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Palabras de Candeleda para recibir al 2014

Candeleda, además de muchos encantos, tiene un habla propia muy curiosa...

Candeleda, además de muchos encantos, tiene un habla propia muy curiosa…

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Vida de quien ve pasar la vida en el campo. Algunas mañanas, no siempre, bajas a Candeleda por esa bonita carretera que serpentea hasta morir en el Santuario de Chilla. Cuando después de unos días de intensas lluvias remite el temporal, sale el sol y rompes la mañana, el espectáculo del paisaje limpio y brillante del Valle del Tiétar, con la Sierra de Guadalupe al fondo y los lomos de Gredos nevados a tu espalda es casi medicinal.

-Mírelo usted plácidamente y respire hondo –te recomienda ese doctor discreto que llevamos dentro llamado sentido común-  Es la mar de saludable.

No crees que sea tan saludable el café  con porras del bar Tenazas, pero te da igual. Ese es uno de los placeres por los que no te importará acortar en unas horas tu vida. Las porras del Tenazas son a tu juicio exquisitas, las mejores del mundo. Mojarlas en el café con leche después de haberlas rebozado con azúcar y sentir cómo ese goloso bocado inunda tu paladar y sacia tu jindama matinal es uno de los más importantes entre tus placeres  menos importantes. Tenían antes más tradición las de El  Topo, pero a ti te parecen más finas y crujientes las del Tenazas, en cuyo bar, además puedes hojear el Diario de Ávila y el Marca condecorados ya por alguna mancha de grasa. Eso le añade al desayuno un toque de bohemia popular muy estimable.

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El precio del café con leche con una porra en el Tenazas es de un euro con cuarenta céntimos, pero hay que aclarar que la longitud de la porra es aproximadamente como la verga de un teniente de Regulares en el culmen de su exaltación. Patriótica, naturalmente, y perdón por la comparación. Su desmesura contrasta con lo justita que resulta la taza del café, con lo cual el movimiento del brazo para el mojado de la porra tiene algo de suerte del volapié. Hay que subirlo con la porra en los dedos, apuntar a la taza y atinar con la puntita como quien clava el estoque en el hoyo de las agujas. Lo bueno es que en el Tenazas siempre cortas orejas.

Después te ajustas la taleguilla y te echas a la calle a hacer tus compras. Era el Paquiro en la calle/ un torero de cartel- tarareas recordando el romance popular. Podría pensarse que, pasadas ya las nueve y media, el pueblo bulle, pero eso era en otros tiempos. Las calles y las tiendas a esas horas están semivacías, porque en Candeleda ya casi nadie se levanta a jañiquín.

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Vida contemplativa y sanamente especulativa. A falta de grandes ejercicios físicos que ya no tolera tu espalda, a veces escuchas una expresión del habla candeledana y te diviertes especulando con su origen. Levantarse a jañiquín significa por estos pagos madrugar. El cómo y el porqué de este originalísimo giro debe de saberlo Nines Moreno Monforte, autora de un Diccionario del habla candeledana que recoge peculiaridades del lenguaje popular local. Nines es una mujer capital para la cultura de esta villa. Aparte de sus inquietudes lingüísticas es la presidente de la Coral Polifónica. Gracias a su entusiasmo –ha conseguido sacar patrocinios incluso de muchos comerciantes locales-  Candeleda ya no presume sólo del espléndido mosaico de azulejos de su Parroquia, de  sus porras, de sus gargantas, de su pimentón, de sus higos, de sus quesos y de esa capra hispánica de bronce erigida en la Plaza del Castillo (donde, por cierto, tú no alcanzaste a ver castillo alguno), sino de cultura musical. Antaño la figura del pueblo era Pedro Vaquero, fiel custodio y cantor del folklore popular lamentablemente desaparecido en plena juventud. Ogaño el pueblo también disfruta de Guerrero, de Mozart, de Barbieri o de otros clásicos. Y eso es en buena parte mérito de esta ciudadana inquieta, capaz de conciliar el amor al lenguaje  popular y a la música eterna con algo tan prosaico como atender a su carnicería.

