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Mementos emocionados

Siempre echaréis de menos a esa perra entrañable que se llamaba Mas

Siempre echaréis de menos a esa perra entrañable que se llamaba Mas

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Entonces en Madrid se vendían patitos y pollitos por la calle. Algunos de ellos teñidos de llamativos colores. Tu pato Canuto era sin embargo de ese amarillo natural que lucen sus crías hasta que su pelillo se transforma en pluma. A ver qué niño no queda encandilado cuando ve desfilar detrás de mama pata a un patito que se estira, agita sus alitas y corre a zambullirse después en el remanso de un arroyo. Alguien debió de ponerlo en tus manos como precioso regalo, y tú lo alojaste en tu casa sin permiso paterno.
-Pero…¿cómo se puede ser niño sin haber tenido un pequeño pato con el que puedes jugar a otra cosa?-debiste de pensar.
No eran tus padres muy partidarios de tener más animales en casa que Morito, un gato negro que ronroneaba junto al fogón de leña y afilaba sus uñas en las patas de la mesa de la cocina. Morito al menos cazaba ratones. Pero lo de tener un gato en un piso a ti te parecía vulgar, aburrido. Morito estaba allí desde siempre, como la salamandra que calentaba el hall, o el piano y la araña de la sala donde se recibían a las visitas. Canuto era otra cosa: su pico, como el de todos los patos, siempre parecía sonreir, y además te seguía por el pasillo como un perrito faldero. A la hora de desayunar, le subías a la mesa y zambullía su cuello en el tazón de Cola-Cao para atrapar los barquitos de pan. Como un numerito de circo, te morías de risa. Cuando te acostabas, lo ponías a dormir sobre un jersey junto a la cabecera de tu cama y acompañaba tu sueño.
Entonces creías que la felicidad estaba hecha de momentos como esos.
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A los cuatro o cinco días Canuto amaneció cojo. El entarimado del pasillo de tu casa era tan viejo que sus maderas no sólo crujían con estrépito, sino que había una librería que se inclinaba reverencialmente cuando alguien pasaba por delante de ella, porque el suelo se combaba a sus pies. Entre madera y madera había unas grietas más que notables. Sin embargo no recuerdas que el palmípedo quedara atrapado y herido por ellas, ni tampoco que Morito lo atacase, pues era ya un gato viejísimo, se pasaba el día durmiendo y probablemente no hacía ya ni por los ratones. Fuera cual fuere la causa, el resultado es que el patito cojo no volvió a despertar a tu lado. A la mañana siguiente había estirado la pata –nunca supiste si la dañada o la otra-definitivamente.
Te pusiste a llorar indignado, como si aquella muerte fuera el borrón más ignominioso en la hoja de servicios de Dios. La vida no podía ser tan trágica. Entonces empezaste a comprender que la desdicha sólo es una gavilla de amarguras como esa.
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La noche del 25 julio de 1955, en el huerto de manzanos de una casa de Somo, Cantabria, donde pasabas el verano con tu familia, abuelos incluidos, se perpetró un crimen horrible. Un gato penetró por el ventanuco de una casita medio abandonada que utilizabais para jugar a los proscritos y otros usos similares y asesinó a los dos conejitos que os acaban de regalar a tu hermano Carlos y a ti y que pernoctaban allí la noche de autos. Era inimaginable que la vida pudiera portarse tan cruelmente, pero fue así de implacable. Además, comprobaste entonces que el cine y la literatura mentían como bellacos: en las películas infantiles y en los libros que leías, los niños tenían animalitos y estos no se morían, y todos eran felices.
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Muertes incomprensibles, dolores tiernos. La Semana Santa debe por tradición cristiana ser luctuosa. El viernes santo se conmemora la muerte de Cristo en la la cruz. A esta efemérides se unió este año un par de días antes el fallecimiento de ese dios laico llamado Gabriel García Márquez.
Lo primero que te comprometiste al escuchar la noticia es que tú no le llamarías Gabo. No lo conocías personalmente, y te parecía un abuso de confianza, un deseo de aparentar coleguismo y complicidad cuando sólo te unía a él la admiración por su infinito talento y la fascinación por ese portento de imaginación que forjaron sus escritos. Tú no lo entrevistaste, no compartiste con él un solo viaje, simposio, o evento literario, no le saludaste jamás, ni siquiera lo viste más que en fotos o por la televisión. Leíste muchas de sus novelas, esa era toda tu relación con él. Luego se te ocurrió que la mejor muestra de respeto a su memoria sería no escribir más de nada, y menos de él: ¿no es ingenuo pensar que alguien pierda uno sólo de sus minutos en leerte a ti cuando tantos genios como el colombiano han llenado la biblioteca universal de páginas que son diamantes?
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Además, una mancha de mora con otra mancha se quita. Puedes dedicarle una meditación o, pero no es exactamente dolor lo que sientes cuando una celebridad que no es tu amiga se muere. Sí lo fue paradójicamente que el sábado santo, cuando la comunidad cristiana estaba a punto de celebrar la resurrección del Señor fuese a morir una perra llamada Mas, hermana de Tina e hijas ambas de una noble mastina. Por fidelidad, por bondad, por su paciencia al haber soportado durante muchos años sobre su corpachón y sin un mal respingo los juegos y travesuras de tus nietas y de todos los niños que por ella pasaron, y por la alegría con la que os recibía cuando llegabais a la casa que ella guardaba, formaba ya parte de tu paisaje de Candeleda y del retrato de tu familia. Qué mal trago, caramba.
Llegaste a pensar incluso si no sería inmoral llorar más por un can que por muchas personas que sí conoces y que, por ley de vida, van causando baja definitiva en tu entorno. Pero el alma humana es así de caprichosa, y a veces hace funambulismo sobre la lógica. Al día siguiente de la muerte de Mas- tan difícil de explicar a tus nietas, que lloraban a mares como tú antaño por tu pato Canuto y por tus conejitos asesinados- las niñas ponían flores sobre la tumba de la perra. Puede parecer un homenaje pueril y absurdo. Aunque no lo será tanto como dividir las cenizas de García Márquez entre Méjico y Colombia, algo que huele a fetichismo interesado y no casa en nada con el realismo mágico del gran creador desaparecido.

