondo del pozo.

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Piensas a menudo que fuiste demasiado niño, que no fuiste casi nunca joven y que cuando, ya adulto, perdiste el miedo a la transgresión, te faltaba entrenamiento para no caer en el ridículo. Te calaron profundamente los Diez Mandamientos y el undécimo que, como cantaba Serrat, te machacaban en el colegio y en casa.

-Niño, esto no se hace, esto no se dice, esto no se toca…

Mas no te frenaba sólo el temor de Dios o el de tu padre, que era como Dios, pero con bigote  y con el pelo abrillantado por Patrico. Debió de ocurrir que te hicieron con pasta de niño bueno, de niño repelentemente bueno. Llegó la edad de fumar, te escondiste con tu pandilla de verano en una cabaña y alguien encendió un cigarrillo de marca Peninsulares.

El que no se trague el humo es un nenaza –fue la conjura de los pequeños valientes mientras el líder daba la primera boqueada.

Cuando el cigarrillo llegó a ti, aspiraste profundamente y te tragaste el humo, como estaba mandado para no ser un nenaza. Y de repente te quedaste sin respiración, se te achisparon los ojos, te pusiste a toser como endemoniado y tuviste que salir corriendo de la cabaña.

-Pues si para disfrutar con el tabaco hay que pasarlo tan  mal –pensaste- no le veo la gracia al invento.

Te dio igual no ser como Gary Cooper, Bogart o John Wayne. No volviste a fumar en tu vida. Ni tabaco, ni cigarrillos de anís ni ninguna otra hierba. Con el alcohol tardaste tanto en abandonar el gusto infantil y en apreciar una copa de buen vino que ni te tentó ese vicio. La única vez que recuerdas haberte emborrachado fue un mareo de galerna del Cantábrico sin salir de tu cama. O sea, que una y no más, Santo Tomás.

Te quedaba la alternativa de la carne. Pero mientras el cigarrillo y el alcohol estaban allí, a la espera de tu decisión, las tetas de la María, que asomaban irresistibles por el escote cuando se inclinaba a hacer las camas, no contaban contigo.

-Niño  –respingó la fámula retirando tu mano de un sopapo la única vez que te lanzaste al abismo del vicio- ¡A tocar a Melilla, que hace falta un trompetilla!

O sea, ni tabaco, ni alcohol ni sexo. No se sabía si eras un niño bueno o un panoli en ciernes.

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Sonríes recordando aquel corrido que contaba la vida de Pancho López, chiquito pero matón, y su moralina ingenua: no vivas la vida con tanta rapidez. O no quieras apurar prematura y rápidamente todos sus encantos , porque cuando te empiecen a aburrir quizás quieras refugiarte en los paraísos artificiales. Y esto a veces deriva en tragedia, como se ve una vez más en el triste final de Seymur Hoffman, un actor que ni siquiera necesitó ser guapo para demostrar su talento –no lo bastante como para detenerse a tiempo- y triunfar.

Y te apena que a pesar de que el saldo final de las adicciones peligrosas es terrorífico, aún sigan estas reclutando partidarios. Puedes entenderlo en en los miserables, en la gente sin esperanza, en los marginales, en los locos o en los que no ven solución al insoportable castigo que es para ellos vivir. Merecen comprensión y ayuda.  Pero te irrita especialmente cuando caen en ello mentes privilegiadas que además han triunfado. Su castigo, tan triste como cualquier muerte, te parece además un insulto al sentido común.

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Sin embargo pasan generaciones, y en el cielo de los ídolos populares aún abundan los que en un momento o en otro bromearon con las drogas. Muchos, como el pobre Philip, cayeron en el pozo y ya no saldrán jamás. Del fondo de este se deben de escapar risotadas: ¿cómo es posible que con lo listos que se creen sigan sin enterarse de que con algunas cosas peligrosas no se debe jugar?

Entretanto, casi agradeces haber sido tan tonto, y aplazar los paraísos artificiales hasta que se agoten los muchos naturales que cualquier curioso puede seguir descubriendo.

