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La cirugía del estropicio

Quod natura non da, cirugía plástica no siempre prestat...

Quod natura non dat, cirugía plástica no siempre prestat…

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Sobre la cubierta de un espléndido yate anclado en el Caribe dos hombres de mediana edad conversaban mientras bebían daiquiris. Uno de ellos, corpulento y de edad más que mediana, lucía una guayabera que disfrazaba su curva de la felicidad, y coronaba su cabeza con un sombrero de Panamá. Era el doctor Kropowitzi, psiquiatra de las más deslumbrantes estrellas de Hollywood y de buena parte de la beautiful people neoyorkina. El otro, con torso desnudo modelo metrosexual, era el propietario del yate. Se trataba de Lester Digott, cirujano plástico especializado en transformar el rostro de las beldades del cine a la medida de sus deseos. Sólo cubría su cuerpo con un Rolex de oro en la muñeca derecha, con un taparrabos amarillo de lunares verdes y con la clásica gorra de patrón. Mientras Kropowitzi exponía lo que según él podría considerarse una auténtica explosión de la crisis de identidad de la mujer cuando se asoma a la cuarentena, Digott escuchaba muy interesado y alargaba las copas vacías a una muñequita medio en pelotas a la que abrazaba por su cadera para que las rellenara debidamente y no decayera en ningún momento la conversación.

-No falla –afirmaba Kropowitzi- A partir de una cierta edad ellas sobre todo empiezan a aburrirse de su cara y a detestarse. Yo trato de ayudarlas, hago todos los esfuerzos para que valoren  su personalidad y confíen en su expresión, pero no hay remedio, mis pacientes, hombres o mujeres, quieren cambiar de cara y ser otros.

Lester Digott retiró la copa vacía y puso en las manos del psiquiatra el quinto daiquiri de la tarde.

-Deje que lo sean –barboteó entre regüeldos al cohólicos al tiempo que chocaba la copa de Kropowitzi con la suya propia-Y ahora hablemos de negocios.

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Entre los vapores de su borrachera, el doctor Kropowitzi recordaba sus años en el Actor´s Studio de Nueva York, cuando soñaba que algún día se ganaría la vida como actor y estudiaba el Método Strasberg. Su trabajo en los últimos tiempos consistía en  profundizar en los más escondidos registros de la psicología del paciente para encontrarle una nueva identidad que le permitiera a Digott moldear el nuevo rostro adecuado a  la misma.  En eso y en poner la mano. Los resultados demostraron que aunque como psiquiatra Kropowitzi pudiera ser discutible, como actor resultaba muy convincente. Después de un intenso tratamiento en su diván, aquellas señoras estupendas que empezaban a cansarse de su cara asumían que eran libres como un ave, sensibles y delicadas como una crisálida, felinas para seducir o refrescantes como las frutas de un retrato de Arcimboldo.

Quiero huir de mí y ser otra- acababan confesando.

Tras lo cual, una buena suma de dólares, el bisturí del mago Digott hacía el resto. Una serie de blefaroplastias, cantopexias y otros estiramientos musculares asombrosos conseguían dar a las inconformistas una nueva cara de rapaz, de mariposa, de tigresa de Bengala o de cereza californiana, según los gustos. Milagros estéticos de nuestro tiempo que estaban sorprendiendo al mundo. A la cara de René Zelweger, que antes de dar el paso irradiaba simpatía y gracia, y a la otrora excitante Uma Thurman, aquella psicosis de cambio las estropeó para siempre. Pero en cambio a una mujer de Picasso que huyó de su lienzo para arreglarse, le implantaron una nueva nariz en la frente y otra teta más en la barbilla y quedó mucho más abstracta. También a Lupe Sinsorgo, una de las protagonistas de La noche de los muertos vivientes le desgarraron  los músculos faciales, le sacaron un ojo que le quedó colgando sobre la mejilla, le tiñeron la piel de color cárdeno y le mordieron tres cuartos de oreja. Un éxito de operación, porque  la criatura acaba de ser elegida Miss Zombi 2015.