Salida de Tono

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Despierta el Duende este sábado dos de junio en esa hora en que ni siquiera los mirlos han comenzado a hacer gárgaras. Entre dos luces, cuando el amanecer se empieza a quitar las legañas y uno puede asomarse al balcón y sentirse dueño de la ciudad callada. Por entre los pinos del pequeño parque que se extiende a sus pies pasea una figura adusta y encorvada, que se ayuda de un bastón.

-La primavera se ha ido, y nadie sabe cómo ha sido- va recitando con disgusto evidente y a media voz que se capta perfectamente en el silencio del amanecer.

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Es el fantasma de Antonio Machado. Está indignado con lo poco que duran ahora las estaciones de los matices. Se queda el otoño en nada porque el verano abusón se amplía en demasía y le come su `principio. Se queda el invierno corto porque el calor exagerado acaba derritiendo sus pies. El cambio climático. Hay sobrados motivos ahora para pensar en los que lo están pasando mal, pero ayer por la tarde se acordaba este Duende lo horriblemente que deben pasar estos días de calor los osos polares, las focas y los pingüinos de los zoológicos.

-Lo comprendo, don Antonio- le dice el bloguero mientras se despereza en el balcón- Yo también soy de un tiempo en el que había `primaveras decentes.

-Nos estafan hasta en eso- deja caer en tono de enfado bemol mayor antes de borrarse definitivamente – ¡Y habrá gente contenta con este sartenazo a destiempo!…

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La habrá. Ayer escuchó este escribidor que hoy abrían las piscinas municipales de Madrid. Qué alegría.

-Pues yo me voy a pasar el fin de semana a Astudillo, provincia de Palencia –aclara el bloguero.

Parece una salida de Tono, aquel humorista surrealista que decía que se iba a la cama con dos vasos: uno lleno de agua por si despertaba con sed y otro vacío por si se despertaba sin sed. Es una salida de tono surrealista. Como la que pide esta extraña situación, casi increíble de puro absurdo, en la que, por unos motivos u otros, se despierta España cada día.

Otra teoría de la felicidad

Cerca del castillo de Monfragüe se puede elaborar otra teoría más acerca de la felicidad...1
He aquí otra manera de ver a la especie humana. Aquella que traza una divisoria entre los hombres que rematan y los que no rematan, los que hacen los deberes y los que los dejan a medias, los que buscan la perfección o al menos la excelencia y los que se conforman con un aprobado, un pasar, un vivir desflecado y según y como, vaya, vale, sigamos adelante y no me toque usted las narices con escrúpulos ni tiquismiquis propios de perfeccionistas. A vivir, que son dos días.

El amigo Rafael estaba claramente en la primera categoría. Era un modelo en casi todos los ratios que las suegras de antaño puntuaban para conseguir el yerno soñado. Seriedad, buea cabeza, voluntad, espíritu de superación, elegancia y exquisitos modales, buena presencia. Y un pedigree de familia acomodada, buena plancha y mejor colonia. Alguien le llamó la atención un día a este bloguero sobre lo reveladoras que eran las porterías de las casas de Madrid. No hacía falta que hablaran las porteras o los porteros, gremio que siempre ha tenido la fama de cotilla impenitente. Hablaba por ellos la atmósfera que se respiraba apenas se entraba en el portal.

-Portal que huele garbanzo o a coliflor, malo. Portal que huele a lejía, regular. Portal que huele a maderas, a cera o a Netol, buenísimo.

Luego aclaraba que esa observación maliciosa no iba en absoluto contra el espíritu evangélico del amor a los pobres.

Cristo dijo que los amáramos -precisó- y eso está bien. Pero eso no obliga en absoluto a ser feliz aspirando el olor a berza cocida.
El portal de la casa de Rafael seguro que estaba libre de esos pecados urbanos. El resto de los componentes de su personalidad no se sabe si vienen de los genes paternos o los maternos. La cosa es que dio en un tipo autoexigente y riguroso, poco dispuesto a conformarse con medianías. Pensaría que uno no tiene más que una vida para mostrarse. Fue un claro aspirante al homo perfectus.