-¿Y a ti cómo te va con tu coro? –te pregunta mientras despacha carne picada después de explicarte los ambiciosos conciertos que prepara su coral.

-Regular –le dices sin disimular tu envidia por su excelente gestión- Estamos preparando la Pasión según san Mateo de Bach, pero nos han echado de la iglesia donde ensayábamos y andamos como Jesús y María cuando buscaban posada.

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En estos momentos de desánimo y crisis está de moda flagelarse con los males de la patria. Por eso valoras este dato. Si a ti te dicen hace cincuenta años que la carnicera Candeleda es filóloga, y capaz de que el Requiem de Mozart llene el noble edificio de su parroquia, pensarías que estabas en otro país de los que entonces envidiabais. Esas eran cosas de Alemania, o de Francia, o de Inglaterra, o de los países escandinavos. De las culturas que nos deslumbraban. Ahora, que tanto nos duele España por sus recortes, sus carencias y otras miserias, también nos debería alegrar por estos detalles que dan otra medida del progreso.

Piensas que es bueno mirarse en Angelines y hacer de su  ejemplo un propósito para  el año nuevo. En 2014 habrá que levantarse a jañiquín y ponerse a trabajar para cumplir nuestras ilusiones. Por pura curiosidad, te hubiera gustado conocer la etimología de jañiquín. Pero tampoco sabes por qué la palabra concertina, que significaba  a) Violinista primera de una orquesta b) Acordeón en forma exagonal, designa ahora también a esa valla coronada de espinas y cuchillas que atormenta a las conciencias escrupulosas. Misterios del lenguaje que quedan pendientes para el nuevo año.

Que lo tengan ustedes tan feliz e ilusionado como lo cantará Nines, la polifacética y muy admirable carnicera de Candeleda

Habemus Papam…y más cosas

Al Paráclito se le puede pedir que no se limite a inspirar al Cónclave cuando hay que elegir papa, sino que nos saque de otros apuros...

Al Paráclito se le puede pedir que no se limite a inspirar al Cónclave cuando hay que elegir papa, sino que nos saque también de otros apuros…

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Sin duda los viajeros de aquel vagón de metro se alarmaron cuando un señor con  sombrero y gabardina se acercó a los asientos en los viajaban cómodamente cuatro ciudadanos. Los ciudadanos estaban a lo suyo, según el sexo. Dos del sexo masculino estaban hundidos en la profunda lectura del MARCA y el AS. Las dos mujeres leían sendas novelas de Matilde Asensi y de Roberto Bolaño. Por ese instinto de conservación del asiento conquistado, ninguno levantaba la vista. Ninguno debía de haber reparado tampoco en un hecho singular. Esos cuatro asientos estaban marcados con otros tantos símbolos de personas con derecho preferente al asiento: a saber mujeres embarazadas, ancianos, impedidos y tullidos de diverso género. Homper consideraba que estaba incluido en al menos dos de las categorías privilegiadas, pero si fuera por anciano no hubiera hecho  nunca lo que hizo.

Y lo que hizo fue lo siguiente. Se acercó a los ocupantes de esos cuatro asientos, se plantó ante ellos con los brazos en jarras, se abrió la gabardina y mostró algo singular en su cuerpo que causó sorpresa y un cierto escándalo.

-Lo que nos faltaba- murmuró una anciana acomodada en los asientos de enfrente.

-¡Es un exhibicionista! –denunció un viajero que iba de pie apuntándole con su dedo acusador.

-¡Sinvergüenza, cabrón!-gritaron otros.

Homper mismo confesó que, de haber observado la escena desde otra posición y de no haber sido él el protagonista del suceso, se hubiera quedado estupefacto. O perplejo, como dice su nombre. Pero la verdad es que se quedó dolido porque nadie hubiera entendido su reacción.