 

Reflexiones de un 1 de mayo sin afeitar

Bebé afeitándose1

Es 1 de mayo. Más déja vù. Como eres consciente de que atraviesas una etapa en la que debes a agradecer a la vida casi todo, empiezas por reconocer que estás bastante contento de no ser Cándido Méndez, Toxo ni Cayo Lara. Y, más aún, de no estar obligado a llenar el día feriado manifestándote.

No obstante decides solidarizarte con la causa orillando la burguesa costumbre del afeitado matinal.

En un principio podría pensarse que este acto de dejación es pura vaguería. O un exceso de autoestima, explicable porque cuando te arrellanas en el sillón a leer los periódicos en el IPAD adviertes que, quizás inconscientemente, te sobas el mentón, lo percibes como una lija estimulante y al frufrú que produce la epidermis de la mano deslizándose a contrapelo sobre la tímida barba de un día te sientes más respetable y mejor ciudadano. Igual que un perfecto intelectual de salón.

-Jesús, qué panorama más chungo- murmuras para ti mismo como gran aportación al pensamiento moderno.

Deberías dedicar más atención en este día a Marx, a Engels a la rebelión del proletariado y al significado simbólico del 1 de mayo.  Pero al observar que Mourinho y el Real Madrid acaparan hoy más atención que aquellos, dedicas un recuerdo a tu amigo Pemberton, con el que almorzaste hace unos días en casa de tu querido primo José. Pemberton, un buen mozo con una gran carrera profesional a sus espaldas y hoy padre y abuelo de familia numerosa, es un  tipo que irradia simpatía y felicidad. Eso no le evita tener que tomar dos píldoras de Lexatin cuando su Real Madrid juega un partido comprometido. Vaya por Dios, qué difícil se le está poniendo a Florentino Pérez enmendar sus megalómanas decisiones futbolísticas con títulos. Sientes que los lexatines que Pemberton se tomó anoche sólo le sirvieran para asimilar tranquilamente que el Madrid deberá esperar un año más `por su décima Copa de Europa.

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Cuando te llama tu amigo Homper para interesarse por tu salud y le comentas que bien, gracias, y que hoy, contrariamente a lo que manda tu credo burgués, no te has afeitado, no pierde ocasión para mostrar otro motivo más para su tradicional perplejidad.

-Pero cómo…¿tú también has sucumbido a la moda de la capilaridad cambiante?…

Tú no entiendes muy bien qué es eso de la capilaridad cambiante, y Homper te lo explica. Según él, el prototipo masculino vigente ha depuesto sus signos tradicionales de virilidad y de prestancia afeitándose el pelo de la cabeza y dejándose de afeitar la barba.

-Alguna chica debió de comentar alguna vez que un cráneo de hombre liso y brillante es como si todo él fuera un falo enhiesto, y la ocurrencia ha hecho fortuna-dice aguantando su risita.

Tú le refieres que aunque sabías que Rosita, la cajera del pequeño supermercado de tu barrio, tenía uno de estos novios calvorotas y  metrosexuales, el primer día que pasaste por caja después de haberte cortado el pelo al cero para frenar su caída y evitar que la quimioterapia dejase tu testa como una bola de billar, la chica ni siquiera parpadeó por tu novedoso look personal.

-Te faltarían otros detalles –matiza Homper- Por ejemplo, ir vestido de negro de la cabeza a los pies, grandes gafas de sol aunque vayas en el metro y barba cortita, de dos o tres días. Este detalles es importante, incluso para los que no van de calvos por la vida: George Clooney, Johny Depp, Cliff Owen, Brad Pitt, Javier BardemSi aparecieran en sus películas bien afeitados nos parecerían un anuncio de Floid. Tienen que lucir aspecto de de poca ducha y menos gel de afeitar para mantener su leyenda de sex-simbols.

-Qué tontería.

-Ya, ya…-y se queda en silencio rumiando su respuesta para después concluir la conversación- Pero…¿tú has visto algo más tonto que la moda?

