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Música para que no nos duela tanto España

El Palacio de la Mosquera de Arenas de san Pedro, donde disfrutaste un concierto inolvidable que te dio qué pensar...

El Palacio de la Mosquera de Arenas de san Pedro, donde disfrutaste de un concierto inolvidable que te dio qué pensar…

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Otra de las ventajas la libertad condicional de la que goza tu salud es que te sientes menos Unamuno. A Unamuno le dolía España, una expresión crítica que has hecho tuya muchas veces. Ahora lo que te duele prioritariamente es algo tan vulgar como la espalda. Como contrapartida, ves la vida a través de un cristal de color mucho más amable que el del don Miguel. España no sólo no te duele, pues dejas a un lado sus vicios y defectos seculares, sino que te interesa, te sorprende, te entretiene, te divierte, te enamora, te apasiona. Y te mantiene vivo. Al fin y al cabo es la fábrica y el escenario de todo lo que te gusta. El campo, el mar, el cielo, la noche, la puesta de sol, la luna, el aire fresco, los ríos, las montañas, el amor, los amigos, la siesta, el café con porras, y hasta la banda de música que pasa por la calle tocando Paquito el chocolatero. Resulta que casi todo eso lo has descubierto en el país donde naciste y donde vives, que probablemente no es el mejor, ni el más noble, ni el más heroico, ni el más glorioso, como pretenden las proclamas patrioteras y corean casi todos los himnos nacionales. Pero es el tuyo. Piensas que ahora que la vida te enseña lo que vale un peine es la hora de agradecérselo, no de flagelarse y de dolerse por ello.

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La reflexión viene a cuento de que el pasado sábado tu prima Belén, arenense ilustre y jardinera infatigable, te invitó a un concierto en el Palacio de la Mosquera, construido en el siglo XVIII por el infante Don Luis de Borbón, hermano de Carlos III y aspirante potencial al trono de España. Según algunas cartas que se conservan del ilustradísimo rey, don Luis era su hermano más querido, pero por si acaso se le ocurría enredar en la sucesión, fue obligado a casarse con una plebeya –lo que ya le impediría sentarse en el trono regio- y amablemente desterrado en Arenas de san Pedro, tan lejos de la corte entonces como ahora puede estarlo Sebastopol.

De todos estos datos, como de que en aquel palacio pintaran Paret y el mismísimo Goya y compusiera algunas de sus mejores obras Luigi Boccherini, no tenías la menor idea cuando pasabas allí tus veranos impúberes. Para ti Arenas significaba bañarte en el Charco Verde, hundir tu rostro hasta las orejas en sabrosas rajas de sandía, pasear por las tardes con la chiquillada veraneante por el umbroso camino que lleva al Santuario de san Pedro, beber la exquisita leche helá que servía el señor Paco en su pista de baile –un rectángulo de tierra que se regaba para contener la polvareda iluminado en la noche por una sola bombilla- y escuchar el griterío de las mujeres cuando los mozos corrían la capea hasta la plaza del pueblo. Allí se instalaba el consabido tablao de la época, qué peligro. Una o dos veces por verano paraban cerca unos titiriteros de esos que tocaban la trompeta para que una cabra sumisa se subiera a una escalera portátil. No eran precisamente artistas del Circo Barnum, pero actuaban por la noche y gratis, y esa primera licencia nocturna para un niño de entonces convertía al numerito de la cabra en un fascinante espectáculo. Luego llegaba la Feria de Agosto, cuando en la plaza del Castillo de don Álvaro de Luna se compraban y vendían por la mañana pollinos y ovejas y, por la noche, se abrían las casetas que te tentaban con pirulíes, martillos de caramelo, flautines de caña, caballitos de cartón y motoristas y cornetas de hojalata. Algún pequeño regalo caía, porque el 25 de agosto era tu santo. Poco más. Los niños entonces pintabais poco, y gastabais menos. Si no había nada que feriarse, siempre quedaban restos de madera de pino en los aserraderos para, con sólo dos clavos en la cruceta, fabricaros espadas y jugar a ser mosqueteros.

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La música que te sonaba en aquel Arenas de san Pedro era el canto de las chicharras y la de la gaitilla, un grupo de saxo, clarinete, bombo y tambor que tocaba pasodobles, boleros, y foxtrots para que el personal se agarrase y se trenzara en amores si habían suerte. Recuerdas particularmente un baile en uno de los últimos veranos, una chiquita morena y agitanada de sonrisa blanquísima y cara guapa como de modelo de lata de aceitunas. Era la hija de un torero ya retirado que había alternado nada menos con Manolete. Con un par de miradas comprendiste que ya no eras tan niño. Te sacudiste la timidez, diste un paso al frente, la sacaste a bailar y fuiste feliz mientras duró la pieza, que no fue poco. Luego la orquestina empezó a tocar La raspa y La conga de Jalisco, las parejas se separaron y aquel amor incipiente se desmadejó para siempre. Al día siguiente sólo te quedaba de ella el perfume que su colonia había dejado en la hombrera de tu camisa, que te resististe a echar a lavar por guardar su memoria. Cinco días después el aroma de la colonia permanecía, pero la imagen de su cara, que te había parecido la de una diosa y que hubieras conservado en un relicario sentimental, se había desdibujado en tu recuerdo.

