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A pesar de todo, ¡haz reir!

Intentarás seguir tomándotelo todo con cierto sentido del humor...

.Intentarás seguir tomándotelo todo con cierto sentido del humor..

1 Te ha vuelto a llamar Homper. Está leyendo un libro de Víctor Olmos sobre la vida y obra de Jardiel Poncela que se titula ¡Haz reír, haz reír!, la consigna que le inspiró desde que se dio cuenta de que quería ser escritor. -Esa consigna se la compraría ahora mismo- le dices tú- Yo también hubiera apostado por ¡haz reír, haz reír!…Pero últimamente me he amargado más de la cuenta. Ya sabes, el sentido del thumor… La realidad es que te afecta también ese otro cáncer de desvergüenza que ha hecho metástasis en España. No iba a curar tus males, pero seguro que vivirías mejor si, en lugar de desayunarte cada día con un memorial de agravios de los que debían ser personas ejemplares, sólo te alimentaras de noticias felices. -¡Y tanto! –confirma el Hombre Perplejo- El propio Jardiel tendría que reescribir ahora su novela Pero…¿hubo alguna vez once mil vírgenes? Cambiando a las vírgenes por los políticos honrados…¿hubo alguna vez once mil ejemplares de esta especie?

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Como a su edad el único tesoro que tiene es el tiempo, Homper fue la otra tarde a la residencia donde se aloja ahora la tía Albertina. En realidad esta anciana no es tía suya, sino la única prima de la tía Clota, aquella mujer que emigró a Estados Unidos para ganarse la vida como profesora de español y con la que el Hombre Perplejo sí guardaba una relación entrañable. Poco antes de morir en su casa de Vermont, y en el curso de una de esas conversaciones que mantenían a través de SKYPE, la tía le desveló un secreto entrañable largamente guardado. -Te acordarás de aquel coche de pedales que te regalé cuando cumpliste siete años, ¿verdad? -¡Cómo no me voy a acordar, si fue el mejor regalo que recibí en mi infancia! -Tú entonces no te preguntabas cómo una pobre maestra pudiera permitirse el lujo de comprarte aquel juguete tan caro, claro. -¿Yo?…Yo me subí como loco a aquel bólido de color rojo y empecé a pedalear por el pasillo creyéndome Fangio, ya te puedes imaginar… Entonces la tía Clota le contó que en realidad el coche de pedales no lo había comprado ella, sino que le tocó en una tómbola a su prima Albertina y ésta se lo puso como regalo de Reyes a su hijo Clementín. Sorprendentemente, la criatura no demostró por el coche de pedales el menor interés. Al contrario, lo que de verdad le gustaba era la Mariquita Pérez de su hermana Pilarín, a la que, con gran desesperación de la niña, secuestraba para cambiarle los vestiditos, darle de comer y acostarla en su camita con verdadera ternura. Así que, comprendiendo que el niño le había salido un poco nenita, un día Albertina se hartó, empaquetó el precioso coche de pedales y se lo envió a la tía Clota para que se lo regalara a ese sobrino tan especial que se asombraba por casi todo. -Ese chico eras tú, querido Homper –le confirmó la tía Clota – Si te pude regalar el coche de pedales fue gracias a ella. Por cierto, que Albertina enviudó joven, Clementín acabó saliendo del armario y murió poco después, y Pilarín se casó con un alemán y no ha vuelto por España. O sea, que mi pobre prima está sola, como tantas ancianas. Por favor te pido, no dejes de visitarla alguna vez…

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Homper encontró a Albertina insospechadamente feliz. Se presentó ante ella con un ramo de flores recordándole que él era el niño beneficiado por el coche de pedales, y le dijo que no se lo había agradecido antes porque no se enteró de su generosidad hasta poco antes de la muerte de la tía Clota. Por lo visto, Albertina mantiene muy buena cabeza. Casualmente está leyendo Angelina o el honor de un brigadier, porque ella también es una gran amante de la literatura de Jardiel, aunque precisó que le hubiera gustado que en lugar de Angelina la protagonista se hubiera llamado Albertina, como ella misma. Toda la vida ha buscado argumentos para la autoestima, y tener nombre de heroína literaria le hubiera ayudado mucho. Cierto que había una Albertina esencial en Á la recherche du temp perdu, pero ella se consideraba demasiado simple para embarcarse en la espesura de Proust, mientras que las comedias de Jardiel eran ligeras y frescas como un polo de menta, y ésta no hubiera perdido nada, incluso hubiera ganado, si la protagonista fuera Albertina. -Es una lástima –suspiró-Porque no hay que desaprovechar ni una ocasión para la autoestima.