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Ya cuando le conoció este duende había sin embargo en su biografía un dato chocante. Entonces la sociedad se había sofisticado, y ya no sólo queríamos ser felices, sino también guapos. A las mujeres de entonces les trastornaban los hombres altos y delgados, Gary Cooper y Gregory Peck a la cabeza. Rafael también era de raza fina, hombre deportista y sin apunte de tripilla, pero sin embargo era conocido como Gordo. Todo el mundo le llamaba Gordo.

Sorprendentemente, él, tan celoso de su imagen y de su autoestima, no esquivaba el apodo. Se diría incluso que lo defendía con un cierto orgullo, quizás consciente de que era el depósito de ternura y nostalgia del único momento de su vida en que fue rollizo y mofletudo, como un anuncio de Pelargón. Luego, viendo Ciudadano Kane, uno lo entendió mejor. Aquel magnate de la película muere con una palabra clave en sus labios que nos lleva a conocer el sentido de su existencia. La palabra es Rosebud, un enigma que vuelve locos a los investigadores hasta que descubren que tal era el nombre grabado en la madera del primer trineo que tuvo en su infancia el que llegaría a ser el hombre más poderoso de los Estados Unidos. Este, recreado en la película por Orson Welles, quiere recuperar al morir la única idea de felicidad pura de su vida, cuando lo tenía todo por delante, y todo aún por conquistar. Quizás quiso Rafael incorporar este sueño a su identidad, y llamarse Gordo para siempre aunque jamás un gramo de más afeara su percha. Gordo fue su Rosebud, y con ese trineo se deslizó por la vida en un slalom que seguramente facilitaría su búsqueda de la perfección.

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Gordo hizo una carrera brillante, y además tuvo la suerte de encontrar a una mujer como Luli,nacida Lucila, que con su encanto, su simpatía y su generosidad le dio aún más exuberancia a su vida. Además en uno de sus múltiples saltos adelante fue en Bruselas Director General Política de la Competencia, tal vez la nomenclatura que mejor le explica. De la competencia, o sea, del arte de competir. Pero también de todo lo otro que sugiere la polisemia de esta palabra: madurez, preparación, saber distinguir churras de merinas, priorizar objetivos, programar esfuerzos, saber vivir. Saber sobrevivir. Y, sobre todo, maña para superar obstáculos y proyectar al exterior una imagen de felicidad que, en los tiempos que corren, se recibe como un ungüento balsámico. Un triunfador prototipo puede llegar a molestar por su arrogancia. Un hombre contento, no. Un hombre contento estimula y reconforta el ánimo. Bienaventurados los Gordos que no cejan en su particular camino a la felicidad.

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Imagina uno que el aspirante a ser el homo perfectus es como un Karpov que sabe jugar simultáneamente varias partidas de ajedrez al mismo tiempo. En un tablero, su intimidad, el amor, la familia, los hijos, los nietos. En otro, su carrera profesional. En otro su papel en la sociedad que le ha tocado vivir. En otro, su dimensión humanista. En otro, el instinto de supervivencia, el saber ganarse la vida. En otro, su relación con los demás: amigos, compañeros, vecinos, colaboradores. En otro, piensa uno, su tira y afloja con Dios, o con cualquiera de esos sucedáneos que los hombres le hemos ido buscando a la idea de la divinidad…

Este hombre se asomó a todos los tableros, juega partidas en todos ellos y en todos, como poco, da jaque mate al desánimo. Como no debe de saber lo que significa perder, supo salir airoso de todas las lizas sin despeinarse ni perder la compostura. Si ha sufrido alguna derrota la ha sabido tan disimular tan bien que no ha dejado ni una sola cicatriz en su piel de hombre sonriente. Qué suerte la suya. O qué temple para saber lidiar con ella.

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Todas estas apreciaciones, a las que podría ponerse el correctivo de la amistad, le convencen a uno, aunque no le arrebaten. Lo que le llama la atención, y le gusta, y casi le enternece, es comprobar que a un hombre afortunado, como a él, lo que le hace vibrar e ilusionarse ahora es su circunstancia. Ya saben: la circunstancia de Ortega (no Ortega Cano, sino el otro, el de la calle, antes Lista). Podríamos precisar más: su circunstancia extremeña, pues fue en un lugar de Extremadura donde esta se le ha revelado. O su transformación eventual en hombre de campo, pues en él se refugia cada vez que tiene tiempo libre. O su circunstancia familiar, más esperanzadora que nunca ante una ristra de nietos a los que él enseña pacientemente a montar a caballo por los caminos mientras les va impartiendo lecciones elementales de naturaleza.

-¿Ves ese pájaro de colores tan bonito?…Es un abejaruco, que se llama así porque se come las abejas. ¿Y esa planta con la flor morada?…Se llama cantueso..,

Como un monitor celoso. Como un guardián que cuida al detalle su pequeño paraíso.

Uno ojo en el caballo, otro ojo en el pequeño jinete o la pequeña amazona. Y controlando al tiempo que el pequeño perro teckle de la casa no se escape y se meta entre las patas del caballo. Seguramente el amigo Gordo ha vivido pasos más importantes en su carrera. Pero ahora, en la tierra que él y Luli eligieron, y en la casa que construyeron, está viviendo los momentos más emocionantes.