Tenía razón don Hilarión: hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. Y el  negocio de la cirugía plástica, lo que más. Una barbaridad, una bestialidad, una brutalidad.

Cabezas a pájaros

Canarios amarillos1

Te invitan a cenar a su casa tus amigos Carlos y María Luisa, y la cena te resulta sumamente agradable. Carlos es de Pontedeume, y María Luisa, que con sus bellísimos ojos recuerda mucho a Yvonne  de Carlo –una estrella deslumbrante del Hollywood  de los años cincuenta- de Écija, pero en el menú manda más Galicia que Andalucía. Tú no le pones ninguna pega, naturalmente, estás enseñado a comer de todo, y aunque no debes cometer excesos, los cometes, porque es el cumpleaños de Carlos y hay mucho que festejar. La carne es débil. Cuando piensas aquello de a vivir, que son tres días, y además a la debilidad la tuya se le tienta con  delicias del mar recién llegadas del Cantábrico, más.

A vivir, y si son sólo tres días que al menos queden llenos de  recuerdos gratos.

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A la cena asisten también Chencho Arias, más conocido por su socarronería y su facundia televisiva que por sus libros, siendo así que estos también suelen ser divertidos y esclarecedores. Al último, titulado Los presidentes y la diplomacia lo subtituló con la frase Me acosté con Suárez y me desperté con Zapatero. A ti te gustan especialmente los libros que aprovechan su tema para refrescar cualquier tramo de la historia, como es el caso de este. Y eres consciente de que a los amigos hay que comprarles, leerles y elogiarles los que publican. En este caso por suerte no has tenido que fingir. El de Chencho es un ensayo detallado y ameno sobre lo que ha sido la política exterior de España  desde que el autor  empezó a prestar sus servicios como diplomático a los distintos gobiernos de la democracia. Se lee con interés y con sonrisas, porque él sabe poner la sal y pimienta incluso a los temas más áridos para el profano. Pero entiendes que tampoco hay que hacerle la ola por el hecho de que sea amigo, y te tomas la libertad de trasladarle una pequeña crítica.

-Para mí que el subtítulo le perjudica al libro-  le dices- porque induce a pensar que va a  ser una boutade, cuando luego resulta que es muy riguroso.

Y piensas que a Chencho, con fama observador ingenioso y desprejuiciado, también le puede pasar lo que a ti, que te da un cierto pudor desdecir tu fama de humorista caricato o excéntrico y te sientes inseguro cuando tienes que ser serio.

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Sin embargo afirmas algo muy en serio: esta cena te será especialmente provechosa, pues tu anfitriona te señala un camino esperanzador. Ella sufrió hace años otro cáncer, y sin embargo, cautivo y desarmado el enemigo, luce hoy rozagante como una rosa de primavera. Además, sabe de ti porque te lee.

-¿Y cómo te da por escribir esas historias y bromear con estas cosas?-te pregunta con una sonrisa.

Y tú te encoges de hombros sin saber qué responder. Piensas que debe de ser porque tienes la cabeza a pájaros.

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Recuerdas que tu casa natal había dos saleros que eran un par de gorriones de plata. No eran los más apropiados para echar sal en el huevo frito, pues con la humedad los granos blancos solían quedarse atrancados en el orificio del pico y no circulaban, pero tu madre tenía debilidad por ellos. Años después, le regalaste otro par de pajarillos de cristal de Murano que compraste en tu primer viaje a Venecia. Eran cursilísimos, no obstante lo cual a ella le gustaron mucho, y los depositó sobre la cómoda de la sala donde se recibía a las visitas. De las paredes de ésta colgaban dos medallones decimonónicos de sus abuelos niños con dos jilgueros posados en los dedos de sus pequeñas manos. Además su hermano, Augusto Gil Lletget, fue un eminente ornitólogo. Tenía este una novia eterna que se llamaba Pepita, compañera en el Museo de Ciencias Naturales, donde ambos trabajaban, pero le sorprendió la muerte, ya sesentón, sin que le hubiera dado tiempo a pedirle la mano, porque se pasaba el día observando aves, tomándoles las medidas o diseccionándolas.