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A su lado, junto al libro, había sobre el sofá un ABC en cuya portada aparecía la foto del sospechoso del día. -¿Ves?- dijo Albertina mirándola de reojo- A mí el escándalo de Rato por una parte me desanima, pero por otro lado me arroja lastre de remordimientos antiguos…¿Sabes?…Una vez, cuando él estaba en la cumbre coincidí en un te benéfico con una de sus admiradoras fanáticas, una señorona muy encopetada. Pasamos la velada juntas y charlamos mucho, casi que nos hicimos amigas. Y así, contando anécdotas y recuerdos se me ocurrió confesarle ingenuamente que yo después de la guerra lo había pasado tan mal que llegué a falsificar dos cartillas de racionamiento para poder criar mejor a mis hijos. Entonces ella dio un respingo y me soltó esto: ¿Cómo pudiste caer tan bajo?…¡La gente bien jamás robamos! Yo me excusé alegando que no debía de ser tan bien, porque mi marido era un perfecto inútil y en casa pasábamos hambre, pero lo cierto es que a partir de entonces siempre que nos encontramos desvió su mirada mientras yo fustigaba a mi conciencia repitiendo para mis adentros: ¡ladrona!…¡Estafadora!..¡Eres una delincuente! La tía Albertina se echó a reír con estrépito -¿Ves?-le dijo a Homper señalando a la portada del ABC- Como todo es relativo, hoy me siento rehabilitada, y mi autoestima ha subido muchos puntos.

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Se quedó asombrado Homper de que en una residencia de ancianos se respirase tanta alegría. -Es sobre todo porque tenemos un grupo que nos reunimos todas las tardes para contarnos sólo cosas alegres y jugar al parchís –dijo Albertina mientras iba presentando a sus componentes- Nos llaman los Positivos, y somos Sagrario, Florestán, Bernabé y servidora. Sagrario está encantada porque desde hace meses no ve los informativos de televisión y porque ha podido desempeñar la sortija de rubíes que heredó de su madre. Florestán es un viejo tenor que está radiante: al fin le han hecho unos implantes que le permiten cantar arias y romanzas sin que se le caiga la dentadura en los sobreagudos, como le sucedía antes para bochorno propio y ajeno. Albertina se ha liberado de su mala conciencia de falsificadora de cartillas de racionamiento y de la adicción a Jorge Javier Vázquez. Además cuando acabe Angelina o el honor de un brigadier se hará más jardielera todavía leyendo el ¡Haz reir, haz reir! que le ha recomendado el propio Homper.

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Claro que, para hacer reír de verdad, nada como el desparpajo y la desinhibición del cuarto de los Positivos, Bernabé, comandante jubilado y socio del Atlético de Madrid. -Yo les comuniqué a mis compañeros que padecía un cáncer de vejiga y que, con perdón de las señoras, lo iba a afrontar con espíritu militar-dijo-: punto uno, con dos cojones. Punto dos: optimizando los recursos. Punto tres, explotando el éxito. Reconozco que los del punto uno se me pusieron de corbata cuando me explicaron que la operación consistía en una resección transuretral, oséase, que el bisturí mágico me lo iban a meter por el mismísimo canutillo del regocijo, que sólo recordarlo me pone los pelos como escarpias. Al respective, y demostrando que había captado la metáfora, la amiga Albertina observó con malicia que el canutillo no siempre da satisfacciones, a lo que yo respondí con laconismo castrense: negativo. Pues salvo en el caso de gatillazo, que, como hombre de armas ni puedo concebir, el canutillo, en su doble función excretora y propiamente sexual, es fuente de máximo regocijo, mayormente en nuestra edad provecta. Von Clausewitz, Maquiavelo y otros tratadistas mantienen que el concepto de poder en el hombre evoluciona con la edad, siendo así que en la juventud el poder es, sobre todo, y con perdón por la expresión, poder follar, en la madurez poder mandar, y en esta vejez en que tanto luchamos por mantener enhiesto el pabellón, consiste mayormente en poder…¡mear! Y no vean ustedes el miedo que tenía yo al bloqueo miccional después de la anestesia, la jodida sonda y todas esas travesuras que menoscaban la gallardía de una verga militar…

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En este punto el comandante Bernabé hizo un alto, bebió medio vaso de agua, secó su bigote con un pañuelo y prosiguió su discurso en un tono menos épico y con los ojos abrillantados por el esmalte de la emoción. -Ilusionado al saber que la que me iba operar era una uróloga de muy buen ver –continuó el ilustre soldado- quise optimizar los recursos y explotar el éxito intentando retrasar la acción de la anestesia al objeto de sentir unas manos femeninas maniobrando en misión de servicio sobre mi intimidad…Luché como un jabato, pero no pudo ser. Eso sí, cuando veinticuatro horas después de operado otras manos angélicas me retiraron la dichosa sonda y este menda tuvo que quedarse sólo ante el peligro…tuve la satisfacción y el orgullo de sentir que el regocijo fluía de nuevo por el canutillo en forma torrencial. Primero, del color de un reserva de Rioja, al cabo de un rato como rosado de Navarra, después tal que un amontillado, luego cual manzanilla y a los dos días claro como el agua del arroyo… Al comandante Bernabé se le saltaron las lágrimas. -Y la verdad, no se qué guerra seguirá dando el puñetero cáncer, pero esta batalla la hemos ganado.