Echaste la camisa al cesto de la ropa sucia y te fuiste con la música otra parte.

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La otra noche no te dolía nada España, sino todo lo contrario. La causa era otra música que escuchabas en el restaurado Palacio de la Mosquera. No era la de las chicharras ni la de de la gaitilla, sino la de Pragma Música, un dúo de violonchelo y contrabajo que ante una atenta concurrencia interpretaban a Mozart, a Boccherini, a Rossini y a un tal Domenico Dragonetti, otro pequeño genio de la época que Irene Mateos y Miguel Franco han rescatado del olvido. Irene Mateos, que a ti te pareció tan virtuosa como Yo-Yo Ma o Jacqueline Du Pré, es, además hija de la villa. Simplemente emocionante: mientras los dos ejecutantes demostraban que la Ilustración no pasó de largo por Arenas, tú reconstruías tu memoria y, por matizar el discurso crítico que hoy estigmatiza a España, a sus políticos y a la propia autoestima nacional, concluías que a pesar de los errores, bajezas y corrupciones que desnudó la crisis no todo se ha hecho tan mal. Políticos fueron los que impulsaron la restauración de La Mosquera, que era una ruina cuando tú veraneabas allí. Y políticos supones que serían los que poco a poco han contribuido a que el mismo pueblo cuyo fervor musical más expresivo era cantar Catalina la torera –canción de rondalla muy coreada en las celebraciones populares- también aprecie hoy el regalo impagable que siempre nos trae la música clásica.

 

¿Dónde Bach con mantón de Manila?…

INVITACION FINAL1

Admites que no está el horno para los bollos de la cultura, pero no por ello te deja de entristecer que el Prado haya previsto para este año el 25%  menos de visitantes. Incluso en los horarios de entrada libre, que es lo más curioso. No acabas de entender esto último, como no sea porque la situación es tan penosa que si no se suman a la misma franja horaria gratuita el Metro de Madrid, la EMT y hasta alguna cafetería de la contornada que sirva gratis café con churros, la generosa iniciativa del museo puede quedar en un brindis al sol.

-Oiga –te decía la frutera del barrio- Es que sales a la calle y todo es gasto, ¿no? Aunque vayas a pie.

Y se miraba las suelas de los zapatos medio roídas ya por el uso.

-…Porque contra más andas, antes tienes que poner los filis, que también son dinero.

El pueblo no suele emplear en esta frase el adverbio cuanto, y en su lugar se apaña con el contra, que es un error de sintaxis, pero que se ajusta mejor al momento de cabreo generalizado. Hay que estar contra casi todo, aunque desaproveches la oportunidad de ver la mejor pinacoteca del mundo de baracalofi, que diría el cheli.

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Si fueras sociólogo te atreverías a decir que lo mismo que dinero llama a dinero, la gente sólo va imantada adonde va la gente. Hay que estar muy seguro de uno mismo para convencerse de que un enorme calcetín roto sea arte, por mucho que la obra haya costado un riñón y este firmada por Tapies. El personal no hila tan fino, y confía más si ve que los suyos hacen  cola, da igual que sea ante el Prado, el Cristo de Medinaceli, Doña Manolita o el calcetín de Tapies. La cola jode, pero al final mola. Es la legitimación por acumulación.

-Tanta gente no puede equivocarse –razonan, sin acordarse de que doscientas mil moscas pueden comer de la misma mierda.

No hay doscientas mil moscas consumidoras de arte a las puertas del Prado. Ergo el vulgo se hace cuentas de que Velázquez, el Greco, Goya, Rubens, el Bosco y  los demás grandes genios de la pintura han perdido interés. Porque ya no arrastran tanta gente, y sumergirte en la cultura para encontrarte a solas con una obra maestra no es plan.

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Con este panorama los que gustáis de cantar en coro a Bach lo teníais regular sin no le dabais una vuelta de tuerca al cómo pagar un director, un local y una orquesta sin morir en el intento. Seamos sinceros: en una sociedad que diviniza a Shakira  ¿qué pinta la música de coral de Juan Sebastián Bach, aquel alemán con peluca que se dedicó a componer y a tener hijos y que se quedó ciego de tantos hijos musicales como engendró?

Y en este agujero negro de la cultura que ha provocado la crisis, donde hasta al Prado se le han secado sus fuentes de financiación ¿cómo podíais sacar adelante el primer concierto del nuevo Bach Atelier?