-Un día en el campo nos asustamos porque no apareció a la hora de la comida -te contaba tu madre- Y cuando regresó por la noche  se excusó diciendo que había estado observando a un martín-pescador en el río Arbillas, y que no era cosa de interrumpir esa maravilla de la naturaleza.

Se puede decir por tanto que eres de casta pajarera.

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A los pobres pajarillos que cantaba san Francisco de Asís le hicieron mucho daño la película de Hitchcock, las palomas urbanitas y la invasión de cacatúas chillonas que ahora colonizan los jardines de Madrid. De repente eso de tener un pajarito, que era una aspiración de tu niñez, se convirtió en algo siniestro, o una invitación al mal fario. Tu propia esposa declaraba su poca simpatía por todo bicho que volara, hasta que, a la vejez viruelas, impulsada por no se sabe qué mandato de ternura, ha comprado a sus nietas una pareja de canarios que ahora animan con sus trinos a la familia.

Ánimo –te parece que dicen en su gorjeo- Ya has visto a María Luisa…¡Tú también puedes!

Creías hasta ahora que ya habías adormecido el gen del tío Augusto, y hasta frunciste el ceño cuando recibiste a los canarios  como nuevos inquilinos de la casa de Candeleda. Pero después de que a Maduro se le apareciera el ínclito comandante Chávez en forma de volátil para animarle a que cumpla su misión histórica,  por qué no va a ser verdad que tu tío el ornitólogo también  te está diciendo desde el más allá que le eches un par de cojones y venzas al cáncer.

Lo de los cojones no es muy de tu familia, que siempre fue bien hablada. Aunque vaya usted a saber, con tanta cabeza a pájaros…

Gracias, luna

Es fantástico pensar que hay una luna panacea para cada uno de los que la miran embelesados...

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Hacía fresco, no exactamente frío. Y la luna iba a despuntar por el pequeño  monte que guardaba la casa por levante. Antes de iluminar del todo el amplio valle, la sierra que quedaba a espaldas de la casa y todos los escondrijos de la noche, debía desenmarañar una masa de rocas y robles, pues se trataba de un monte tupido y caprichoso, el monte donde si la muchacha fuera sólo una niña tendría su cabaña, su osito durmiendo el invierno en el tronco vacío del árbol más viejo, un sapo hibernando, tan bueno y simpático que luego despertaba y se convertía en príncipe, su bruja. Sus sueños.

Veinte minutos antes de asomar, la luna ya había fumigado el cielo con esos polvitos mágicos que usa Hollywood para pintar las noches de las películas de Tim Burton: un sutil velo de plata traslúcida, una  niebla delicada de misterio, una pátina  de poesía cósmica que anunciaba su definitiva salida.

-Yo no me muevo de aquí hasta que asome del todo –dijo la muchacha mientras se echaba encima su plumas- A ver si la luna lo cura todo.

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La muchacha estaba en esa edad curiosa en la que se pregunta casi todo, y vivía en una familia  que facilitaba los porqués.

-¿Por qué todo el mundo habla de eso que llaman crisis? ¿Por qué papá está tan angustiado y  se enfada con todos? ¿Por qué llora mamá cuando viene de la compra? ¿Por qué el tío Blas dice que está en el paro? ¿Por qué a la tía Petra le ha salido un cáncer? ¿Por qué internaron al primo Roberto en una clínica, si se ponía él solo las inyecciones? ¿Por qué dice la abuela que Dios le está fallando?…

Se arrebujaba en el calor mullido de su plumas mientras se lo preguntaba, cara a cara, a la luna, que ya lucía completa sobre el cielo estrellado. Primero había lanzado las preguntas más sombrías. Pero luego su corazón le planteó sus legítimas  demandas.

-¿Y por qué Jaime, que es el chico que me gusta, no me escribe, o por lo menos no me llama, y me invita a merendar tortitas con nata? ¿Por qué no puedo ser feliz, como en los cuentos?