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Recuerdas entonces al Chaplin barbero judío de El gran dictador, que con un tiento finísimo dejaba el rostro de su cliente impecable al ritmo de la Danza Húngara nº 5 de Brahms. Qué escena tan genial e inolvidable. Y a Gary Cooper afeitándose sin jabón y a filo de cuchillo en Tambores lejanos, todo un hombre. Respiraban esos afeitados de cine sensación de mañana fresca,  higiene, fragancia y alegría.  Piensas  que aquellos héroes se forjaron en los cánones de la ingenuidad, como la que correspondía a su tiempo, que era casi el tuyo. Y que quizás acudirían también hoy a la manifestación del 1 de mayo entre miles de mal afeitados, puede que para oponer al menos al mal tiempo buena cara y demostrar que el sueño de un mundo justo no tiene por qué estar reñido con la estética de lo limpio.

Otra teoría de la felicidad

Cerca del castillo de Monfragüe se puede elaborar otra teoría más acerca de la felicidad...1
He aquí otra manera de ver a la especie humana. Aquella que traza una divisoria entre los hombres que rematan y los que no rematan, los que hacen los deberes y los que los dejan a medias, los que buscan la perfección o al menos la excelencia y los que se conforman con un aprobado, un pasar, un vivir desflecado y según y como, vaya, vale, sigamos adelante y no me toque usted las narices con escrúpulos ni tiquismiquis propios de perfeccionistas. A vivir, que son dos días.

El amigo Rafael estaba claramente en la primera categoría. Era un modelo en casi todos los ratios que las suegras de antaño puntuaban para conseguir el yerno soñado. Seriedad, buea cabeza, voluntad, espíritu de superación, elegancia y exquisitos modales, buena presencia. Y un pedigree de familia acomodada, buena plancha y mejor colonia. Alguien le llamó la atención un día a este bloguero sobre lo reveladoras que eran las porterías de las casas de Madrid. No hacía falta que hablaran las porteras o los porteros, gremio que siempre ha tenido la fama de cotilla impenitente. Hablaba por ellos la atmósfera que se respiraba apenas se entraba en el portal.

-Portal que huele garbanzo o a coliflor, malo. Portal que huele a lejía, regular. Portal que huele a maderas, a cera o a Netol, buenísimo.

Luego aclaraba que esa observación maliciosa no iba en absoluto contra el espíritu evangélico del amor a los pobres.

Cristo dijo que los amáramos -precisó- y eso está bien. Pero eso no obliga en absoluto a ser feliz aspirando el olor a berza cocida.
El portal de la casa de Rafael seguro que estaba libre de esos pecados urbanos. El resto de los componentes de su personalidad no se sabe si vienen de los genes paternos o los maternos. La cosa es que dio en un tipo autoexigente y riguroso, poco dispuesto a conformarse con medianías. Pensaría que uno no tiene más que una vida para mostrarse. Fue un claro aspirante al homo perfectus.

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Ya cuando le conoció este duende había sin embargo en su biografía un dato chocante. Entonces la sociedad se había sofisticado, y ya no sólo queríamos ser felices, sino también guapos. A las mujeres de entonces les trastornaban los hombres altos y delgados, Gary Cooper y Gregory Peck a la cabeza. Rafael también era de raza fina, hombre deportista y sin apunte de tripilla, pero sin embargo era conocido como Gordo. Todo el mundo le llamaba Gordo.