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Respuesta: con la imaginación de unos cuantos jóvenes que se han movido para buscar nuevos sistemas de patrocinio. Con el apoyo de buenos aficionados, mejores amigos y generosos sponsors, que se han rascado el bolsillo Con la generosidad de los instrumentistas profesionales, que no se han apretado más el cinturón por no hacerles la competencia ilícita a los músicos callejeros.

Y con pretensiones modestas en todo lo que no concierne a la exigencia de calidad vocal, que para eso el director J.M Álvarez sabe conciliar una fina sensibilidad con una mano dura que para sí quisiera el cómitre de las galeras donde remaba el pobre Ben Hur.

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El concierto será breve, pero bello, y original, y didáctico, y además se celebrará en un marco, como es la Basílica de San Miguel, en el corazón del viejo Madrid. O sea, que también será muy castizo, ideal parar pasar un ratito esponjando el alma con la música sublime del Viejo PelucaFernando Argenta dixit y para pasear después la noche de junio y tomar una copita en una taberna del barrio de los Austrias.

Puesto que la cultura ya no es lo que era, tómense ustedes con buen humor las apreturas y los recortes. Vayan al concierto de presentación del Bach Atelier, que es de entrada libre y, contagiados del ambiente,  terminen con el famoso dúo de La Verbena de la Paloma en su nueva versión.

¿Dónde Bach con mantón de Manila?

                                         ¿Dónde Bach con vestido chiné?

 

                                         A escuchar que es una maravilla,

                                         según dicen, el Bach Atelier

 

                                        ¿Y que harás cuando acabe el concierto

                                         que por cierto es allá, en San Miguel?

 

                                         Pues salir por Madrí de garbeo

                                         y a tomarme una copa después…

¿Verdad que no es mal plan para un viernes de junio?

 

Santa Águeda Jolie

Santa Águeda de Zurbarán1

Por empezar el día jugando a la ficción imaginas que eres una pluma autorizada, y que uno de los grandes periódicos espera tu columna. Entonces decides que la actualidad es la mastectomía de  los pechos de Angélica Jolie y el incierto porvenir de los escarabajos, ahora que se abre la veda y la alimentación sostenible empieza a considerar a los insectos como gran reserva proteínica del planeta. Dentro de poco no habrá pollos, cerdos, vacas y pescado para que comamos todos y, por lo que cuentan los que ya los han probado en fogones exóticos, los hélitros, las patas y las antenas de los escarabajos son muy sabrosos. O sea, debes escribir de tetas y dietas.

Admites que el  primer tema te tienta más que la el de los insectos, y más incluso que la severidad de la Merkel y la financiación de las autonomías.

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Imaginas que tú también te quieres adelantar a los acontecimientos, y que por aquello de que quien evita la ocasión evita el peligro has introducido un bisturí invisible en tus interiores, has rebañado tus tumorcillos, los has extraído por ósmosis y los has enterrado en una maceta de geranios. Muerto el perro, dicen, se acabó la rabia. Piensas cuánto hay de valentía en la estrella del cine que ha tomado tan drástica decisión en detrimento de su probada belleza natural, y cuánto de obsesión por la salud. La divulgación médica ¿no está inoculando dosis excesivas de prevención en el cuerpo social?

El cuerpo social. No sabes muy bien qué es este eufemismo, pero la verdad es que hoy viene al pelo.

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Recuerdas cuando un pecho de mujer era lo más fascinante de lo prohibido. No lo veías entonces más que cuando tu padre te llevaba al Museo del Prado, y tú contemplabas atónito a la Maja Desnuda, a Susana en el Baño, a las Tres Gracias y a otras regordetas desnudas que te habían legado los genios de la pintura.

-¿Y por qué estas mujeres enseñan sus tetas y Maria B. no te deja ver las suyas?- te preguntabas como un Homper cualquiera.

María B. servía en tu casa natal. Era menuda, y redonduela, de piel blanquísima, labios perfectamente dibujados y ojos claros. Tu hermana Rosa, que es muy buena fisonomista, diría más tarde que podría haber sido La joven de la Perla de Vermeer, aunque a esta no luce sus pechos en el famoso cuadro, que luego fue también famosa novela y finalmente famosa película. Los pechos de María eran monumentales, de esos globos opalinos que rebosan por el escote y que a cualquier recental de hombre le pueden volver loco, pero ella no consentía en enseñártelos. Te gustaban mucho más que los que pintaron Rafael, Tiziano, Rubens o Goya. Muchos años después Serrat cantaba: niño, que eso no se hace, que eso no se dice, que eso no se toca. Hasta decir algunas cosas era pecado,  pero al menos la transgresión así tenía menos trascendencia. De modo que a veces buscabas un rincón de la casa donde nadie te escuchaba, cerrabas los ojos, pensabas en María y te desahogabas verbalmente.