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Parece que lo dijo en tono heroico, pero lo cierto es que los Positivos se lo tomaron a risa, y al poco tiempo el jolgorio del comandante y de toda la residencia que había seguido su discurso era un puro disparate. Como la vida y la obra de Jardiel que ahora, en forma de libro, tenía entre sus manos tía Albertina. –¡Haz reír, haz reír!-decía mostrando la portada al aguerrido Bernabé. Tengas lo que tengas, aunque sea un cáncer.  

Terapia con la Venus del espejo

 

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Dice Homper que su historia corresponde fielmente a nuestro tiempo, donde los antiguos como vosotros no sabéis si camináis sobre la realidad o sobre la ficción. Vuestras vidas se han rebozado de trampas virtuales (los grandes adelantos tecnológicos, el auge de las redes sociales, los videojuegos, por ejemplo) y son como croquetas en cuya bechamel es difícil separar lo uno de lo otro, lo que es de verdad de lo que no deja de ser una hipótesis tan eficazmente representada que acabas creyéndola como cierta

-El caso es que me colé en la alcoba de La Venus del Espejoexplica después de comentar la gran exposición de Velázquez en el Grand PalaisEra mi debilidad de siempre, qué belleza curvilínea, y ahora que uno no está para desaprovechar oportunidad alguna y que los años le han quitado la inhibición, le di un toque en el hombro y volvió su rostro. Era hermosísima, como se insinúa en el cuadro: su cara, sus pechos, su monte de Venus, con esa floresta natural que la depilación quiere hacernos olvidar, qué error…

Le dije que perdonara la impertinencia.

-Ningún problema –me respondió la Venus sonriente- Tantos siglos dando la espalda al respetable que ahora me encanta darme la vuelta y ver al público de frente, y no reflejado en el espejo.

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Dice Homper que tendió sus brazos abiertos hacia él para abrazarlo, y que en ese momento el angelito que en el cuadro parece sujetar el espejo salió volando discretamente, para no cohibirlos. Se abandonó entonces entre en las blancas y mórbidas carnes de la Venus, y ésta, que por algo es la diosa del amor, le estrechó contra su cuerpo muy efusivamente, como si en lugar de un intruso el anciano enfermo fuera un bebé que busca refugio en el regazo de su madre.

Homper precisa que lo de anciano y enfermo vale, pero que en lo más íntimo y delicado de su maltrecho cuerpo notó una reacción nerviosita y agradable nada infantil, más bien emparentada con lo que dijo la opulenta Mae West ante un hampón que la devoraba con la mirada. ¿Llevas una pistola en el bolsillo o es que te alegras de verme? Homper insiste en que se alegraba muchíiiiisimo de verla y de tocarla, no a May West, sino a la diosa velazqueña. Sin embargo, al poco de arrebujarse y hozar a gusto en su carnalidad se le cruzó la visión del atlas anatómico del cuerpo humano, que mira casi a diario para saber dónde quedan sus males y repasar el corazón, las arterias, los pulmones, las vértebras, los riñones, el uréter derecho, la vejiga, el páncreas, el meato urinario, el esternocleidomastoideo y todo eso que tanta grima da pensar que llevamos dentro. Dos pensamientos fugaces se le cruzaron entonces, a saber: primero, si el hombre es creación de Dios no se entiende cómo al todopoderoso se le ocurrió una ingeniería de huesos, músculos vísceras y demás casquería tan sumamente complicada y caprichosa. Segundo, sea obra de Dios o del evolucionismo, cómo es posible que ese truculento ninot orgánico quede tan favorecido cuando se envasa en un cuerpo como el de la Venus del Espejo.

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Las lucubraciones del hombre perplejo y las tuyas por ahí se andan. Cada loco con su tema. Hace tan sólo unos meses creías que tu tratamiento iba poco a poco ganando batallitas. Ahora los partes de guerra anuncian más bien que la munición lanzada sobre el enemigo no consigue los efectos previstos. La solución es un estudio genético para saber si las células cancerosas que campan por sus respetos están mutando a otras formas más atacables, que al parecer hoy día la ciencia tiene respuestas para casi todo.

-¿Y cómo serán esas células mutantes?-te preguntas- ¿Mutarán a mejor o a peor? ¿Serán más guapas, más amables, más simpáticas?