Sorprendentemente, él, tan celoso de su imagen y de su autoestima, no esquivaba el apodo. Se diría incluso que lo defendía con un cierto orgullo, quizás consciente de que era el depósito de ternura y nostalgia del único momento de su vida en que fue rollizo y mofletudo, como un anuncio de Pelargón. Luego, viendo Ciudadano Kane, uno lo entendió mejor. Aquel magnate de la película muere con una palabra clave en sus labios que nos lleva a conocer el sentido de su existencia. La palabra es Rosebud, un enigma que vuelve locos a los investigadores hasta que descubren que tal era el nombre grabado en la madera del primer trineo que tuvo en su infancia el que llegaría a ser el hombre más poderoso de los Estados Unidos. Este, recreado en la película por Orson Welles, quiere recuperar al morir la única idea de felicidad pura de su vida, cuando lo tenía todo por delante, y todo aún por conquistar. Quizás quiso Rafael incorporar este sueño a su identidad, y llamarse Gordo para siempre aunque jamás un gramo de más afeara su percha. Gordo fue su Rosebud, y con ese trineo se deslizó por la vida en un slalom que seguramente facilitaría su búsqueda de la perfección.

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Gordo hizo una carrera brillante, y además tuvo la suerte de encontrar a una mujer como Luli,nacida Lucila, que con su encanto, su simpatía y su generosidad le dio aún más exuberancia a su vida. Además en uno de sus múltiples saltos adelante fue en Bruselas Director General Política de la Competencia, tal vez la nomenclatura que mejor le explica. De la competencia, o sea, del arte de competir. Pero también de todo lo otro que sugiere la polisemia de esta palabra: madurez, preparación, saber distinguir churras de merinas, priorizar objetivos, programar esfuerzos, saber vivir. Saber sobrevivir. Y, sobre todo, maña para superar obstáculos y proyectar al exterior una imagen de felicidad que, en los tiempos que corren, se recibe como un ungüento balsámico. Un triunfador prototipo puede llegar a molestar por su arrogancia. Un hombre contento, no. Un hombre contento estimula y reconforta el ánimo. Bienaventurados los Gordos que no cejan en su particular camino a la felicidad.

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Imagina uno que el aspirante a ser el homo perfectus es como un Karpov que sabe jugar simultáneamente varias partidas de ajedrez al mismo tiempo. En un tablero, su intimidad, el amor, la familia, los hijos, los nietos. En otro, su carrera profesional. En otro su papel en la sociedad que le ha tocado vivir. En otro, su dimensión humanista. En otro, el instinto de supervivencia, el saber ganarse la vida. En otro, su relación con los demás: amigos, compañeros, vecinos, colaboradores. En otro, piensa uno, su tira y afloja con Dios, o con cualquiera de esos sucedáneos que los hombres le hemos ido buscando a la idea de la divinidad…

Este hombre se asomó a todos los tableros, juega partidas en todos ellos y en todos, como poco, da jaque mate al desánimo. Como no debe de saber lo que significa perder, supo salir airoso de todas las lizas sin despeinarse ni perder la compostura. Si ha sufrido alguna derrota la ha sabido tan disimular tan bien que no ha dejado ni una sola cicatriz en su piel de hombre sonriente. Qué suerte la suya. O qué temple para saber lidiar con ella.

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Todas estas apreciaciones, a las que podría ponerse el correctivo de la amistad, le convencen a uno, aunque no le arrebaten. Lo que le llama la atención, y le gusta, y casi le enternece, es comprobar que a un hombre afortunado, como a él, lo que le hace vibrar e ilusionarse ahora es su circunstancia. Ya saben: la circunstancia de Ortega (no Ortega Cano, sino el otro, el de la calle, antes Lista). Podríamos precisar más: su circunstancia extremeña, pues fue en un lugar de Extremadura donde esta se le ha revelado. O su transformación eventual en hombre de campo, pues en él se refugia cada vez que tiene tiempo libre. O su circunstancia familiar, más esperanzadora que nunca ante una ristra de nietos a los que él enseña pacientemente a montar a caballo por los caminos mientras les va impartiendo lecciones elementales de naturaleza.

-¿Ves ese pájaro de colores tan bonito?…Es un abejaruco, que se llama así porque se come las abejas. ¿Y esa planta con la flor morada?…Se llama cantueso..,

Como un monitor celoso. Como un guardián que cuida al detalle su pequeño paraíso.