-Teta, teta, teta, teta-te repetías despacio marcando el ritmo de las sílabas  y  con la misma ansiedad con la que deseabas la leche condensada.

La edad de la inocencia. Te forjaste en una cultura tan pacata y bien almidonada que cuando el habla se desmelenó y se anunció en la tele Sin tetas no hay paraíso creías estar en Sodoma y Gomorra.

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Las pinturas religiosas también tienen su busilis. En una de Zurbarán aparece una Santa Águeda de hermoso rostro llevando en un plato un par de tetas femeninas tan perfectamente moldeadas como si fueran de arroz. Lo curioso es que pueden ser las suyas propias, rebanadas en sádica venganza  al no claudicar ante un procónsul pecador que quiso abusar de su virtud. Qué paradoja de cuadro, y qué pruebas exigía la santidad entonces.

Santa Aguéda, santa Aguéda/ que a los idólos no quisiste adorar/ te cortarán las tetas/ como se corta un pan –ironizaba el maestro para que sus alumnos no acentuaran mal las esdrújulas. De Santa Águeda, bien acentuada, a Angelica Jolie va un trecho en la exigencia. Hoy los ídolos son otros, y puede que uno de los más venerados, aunque no  del todo falso ni perverso,  es el de la salud a toda costa. Se puede y se debe prevenir las enfermedades, aunque tú seas tan antiguo que prefieras  esperar a que aparezca la gangrena para amputarte la pierna.

Cómo aliviar daños colaterales

El truco consiste en transferir al espíritu de celebridades como el del valeroso general Ricardos, que ya no sufrirá nada, los males que te afligen...

El truco consiste en transferir al espíritu de celebridades como el del valeroso general Ricardos, que ya no sufrirá nada, los males que te afligen…

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Cuando revisas tus  últimos intentos de completar un  post y de subirlo al blog te entra un ataque de sinceridad.

-Esto es un coñazo-  te susurra Pepito Grillo- ¿Cómo quieres que a nadie le interese eso?

Claro, no los acabas, no los rematas, y pasan los días sin subir ningún post nuevo. Encima te estás poniendo pesado con tanto darle vueltas a tu arrechucho. No es para tanto, caramba.

Por otra parte, la cosa te preocupa. Algunos de tus amigos creen que el tono de tus entradas es como el termómetro de tu salud. Y si ven que no estás ni para escribir, pueden creer que estás peor. Lo cual es cierto, pero menos. Sueles explicar que después de las quimioterapias  te tiene a mal traer el funcionamiento del sistema digestivo, añadiendo que de norte a sur. Esta última es una metáfora de niño aprendiz de geografía: tiendes a creer que el norte es lo que queda siempre más arriba, como si toda la vida fuera un mapa. Bueno, pues tú andas permanentemente revuelto y asquerosito a la altura del Trópico de Cáncer, y nunca mejor dicho. Y taponado como con hormigón armado por el aliviadero del Polo Sur.

Todo pasa en esta vida. Ya ves el sorpresón  que nos acaba de dar Benedicto XVI. Mientras a tí se te iban mitigando los reflujos de la quimio, a él le declinaban las fuerzas para seguir siendo papa, y ha tomado la misma decisión que el papa de la película de Moretti, que con tanta gracia interpretaba Michel Picccoli.  Sic transit gloria mundi. Sic transit dolor corporis.

Sic transit casi todo.

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Del miércoles a esta parte te has encontrado tan desanimado y tan molesto que, aparte de forzar la alimentación natural, ingerir vegetales cual hipopótamo, consolarte con digestivos diversos y volver a la ifancia con un supositorio Rovi como último recurso has confiado tu suerte a una amiga medio vidente que sostiene que en la pintura y en la estatuaria está la solución.

-Salimos de paseo y, de entrada, te agilizará el tránsito intestinal –te convence- Pero luego visitamos imágenes de muertos ilustres que ya han quedado en la historia con el gesto que les dio el artista y, si te concentras, consigues transmigrarles tu malestar digestivo.

No parecías darle demasiado crédito a sus palabras.

-Lo he leído en Internet –cita por dar solvencia a tus fuentes- Es cuestión de energía mental. Además, por probarlo no perdemos nada. Hacemos cultura y a los ilustres les da lo mismo…¿No expresan la mayoría un cierto desasosiego por su misión histórica? Bueno, pues que ahora lo sufran con fundamento.