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La muchacha había escuchado por la radio que la luna llena sería el broche del Día de la Mujer. Cuando su padre llegó a casa por la noche estaba descompuesto. Dijo que habían despedido a cuatro de su departamento, y que el próximo podría ser él. También protestó por la cena: qué miseria de cena. Y se lo decía a su madre como si su madre, que debería celebrar el dichoso Día de la Mujer con una sonrisa, fuera culpable de todo: de los despidos de la empresa, del recorte del sueldo de su padre, de los precios de la cesta de la compra, del cáncer de la tía Petra, del paro del tío Blas, de las sospechosas inyecciones del primo Roberto y hasta de la chochera de la pobre abuela, que estaba destrozando con su silla de ruedas todas las esquinas de la casa.

Fue entonces cuando su madre se encaró con su padre y le dijo.

-Lo siento, Pedro. Pero yo no puedo ser la panacea de todos los males.

La muchacha tuvo que esperar a que su madre sofocara el llanto para hacerle una última pregunta.

-Mamá, ¿qué es una panacea?

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Su madre se calmó, se secó las lágrimas, sacó el diccionario de la estantería del salón y se lo dejó abierto a la muchacha en la página donde venía panacea. Medicamento al que se atribuye eficacia para curar diversas enfermedades / Remedio o solución general para cualquier mal.

Y ahora, viendo la luna en su esplendor, lo entendía todo. La luna era solución mágica que todos estaban esperando. Por eso tenía forma de pastilla, y por eso era tan bonita y no había nadie que no la mirase con fascinación, porque hacía olvidar los males, iluminaba todos los sueños que quedaban por cumplir y alimentaba todas las esperanzas.

Y lo que más le gustaba a la muchacha era que este medicamento se suministraba sin recortes para nadie. Porque había más de siete mil millones de personas sobre la tierra. Pero,  a pesar de todos los infortunios, también había una luna panacea, una pastilla milagrosa para cada una de ellas.

 Así que, como además arreciaba el relente, la muchacha se despidió.

 -Gracias, luna- dijo lanzándole un beso.

 Y se fue a la cama a soñar feliz.    

 

La belleza que te corresponde

Algunos hombres, quizás un tanto raros, empezaron a notar que las mujeres que saben cumplir años con naturalidad no pierden su encanto...

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Mi amigo me dijo que su padre había dicho basta. Ya estaba harto de trabajar y de ganar dinero, así que iba cumplir su gran sueño. El veterano y afamado doctor Ivo Abella Se embarcaría con su novia y con su inseparable amigo y gran navegante  Michel Pataque para dar la vuelta al mundo en velero.

Mi amigo César no tenía muchas ganas de hacerse cargo de la clínica. Una cosa es ser cirujano plástico al lado de un divo como su padre y otra el reto de convertir a todas las damas maduras y adineradas de la ciudad en perfectas muñecas de biscuit. Desde el pelotazo que supuso la transformación de la ex vicepresidenta de gobierno, el negocio de la clínica se había disparado, y ahora su padre se quería cortar la coleta y ponerlo en sus manos.

Menuda responsabilidad. Según sus cálculos no debían de quedar muchas patas de gallo, ni labios, ni bolsas, ni ojeras, ni lorzas, ni pechos por arreglar. Y me dijo que las mujeres jóvenes no envejecerían a la velocidad suficiente como para  mantener la progresión de las ganancias. Su padre quería divertirse, aprovechar sus últimas reservas de testosterona, soltar amarras y evadirse. Dijo que no quería saber nada de la marcha de la clínica, que César y el resto de su equipo lo harían estupendamente.

Aunque, como todos los ricos sobrevenidos súbitamente, en el fondo esperaba que a su regreso del año sabático su heredero  le hubiera hecho multimillonario.

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Mira que valía mi amigo César. Era el más listo del colegio, fue el más brillante en su carrera, ganó becas y premios extraordinarios, arrasó en el doctorado y perfeccionó sus prácticas trabajando dos años con el famoso doctor Knother, un famoso quiruplástico canadiense que según las malas lenguas había modelado las momias vivas más bonitas de la época dorada de Hollywood. Su padre confiaba ciegamente en el hijo preclaro. Pero caramba con el compromiso que le endosó. Yo jamás entenderé cómo lo consiguió, pero mi amigo lo cumplió con creces. El  primer día que su padre volvió a la clínica después de haber dado la vuelta al mundo en barco y de despedirse de su última novia  se quedó pasmado con los resultados aparentes. Porque al pasar ante la sala de espera pudo ver a un tropel de mujeres maravillosamente  retocadas por él que hojeaban ejemplares de Hola mientras guardaban pacientemente su turno.