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Ocurrió que viajaban en el mismo vagón dos sacerdotes, reconocibles por ser de los pocos que aún se dejan ver por la calle con su alzacuellos de reglamento. Uno de ello llevaba en la oreja un auricular, mientras que el otro, que portaba una cartera de mano, inclinaba su cabeza hacia al anterior intentando captar la gran noticia que esperaba la cristiandad. De repente, al primero se le transfiguró la cara, y alzando los brazos proclamó sin el menor recato.

-¡Habemus papam!

El otro sacerdote alzó los brazos jubiloso y rodeó con ellos al portador de la buena nueva.

El Paráclito ha cumplido su función- sentenció en tono solemne mientras ambos daban rienda suelta a su alegría.

Medio vagón aún miraba a la pequeña trifulca que protagonizaba Homper con su presunto acto de exhibicionismo. Mientras que el otro medio miraba a los dos curas felices preguntándose seguramente quién era el Paráclito.

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Yo, como tú, como todos los de nuestra época que estudiamos en colegios religiosos, sabemos quién es el Paráclito- te explica Homper- O al menos deberíamos saber que es otra denominación del Espíritu  Santo, el nombre griego de la tercera persona de la Santísima Trinidad: el abogado, el intercesor, el maestro, el consolador, el ayudante…Se ve que el Padre y el Hijo se reservan para funciones más importantes y cuando hay que elegir Papa, que no deja de ser una cosa terrenal, envían al Paráclito. Pero claro, figúrate, la gente del metro, ni idea…

-Ya…-le respondiste tú- Pero hablando de la gente del metro…¿Cómo resolviste el numerito ese del exhibicionista?

-Muy sencillo: me volví al respetable y mostré que lo que ocultaba mi gabardina y mi chaqueta no era nada indecente, sino este puñetero corsé que me acredita como tullido con derecho preferente a asiento. A veces, pocas,  hay algún joven o alguna chica  bien educados que te lo ceden espontáneamente por consideración a tu edad, pero yo lo rehúso siempre. Cuestión de orgullo. Ahora, cuando estás jodido de verdad por culpa del corsé y no surge ese alma angélica….

-¡Qué mal rato!, ¿No?.

-No tanto. Luego le expliqué al personal que si el Paráclito no hubiera estado tan centrado inspirando al Cónclave para que eligiera a un argentino como Papa, no tenía duda de que  les habría inspirado a los usurpadores de los asientos reservados para que adivinaran que soy un impedido más y me cedieran el que ocupaban sin tener que hacer el número del exhibicionista. Si lo sugiere hasta su nombre: Paráclito, para ayudar a los que lo necesitan…No se por qué sólo recurren  a él en los cuadros del Greco y cuando hay que elegir papa nuevo.

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Procuras asimilar la historia que te cuenta Homper. Y agradeces que te haya recordado las funciones y hasta el pintoresco alias del Espíritu Santo. Pero aún sintiéndote tan identificado con él, y compartiendo su indignación por la poca delicadeza de algunos usuarios del transporte público y la fe en que el Paráclito te eche una mano si llegara el caso, te propones que aunque se te rompa la espalda de dolor nunca  te abrirás la gabardina en el metro para mostrar las vergüenzas que te afligen. Genio y figura, hasta la sepultura.

Cristiano y Cerezo se mosquean

¿Crisis? ¿Cambio climático? ¿Reforma laboral?...Lo que de verdad nos importa es el fútbol

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Reconoce el Duende que lo de que su Atleti le gane al Madrid le parece ya un imposible metafísico. Resignación y mirar a otra parte: tampoco hay quien redima a la especie humana de su cuota de estulticia congénita, y la cosa se acaba soportando.

Si hay una subespecie del hombre que el bloguero odie sin remisión es precisamente la del llamado hincha de fútbol ultra, que suele reunir en sus comportamientos necedad, mala educación, pésimo gusto y a veces (como cuando se burlan a coro de jugadores del equipo contrario muertos) auténtica crueldad. El Duende dejó de ir a los estadios por no sufrirlos.  Pero toda regla tiene su excepción. Borricos son los ultra del Madrid, como todos los de cualquier otro equipo. Pero sin embargo el pasado sábado tiraron de ironía y de sentido del humor y, sorprendentemente, desplegaron una pancarta que tenía su gracia. Su mensaje era: SE BUSCA RIVAL DIGNO PARA DERBY DECENTE.