Como la curiosidad aún tira de ti y el mundo que te rodea sigue trenzando realidad con ficción, te acuerdas de aquella estupenda película de Richard Fleischer que se llamaba El viaje alucinante, en la que un científico consigue reducir al ser humano a un tamaño microscópico para introducir a varios expertos en el interior de un cuerpo enfermo y arreglar los entuertos a los que no llegan ni los cirujanos ni el fármaco más milagroso. Qué oportunidad. Le pides al profesor Bennet, que así se llamaba el sabio, que te jibarice al máximo, y emprendes un viaje apasionante por tus propios interiores para ver cómo mutan, si es que mutan, las dichosas células. ¿Cambiarán de larva a mariposa? ¿De sapo a príncipe? ¿De judoka a travelo? ¿Acabarán siendo cucarachas, como le pasó al pobre Gregorio Samsa?

Lo único que constatas es lo intrincado, inquietante y asquerosito que es el cuerpo humano por dentro. Te encuentras con células que no sabes si son buenas o malas, mutantes o no mutantes. Todas te parecen iguales, porque no entiendes un carajo, y acabas concluyendo que es mejor abandonar estas aventuras y tentar la suerte de Homper, por si a la Venus del espejo le siguen gustando los enfermos maduros y le da por darte conversación.

Dolores, dudas y merluza frita

Sólo tengo claro que no tengo nada claro...

Sólo tengo claro que no tengo nada claro…

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Te llama Homper para interesarse por tu salud cuando, antes de responderle, haces una cosa muy tuya, que es salir por la tangente con otra pregunta de tu cosecha.

-Oye, ¿tú cuando vas a hacer merluza frita qué orden sigues en el rebozo? ¿Primero pasas la pieza de merluza por el huevo batido y luego por la harina o al contrario?

Homper hace honor a su nombre y se convierte una vez más en el Hombre Perplejo. Pero es buen amigo, te conoce, y no te manda a hacer puñetas ni elude la respuesta. Dice que desde que vive solo no fríe pescado, porque el chisporroteo del aceite pone perdida la cocina y atufa hasta el hueco del ascensor, que no se sabe por qué los ascensores tienen ese poder para acumular los efluvios de las ollas vecinales. Y añade que cuando alguna vez su asistenta le fríe merluza se ausenta de casa y sale a pasear el perro de la vecina, que es enfermera y a cambio le pone las inyecciones cuando procede y le trae perrunillas de su pueblo.

-La casa donde vivo es una sociedad de auxilios recíprocos- matiza- Pero estando como estás…¿por qué te preocupa tanto  la fritura de la merluza?

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Le dices que desde que te sacaron la tarjeta amarilla no lo puedes evitar, pero te pasas el día haciendo arqueo de casi todo: de tus haberes, de tus deberes, de tus quereres y de tus saberes. Lo primero te lleva poco tiempo, lo segundo te acaba atormentando la conciencia, y lo tercero y lo cuarto te entretienen bastante, pero a veces te descolocan. Por tu curiosidad natural peinas todos los días los medios y te das cuenta de que, al margen de la fe de horrores nuestros de cada día, la mayor parte de su contenido son noticias del futuro. Por ejemplo, se buscan futuros moradores para Marte. Por ejemplo los coches sin conductor circularán en el Reino Unido a partir de 2015. Por ejemplo, Fujitsu incorpora a sus celulares un sensor de huellas dactilares para saber si los están utilizando sus propietarios o no. Por ejemplo, la ciencia calcula que en 2045 podrá garantizarse la inmortalidad del cuerpo humano. Por ejemplo, si el calentamiento global llegara a derretir el manto de hielo de Groenlandia el nivel el mar subiría siete metros. Nadie sabe qué suerte correrán entonces los pobres osos polares. El horizonte en general es esperanzador por una parte, pero tan apocalíptico por otra que puede que en tres o cuatro décadas la humanidad tenga que asistir espantada a la aparición de las primeas patas de gallo de la Preysler.

Santo cielo! –se le escapa a Homper al otear lo que se nos viene encima.

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-Claro- confirmas- Por lo menos inquietante. Y como yo al menos ya he vendido todo el pescado y no tengo que ir de joven, ni de moderno, ni de estar à la page, me puedo permitir el lujo de caminar sólo sobre lo que se. Me siento más cómodo pisando suelo firme.