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Uno fue invitado a su feudo y tuvo la suerte de verlo con sus propios ojos. Por si acaso, tomó apuntes para su propio futuro.

El tiempo corre, y los años del poder y del éxito –que fueron también los de la mayor responsabilidad- van quedando atrás. Entre las rosas del jardín y el encinar de la dehesa, rodeados por las crestas de la sierra de Las Corchuelas y bajo el techo mágico que ofrecen las noches estrelladas del parque de Monfragüe , Gordo y Lucila transitan ahora por un terreno más plácido y amable, jalonado de voces infantiles o presencias amigas. Tal vez sin darse cuenta, el hombre inquieto que buscaba la excelencia se acerca cada vez más a otro modelo de vida, próximo al beatus ille del clásico. Como decía el Quijote, mejor es el camino que la posada. No hay como no parar y seguir buscando en los valores y placeres más elementales de la vida para creer que la felicidad, que nunca acaba de llegar del todo, te está esperando sólo un poco más adelante. A la revuelta de esa curva, o más allá de ese cerro de encinas cuajadas en flor de primavera.

Yo soy dos tontos

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Yo era madrileño, y lo que he visto me ha hecho doblemente madrileño –piensa Homper mientras se afeita ante el espejo-Nacido en Madrid y hecho mayorcito en la comunidad autónoma de Madrid.

No sabía muy bien para qué había que ser de la autonomía de Madrid. A los de Madrid casi nos daba igual ser de Madrid que de Albacete. Aparte de los castizos de salón, pocos alardean de la condición de nacidos en el foro. Las más de las veces se nace en Madrid  porque hay que nacer en algún sitio, y aquí dejan nacer a cualquiera. Luego se vive, se pasea en primavera o en otoño por el Retiro o por los jardines de Aranjuez y hasta se le coge gusto a la ciudad y a la provincia.

Pero vino la fiebre autonomista, aquello de culo veo, culo quiero, y mariquita el último y hale, a inventarse una comunidad autónoma, una nueva bandera roja con estrellitas blancas, un himno que no conoce nadie y a sacar pecho. Además del Madrid de Carlos III, de Mesonero Romanos, de Chueca, de Arniches y de Gómez de la Serna, ahora teníamos el membrete de madrileños autonómicos. Jó qué gustirrinín, ¿no?

Aunque luego hablé con amigos que además de murcianos eran murcianos, otros que además de asturianos pasaban a ser ciudadanos del principado de Asturias, canarios duplicados por su autonomía y logroñeses que se sentían a gusto como tales, aunque ahora fueran riojanos, y me dijeron que no era para tanto.

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Ya se sospechaba que un gobierno central más diecisiete gobiernos autonómicos más diputaciones y ayuntamientos eran mucho mantel para tan poca merienda. No era cosa de hacer arqueología con el espíritu de Isabel y Fernando, ni nostalgia imperial del haz y las flechas, pero algunos se preguntaban si por aquello de las economías de escala no hubiera resultado más práctico seguir administrando los servicios esenciales de la comunidad nacional desde el estado central.

Ahora viene Esperanza Aguirre y reconoce una verdad palmaria: el estado de las autonomías se inventó para reconducir a los nacionalismos históricos e intentar mantener a Cataluña, País Vasco y Galicia en buena armonía dentro del estado español. No ha servido para eso. Item más: alguien decidió que café para todos y ahora, además de cornudos,  los gobiernos autonómicos nos han dejado arruinados.

Se veía de venir- dice Homper emulando al pueblo soberano- Como lo de una Unión Europea alegre y confiada, que derrama el cuerno de la abundancia sobre los pigs y no marcó desde el principio las normas de control sobre la economía de sus  miembros. Como el despelote de la banca, como la dictadura de los mercados…¿Pero no están para esas cosas los que dicen saber? ¿No se preparan para eso los  políticos? ¿O es que no se leen los papeles antes de ser elegidos por los que no sabemos de esas cosas?

Y recapitula el Hombre Perplejo: yo era español y ahora soy europeo, español, madrileño, doblemente madrileño y engañado.  O, como escribió Alberti en uno de sus poemas gamberros, Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos.

 

Los miradores de las casas de Cádiz

Miradores en los tejados de las viejas casas de Cádiz, donde se asomaban para ver regresar los barcos...

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Conoció Cádiz este bloguero de la mano de su amigo Félix, que le enseñó orgulloso los territorios felices de su niñez.  Y él le explicó una de las peculiaridades arquitectónicas de las antiguas casas de la Tacita de Plata.

-Mira-le dijo señalando una especie de garita circular que corona los  tejados más vetustos de la ciudad- Ahí se asomaban los gaditanos de antaño para  otear el horizonte y ver si llegaban los barcos que esperaban.

Ha esperado el Duende meses para escribir estas líneas. Y en ese tiempo, en el duermevela que precede al sueño y donde uno se balancea entre la realidad y la ficción, se ha visto varias veces subiendo de dos en dos los escalones que conducían a uno de esos miradores gaditanos para escudriñar el mar.