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Derby es una ciudad inglesa donde se corría una carrera de caballos que debió de ser muy importante. Sin duda por el interés que esa prueba despertaba, de allí extrapolaron los comentaristas deportivos el nombre de Derby, que, por enfatizar, aplicaron a los partidos de fútbol entre los grandes equipos de la misma ciudad. Para los ajenos al fútbol: en el argot futbolero, un Madrid-Atlético es un derby, mientras que un Madrid-Barça es un clásico. Y el drama del Atlético de Madrid es que hace ya doce años que no le gana un solo derby a su rival, el poderoso epulón de la calle Concha Espina. En muchos ellos perdió merecidamente, pues ante los blancos solían borrarse de miedo o por simple desinterés, cosa muy de este giliclub de ciclotimias exasperantes. En el último partido sin embargo presentaron mejor pinta, hasta que los imponderables le dejaron donde solía. Qué manera de perder, que canta Sabina.

El caso es que por unas cosas y otras perdía, como de costumbre. Y en estas que en el fondo donde se alojan los ultras merengones  exhibieron la pancarta de marras. Sin duda, lo mejor que podía esperarse de esta fauna, pero lo  más humillante para  los ultras rojiblancos que carezcan de sentido del humor.

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Lo que sigue se puede contar así. Dos días después se encuentran en un acto Cristiano Ronaldo, delantero del Madrid, y Enrique Cerezo, presidente del Atlético, hombre encantador y educado que se distingue sobre todo por no comprometerse casi nunca diciendo nada notable. Cristiano está dolido porque fue objeto de una tarascada de Perea, un defensa rojiblanco de los que siempre se adjetivan como “bravos”, y no se muerde la lengua.

-Quedan réditos de las patadas que me dieron –le dice al presidente quizás mostrándole el tobillo hinchado.

-Vosotros también pegáis- replicó el siempre sonriente Cerezo- Y a la pancarta sólo le faltó añadir: el árbitro lo ponemos nosotros.

O sea, que se enfadaron.

 

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Un enfado no es noticia. Alfonso Guerra  y Bono se han enfadado estos días con la ministra Chacón. Granados se ha enfadado con Esperanza Aguirre por destituirle. Los autores se han enfadado con Tedy Bautista porque este no había repartido la modesta cantidad de 145 millones de euros  acumulados por la SGAE que probablemente les corresponden. Y en Madrid los comerciantes chinos se enfadan con el Ayuntamiento porque no les da licencia para vender bebidas alcohólicas, un filón ahora que la juventud está más desesperada que  nunca.

La noticia es que este rifirrafe futbolístico, que hoy reproduce MARCA en su edición digital, había  provocado a esta hora la  cantidad de …¡3.166 comentarios!

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El Duende estaba orgulloso comprobando que su post de hace unos días titulado Espejos rotos había recibido nada menos que 18 comentarios, gracias, sobre todo, a la oleada emocional que provocó la muerte de un perro surrealista llamado Bob de C´as Barber. Qué ternura la de aquel colaborador con el que contaba el Duende. Lo mismo hablaba del sol, del mar, de los higos dulsesitos, de la primavera o del sinvivir de los días, destilando en su lenguaje esencias de poeta. Pero se ve que, con ser importante su mensaje y triste la noticia de su muerte, aquí lo que de verdad interesa no es ni la crisis, ni el déficit ni el cambio climático. Y menos aún la poesía.

Fútbol, fútbol, fútbol, panem et futbolenses para el presunto homo sapiens. Lo demás y los demás somos mucho, o creemos serlo. Pero para qué engañarnos, al lado de Cristiano Ronaldo y demás pobrecitos del orbe futbolero,  no somos nadie.

El respeto y el respetable (*)

Chupón y algo chulito sí que es, pero en el fútbol hay otras faltas de respeto mucho más gordas que las suyas...