Uno ojo en el caballo, otro ojo en el pequeño jinete o la pequeña amazona. Y controlando al tiempo que el pequeño perro teckle de la casa no se escape y se meta entre las patas del caballo. Seguramente el amigo Gordo ha vivido pasos más importantes en su carrera. Pero ahora, en la tierra que él y Luli eligieron, y en la casa que construyeron, está viviendo los momentos más emocionantes.

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Uno fue invitado a su feudo y tuvo la suerte de verlo con sus propios ojos. Por si acaso, tomó apuntes para su propio futuro.

El tiempo corre, y los años del poder y del éxito –que fueron también los de la mayor responsabilidad- van quedando atrás. Entre las rosas del jardín y el encinar de la dehesa, rodeados por las crestas de la sierra de Las Corchuelas y bajo el techo mágico que ofrecen las noches estrelladas del parque de Monfragüe , Gordo y Lucila transitan ahora por un terreno más plácido y amable, jalonado de voces infantiles o presencias amigas. Tal vez sin darse cuenta, el hombre inquieto que buscaba la excelencia se acerca cada vez más a otro modelo de vida, próximo al beatus ille del clásico. Como decía el Quijote, mejor es el camino que la posada. No hay como no parar y seguir buscando en los valores y placeres más elementales de la vida para creer que la felicidad, que nunca acaba de llegar del todo, te está esperando sólo un poco más adelante. A la revuelta de esa curva, o más allá de ese cerro de encinas cuajadas en flor de primavera.

Homper visita a sus primas

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Homper también se quedó perplejo cuando descubrió que sus primas  mayores, registradas en su memoria infantil con melenita y curvas de artistas de cine de la época, no iban a permanecer  así de por vida. Las primas cumplen años, llegan a ancianitas, y sufren alifafes propios de su edad. Además, a la que no vive postrada en el sofá o en la silla de ruedas se le va la olla de cuando en cuando. Tempus fugit.

Esto último no es grave, también le sucede ya a él mismo, veintidós año más joven que la menos joven de ellas. En el caso de la prima Tere lo es quizás aún menos, pues, profesora de instituto jubilada, fue siempre machacona y repetitiva. Por darle marcha a una de esas visitas que los fines de semana veraniegos se hacen más necesarias, sacó a colación Homper que se había encontrado por la calle a Enrique Maderuela, un sobrino que  dejó de ver de bebé y  al que reencontró por la calle  hace una semana convertido en un elegante ejecutivo de banca. Enrique Maderuela es un hijo de Julita, otra prima lejana con la que, sin embargo, las primas hermanas mantenían mucho trato.

-¿Sabéis algo de la prima Julita? –preguntó a Homper a sus primas las ancianitas.

La prima Mary, acurrucada en el sofá como una gatita delicada, asintió con la cabeza. La prima Tere, más vigorosa y vehemente, abrió su amplia sonrisa y ratificó lo que su hermana, muy débil, no atinaba a decir de viva voz.

-¡Siiii!….Está muy bien.

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Todos deberíamos estudiar un tratado de conversación con ancianos. O por falta de fuerzas, caso de  una prima, o por dificultad para fijar el tema y avanzar en él, caso de la otra, Homper se vio a menudo empantanado en marasmos de silencios o de respuestas absurdas que le acababan generando muy mala conciencia. Imagínense el cuadro, tarde de sábado de verano en la gran ciudad, calles desiertas, mucho calor. Una habitación penumbrosa decorada con algún mueble decimonónico, silloncitos y sofá, cuadros de naturalezas muertas, paisajitos y retratos de antepasados. Sobre la mesa baja, un ABC, una jarra de agua con medidas de volumen marcadas y un vaso al lado. Silencio.

-¡Fíjate! –decía la prima Tere rompiendo el silencio- El médico me ha dicho que tengo que beber cinco vasos al día. Y no se cómo, porque yo bebo muy poco, ¿sabes?