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Empezasteis el ritual ante el Angel Caído  del Retiro, pensando que si ya era un maldito de Dios tanto le daban las ardentías de estómago, los eructos y el estreñimiento. Hiciste lo que pudiste por transmitírselos. Luego entrasteis en el Museo del Prado y aparte de orearos el espíritu con la exposición de Martín Ricoqué paisajista tan exquisito, dan ganas de perderse por cualquiera de sus lienzos- os detuvisteis ante los retratos de Fernando VII que pintó Goya. El rey felón era tan feo y fue tan nefasto que imaginas que tu pesadez de estómago hasta le mejoraría el semblante. Te apiadaste más del general Ricardos, un soberbio retrato del pintor de Fuendetodos que honradamente confiesas que ignorabas. El general, recordado hoy por una calle poco elegante con muchas tiendas de electrodomésticos y bazares chinos, no obedece a la estampa clásica del milico feroz con cara de rapaz, sino que con su rostro rugoso y las largas guedejas de su cabello blanco más parece un primo del filósofo Schopenhauer.

Tiene cara de haber sufrido tanto –sugeriste- que su espíritu hará de esponja, y absorberá mi achaques, ya verás.

Se espera que la digna imagen del eximio general haga su trabajo.

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Pasasteis en coche por  la Castellana ante el busto de Largo Caballero, que tiene cara  de piedra pómez, de las que ni sufre ni goza, porque apenas dice nada. Por lo que sabes de él,  no crees que su alma esté dispuesta a asumir tu mal cuerpo. Lo mismo pasa con las estatuas ecuestres del general Concha, la de Carlos  III en la Puerta del Sol y las de los reyes Felipes de la Plaza Mayor y la de Oriente. Este tipo de efigies suelen quedarte muy altas y, por ende, su gesto altivo, tampoco parece que se incline a hacer nada por la náusea de un pobrecito representante del pueblo llano.

-Tal vez necesitemos más bien ilustres de a pie- apunta tu amiga, que cree en el milagro de la transmigración.

Se intenta una última cura ante esas dos filas de reyes de piedra que flanquean la Plaza de Oriente, en línea perpendicular al Palacio. De tan dañadas como están por la inclemencia del tiempo y por la incuria ciudadana  resulta inútil mirarles a la cara y solicitar compasión. Es como mirar a un vértice geodésico y esperar que tu caso le llegue al alma.

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-Ten fe –insistió tu amiga iluminada- Hagamos un último intento.

Entonces te llevó no lejos de allí, a la Plaza de las Vistillas, y te plantó ante una estatua, pequeñita ella, que `probablemente es la más curiosa de Madrid.

-Ea, aquí la tienes –dijo señalando a La Violetera Más popular y entrañable, imposible. Hazte con ella y ella se hará cargo de todas tus molestias, que para eso eres del pueblo- te dijo antes de darte un beso y despedirse.

Durante unos minutos te recogiste en actitud fervorosa y ensayaste el más profundo acto de fe que has intentado en tu vida. Señor-suspiraste-, que sea verdad que mis males pueden transmigrar a lo que representa esta estatua. Si no le transmites el tumor, que al menos  me pueda librar de la insoportable sensación de náusea que me aflige.

Como oración te quedó bastante bien. Lástima que luego levantaras la cabeza y se te ocurriera mirar a la cara de la Violetera, seguramente la estatua más horrorosa que munícipe alguno ha podido ofrecer a la Villa y Corte.

-Bueno, Señor –admitiste con resignación pensndo que el milagro a lo mejor incluía reciprocidad de transferencias- Casi, casi…que  me quede como estoy.

 

El pintor de la partícula de Dios

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En el año 2.053  los avances de la ciencia habían rebasado los límites de lo imaginable. Habían conseguido incluso que los abrefáciles de los envases de alimentos abrieran fácilmente, como prometían, y que, contraviniendo a la Ley de Murphy la tostada no cayera ya del lado de la mantequilla, sino del otro lado. Por supuesto, la inmortalidad estaba ya al alcance de los mortales, si bien sólo algunos futbolistas del Madrid y del Barça y algunos ex directivos de Cajas de Ahorro indemnizados a tiempo podían permitirse el lujo  de pagársela.

Las mentes también habían evolucionado. La Iglesia de Roma, por ejemplo, después de echarse las manos a la cabeza cuando en 2.012 se empezó a hablar de la partícula de Dios, como si Dios fuera un jarrón de `porcelana que pudiera romperse en mil pedazos, había acabado admitiendo que siendo la razón patrimonio del ser humano, y éste mismo creación de Dios, debería asumir como razonablemente divinas, y por tanto ortodoxas, las conclusiones de la ciencia.

-Renovarse o morir –dijo el Papa Audacio I- Si la Iglesia sigue contemplándose en el pasado y no mira hacia el futuro podría podría pasarle lo que a la mujer de Lot.

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Entretanto, los discípulos de Eric el Belga y del electricista conocido como Manoliño, el Calixtino, se habían empleado tan a fondo que habían saqueado prácticamente toda la imaginería, los cuadros y los tesoros de todos los templos católicos.