Ganaba el Madrid al Aleti 2-0, le llegó un balón en globo a Cristiano Ronaldo y el portugués insaciable lo dejó chocar suavemente por ese lomo que vale millones para pasárselo a uno de sus compañeros. Así, como diciendo: “ahí está mi clase, y si te picas me la refanfinfla”. Un notario invisible asegura que la reacción de Raúl García, no fue precisamente de alegría.

Si eso lo haces con 0-0- dicen que dijo el jugador navarro-te doy una hostia.

O sea, lo que en la jerga taurina se habría llamado “el quite del desprecio” no sentó demasiado bien. Y al día siguiente, nueva polémica estéril en las tertulias. ¿Fue un abuso del crack luso?¿Faltó al respeto que se debe mantener en el campo por el rival? ¿Merece Cristiano que se le odie aún más por ello?

Sin conocer las reglas de la “respetología” en el fútbol, uno confiesa que no lo tiene tan claro. Por la misma regla de tres, la destreza y la clase son ya de por sí una provocación y un desprecio. “Si tú me regateas, me haces un túnel, un sombrerito, una cola de vaca, una rabona o una de esas virguerías que enardecen a la hinchada, estás descubriendo que yo no puedo contigo y me estás  dejando con el culo al aire. Ergo me estás faltando al respeto, porque quieres decir al público que yo juego al fútbol peor que tú”, podría argumentar cualquier defensa ante el delantero hábil y buen driblador. Elemental, querido Watson.

Apurando esta pintoresca teoría, la lista de “faltones al respeto” es tan larga como la de artistas del balón a lo largo de la historia. Desde Gainza, Di Stéfano, Gento y Collar, a Garrincha, Pelé, George Best, Amancio,Cruyff, Maradona, Romario y ahora mismo, a Messi, Iniesta, Agüero, el propio Cristiano y otros virtuosos que hacen grande a este deporte, casi todos dejaron sentados de culo en el césped a multitud de contrarios. Y nadie decía que su superioridad técnica pretendiera humillarles. Uno de los goles más famosos de la historia del Madrid fue el de Marsal al Athletic (entonces Atlético) de Bilbao en 1957. El fino interior madridista –malogrado después por una lesión de rodilla- hizo nada menos que siete regates a Mauri, Orúe, Garay, Canito y al portero Carmelo antes de chutar a puerta y marcar un golazo que pobló de pañuelos blancos las gradas del Bernabéu. A la muerte de Marsal, el gran portero vasco rememoraba el lance reconociendo noblemente que aquel gol “fue una obra de arte”.Evidentemente, Marsal pudo chutar antes a puerta y marcar, y al Carmelo no le hizo demasiada gracia que le sortease dos o tres veces antes de consumar la suerte suprema. Pero superar al contrario y recrearse en ello con talento era un comportamiento de ley.

-Aunque las cosas cambien-matiza Amado, que siempre tiene algo que añadir al triste papelón de su Aleti en los derbis lo de la espaldinha no era para tanto. A mí, como a muchos, Cristiano nos parece un chulito y un chupón. Pero habiendo tantas faltas de respeto…

Y repasamos juntos las más habituales. Jugadores que mentan a la p… madre del contrario a la primera entrada. Árbitros que se hacen los suecos ante penaltis clamorosos que no quieren ver. Defensas kamikazes que siegan tobillos y luego, naturalmente, alegan que no era su intención lesionar a nadie. Entrenadores que hacen cambios innecesarios nada más que para perder tiempo y crispar al adversario. Vándalos que abuchean un himno, profanan los minutos de silencio, o lanzan al campo bengalas y cabezas de cochinillo. O simplemente, equipos que cobran mucho, juegan poco y se pitorrean de sus socios. ¿Tiene en cuenta el respetable esas otras faltas de respeto?

(*) Artículo publicado en MARCA el jueves 11. 11.2010, después de una nueva dolorosa derrota del Atlético de Madrid frente a su “eterno rival”. Qué le vamos a hacer.