Los cinco vasos de agua dieron para alegrar diez minutos de visita. Homper teorizó sobre lo que esta manía de que bebamos a toda costa ha influido en el aspecto de los transeúntes en general y de los turistas en particular. Ahora el turista no sólo debe llevar mochila y cámara de fotos, sino también una botella de agua en la mano.

-Cinco vasos de agua –insistía la prima Tere ante el silencio resignado y pasota de su hermana Mary- Cinco vasos de agua….

Por delante de las cortinas de la ventana, casi completamente corridas para detener el lamparazo del sol, había una mesita auxiliar con un televisor apagado. A las primas ancianitas no les interesaba nada ni el Tour de Francia ni la etapa contrarreloj de Contador. Antes veían alguna película de esas de media tarde con actrices como Deborah Kerr, Vivien Leigh y Katharine Hepburn, que les gustaban mucho, o con galanes como Gary Cooper, Cary Grant y Clark Gable, que les gustaban aún más. Ahora ni siquiera eso.

De vez en cuando un leve golpe de aire movía las cortinas. No alivió mucho la sensación de espesura de la habitación, pero  entretuvo el silencio que envolvía la visita a aquellas primas que Homper conoció jóvenes y que ya no lo son tanto.

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Las campanas de una iglesia le recordaron a Homper que, como todo es relativo, él era el joven de la reunión, y su deber era esforzarse en la conversación. Pensaba que así al menos las primas ancianas se sentirrían más animadas, y apreciarían la diferencia entre el tiempo de soledad compartida y el tiempo de visita. Para Homper éste empezaba  a pesar como una grave responsabilidad. Creía que si no era capaz de que la prima Tere, normalmente muy locuaz, pegara  la hebra, es que él no era una visita de recibo.

Pero en ese momento tuvo una inspiración.

-¿Cuántos hijos tiene la prima Julita? –preguntó.

Y la respuesta  llenó el resto de la visita. La prima Tere habló de Irene, que se casó con un alemán y vive en Alemania. Además de Irene estaba Enrique, promotor involuntario de la conversación, pero luego -¡ay problema!- estába el pequeño, que se acababa de separar de su mujer. Leve inciso para lamentarse de las muchas separaciones de esta sociedad moderna.

-Porque Irene –recordó Tere- se casó con un alemán, y vive en Alemania. Pero el pequeño se ha separado

Homper era consciente de que la hija de la lejana, aunque muy querida, prima Julia, se llama Irene, se casó con un alemán y vive en Alemania. También era consciente de que había otro hijo separado y Enrique, que es ejecutivo del BBVA.

-Ese está casado y tiene hijos –repitió la prima Tere- Pero el pequeño se ha separado. Y luego está Irene, que es mayor, pero que se casó y vive en Alemania.

Alguien, no se sabe si la prima Mary por señas o el propio Homper, divina inconsciencia, lanzó una nueva hipótesis. Pudiera ser que la prima Julita no tuviera sólo tres, sino cuatro hijos, porque Tere había lanzado el nombre de Curro y el recuerdo de un mocetón que sabíamos que no es Enrique,  al que  tenemos perfectamente identificado,  ni el pequeño. Este hasta ahora siempre había sido llamado “el pequeño”.

-Es una pena que se haya separado-insistió Tere-Porque Enrique no, Enrique está casado y tiene una mujer estupenda y un  magnífico trabajo. Lo mismo que Irene, lo que pasa es que Irene se casó con un alemán, y por eso vive en Alemania…

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El tiempo, que afortunadamente no fue de silencio, se le echó encima a Homper, y llegó  el momento de despedirse  de sus ancianas primas.

La vuelta a su casa fue un camino de dudas y preguntas. Algunas poético-filosóficas, desde el tempus fugit, aforismo clásico, al verso coplero de Jorge Manrique: cómo se pasa la vida, tan callando. Otras, de moral práctica, le planteaban si el suyo fue un buen comportamiento con sus primas mayores. Volvió a pensar que la asignatura  de Educación para la Ciudadanía debería, por ejemplo,  enseñar a hacer compañía y a dar conversación a los ancianos. Luego se imaginó a sí mismo en esa edad. ¿Sobreviviría para entonces esta costumbre de las visitas? ¿Tendrá la gente entonces un solo minuto para dedicárselo a los demás?