Tanto avance y tanto progreso y aún no hemos ido capaces de inventar un antirrobo para nuestro patrimonio cultural- refunfuñó el Santo Padre cuando le comunicaron que había sido sustraído el último arcángel románico que aún se conservaba en el rincón más recóndito de la ermita más inaccesible del orbe cristiano.

El Papa  entonces llamó al director financiero de la Iglesia de Roma y le comunicó sus intenciones.

-A grandes males, grandes remedios. Vaya tirando de chequera, porque voy a convocar a los mejores artistas del universo para que decoren nuestros templos a la luz de la fe de nuestro tiempo.

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Entretanto, la ciencia había conseguido también el milagro de resucitar a los genios más interesantes de la historia. De modo que al concurso del papa Audacio acudieron especialistass tan acreditados como Berruguete, Rafael, Juan de Flandes, Leonardo, Mantegna, Fra Angélico, Tiépolo, Juan de Juni, Goya y Zurbarán, entre otros,  todos resucitados con muy buena cara y con ganas de trabajar. Amen de la pléyade de artistas contemporáneos que, dado lo prolongado de la crisis económica –más de cuarenta años ya- no vendían un clavel y estaban lo que se dice caninos.

-El proyecto es importante –dijo el Papa en la primera audiencia virtual que concedió a los convocados por teleconferencia- Por una negligencia continuada que aunque es imperdonable nosotros mismos nos hemos perdonado, pues para eso administramos el sacramento de la penitencia, todo el patrimonio y el tesoro artístico de nuestra Iglesia de Roma ha desaparecido. Así que vayan preparando un proyecto para una gran obra que servirá como modelo para empezar a reponerlo, y que deberá de recoger en un gigantesco retablo todo el orden celestial. Eso sí –remarcó Audacio I- El orden celestial a la luz de la fe de nuestro tiempo.

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Para que no tocaran de oído Audacio I repasó de carrerilla lo que se entendía por el orden celestial. A saber, desde Dios uno y Dios Trino, con el Hijo y el Espíritu Santo, al último angelito. Pasando por los apóstoles, los arcángeles, serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, profetas, santos del montón, beatos y otras criaturas con papeles notorios en la  historia de la Iglesia de Roma.

-Eso sí –insistió- Entiéndase que la doctrina evoluciona, y que después de esta perestroika vaticana que he organizado no debemos de olvidar que la fe se concilia con la ciencia.

No fue bien entendido este briefing por la mayoría de los concursantes. Los Berruguetes, Junis, Flandes, Rafaeles, Leonardos, Grecos, Serts y demás compañeros genios habían renovado en alguna medida su arte, pero se atenían a  los cánones clásicos. Después de una sesuda deliberación, el jurado de especialistas, presidido por el sumo pontífice Calvo Serraller, entendió que el elegido debía ser Miquel Barceló, único de entre los llamados que había retratado certeramente con sus mágicos pinceles y sus no menos misteriosos chafarrinones no sólo a la Partícula de Dios, sino a todos los bosones, leptones, quarks, gluones, protones electrones y no se cuántos corpúsculos de los co….. que, según los físicos cuánticos, constituían el nuevo orden de la creación.

Y Barceló fue el ganador del concurso.

 -No hay más que ver cómo ha retratado a los bosones-apuntó el secretario del jurado.

 -¿Pues qué me dice del verismo de sus quarks?…¿Y de la calidad de sus leptones?-subrayó el presidente.

Hubo unanimidad de la crítica en el fallo final. Aunque aquella interpretación de la ciencia, y no digamos del arte, no la entendiera ni el mismísimo Dios de toda la vida. El cual,por cierto, y a pesar de los progresos de la razón, seguía en sus trece, ojo avizor.

 

 

 

Felices avechuchos

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Como diría Carlos Herrera, qué hartible lo de la crisis. Este adjetivo andaluz, o sevillano, o de esa jerga especial que maneja el irónico comunicador, cambia el sentido de los modos adverbiales tradicionales. No es que la crisis sea susceptible de hartarse de sí misma -¡ojalá!- sino que nos ha hartado a todos. Santo cielo, qué aburrimiento, qué desesperación nos trae. El Duende siempre anduvo con las musarañas, de aquí para allá, de una nube a un juguete de hojalata, de un suspiro por Marilyn Monroe (acaba de escuchar que se cumplen ahora 50 años del rodaje de Con faldas y a lo loco) a un verso de cualquier poeta que se posa al borde de una copa de helado y se derrite con él. O sea, huyendo. Pero cuando su globo empieza a cobrar altura, va el sentido de la responsabilidad, que ha agotado ya el cable, y se tensa para recordarle que no, que sigue anclado a este mundo.

-La puta realidad –que diría un ciudadano nada simbolista.

Y en estas, aparece inopinadamente ante sus ojos un ave rapaz y se posa en el alféizar de su ventana.