Mi Bahamontes de cabecera

Medio siglo ya de aquel Tour de Francia que ganó Bahamontes

Medio siglo ya de aquel Tour de Francia que ganó Bahamontes

Los más viejos lectores de MARCA recordarán Marcelino pan y vino, primero cuento y luego película. Era un niño imaginado por José María Sánchez Silva que aparece abandonado a la puerta de un convento, se cría al amor de los frailes y, que,  además de fantasías en su cabeza, guarda en una cajita  sus tesoros particulares: el tres de copas de la baraja, unos botones metálicos de uniforme militar, un cepo para pájaros y una pata de gallina. Qué ternura, lo que podía ilusionar a un galopín de entonces.

Muchos años después, Amelie, la exitosa heroína de la película de Jean Pierre Jeunet, descubre bajo una losa de su cuarto de baño una cajita de hojalata. La caja contiene otros tesoros  guardados cuarenta años atrás. Entre ellos, un ciclista de plástico… ¡exactamente igual al que veneraba yo cuando Bahamontes ganó  el primer tour de Francia para España! Qué recuerdos.

Mi ciclista tenía su historia. En la década de los cincuenta sólo se podía seguir el ciclismo por el MARCA, la radio y el NO-DO. Para jugar a ciclistas, se juntaban las puntas de los dedos de las manos, se plantaban éstas sobre el terreno del patio del colegio y se trazaba una carretera en la tierra. En ella, percutiendo el dedo índice sobre las chapas bautizadas con nombres de ciclistas, se simulaba, golpe a golpe, la etapa del día. Para hacer más vistosa la carrera, compramos unos ciclistas de plástico que acompañaban el viaje de las chapas. Y así reproducíamos en miniatura la famosa “serpiente multicolor”. Ni el Scalextric, ni las  videoconsolas, ni  el IPOD  de moda habrán podido resultar tan apasionantes como nos parecía a nosotros aquel juego de niños.

En 1959 el abajo firmante pasaba el tórrido verano arrullado por las chicharras de los pinares de Arenas de San Pedro. Para bañarnos en el Charco Verde, había que subir por una carretera estrecha y tortuosa. Aquel mes de julio se barruntaba que Bahamontes, el Aguila de Toledo, ya varias veces Rey de la Montaña en el Tour, podía subir al podium del Parque de los Príncipes luciendo el anhelado maillot amarillo. Qué emoción. Nosotros seguíamos jugando a las chapas y sudando la gota gorda a lomos de una bicicleta Orbea. Pero algo sublimaba nuestro esfuerzo. En realidad, aunque íbamos a bañarnos, creíamos coronar, con Federico, el Puy de Dôme o el Galibier. Resoplábamos como cerdos conducidos a la matanza, y llegábamos al río Pelayo exhaustos. Era el precio de querer ser copartícipes de la hazaña.

Supimos que ésta se había consumado porque un domingo, al regreso, paramos en  el pueblo y los padres, que nos esperaban allí y que normalmente sólo invitaban a un vaso de gaseosa y patatas fritas, aquel día se estiraron y nos pagaron una Coca-Cola y unas gambas al ajillo. O sea, el despiporren. Lógico: un tipo enteco y renegrido que se había forjado en carreteras como las nuestras era el primer español en ganar el mítico Tour de Francia. Ese mismo día cogí mi Bahamontes de plástico que tantas metas había había cruzado de mi mano, y utilizando un pincelito de esmalte de uñas le pinté el maillot amarillo con el que ya pasaba a la historia. Puede parecer ridículo, pero durante años figuró en mi mesilla de noche junto a la Virgen de Fátima fosforescente que velaba mi inocente sueño. Dios, su madre y “el Aguila de Toledo”, todos me parecían la misma inmortalidad.

Se lo diré el martes, cuando acuda al merecido homenaje que le va tributar MARCA por el medio siglo de su proeza. Al igual que el niño de Amelie, perdí con los años a mi ciclista de juguete, mi Bahamontes de cabecera. Pero como compensación habré podido saludar al hombre que hace medio siglo se convirtió en el primer mito de nuestro ciclismo.

Un nuevo amigo del colegio

Uno nunca acaba de saber cuántos amigos hizo en el colegio...