Y, por encima de esos, otros enigmas menores que no por ello dejaron  de preocuparle. ¿Era Curro el hijo pequeño de Julita, aunque fuera  un mocetón? ¿O es que los Madderuela tienen un cuarto hermano que no tenemos bien perfilado?. Porque lo que está claro es que Irene se casó con un alemán y vive en Alemania, y que Enrique está muy bien casado, bien colocado  y tiene unos hijos estupendos. ..

Katyn. Para saber lo que es malo

KATYN es una película que debía de ser de visión obligatoria para los jóvenes que apuntan maneras ultras...

KATYN es una película que debía de ser de visión obligatoria para los jóvenes que apuntan maneras ultras...

Confiteor Dei –sueña el Duende por la noche. Me confieso ante Dios tododopoderoso de que pequé gravemente de pensamiento. Pensaba que había buenos y malos. Y que, naturalmente la guerra de los buenos no era mala. Pensaba que los indios muertos, los alemanes muertos, las gángsteres muertos, los japos muertos, los piratas del Caribe muertos, los infieles muertos, los bereberes muertos, los tártaros muertos,  los soldados de la Unión muertos y todos los malos de las películas muertos estaban bien muertos. Y que la guerra que a veces en forma de soldadito de plomo, soldadito de goma, Fort Comanche de madera, escopeta de pistones, pistola de agua, arco con flechas de ventosa y una metralleta de aire comprimido que disparaba una especie de bolas de ping pong era una guerra tan santa y legítima como la que nos contaban de Don Pelayo, de Ricardo Corazón de León y del mismísimo Santiago Matamoros.

Y el Duende confiesa, además, que jugaba a la guerra y a matar malos. Y que ni siquiera le parecía algo desagradable, porque la sangre de los tebeos de Hazañas bélicas, del Guerrero del Antifaz, de Roy Rogers o del Capitán Trueno no pringaba nada. Y en las películas de Gary Cooper, Clark Gable y Robert Taylor y Errol Flyn, que mira que mataban y moría gente en ellas, apenas se veía una mancha roja. Se peleaban a puñetazos en el Saloon porque las vacas de Mac Cormack había invadido el rancho del magnate mal encarado, y apenas les quedaba un moratón en la mejilla. Hasta que en Grupo salvaje el audaz Sam Peckimpah nos enseñó que del agujero de una bala brota un borbotón de sangre, todo eran odios inocuos, guerras incruentas, dramas ingenuos. Y, sobre todo, buenos-buenos y malos-malos.

-Pues yo andaba muy cómodo  con el maniqueísmo-confiesa el Duende a su Pepito Grillo.

Había algunas sombras sospechosas. Por ejemplo, Stalin, que aunque aparecía en las fotos de Yalta entre los buenos, lagarto lagarto. Claro, que nada al lado de lo que pinta una película polaca de André Wajda, tan valiente y políticamente incorrecta como descarnada y brutal, que se titula Katyn, y que pasa discretamente por las pantallas. Stalin lagarto lagarto, no: cocodrilo, cocodrilo.

Qué tiene que ver esta guerra con la que aplaudíamos como locos en el cine del cole los domingos por la tarde cuando nos echaban Guadalcanal, Objetivo Birmania, Fuego en la Nieve o Los diablos de las colinas de acero. Aquellas del cine en blanco en negro, de los tebeos y los cromos hacían héroes de postal de Navidad, niños belicosos que no conseguíamos odiar del todo a la guerra. Pero apunten esta letanía truculenta: La lista de Schindler, Salvad al soldado Ryan, El enemigo en puertas, El pianista, El libro negro, y ahora Katyn, donde se cuenta cómo la matanza de veinte mil oficiales polacos que hasta la caída del muro de Berlín se atribuía a los nazis fue una fechoría de papá Stalin. Todas buenísimas. Sobre todo, para confirmar uno de los pensamientos más sublimes de Groucho Marx: cuanto más conozco a la especie humana, más amo a mi perro.