Normalmente el horizonte está nebuloso, ocultando entre sus brumas sueños y esperanzas. Pero  no lo puede evitar, siempre espera que cuando despeje la niebla aparezca en lontananza una figura que le devuelva la alegría. De pronto se dibuja en la grisura la silueta de un barco. Y poco a poco se puede distinguir una figura menuda que saluda desde el castillo de proa y sonríe. Ha valido la pena. Es Félix, vestido como esos marineritos  que cantaba Alberti  en sus poemas de juventud. Es el amigo, que regresa al puerto que le vio nacer.

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Marinerito. Félix fue siempre un hombre pequeño y enjuto que añoraba discretamente la claridad salada de su infancia gaditana. Andaluz intermitente, según le llevaba el destino del norte al sur,  genio risueño y zumbón, gran corazón constante en el tic-tac de vivir y, sobre todo, dejar vivir.

Tranquilo, pausado, viendo pasar el tiempo antes que anticipándose a él.

-La prisa no va con el señorío-pensaba.- Y el señorío no va con la prisa.

Debió de escuchar aquello de que la vida es un valle de lágrimas que nos contaban en el colegio como quien oye llover. Porque la alegría y la bonhomie le llenaban el alma.

-La guasa que tiene el niño- le jaleaban en Cádiz.

Todo tranquilo, con elegancia natural, sin descomponer la figura. La placidez le llenaba el alma. Quizás pensaba que no vale la pena vivir si la ansiedad te destempla  y arruga tu dignidad.

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Legendaria, para los que le conocimos, era esa anécdota que  de él se contó tantas veces. Si non é vera, é ben trovata.

Tenía Félix mucho apego a las sábanas. O no desmesurado amor al esfuerzo, por decirlo de otra manera. También tenía la suerte de haber nacido en una familia de posibles y, sobre todo, aficionada al buen vivir. Para eso disponían en casa de una servidumbre fiel y abnegada que tenía como principal obsesión la felicidad de los niños de la casa. Y el príncipe heredero de ese amor doméstico era Félix, Felisín para algunos, el señorito Félix en boca de la Tata y Pepa.

Pepa, una guapa moza antaño, era el ama de los fogones y el hada de la sartén. Y la Tata, que era bajita gorda y feúca como una cría de rinoceronte, pero entrañable, se cuidaba del niño tal que si en ello le fuera la vida. Al niño le había salido ya bigote cuando, por aquello del horario de las clases en la universidad, tocaba despertarle en horas para él inusualmente tempranas.

-Señorito, que son las ocho –le anunciaba  la doncella, cumplidora.

Se cuenta que el hombre abría un ojillo, se estiraba perezosamente y después sacaba a pasear un pie para que la Tata, diligentemente preparada al efecto, le enfundara un calcetín. No permitiera Dios que el niño se llevara el sobresalto de tocar con un solo dedo el frío suelo.

-Tata –fue la respuesta de nuestro amigo- Si me llamas a las ocho, no me digas señorito. Y si me dices señorito, no me llames a las ocho.

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No menos fama tenía la generosidad de la familia, que a medida que crecía Félix iba acogiendo en su casa amigos. Este bloguero fue uno de ellos. Se conocieron en la Facultad de Derecho. Ambos admiraban más a  Gila que a Justiniano. Y los dos  pasaron en aquellas aulas más tiempo riendo chistes y parodiando catedráticos que tomando apuntes.

Así se forjó la amistad más confortable y grata que el Duende ha hecho a lo largo de su vida. Un día  el Duende entró en la casa de Félix, donde a partir de entonces siempre hubo un plato y una cama para él. No había otro lugar mejor para dejarse caer sin tener que dar más explicaciones.

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La mar es muy grande, y no pide permiso para rebasar fronteras. El mar de Cádiz se desparrama. Inopinadamente, sin darse cuenta, se convierte en el Cantábrico sin dejar de ser el mismo. Eran los dos amigos ya padres cuando el Duende tentó a Félix para que pasara el verano a su lado. En una casina del monte, cerca de una playa asturiana.

Te fuiste, marinerito/ en una noche lunada/. Tan alegre, tan bonito/ cantando a la mar salada- deecía Rafael Alberti en su Elegía del niño marinero.

La mar de Cádiz es la mar de Asturias. Mientras los hijos de los viejos amigos jugaban juntos con la pala y el cubo y hacían  castillos de arena, la playa de San Pedro de Ribera se llenaba de la sal de Félix. Su desparpajo y su donaire peinaba las olas del bravo mar, que parecían romper más contentas. La mar de Asturias, que era la mar de Cádiz, se devanó aquellos años en las mareas más felices que recuerdan los veraneantes del lugar.

Y un poco más arriba, en el monte, Félix y Begoña se hicieron una casa para ellos, para sus hijos y para sus nietos. Y naturalmente, también para sus amigos.

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En esa casa cerca del mar pasó el Duende los últimos días del último verano de Félix, que aunque ya estaba  herido de muerte trataba de mantener la guasa y el señorío. Y a esa playa ha regresado este verano. Se escuchaba allí el fragor de las olas. Pero por encima  de ellas resonaba en el recuerdo la voz del marinerito de Cádiz.