Uno nunca acaba de saber cuántos amigos hizo en el colegio...

Motivo de estupefacción tres mil tropecientos sesenta y dos, que diría Homper. (La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, cantaba Pedro Navaja). Sábado tarde. Hora en la que la breve siesta de sofá se empieza a desflecar. Suena el teléfono y Homper recibe una llamada a la que atiende medio aturdido. No es una voz inmediatamente reconocible. Consciente de ello, el que llama se identifica.

-¿No me reconoces?-dice  la voz desconocida- Soy Rodri.

Repasa mentalmente los rodris de su vida. Olivella, Rodri, Gracia, defensa central del Barcelona de los años sesenta. No puede ser, sólo le conocía de los cromos. Rodri. Melo, Ovejero, Calleja…Portero del Atlético de Madrid más o menos de la misma época. Tampoco puede ser, entonces el Duende ni siquiera escribía en MARCA. Jose Manuel Rodríguez, Rodri, antiguo compañero de RNE, el que acompañaba a Fernando Argenta al inicio de Clásicos Populares. Raro, raro, nunca pasamos del colegueo laboral. Poco probable.

-¿No te acuerdas?…-acude al quite la voz aún sin cara- Nos vimos por última vez en la boda del hijo de tu primo José…

El Duende se cae del guindo: es Rodri, el del cole. La memoria es escueta cuando archiva. Más bien menudo, de piel y ojos claros, pero inconfundible por su espesa cabellera rizada y por ser figura del equipo de jockey sobre patines. No era de su misma clase, sólo de su promoción. Y en cuarenta y cinco años no se habían visto más que en dos ocasiones. La primera  le salvó de un apuro ofreciendo su coche para transportar al Duende a una cita importante, a la que no hubiera llegado de otra forma. Al Duende le sorprendió tanta amabilidad, pero Rodri le explicó que había intimado con él escuchando la radio. La segunda vez fue en la citada boda.

-Te dije entonces que me encantaría invitarte a mi casa de Sanjenjo este verano –recordó Rodri- Y te llamo para que hagas un hueco en la primera semana de agosto…

Sorpresas te da la vida, que cantaba Pedro Navaja. En la misma semana primero llamó Pedro Chicharro, que sí era de su clase, y con el que jugaba a las chapas y al fútbol. Era para invitarle a los toros  y a cenar con su mujer Etel en una terraza madrileña, donde repasaron divertidos los hilvanes de tan antigua amistad. Y luego, además, llamó el amigo agazapado durante tantos años. Enésimo motivo de estupefacción de los que definen a Homper, acrónimo del Hombre Perplejo: nunca sabes dónde tienes un afecto pendiente, ni cómo ni cuándo te va a aparecer. De la conversación en aquel último encuentro, que no era sino el segundo o el tercero en casi medio siglo, el Duende dedujo que Rodri era un hombre de principios, un tipo feliz y encantado de la vida.

-Yo todos los días doy gracias a Dios por casi todo –le dijo al Duende al despedirse mientras un operario de la limpieza retiraba el cubo de la basura del portal de su casa- Por el trabajo, por la familia, por las estrellas…¡Y hasta por este buen hombre que nos limpia la calle!

Y Rodri se echó a reír mientras abrazaba a su compañero de colegio.

El Duende, más escéptico –y aún más en tiempos de crisis- da gracias, sobre todo, por seguir haciendo amigos imprevistos a estas alturas de la película.

El síndrome QPA

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A menudo, uno se pregunta con cierto desasosiego: ¿qué pinto yo aquí?..

El sedicente filósofo Valdovino de Los Yébenes, harto de que los maestros  clásicos le hubieran pisado el terreno especulativo en los grandes incógnitas del pensamiento humano, preparaba una ponencia sobre Minucias que propician la Angustia Existencial. El propio nombre de minucias excluía el pesimismo, tan machacado por Schopenhauer, y la naúsea de Sartre. Quedaba muy poco académico, pero en realidad se trataba de insignificancias, percepciones de finísimos matices, naderías, vulgo chorrradas: pequeñas circunstancias que cuando se viven no le impulsan a uno a precipitarse por el Viaducto, meterse una infusión de lisérgicos o hacerse el harakiri con el cuchillo jamonero, sino a pasar un mal rato posiblemente evitable. Jó, qué marrón es filosofar.