No te pones luego demasiado socrático, aquello de solo se que nada se. Algo sabes. Pero a la vejez viruelas, las sorpresas que te da la vida son tantas que muchas de las cosas más sencillas las ignoras, y otras que creías saber a ciencia cierta resulta que no son lo que creías. Sigues sin entender cómo el mar es una marioneta en manos de la luna, que tira de sus cuerdas o las recoge según le peta. Y aunque te lo han explicado mil veces tampoco entiendes por qué nuestro Catalina, que tanto nos complace y nos inspira, se ve más grande en el orto que cuando vuela en busca del zenit. Hace unos meses, en un debate bloguero de gran altura intelectual sobre el modo de administrarse el supositorio, la preclara periodista Begoña Ortúzar, con ese aplomo que le da haber nacido en Bilbao, mantenía que el curioso pequeño obús medicinal no debía introducirse en la retaguardia por su parte afilada, sino por la plana, sembrando en ti dudas que antes no tenías. La lógica y tu querida mamá te enseñaron a empujar por la base para que la puntita penetrase mejor por el mismísimo culito. Qué sinvivir que no haya unidad de doctrina al respecto.

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Algo parecido te ha pasado con el rebozo de la merluza. Tú jurarías que cuando entrabas en la cocina para jugar con Morito, el gato negro de la vieja casa de Serrano, y veías a Catalina -que por cierto, se llamaba como la luna- friendo pescado, el orden del rebozo era primero el huevo batido y después la harina. Has vivido toda tu vida en esa convicción. Y ahora que cuidan de ti tantos amigos marmitones y amigas cocineras te vienen a decir que no, que es justo al contrario, y que en tu casa comíais el pescado mal frito.

-Imagínate el disgusto- te lamentas a Homper- Ya no puede uno estar seguro de nada…

-Te comprendo- dice Homper con un gesto de resignación- Pero en fin, consuélate, no hay mal que por bien no venga. Si tu problema de hoy es que el rebozo de la merluza te está quitando el sueño, quizás eso quiere decir que no es tan mal como dices.

A lo mejor. A lo mejor. Pero por favor, si alguno de tus lectores de verdad te aprecia, que te confirme al menos que las cortinas de la ducha tienen que caer por dentro del borde de la bañera, y no por fuera. No vaya a ser que también en eso estés equivocado.

Durmiendo con el bajo continuo

Sostiene Homper que cuando tiene un catarro de pecho, un contrabajo mágico marca el ritmo de su respiración una octava más grave... (Imagen prestada de la web www.printest.com)

Sostiene Homper que cuando tiene un catarro de pecho, un contrabajo mágico marca el ritmo de su respiración una octava más grave…
(Imagen prestada de la web http://www.printest.com)

Cayó Homper en una especie de gripe, resfriado, catarro, trancazo, vaya usted a saber cómo mejor llamarlo. Desde que nuestro Hombre Perplejo convive con su discreto cáncer de pulmón estos episodios se los toma a broma, como se supone que debe de considerar a las moscas el cazador blanco que se enfrenta a un león. Craso error, A veces el león ni siquiera aparece, pero las moscas y mosquitos se convierten en un tormento infalible.

-Ya pasará –pensó Homper mientras enfilaba el fin de semana arrebujado entre mantas.

Poco original puede contar de las pesadillas retorcidas que vinieron con la fiebre. La estética de lo que vio en ellas la describe como navegar de un cuadro del Dalí más surrealista hacia un retrato fantasmal de Bacon que parece abrir sus fauces ectoplásmicas y te engulle. No resulta doloroso, pero si angustioso: ¿qué debe hacer un ser humano normal en un trance así? Homper no tuvo más remedio que despertarse sobresaltado, y continuar descansando en un duermevela contando los minutos que faltaban hasta el amanecer. Aburrimiento puro acompasado por respiraciones un tanto extrañas.

Verdaderamente extrañas y sospechosas, sí.

Entretanto, recordó a aquella soprano que cuando tenía un catarro de pecho se metía en la cama y a los pocos minutos sentía que se había acostado con el bajo continuo. La primera vez que escuchó semejante confesión, Homper, en su ignorancia musical, creyó que el bajo continuo era un cantante de reducida estatura pero de erección constante, y que como una mancha de mora con otra mancha se quita, la terapia pasional había dejado en nada al catarro de pecho de la soprano. Pero esta noche se ha convencido de que la metáfora era estrictamente profesional, pues mientras respiraba escuchaba simultáneamente otra respiración en octava grave. Estuvo escudriñando su entorno con ojos de sabueso buscando su origen, hasta que descubrió que debían de ser sus propios bronquios los que marcaban con pizzicatos en el contrabajo el ritmo cadencioso y sombrío de su nuevo alifafe.

No hay mal que por bien no venga. Cree uno que es un griposo de mierda y acaba descubriendo los fundamentos de la armonía

Mujeres de cine

El cine también le debe mucho al irresistible encanto de la mujer madura

El cine también le debe mucho al irresistible encanto de la mujer madura

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-Lo mejor del cine –dijo la portera mientras limpiaba el portal- es que te lleva de aquí para allá en un segundo y te lo crees, te habla de este o de la otra y te interesa, te hace reir o llorar y te emociona…Antiguamente había milagros y hadas, y ahora los modernos tenemos el cine, ¿no, señor Homper? Es lo único que me hace olvidar de vez en cuando que soy algo más que la reina de la fregona.