¡Quillo, qué gracia tiene el jodío!– le coreaba la brisa.

Como la mar de Cádiz es la de Asturias, el Duende intentó repetir  lo del duermevela: escudriñar el horizonte y ver dibujarse sobre las brumas la silueta del amigo que regresa. Hoy hace justo un año que Félix murió. No es fácil que se embarque de vuelta hoy mismo, pues da la casualidad de que es martes y 13, y Félix, como buen andaluz, hacía de la superstición una religión.

Y sin embargo el Duende tiene la percepción de que Félix no sólo ha regresado, sino que  en realidad no se fue nunca. No lo podía asegurar hasta ahora, porque en las casas de aquí no hay miradores como los de las casas de Cádiz y no le  fue posible otear el horizonte. Pero se ha mirado en propia bodega del alma y ha constatado que su aliento navega con él.

Querido marinerito de Cádiz, amigo inolvidable, viento de vida y de alegría que alimenta nuestras velas. Sigue navegando tranquilo con los tuyos. Que a la Parca le haremos la pedorreta que recomienda Corintios: plantarse en jarras ante ella y decirle en tono chulesco. Oye, Muerte, ¿dónde está tu victoria?

 

El Duende de verano (9) Sorpresas en Edimburgo

Edimburgo ofrece más sorpresas que ver al reverendo Walker patinando sobre el hielo...

1. ¿Cómo imaginamos el mundo que no conocemos?

En sus jugosas memorias que tituló El tiempo amarillo, Fernando Fernán-Gómez cuenta cómo imaginaba la ciudad a la que iba a hacer su primer viaje desde el Madrid que le vio nacer. Se trataba de Zaragoza, y entonces es probable que el chico no tuviera a mano ni tan siquiera la postal del Pilar para darle una pista. Así que tiró de la fantasía y del deseo y se hizo a la idea de que Zaragoza era un paisaje idílico con casa como el que etiquetaba la tapa del conocido Queso el Caserío, que tanto le gustaba.

Yo creía que todo lo que no era Madrid era así –se lamentaba- Pero cuando mi madre me llevó a Zaragoza me encontré con que Zaragoza era asfalto, calles, casas, tranvías y y coches, como Madrid. Y me llevé una decepción.

Todos dibujamos mentalmente a priori los lugares que no conocemos. Y uno de los encantos del viaje es superponer el modelo real al boceto que de él traíamos en la cabeza. Es verdad que ahora hay infinidad de herramientas para hacer casi un viaje virtual antes de pisar el lugar elegido. Pero aún así siempre hay variables que acaban sorprendiendo al viajero: la topografía, la atmósfera, las dimensiones, la luz, el diseño y el color humano de la ciudad. Antes de pisar por primera vez Edimburgo el Duende se imaginaba un castillo en un roquedal, mal tiempo, los cien pipers  del whisky patrullando por las calles, señores vestidos como Sherlock Holmes y señoras que levaban al perrito a la peluquería y luego se reunían a tomar el te con las galleas de nata que venden todas las tiendas de souvenirs.

También barruntaba lóbregos museos decimonónicos. Y en ellos se exhibía el primer motor de vapor de Watts, el gabinete de estudios de Darwin con esqueletos de monos, pitecaontropus y de algún náufrago innominado de la época, y la pata de palo y el loro disecado de John Silver, como legado más elocuente de Robert L. Stevenson y de La Isla del Tesoro. El bloguero, al cabo, era tan primario como Fernando Fernán-Gómez en su tiempo amarillo. Aunque Edimburgo no resultó tan diferente de lo que pensaba como lo es Zaragoza respecto a la etiqueta de quesitos El Caserío.

2. Cuadros con singular encanto

El primer dato amable de Edimburgo es su tamaño. Da la sensación de que, a poco que te apliques, puedes ser allí algo más que un simple turista. Si el viajero tiene buenas piernas y le guía un espíritu curioso, tomará las medidas y se hará una idea general del estilo de la ciudad en un sólo día. Todo gusta, nada abruma. Y su tesoro artístico hasta parece diseñado para no aplastar por exceso la capacidad de sorpresa del pobre turista.  La prueba de ello es su National Gallery, un Prado en pequeñito que hace muy productivas las dos horas de atención que un viajero medio puede dedicar al arte si desea algo más que pasar ante los cuadros y contar sólo que los ha visto.

Siempre pone especial atención este viajero en el arte local que es difícil hallar en otros museos. Pero al margen de los paisajistas románticos  escoceses y de los retratos exquisitos de John Singer Sargent, hay dos cuadros de esta National que le hacen especial gracia al bloguero. Uno es la Vieja friendo huevos de  la primera etapa de Velázquez. Puro costumbrismo con la luz tenebrista de la España de los Austrias. ¿Se imaginaba el maestro cuando lo pintó que ese lienzo –la única pieza velazqueña de la colección- iría a parar a la lejana Escocia? Item más: ¿qué pinta esa ilustre sartén aceitosa en un país donde fríen los huevos con mantequilla? La vida caprichosa de los cuadros. El otro es El reverendo Robert Walker patinando, un insólito retrato de un ministro de la iglesia anglicana que en lugar de aparecer predicando o rezando disfruta deslizándose como Toni Sailer sobre las heladas aguas del lago Duddingston. El cuadro lo pintó sir Henry Raeburn en 1790. La que se hubiera armado en la católica España si en ese mismo año Goya hubiera  pintado al obispo de Cuenca  de tal guisa. Pero es lo que tiene el pueblo británico: aunque su soberbia le haga insoportable, su aprecio por la libertad y  su sentido del humor le hacen envidiable. Además, ¿dónde dicen las escrituras que un ministro de Dios no pueda patinar sobre el hielo?