-¿Qué hacen estas mujeres aquí? –preguntó a la recepcionista confundido- ¡Si estaban encantadas con lo que les hice!…

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La recepcionista se excusó con un gesto. Estaba tan ocupada que no podía atenderle. El teléfono no paraba de sonar, ni ella de dar citas para la consulta. Como César estaba en el quirófano, el viejo doctor aprovechó el entretanto para que el contable le pusiera al día de la cuenta de resultados. Eran magníficos. Cuando mi amigo salió de operar, y después de abrazarle efusivamente, César le contó el secreto de su éxito. Parece ser que después de que todas las mujeres  retocadas deslumbraran con su new look, a los hombres de la ciudad les empezó a fatigar el modelo de maciza plastificada, protuberante y de morritos que había hecho sido marca de la casa. Sorprendentemente en algunos de ellos incluso se registraban rasgos de sensibilidad, como si en lugar de importarles sólo el continente de sus esposas, novias o amantes les importara también el contenido. Y  tanto había degenerado el macho ibérico tradicional que muchos caballeros incluso veían más encanto en las mujeres que sortean con gracia y naturalidad los años que en aquellas que pactan su eterna juventud con el diablo del bisturí. Increíble, pero cierto.

-El tuyo fue un trabajo magistral –le dijo César a su padre- Las dejaste con palmito tan perfecto, tan artificial, tan iguales entre sí y tan falsas, que ellas mismas regresan para que las estropeemos un poco y recobren su personalidad. Una patita de gallo, una discreta arruguita en el lugar oportuno y vuelven a confiar en su poder de seducción….

El padre comprendió que, además de un gran cirujano plástico, César era un maestro de la psicología y un genio del marketing. Cuando ambos salieron y atravesaron juntos el jardín, los rayos del lubricán patinaban en dorado el cartel publicitario que anunciaba la clínica.. Aquí también se notaba lo que valía mi amigo, pues junto a las palabras Clínica Abella, Cirugía Plástica, había añadido este slogan: Mantenemos la belleza que te corresponde.    

Espejos rotos

Definitivamente, no eran de fiar esos espejos maravillosos que vendieron al pueblo ingenuo...

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Aquella mañana a Homper le dejó perplejo la imagen que le reflejaba el espejo. Donde antes veía a un hombre mayor pero alto y bien parecido, tipo Clint Eastwood o Harrison Ford, ahora se veía él. Un ciudadano corriente que no guardaba más parecido con las maduras estrellas de Hollywood que el color de su cabellera. Qué decepción.

Llamó a la vecina de arriba, Barbarita.

-Hola buenos días, vecina.

-Por decir algo.

-¿Cómo te ves?

-Fatal. Me estaba mirando al espejo cuando por detrás apareció  un motorista y me entregó la carta de cese.

-No me digas.

-Ya te digo. Y no sólo eso, sino que a continuación me requisó el coche oficial para subastarlo

Barbarita había sido hasta ese momento Consejera de Buen Rollito, un departamento fundamental para vertebrar las políticas sociales de la Comunidad Autónoma. Hasta ese momento había llenado muchos reportajes en revistas y colorines  dominicales con sus audaces propuestas para hacer más moderno y progresista nuestro estado de bienestar. Pero ahora la carta de cese citaba argumentos como la crisis, el déficit y la ejemplaridad para amortizar su puesto y darle la patada.

-Indignante –rezongó entre sollozos- Tan mal me ha sentado que he lanzado contra el espejo el tarro de caviar que abrimos anoche.

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Los espejos parecían haberse vuelto locos, y se rebelaban contra los que en ellos se miraban. En lugar de reflejar la Arcadia feliz, el país de Jauja y el cuerno de la abundancia se empeñaron en devolver la imagen de una cruda realidad que nos remitía a los años de posguerra.