El hombre perplejo pensó que las pocas porteras que aún quedan tampoco son lo que eran. Qué nivel intelectual.

-Por más que a mí la gala de los Goya me siga pareciendo larga y empachosa, qué quiere que le diga.

Qué buen criterio.

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Dos semanas atrás Homper había asistido a una ópera en la que el viejo cuento de Hansel y Gretel había sido reinterpretado como ahora se estila. Uno de estos genios que creen que simplificar para ahorrar y cambiarlo todo para epatar al espectador es el mejor modo de mantener vivo el tinglado de la antigua farsa, había convertido a la bruja en una gorda encarnado por un tenor, y a su casa en una especie de supermercado rumano, y no de los mejores. Todo el encanto que a los ojos de un niño podía tener aquella casa original de chocolate, pastel y caramelo que describía el cuento desaparecía por completo. Homper se imaginó por un momento qué maravilla habría hecho con ese relato un cineasta como Tim Burton, y se preguntó si Mozart, Verdi, Wagner o Humperdink hubieran escrito para la ópera de haber existido entonces el cine.

Homper es de la opinión de que no. La ópera pertenece a otro tiempo, sólo tiene sentido si se sigue representando como fue concebida cuando se creó, con la escenografía de la época, mal que nos pese. Eso tiene mucho más encanto que los sucedáneos minimalistas o estrambóticos a los qjue obliga la modernidad La ópera debe ser vista como admiramos hoy la Dama de Elche, a la que no imaginamos peinada por Llongueras, o Las Meninas, que nunca hubieran vestido modelos de Agata Ruiz de la Prada.

-Los experimentos, quizás con gaseosa, pero no con la ópera- confirma el Hombre Perplejo- Porque para mejorar esa ficción que fue la reina de las artes escénicas hasta el siglo XIX hoy tenemos el cine.

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Dice Homper que su portera se parece a la gran Carmen Machi, por cierto galardonada con un merecido Goya. Carmen Machi tiene suerte. Al contrario que otras grandes estrellas como Susan Sarandon y Michelle Pfeiffer o, ya en España, Charo López, que se lamentaron en su día de que apenas había papeles para las actrices maduras, ella no para de trabajar.

-Pero todo hoy se piensa para los jóvenes. No lo entiendo…¿No dicen que cada día vivimos más y hay más viejos? ¿O es que creen que no nos gusta el cine?

Y evoca una de las maduras más turbadoras que recuerda haber visto en una película, aquella Mrs. Robinson de El graduado, capaz de seducir al que iba a ser su yerno con sólo quitarse las medias de cristal, como aún se llamaban entonces a las de lycra.

Homper añade que además del cine a él también le gustan las mujeres maduras que saben prolongar su encanto más allá de lo que avisan las patas de gallo. Suele decirles que son como Mrs Robinson, con la canción de Simon & Garfunkel incluida, aunque no siempre le interpretan bien, y cuando le entienden el mensaje no siempre les gusta, porque esto no es cine. Esto es la vida misma, donde precisamente el cine y la publicidad nos han convencido que lo guay es ser siempre joven y, de ser mujer, muñequita. O sea, eternamente guapa y estucada aún a costa de perder la expresividad natural y finos matices con los que el tiempo patina la belleza.

Ya vendrán tiempos mejores.

 

 

De espaldas al pueblo, una vez más

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Homper se ha quedado perplejo al comprobar que también puede desesperar uno por naderías que nos comlican la vida... (Imagen prestada de la web www. dreamstime.com)

Homper se ha quedado perplejo al comprobar que también puede desesperar uno por naderías que nos comlican la vida… (Imagen prestada de la web http://www.dreamstime.com)

 

Se pregunta Homper si existirá algún ranking mundial de torpezas sin importancia. Se lo pregunta por si cabría en él algunas de las suyas. La última le ha traído el recuerdo de aquella Doña María que denunciaba en la radio las numerosas poblemáticas de espaldas al pueblo con las que el ciudadano normal se topa diariamente a despecho del progreso y de la modernidad. Toma ya. Intentando suplir una falta de su asistente doméstica, se lanzó a cambiar la funda de su edredón. Alguien le recordó la panacea universal de nuestro tiempo.

-Busca una de esas tutorías que cuelgan en Internet hasta para que sepamos cómo se cierra el tubo del dentífrico.