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Qué alegría. Está ahí, a metro y medio del escribidor, como mirándole de reojo, pues no deja de dar el pico al pinar que tiene a sus pies, y parece más interesado en ver Madrid a vista de Goya que el espectáculo de un señor que ha levantado sus ojos del ordenador y le mira estupefacto. El pajarraco es de tamaño mediano tirando a pequeño, de plumaje pardo-rojizo jaspeado en negro, pico y patas amarillas. El Duende piensa que tal vez es un azor, pero luego rastrea por internet y   empieza a creer más bien que se trata de un cernícalo. En se momento recuerda que su móvil incopora también una cámara de fotos, y, aunque no sabe si saldrá, y si, en el caso de que se haga la foto, será capaz de guardarla, y, más aún, de subirla a este post, está tan sorprendido y emocionado que dispara. Dos, tres, hasta cuatro veces. Sólo en una de ellas el cernícalo, o lo que sea, da el perfil, pues él sigue prefiriendo ignorarle y mirar el paisaje urbano.

No puede hacer más por captar el momento feliz, porque el avechucho que sin duda tiene menesteres más apetitosos, abre las alas y levanta el vuelo. Pero al Duende le ha cambiado el día. Aunque no es muy firme el andamiaje que aguanta su fe, se ha acordado de aquel pasaje de San Lucas: Mirad los pájaros del cielo: ellos no siembran, ni cosechan ni acumulan en graneros, y sin embargo el Padre los alimenta…¿No valéis acaso más que ellos?…(Lucas 12, 22-31)

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Hace años hubo un halcón que se hizo famoso por anidar en la torre que el arquitecto Sainz de Oíza construyó en el Paseo de la Castellana para el BBV. Pese a los lamentos constantes de los ecologistas, la rapaz, como tantas consumidoras, se sentía feliz viviendo a cien metros de un lugar tan poco bucólico como El Corte Inglés. Hace poco, en el cauce de ese río de maqueta en que se ha convertido el Manzanares, y al pie mismo del estadio del Aleti  este bloguero vio una garza. Parecía tan contenta como si estuviera en Doñana. Más al sur, donde Madrid Río prolonga su camino hacia Rivas, este caminante ha visto volar al martín pescador. Las cotorras verdes que se han hecho dueñas de los parques de Madrid. Y ahora hasta el cernícalo se atreve a posarse ante las narices de este bloguero.

No es mala cosa ser ave en Madrid. Hasta las palomas y las siniestras urracas se sienten a gusto aquí, y sin saber nada del Evangelio de Lucas.   Pidamos pues al M.B.O.C. (Máximo Baranda del Orden Celestial) que, si no arregla esta crisis, al menos  nos convierta a todos en felices avechuchos.

El Duende de verano (9) Sorpresas en Edimburgo

Edimburgo ofrece más sorpresas que ver al reverendo Walker patinando sobre el hielo...

1. ¿Cómo imaginamos el mundo que no conocemos?

En sus jugosas memorias que tituló El tiempo amarillo, Fernando Fernán-Gómez cuenta cómo imaginaba la ciudad a la que iba a hacer su primer viaje desde el Madrid que le vio nacer. Se trataba de Zaragoza, y entonces es probable que el chico no tuviera a mano ni tan siquiera la postal del Pilar para darle una pista. Así que tiró de la fantasía y del deseo y se hizo a la idea de que Zaragoza era un paisaje idílico con casa como el que etiquetaba la tapa del conocido Queso el Caserío, que tanto le gustaba.

Yo creía que todo lo que no era Madrid era así –se lamentaba- Pero cuando mi madre me llevó a Zaragoza me encontré con que Zaragoza era asfalto, calles, casas, tranvías y y coches, como Madrid. Y me llevé una decepción.

Todos dibujamos mentalmente a priori los lugares que no conocemos. Y uno de los encantos del viaje es superponer el modelo real al boceto que de él traíamos en la cabeza. Es verdad que ahora hay infinidad de herramientas para hacer casi un viaje virtual antes de pisar el lugar elegido. Pero aún así siempre hay variables que acaban sorprendiendo al viajero: la topografía, la atmósfera, las dimensiones, la luz, el diseño y el color humano de la ciudad. Antes de pisar por primera vez Edimburgo el Duende se imaginaba un castillo en un roquedal, mal tiempo, los cien pipers  del whisky patrullando por las calles, señores vestidos como Sherlock Holmes y señoras que levaban al perrito a la peluquería y luego se reunían a tomar el te con las galleas de nata que venden todas las tiendas de souvenirs.