Confiteor Dei –soñaba el Duende esta noche, después de haber visto la última de estas terribles películas. Me confieso de haber imaginado que le daba un beso a tornillo a Marilyn Monroe y luego le tocaba las tetas...Y Dios se le aparecía encarnado en el ángel de Qué bello es vivir, y en lugar de imponerle penitencia le daba una bolsa de chuches.

-Toma, hijo…¡Si sabrás tú lo que es malo!…

La tía Clota hubiera enseñado la foto

Mí no entender...¿Tanto mal les hace a las niñas de ZP que el mundo las vea conmigo?

Mí no entender...¿Tanto mal les hace a las niñas de ZP que el mundo las vea conmigo?

-Cuando se lo he explicado a Edwina y Thelma no han entendido nada-dice la tía Clota.

Edwina y Thelma son las otras chicas de oro de Tinmouth, el pueblo del estado de Vermont donde vive la tía de Homper. Los europeos tendemos a creer que el pueblo norteamericano es más simple que nosotros. La propia tía Clota está de acuerdo en eso, pero en este caso defiende a su país de adopción. Dice que la que han armado los Zapatero a cuenta de la famosa foto con las nenas es una exageración. Y que sus amigas americanas, que no están al tanto de la peculiar sensibilidad de nuestro presidente y su señora, piensan, no sin razón, que ahora los que estarán mosqueados serán los Obama.

-Pobre Obama-suspira-¿Cómo iba a pensar que molestaría que colgaran la foto con la familia ZP en la web de la Casa Blanca? ¿No decían que  desde que metió la pata despreciando las barras y estrellas estaba como loco por estrechar relaciones con el Presidente de los Estados Unidos? Pues ahí tenía la prueba de su éxito al conseguir que le reciban: pelillos a la mar y hasta fotos con las nenas

Homper escucha a su anciana tía desde España y sonríe con cierta socarronería.

-Bueno, tía… Aquí los niños son materia muy sensible. Pensamos que una foto suya en Internet con el matrimonio más famoso del planeta puede atentar a su intimidad y estropearles la vida. Pero dos años después estas mismas niñas podrán abortar libremente sin consultar siquiera a sus padres y eso nos parece de lo más natural…

-¡Qué contradicción!, ¿no?…Ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre…Además, ¿a qué niño le va a disgustar que le vean con su ídolo?…

Y se ríe. Raritos, muy raritos les ha hecho la modernidad a mis compatriotas, piensa para sus adentros. Y se acuerda de que, cuando era niña, tú te hacías una foto donde fuera y la gente del pueblo se te ponía espontáneamente detrás sólo por la ilusión de  quedar para la posteridad, aunque jamás fueran a ver la imagen atrapada por la cámara. Qué ingenuidad y qué ternura.

-Y menos lo entiendo si esa foto es con una figura universal, como Obama-dice la tía Clota- ¿Sabes?… Paquito, el hijo del heladero de mi pueblo, siempre me pasó por las narices una foto en la que aparecía él entre Manolete y su cuadrilla. Mira, aquí estoy, con Manolete, me chinchaba. Y allí estaba, colado entre las piernas del picador y de un banderillero y sólo dos cuerpos más allá del maestro, con la cara radiante de éxito, como si fuera él el Califa de Córdoba y acabara de salir por la puerta grande…A mí me habría encantado que todo el mundo me viera al lado de Manolete o de Gary Cooper, pero es que los niños de entonces debíamos de ser muy especiales…

Eso, muy especiales, piensa Homper. Y no como estas criaturas de ahora, que van por la calle vestidos de góticos, de románicos, de lagarteranas o de tortugas Ninja, pero que pueden sufrir un trauma si el público las ve fotografiadas junto a la sonrisa más jaleada del planeta. Cosas veredes, Sancho


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