Dice Homper que huroneó por You Tube y pinchó el tutorial de una señora muy coquetona y bien maquillada que tras cantar las alabanzas del edredón nórdico, tan calentito, tan sensual, tan sugerente, denunciaba el coñazo que es cambiar su funda. La señora pintaba muy burguesa y bien hablada, pero dijo eso, literalmente: un coñazo. Para remediarlo, muy lista, había ideado un método que consistía más o menos en lo siguiente. Extendía la funda y, sobre ella, también el edredón, doblaba ambos en sentido longitudinal, hacía con ellos un rollo y posteriormente daba la vuelta a la funda como se da la vuelta a los calcetines cuando se hace con ellos una pelota para guardarlos en el cajón.

Y una leche.

Confiesa Homper que trató de seguir las indicaciones de la profesora, y que mientras tanto sonaba en la radio la Octava sinfonía de Beethoven. Creía que la experiencia le duraría un tiempo, dos como mucho. Al inicio del tercer tiempo abandonó desesperado el intento, dejando sobre su cama una montaña en la que se mezclaban el edredón y su funda como el chocolate y la nata en uno de esos helados de copa que llaman Montblanc.

-Señor –suspiraba- ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Volvió otra vez al ordenador, repasó el tutorial, se mesó los cabellos preguntándose cómo podía resultar tan incapaz para estos menesteres. Y entonces cayó en la cuenta de que la señora lista no lo era tanto. La funda de su edredón estaba totalmente abierta por uno de sus lados, o sea, que era sencillísimo cambiarla. Mientras que la que el pobre Homper se traía entre manos, procedente de IKEA, sólo disponía de una apertura en el lateral por la que resultaba bastante difícil meter las manos y guiar los ángulos del edredón hasta dar con la esquina que les correspondía. Cuando tras múltiples ejercicios, poniéndose de pie en la cama, levantando y agitando la funda como agita la bandera La Libertad guiando al pueblo de Delacroix, consiguió su objetivo, había terminado la Octava sinfonía de Beethoven y estaban a punto de morir Tristán e Isolda, que sonaron a continuación. Uno moría porque según Wagner le tocaba, y el otro posiblemente por el aburrimiento de ver cómo se puede desesperar uno por algo tan estúpido como el cambio de la funda de un edredón nórdico.

Homper se quedó perplejo esta vez comprobando una vez más las razones de Doña María: cuántas cosas que deberían ser sencillitas y fáciles se convierten en poblemáticas de espaldas al pueblo.

Unos Reyes originales

Los Reyes Magos traen a veces regalos inesperados...

Los Reyes Magos traen a veces regalos inesperados…

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Ultimaba Homper sus regalos de Reyes cuando le vino a la cabeza aquella coplilla popular que hablaba precisamente de recuerdos y regalos. ¿Qué quieres que te traiga si voy a Madrid?/ No quiero que me traigas/ No quiero que me traigas/ ¡Que me lleves, sí!. Se acordaba precisamente porque tenía muy claro que, en lugar de traerle regalos, deseaba que los Reyes Magos se llevaran unas cuantas cosas que, pudiendo interesar a otras personas, convivían con él desde tiempo inmemorial sin que merecieran de su parte el menor aprecio.

-¿No sería posible que vuestras majestades magas de Oriente me libraran del retrato de la tía Adolfina?- suspiró cuando, rendido por el cansancio apagó la luz la noche del cinco de enero.

La tía Adolfina era una antepasada retratada por Federico de Madrazo. Según los expertos el retrato era un lienzo de primerísima calidad. Mala suerte que la tía Adolfina hubiera sido una gorda con doble papada y un bigotillo que sombreaba bajo una nariz carnosa y levemente ganchuda y que miraba desde su marco patinado en pan de oro con aire de inquisidora. A primer golpe de vista resultaba horrible. En realidad Homper sólo aceptó el cuadro como herencia de sus abuelos porque el que estaba realmente interesado en él era el avaro de su primo Agustín, que aparte de haberse quedado con la casona de Camorritos de forma fraudulenta, estafando a sus propios tíos y primos, era un cursi y un majadero. Desde entonces el cuadro colgaba en el oscuro pasillo de la casa de Homper sólo por fastidiar al primo. No se atrevía a donarlo a ningún museo porque no le apetecía que nadie de los visitantes le relacionara con aquel adefesio que llevaba su mismo apellido, pero tampoco quería venderlo ni subastarlo por temor a que el odiado primo rastreara el mercado hasta dar con él y adjudicárselo.

Además, a sus años le daba una pereza infinita hacer nada. Sólo esperaba pues que la magia de los Reyes cambiara el chip, y pudiera considerar que a veces el regalo más original y valioso no es el que se da, sino el que se quita.