Lo más trabajoso no era enumerar esos pellizcos de desasosiego íntimo, sino jerarquizarlos. Soportar el vuelo de una mosca a nuestro alrededor mientras estamos a punto de sucumbir a la siesta, y no sabemos, por tanto, si aterrizará en nuestra nariz o elegirá otro rumbo y nos dormiremos. Qué horror. Sentir que una persona  apreciada por nosotros  nos quiere hacer una confidencia muy, muy cerca, sin saber que le huele el aliento. ¿Es peor o mejor que aquello? Ver que se te escapa el autobús mientras un ciego reclama justo esos treinta segundos que necesitas para que le ayudes a cruzar la calle. ¿Cómo decidir correctamente? Engullir una croqueta exquisita  a mediodía, cuando suspiras por ese preciado manjar, y morderse la lengua de la manera más tonta. ¿Cabe más desatino? Descubrir un moco asomando por la nariz de esa cara que, hasta que te acercas, deseabas besar ardientemente. ¿Qué es más angustioso?-se preguntaba Valdovino. ¿Qué más estúpidamente molesto para el alma que quiere vivir serena?

-Pues no te pierdas el Síndrome QPA- le dijo el Duende a Valdovino mientras, después de mojar el dedo en el café, escribía una gran interrogación sobre el mármol del velador.

-Cuéntame, cuéntame los síntomas-inquirió el pensador mientras sacaba su libro de notas.

-Verás…Yo escribo en MARCA. Podría escribir en una revista de poesía, en el Calendario Zaragozano o en el Anuario de Actuarios de Seguros, pero sólo MARCA se ha interesado por mis letras. Me invitan a todos los actos que organizan. Esta semana, un coloquio con Fernando Torres y una Gala Fútbol Draft 2009 en el Estadio Santiago Bernabéu. Yo no entiendo casi nada de fútbol, y no sabía qué es un draft: en el diccionario, borrador/ Llamamiento a filas. O sea, selección de jugadores jóvenes, fomento de la cantera. Voy por cortesía, sin saber a qué voy. Me reciben azafatas encantadoras y guapísimas. Me cuelgan una identificación de congresista. Me acompañan por las gradas vacías hasta el campo, donde entregan unos premios y hay una cena. Sobre el verde, mucha gente. Juveniles, entrenadores de juveniles, padres de juveniles, federativos, directivos, redactores deportivos, árbitros: no conozco a nadie. Miro a mi alrededor: nunca había visto ese inmenso coliseo desde el centro del campo. Sigo sin ver  a nadie conocido. ¿Qué pinto yo aquí? Por disimular, saco el móvil del bolsillo y hago como que llamo. Empiezan a sacar bandejas de aperitivos. El jamón está buenísimo y yo estoy hambriento. Con la misma mano que sujeta el teléfono, cojo una loncha de jamón y un piquito de pan y me lo llevo a los labios disimuladamente antes de continuar la falsa conversación. Me muero de vergüenza. ¿Qué pinto yo aquí?, me repito. Y de repente veo que todos los asientos vacíos se han llenado de madridistas que, como los romanos implacables, me señalan desde la grada coreando su sentencia con el  pulgar hacia abajo: Duende, gorrón/ ¡No comas más jamón!/ Duende, gorrón/ No comas más jamón!…

Brillaba la media luna en lo alto. Añadió el Duende que nunca se sintió más absurdo y más observado. Y Valdovino de Los Yébenes también anotó en su libreta que, en vista  de que no bajaba una Superwoman que le rescatara de tan enojosa situación, el pobre Duende, víctima sonrojante del síndrome QPA, huyó despavorido del estadio como ese defensa que acaba de romperle la tibia al ídolo local y quiere librarse de la ira de las turbas.


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