3. Un paseo muy recomendable

Al oeste de Edimburgo, y sobre una montaña rocosa, se alza efectivamente el poderoso castillo que el Duende ya creía conocer sin haberlo visto. Lo que hacer fijarse en todos los cromos. No es agradable sentirse hormiga –algo inevitable en la capital escocesa, y más en el mes de su Festival– pero aún a riesgo de ello es recomendable recorrer la ciudad de oeste a este partiendo del castillo y bajando por la Royal Mile (una especie de calle Fuencarral con encanto), que parte del castillo y llega hasta Hollyrood Park.

Ahí, amen del Palacio y de un parlamento que es el obligado tributo a la arquitectura contemporánea, el asfalto se convierte en un muestrario de la misma naturaleza escocesa que acababa de disfrutar el bloguero en las Highlands. Además de verde para jugar incontables partidos de fútbol, de cricket o de rugby, y fantásticos caminos para la bicicleta, el parque alberga el lago donde patinaba el reverendo Walker, y una montaña en cuya cresta está Arthur´s Seat, que es como nuestra Silla de Felipe II, pero que en lugar de vistas sobe El Escorial, Madrid y la Sierra de Guadarrama abre un panorama excepcional sobre la capital escocesa y el estuario del río Forth  en el que se ubica.

Esto lo conocen todos los que han visitado Edimburgo alguna vez. No es tan popular un paseo delicioso que descubrió el Duende al norte de la ciudad, desde Stockbridge hasta el Museo de Arte Moderno. Ahí un severo edificio decimonónico acoge una estupenda colección de pintura que abarca desde el Impresionismo hasta nuestros días. El bloguero echó una mañana en el paseo y en la visita cultural. Pero tuvo la suerte de dar con una ruta boscosa y umbría que sigue el curso del río Lye y muere precisamente en la colina del museo, atravesando puentes por un curso de agua abundante que culebrea caprichosamente y alimenta viejos molinos. Algo asombroso, a veinte minutos a pie desde Princess Street. La colección, insiste el bloguero,  vale la pena. Aunque el placer del camino casi la deja en este caso en un lugar secundario. No es que la naturaleza imite al arte, como subrayaba Oscar Wilde. Es que cuando se muestra tan viva, tan fresca y tan vehemente, y a tres pasos de casa, simplemente lo supera.

El Duende de verano (3) Más batallitas de Escocia

Valles verdes, horizontes lejanos, largas caminatas, posadas solitarias...

1 No aprendemos nunca

Bernard Garel-Jones había servido al ejército inglés en La India antes de instalarse en España. Buscaba aquí un clima más beneficioso que la humedad de las islas británicas para los delicados pulmones de su esposa. Primero vivió en Canarias, para fijar después su residencia en Madrid y abrir a principios de los años sesenta del pasado siglo en la Plaza de Salamanca una academia de idiomas que se llamó La Casa Inglesa. Bernard no presumía de lince en los negocios, pero mantenía  que una buena escuela para aprender su idioma sería suficiente para que él y su familia se ganaran la vida.

-Los españoles no aprenden inglés nunca- mantenía-¡Nunca!

Pasaron por su academia muchos alevines distinguidos de la sociedad madrileña. Y cuando creían dominar a la perfección la lengua de Shakespeare, Bernard testaba sus conocimientos presentándoles un simple titular de un periódico británico: Bride to be strangled in  well.

Puede entretenerse el lector en comprobar su nivel de inglés tratando de traducir esta muestra de los jeroglíficos con que a menudo nos sorprende la prensa del Reino Unido. No es fácil, ya se avisa. Pero aunque Bernard exagerase, es verdad que los españoles no parecemos particularmente despabilados para los idiomas extraños. Compárese a este respecto la rapidez con que los numerosos futbolistas eslavos afincados en nuestro país aprenden el castellano. Tan cierta es nuestra torpeza para el inglés es como que este es un idioma escurridizo, veleidoso y puñetero.

El Duende reconoce que no habla ningún idioma extranjero. Sólo imita bastante bien su música, su sonido, y a fe que le gusta recrearse en ello. Pero es consciente de sus limitaciones cuando trata de entender cualquier película de habla inglesa que no esté protagonizada por actores de la escuela de John Gielgud, Michael Gambon, Ian Holm y otros maestros de la dicción. Sólo empieza a cazar la lengua de la calle cuando tiene que acabar su viaje, así que probablemente morirá, como otros tantos españoles, sin hablar nunca medianamente bien el inglés.