Alarmado por lo que le había contado Barbarita, Homper siguió llamando a sus vecinos, y se fue enterando de otros casos anómalos de espejos insurrectos. Benito Córcoles, que había conseguido una beca oficial  para desarrollar en Nueva Zelanda su tesis doctoral sobre Una muestra de la evolución de las especies de baile en el marco de la globalización: afinidades rítmicas entre la jota aragonesa y la danza de los maoríes vio esa mañana en el espejo algo bien distinto.

-Es la ostia, Homper- dijo. No le bastaba con el acabose, o el colmo, tenía que ser la ostia, que es la palabra/comodín de moda para los que hablan mal- Yo que soñaba en vivir como un príncipe y pasarme un año de puta madre en las antípodas me he visto a mí mismo labrando un campo de cebollas en los alrededores de Parla. Y no creas, con azada. Ni siquiera un tractor ni un motocultor…¿A dónde vamos a llegar?

Finalmente Homper se enteró de que al pequeño Iván, un niño que esperaba pedir a los Reyes un videojuego, una bicicleta y una pulserita para Disneylandia, el espejo también le dio una desagradable sorpresa. Salió el chaval de la ducha, y al limpiar con la toalla el vapor de agua que lo empañaba, distinguió entre las brumas a un tipo barbado con aspecto de Melchor de pacotilla de esos que improvisan en los comercios de medio pelo cuando llega la Navidad. El fantasma traía en sus manos un caballo de cartón.

-Lo siento, Ivancito –le dijo mientras se lo daba al niño- No es lo que esperabas, pero de verdad que no hay para más.

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Todo parecía reflejar una desagradable realidad. Pero aún fue peor lo que pasó a continuación. De repente, el espejo de Homper, el de Barbarita, el de Benito Córcoles, el de Ivancito y todos los demás espejos en los que se miraba la gente estallaron en mil pedazos mientras atronaba desde la bóveda celeste una voz burlona con ecos apocalípticos.

– Todos como Ivancín…¡Sois como niños!–dijo la voz tonante antes de prorrumpir en una siniestra carcajada.

Y en lugar  de aquella utopía engañosa que habían venido reflejando hasta entonces, por la ventana de los espejos rotos asomaron los espectros de todos los irresponsables, políticos, banqueros, especuladores, mercachifles y demás tramposos que habían suministrado al pueblo ese otro opio llamado por algunos estado de bienestar.

El nefasto día en que murió Liz Taylor

A Homper le gustaba sobre todo aquella Elizabeth Taylor anterior a Cleopatra. Parecía más cercana y asequible que la gran estrella en que se convirtió luego...

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De repente, a su edad, Homper había descubierto las tertulias. No tenía demasiada experiencia en tertulias. Siempre había sido un hombre inquieto, culo de mal asiento, ir de aquí para allá, hocicando en terrenos distintos, entreteniéndose en ver cómo la vida se trenza o se desfleca. Muchas labores y aficiones diferentes, aunque todas propias de su sexo y condición.

Nada humano me es ajeno –dijo el primer día de tertulia en plan solemne, así como para marcar estilo.

Sus amigos le miraron tan estupefactos como solía quedarse Homper por casi todo. No se le esperaba sentencia semejante. Homper se apercibió  de ello y se avergonzó profundamente de haber sido tan poco original.

-Hoy voy a pedir Calisaydijo en la tertulia de ayer. Y sus amigos le volvieron a mirar con los ojos como platos.

-¿Por qué se te ocurre semejante cosa?-le preguntó Dionisio- ¿Conoces a alguien que conozca a alguien que conozca a alguien que tome Calisay?

-Lo tomé una vez hace cuarenta años y me pareció el licor más detestable que he probado nunca-Homper se puso muy serio- Y quiero estar verdaderamente triste para brindar en memoria de Elizabeth Taylor.

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En las tertulias se dicen muchos lugares comunes, pero hay que enunciarlos con clase y buena dicción. Dionisio, por ejemplo, estuvo muy afinado cuando después del primer sorbo de su café dejó caer algo verdaderamente original y trascendente.