También barruntaba lóbregos museos decimonónicos. Y en ellos se exhibía el primer motor de vapor de Watts, el gabinete de estudios de Darwin con esqueletos de monos, pitecaontropus y de algún náufrago innominado de la época, y la pata de palo y el loro disecado de John Silver, como legado más elocuente de Robert L. Stevenson y de La Isla del Tesoro. El bloguero, al cabo, era tan primario como Fernando Fernán-Gómez en su tiempo amarillo. Aunque Edimburgo no resultó tan diferente de lo que pensaba como lo es Zaragoza respecto a la etiqueta de quesitos El Caserío.

2. Cuadros con singular encanto

El primer dato amable de Edimburgo es su tamaño. Da la sensación de que, a poco que te apliques, puedes ser allí algo más que un simple turista. Si el viajero tiene buenas piernas y le guía un espíritu curioso, tomará las medidas y se hará una idea general del estilo de la ciudad en un sólo día. Todo gusta, nada abruma. Y su tesoro artístico hasta parece diseñado para no aplastar por exceso la capacidad de sorpresa del pobre turista.  La prueba de ello es su National Gallery, un Prado en pequeñito que hace muy productivas las dos horas de atención que un viajero medio puede dedicar al arte si desea algo más que pasar ante los cuadros y contar sólo que los ha visto.

Siempre pone especial atención este viajero en el arte local que es difícil hallar en otros museos. Pero al margen de los paisajistas románticos  escoceses y de los retratos exquisitos de John Singer Sargent, hay dos cuadros de esta National que le hacen especial gracia al bloguero. Uno es la Vieja friendo huevos de  la primera etapa de Velázquez. Puro costumbrismo con la luz tenebrista de la España de los Austrias. ¿Se imaginaba el maestro cuando lo pintó que ese lienzo –la única pieza velazqueña de la colección- iría a parar a la lejana Escocia? Item más: ¿qué pinta esa ilustre sartén aceitosa en un país donde fríen los huevos con mantequilla? La vida caprichosa de los cuadros. El otro es El reverendo Robert Walker patinando, un insólito retrato de un ministro de la iglesia anglicana que en lugar de aparecer predicando o rezando disfruta deslizándose como Toni Sailer sobre las heladas aguas del lago Duddingston. El cuadro lo pintó sir Henry Raeburn en 1790. La que se hubiera armado en la católica España si en ese mismo año Goya hubiera  pintado al obispo de Cuenca  de tal guisa. Pero es lo que tiene el pueblo británico: aunque su soberbia le haga insoportable, su aprecio por la libertad y  su sentido del humor le hacen envidiable. Además, ¿dónde dicen las escrituras que un ministro de Dios no pueda patinar sobre el hielo?

3. Un paseo muy recomendable

Al oeste de Edimburgo, y sobre una montaña rocosa, se alza efectivamente el poderoso castillo que el Duende ya creía conocer sin haberlo visto. Lo que hacer fijarse en todos los cromos. No es agradable sentirse hormiga –algo inevitable en la capital escocesa, y más en el mes de su Festival– pero aún a riesgo de ello es recomendable recorrer la ciudad de oeste a este partiendo del castillo y bajando por la Royal Mile (una especie de calle Fuencarral con encanto), que parte del castillo y llega hasta Hollyrood Park.

Ahí, amen del Palacio y de un parlamento que es el obligado tributo a la arquitectura contemporánea, el asfalto se convierte en un muestrario de la misma naturaleza escocesa que acababa de disfrutar el bloguero en las Highlands. Además de verde para jugar incontables partidos de fútbol, de cricket o de rugby, y fantásticos caminos para la bicicleta, el parque alberga el lago donde patinaba el reverendo Walker, y una montaña en cuya cresta está Arthur´s Seat, que es como nuestra Silla de Felipe II, pero que en lugar de vistas sobe El Escorial, Madrid y la Sierra de Guadarrama abre un panorama excepcional sobre la capital escocesa y el estuario del río Forth  en el que se ubica.

Esto lo conocen todos los que han visitado Edimburgo alguna vez. No es tan popular un paseo delicioso que descubrió el Duende al norte de la ciudad, desde Stockbridge hasta el Museo de Arte Moderno. Ahí un severo edificio decimonónico acoge una estupenda colección de pintura que abarca desde el Impresionismo hasta nuestros días. El bloguero echó una mañana en el paseo y en la visita cultural. Pero tuvo la suerte de dar con una ruta boscosa y umbría que sigue el curso del río Lye y muere precisamente en la colina del museo, atravesando puentes por un curso de agua abundante que culebrea caprichosamente y alimenta viejos molinos. Algo asombroso, a veinte minutos a pie desde Princess Street. La colección, insiste el bloguero,  vale la pena. Aunque el placer del camino casi la deja en este caso en un lugar secundario. No es que la naturaleza imite al arte, como subrayaba Oscar Wilde. Es que cuando se muestra tan viva, tan fresca y tan vehemente, y a tres pasos de casa, simplemente lo supera.


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