2 Buen tiempo en el Pico de los Españoles

Se entendía, no obstante, lo justo con su guía como para coincidir en que hacer senderismo por las Highlands escocesas bajo el sol,  a 19º y sin nube alguna en el amplio horizonte, fue un regalo. La suerte añadida es que en esas latitudes los días de verano son tan larguísimos que puedes subir montañas, perderte, vagar sin rumbo –como así fue- rectificar, dar con el camino perdido y regresar al hotelito para estar tomando una pinta de cerveza  a las ocho de la tarde. Y con tres horas aún de luz solar antes de comprobar, oh maravilla, que en el cielo escocés también pueden lucir las estrellas.

Todo esto ocurría en un lugar llamado Glen Shiel, un valle largo y verde, sólo pasto, brezo, helechos y casi totalmente desnudo  de árboles, donde se libró en el siglo XVIII una batalla entre los clanes escoceses que apoyaban a Jacobo III para el trono de Inglaterra y  Jorge I de Hanover que estaba en sentado en él y no estaba por la labor de cederlo. Por aquello de debilitar algo a la que ya pintaba como primera potencia del momento, la España de Felipe V decidió enredar apoyando a los revoltosos, entre los que, al parecer, estaba nada menos que el famoso Rob RoyY allá que mandó un pequeño contingente de soldados, esperando que con Jacobo como nuevo rey las cosas le fueran mejor a nuestra patria y recuperase así migajas de la hegemonía perdida.

Tristemente, a los aliados nos dieron para el pelo. Entre eso, y que el balance de víctimas no superó los cien muertos, nadie teníamos ni idea de que nuestros gloriosos ejércitos también habían peleado en  Escocia. Tampoco podíamos imaginar qué diablos pintábamos allí: cosas de la `política, igual que siempre. Glen Shiel se extiende de este a oeste. Los españoles se apostaron en una montaña que queda en el lado norte del valle, y que hoy lleva el nombre de peak of the Spaniards, único honor que les quedó a nuestros muertos en combate.

El viajero se enteró de todo eso tras haber coronado la cumbre, a la que se accede a pie, cómodamente, sin tener que ayudarse tan siquiera con las manos. Desde allí se divisaba un panorama hermosísimo. No sospechaba el viajero que hubiera tantísimas montañas en las Tierras Altas de Escocia. A vista de pájaro el panorama puede parecer el de unos pequeños Alpes verdes. Triste que los soldados españoles ascendieran hasta su pico sólo para morir o ser hechos prisioneros. De  haberlo sabido a tiempo, les hubiera dedicado una oración. Pobres compatriotas, caídos por la patria sin conseguir apenas mención en nuestra memoria histórica. Lo que le gustaría a don José Bono decir que la bandera de Ejjjspaña también hizo patria en Ejjjscocia. Lástima que todo quedara en otra batallita perdida.

Por cierto, que mucha novela de Walter Scott y mucho biopic heroico en el  cine, pero la Wilkipedia asegura  que Rob Roy salió de naja cuando lo vio todo perdido sin dar la cara, como se espera de un caudillo legendario. Así se escribe la historia. Eso sí: ¿sabemos quién cuenta la verdad?

3. Hoteles con el té en la mesilla de noche

La noche de la gran marcha por el campo de batalla, el profesor MacCrorie y este duende durmieron en Cluany Inn, único establecimiento hotelero en muchas millas a la redonda. La posada resultaba a primera vista tan solitaria e inquietante como aquel motel de carretera que regentaba Norman Bates.  Por dentro, como casi todos los hoteles modestos del Reino Unido, ambienta al viajero en una confortable atmósfera  de lavanda, perfume de margarina y de brown sauce y esencia de moho de libro viejo.

Las habitaciones de estos hoteles parecen a menudo decoradas por una prima de Agatha Christie estilista. No ha habido concesiones a la modernidad.  En ninguna habitación de ellos faltó, lamentablemente, la moqueta. Ni tampoco, afortunadamente, esa kettle con provisión de de te, chocolate o café soluble, a menudo acompañado por tres galletitas, para que el viajero pueda tomarse un primer desayuno o una discreta merienda en su habitación. Ese detalle le reconcilia a uno con la hostelería británica, manifiestamente mejorable en su cocina a partir de la hora del apetecible breakfast. Los herederos del Imperio han saqueado para sus museos pirámides, templos griegos y restos arqueológicos de medio mundo. Pero han sido incapaces de hacer suya alguna gracia gastronómica foránea que pueda alternar con su roast beef  con verduras hervidas y su sheperd´s pie. Supone uno que siempre se sintieron demasiado superiores como para admitir que otros puedan tener mejor gusto que el suyo.

En el cajón de todas las mesillas de noche siempre esperaba una Biblia. Al huésped de aquel Cluany Inn le hubiera gustado leer algún texto sagrado antes de dormirse, por si luego aparecía la madre de Norman Bates y le apuñalaba como a la bella viajera de Psicosis. Mejor tener algo que comentar con  Dios por si a uno le asesinan una noche de verano.  Pero no lo hizo: estaba tan cansado, que después de la ducha sólo pudo cerrar los párpados  y soñar que, entre el deporte, la naturaleza y la historia, había vivido una jornada inolvidable.


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