Hollywood ya no es lo que era.

Pedro, otro tertuliano que había sido un destacado financiero y tenía muy buena cabeza, lo ratificó. Recordó que hacía tan sólo dos o tres semanas había muerto Jane Russell, una de sus debilidades eróticas más turbadoras.

-Una apoteosis de curvas –matizó- ¿Sabéis lo que dijo Bob Hope a propósito de sus encantos? Pues dijo que la inteligencia de un hombre se notaba cuando era capaz de hablar de Jane Russell sin mover las manos. Eso es lo que dijo.

Gerardo terció recordando que la que estaba verdaderamente buena de Los caballeros las prefieren rubias no era Jane Russell, sino Marily Monroe, a lo que Arturo, otro tertuliano, apostilló otra frase para la historia.

-Lo cortés no quita lo valiente, Gerardo. Es verdad que Marilyn estaba buena, pero Jane Russell estaba buenísima.

Todos los tertulianos rieron. Pero a Homper le resultó imposible, porque acababa de degustar el Calisay y el paladar le exigió cara de naúsea.

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La tesis de Homper es que otras guapas, como Maureen O´Hara, podían haber sido camareras de esas que sirven corderos asados en un mesón castellano. Gene Tierney, belleza incomparable, era su farmacéutica favorita. Eleanor Parker, Grace Kelly o Deborah Kerr pedían ser princesas imperiales o hadas. Según él, Sandra Dee, Debie Reynolds y Leslie Caron nacieron criaturas de cajita de música: se abría la tapa, sonaba el Danubio Azul y giraban pizpiretas luciendo sus maravillosas caderas enfundadas en tutú. Cyd Charisse marcó el canon de las piernas perfectas. Ava Gardner, el esplendor de la carnalidad. Rita Hayworth le disputaba a la O´Hara el reinado de la pelirrojía, pero añadía el plus de lo pecaminoso del que Maureen carecía. Virginia Mayo, Lana Turner y hasta Kim Novak simbolizaban el erotismo cursi.

-Pero luego estaban las que uno quería que fueran sus primas o sus vecinas de arriba: Vivian Leigh, Pier Angeli, Natalie Wood, Jean Simmons. Y la primera Elizabeth Taylor.

Por encima de todas reinaba para Homper  la imponderable Audrey Hepburn. Pero no podía olvidar los ojos (¿de verdad violeta?)de aquella chica judía de Ivanhoe que le enamoró cuando era un párvulo inocente.

-Luego, a medida que engordó y cuajó en gran diva, también se hizo más cursi- dijo mientras apuraba el castigo de la copa de Calisay- Pero es lamentable: ya no quedan estrellas de la época dorada de Hollywood.

Los compañeros de tertulia coincidieron en un suspiro de nostalgia.

-Bueno –precisó Dionisio- Para ser justos, queda el viejo Kirk Douglas, pero no es lo mismo.

-No es lo mismo, no-subrayaron  a media voz los tertulianos.

4

La nostalgia, más que un error, es una desgracia. Y las desgracias nunca vienen solas. Rafael puso sobre el velador un ejemplar de EL MUNDO y apuntó a la última noticia de su portada.

-Practicar sexo o deporte de modo esporádico eleva el riesgo de infarto-leyó en voz alta.

Silencio y gestos de preocupación.

-Lo que nos faltaba para mirar al futuro con optimismo- concluyó Homper mientras se levantaba de la mesa y se ponía la gabardina.

Hay días que deberían haberse borrado del calendario antes del amanecer.

Ver Madrid con otros ojos

Un poco más a la izquierda, se descubre la cúpula y la esbelta torre neomudéjar de la Iglesia de la Santa Cruz, una estampa en la que probablemente no muchos madrileños han reparado...

Darle una vuelta a lo que ves todos los días, o mirar de otra forma lo que se te pone ante los ojos. Según Homper – el Hombre Perplejo, el que aún es capaz de sorprenderse por cualquier cosa- esa es una buena receta para  no ser machacado por la rutina. Lo proponía a sus compañeros de tertulia  ateneísta, que contaban sus planes de verano. Aunque nunca está demasiado seguro de casi nada, esta vez se sentía en condiciones de dictar sentencia.