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Jura y perjura Homper que los Reyes Magos captaron su mensaje. La mañana del 6 de enero se quedó perplejo al comprobar que en lugar de dejarle nuevos regalos inútiles que ya no le hacían ilusión alguna le habían quitado de en medio una antigua maquinita de hacer cigarrillos que guardaba en su despacho, un juego de café de Sargadelos que detestaba desde que se lo regalaron como pago de un favor, un sillón estilo remordimiento digno de un notario de Socuéllamos, el viejo sable del tío abuelo Leopoldo, capitán de coraceros, todas las videocasetes con películas añejas que esperaban su turno para llegar al punto limpio, veinte tomos encuadernados del Selecciones del Reader´s Digest con la capa de polvo correspondiente, un robot de cocina que heredó de la tía Clota y que jamás entendió y, sobre todo, el famoso retrato de la tía Adolfina.

Homper sonrió agradecido. Los Reyes Magos le habían hecho el mejor regalo librándole de aquellas presencias incómodas sin haber hecho de su parte el menor esfuerzo y, lo que era más importante, sin crearle el menor remordimiento de conciencia por deshacerse de ellas.

-Aquí es donde se demuestra que verdaderamente son magos –pensó feliz mientras cortaba para desayunar el primer tramo de su roscón de Reyes.

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La magia de Melchor, Gaspar y Baltasar se tradujo para ti este año en una caja-archivador forrada en tela y con guardas interiores de bellísimo papel que contenía tres carpetas de correspondencia. En el lomo del archivador, el indicador de su contenido: CARTAS A GUILLERMO. Y el de su autor: Luis Figuerola-Ferretti. Como prólogo de los tres legajos, correspondientes a los tres períodos que el entonces joven estudiante pasó lejos de España, una carta manuscrita del propio Guillermo, hoy un hombretón padre de tres hijos.

Hola, Papá. Los Reyes Magos han optado este año por donarte temporalmente escritos y reflexiones que pensaste que jamás volverían a ti. Pueden regresar a Oriente releídas y meditadas con la ventaja o vergüenza del paso del tiempo, o pueden devolverse a su destinatario original en su embalaje intacto. Ya sabes que los Reyes no son rencorosos……………………………………………………………………………………………

No se me ocurre cómo retomar o cerrar esa correspondencia que comenzaste hace la friolera de veintiséis años, precisamente cuando tú cumplías los cuarenta y tres años que yo he de cumplir este mismo año…Yo entonces tenía dieciséis, e iba con la cabeza más gacha que alta hacia lo desconocido. El sentido del deber y de corresponder a las altas expectativas puestas en mí me obligaban a asentir con mayor entusiasmo que el que apriori tenía ante la propuesta de un exilio voluntario. La realidad es que la experiencia fue dura, mucho más dura que lo que os pude contar o escribir, pero la asumí como natural….Lo peor era el miedo al fracaso. Que el viaje hubiera sido el ida y vuelta que me pedía el cuerpo era mi más anhelado deseo, y a la vez la pesadilla de un fiasco sin paliativos. Así que no quedó más remedio………………………………………

Hoy, transcurridos tantos años, y habiendo guardado, entre mudanza y mudanza, algunas de las cartas que me enviaste, me doy cuenta de que quizás sin ellas mi horizonte hubiera bajado de golpe, como persiana que se cierra en verano, y hubiera desistido de aprender nuevos idiomas, conocer nuevas culturas, gentes distintas, y de convertirme en quien soy. ¡Al carajo con los anglosajones! Me vuelvo a Chamberí y me dejo de embrollos!…………….. Pero no, cada semana, puntual y regularmente como no te he visto nunca dedicarte a tarea alguna –confieso que probablemente desde entonces yo tampoco haya leído nada con tantísima avidez- me llegaban los dos o tres folios escritos a doble cara, a mano o a máquina, con tachones, garabatos, con pareados, con recortes del Atleti, pero siempre llenos del sabor de casa……………………………………

Al ver que la vida transcurría con normalidad, que el mundo no se había parado de golpe como lo hizo conmigo, fui capaz de ir adivinando a la persona que había detrás de las cartas, más allá de la figura paternal, ayudándome a golpe de letras a entrever tu celosa intimidad y a saber de muchas otras personas, anécdotas, preocupaciones y muchas más cosas que no me contaste, pero que leí en el interlineado, que aunque estrecho y apelmazado me dio mucho juego en esos tiempos………………………………..

Desconozco qué hubieras hecho hoy en día, en el que la inmediatez de la comunicación no da pie a las parrafadas y divagaciones que encontré en tus cartas. Igual ambos hubiéramos pasado como los perfectos desconocidos que son a menudo padres e hijos. Esa interrogante quedó afortunadamente cerrada para mí. Y, como testimonio, quedaron todas estas alborotadas letras, con amor escritas y con eterno agradecimiento leídas. Espero que tú las disfrutes, y que algún día sirvan para que tus nietos puedan hacerlo la mitad de lo que lo hice yo.

Un beso

Guillermo

Tenía razón Homper. Los Reyes son Magos porque cuando se lo proponen hacen regalos inolvidables.

 

 

 


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