-Los que estamos de vuelta de todo despreciamos la visión del turista –dijo- Creemos que el buen viajero es el que vive los sitios que visita como un natural del lugar. Pero tan paleto es viajar coleccionando sólo postales como no descubrir los tesoros de tu ciudad sólo porque están en la agenda obligada de los viajes organizados.

O sea, que de vez en cuando está bien ser turista en tu propia ciudad. Lo descubrió el día en que tuvo que pasear por Madrid a  Nora, la peluquera de la tía Clota. La quiero como si fuera una hija, sobrino- le había advertido ésta– Así que tú, que tienes tiempo y eres  un encanto cuando quieres, serás su guía ideal. Hazme el favor…

Homper refunfuñó. Recordó luego que, siendo nacido y vecino de Madrid desde siempre, no había puesto los pies en el Palacio Real y en ese rincón entrañable que es el vecino Convento de la Encarnación hasta después de cumplir los cuarenta. De manera que en el corto espacio de una semana hizo de tripas corazón y se convirtió en el cicerone de Nora, una americana de Nueva Inglaterra pecosa y pelirroja, de piel blanquísima y elegantes andares, que reunía datos tan contradictorios como ser una enamorada de la literatura española del Siglo de Oro y coleccionar dedales decorados como souvenir de los lugares que visitaba. Se sorprendió de lo agradable que es observar las crestas  monumentales de los edificios del centro desde esos autobuses londinenses descubiertos que ahora hacen el sightseeng tour de la capital, aunque fuera sentado entre una madurita peluquera de Vermont –por cierto, no fea- y una legión de japoneses y japonesas que lo fotografiaban todo compulsivamente.

-Tuve que pasar por el Corte Inglésconfesó avergonzado a sus tertulianos ateneístas-, que es donde por fin encontramos un dedal de porcelana decorado con una diminuta Puerta de Alcalá. Pero no hay mal que por bien no venga. Subimos a la cafetería y desde la última planta de ese edificio de Callao, que domina el oeste y el norte de la capital, con todos los edificios y parques de su Cornisa Imperial, descubrí otro Madrid que nunca había sospechado. Y ya veis, estaba allí, esperándonos a los que no sabemos lo que tenemos…

Nora le demostró además que todas las ciudades guardan fotos singulares en las que nunca reparan los que allí viven. Una mañana, después de recorrer la Plaza de la Paja, la del Conde de Barajas y la Plaza Mayor, se sentaron en una pequeña terraza de la Plaza de Santa Cruz. Desde su silla metálica, Homper veía la silueta de Nora enmarcada por una de las torres de aguja del Palacio de  Santa Cruz y por la cúpula y la torre neomudéjar de la iglesia vecina que lleva el mismo nombre. Y de repente sintió que estaba en otra ciudad que nada tenía que ver con ese poblachón manchego lleno de subsecretarios, como despectivamente definió Cela a Madrid.  En esa ciudad donde llevaba viviendo toda su vida y que ahora empezaba a conocer gracias a la mirada cómplice de una peluquera norteamericana que, vaya por Dios, cada minuto se iba pareciendo más a una actriz del Hollywood de la época dorada, no lo tenía muy claro: quizás Mauereen O´Hara, quizás Eleanor Parker.

Nora tomó el avión de regreso el domingo 27 de junio de 2010. Por la noche, acodado en el balcón de su palomar, Homper veía la fachada occidental de Madrid a la luz de la luna cuando a las doce en punto, desde tres barrios distantes, fueron lanzados sendos castillos de fuegos artificiales. Casi simultáneamente, al cuadro de fondo se añadieron los rayos y relámpagos de una lejana tormenta de verano. Homper suspiró: le sobrecogía ver que el viejo, el feo y denostado Madrid, fuera capaz de esa estampa de tan  singular belleza. Aunque sospechaba que el recuerdo de la turista de Vermont que coleccionaba dedales y leía a Quevedo no era del todo ajeno al momento.


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