Posts Tagged 'Navidad'

Bis – 25 razones para sonreír en Navidad

(10 de diciembre de 2008) 

No sabe si es por el obsesivo imperio de la razón o por su tufo cristiano. Pero de un tiempo a esta parte, se ha puesto tan de moda denigrar la Navidad, que ha creído oportuno iniciar un alegato en su defensa. Éstas son las primeras veinticinco razones por las que la va a recibir tan contento.

 

Porque en este tiempo las noches son más largas y así se ven más luces.

Porque hace frío y apetece arrebujarse en la cama, dormir y soñar.

Porque le cae bien el Mesías, y si no fuera cierta su historia, estaría bien traída.

Porque alguien volverá a recordar a Dickens y a su Mister Scroodge.

Porque darán por la tele ¡Qué bello es vivir!

Porque se encienden las chimeneas, y las volutas de humo dibujan ángeles en el cielo.

Porque vuelve a olfatear el corcho y el musgo.

Porque se acuerda de una lavandera que era la figura más guapa de su nacimiento.

Porque damos importancia a los pastores, que se pasan la vida apacentando soledades.

Porque mira los escaparates y de cada uno de ellos fabrica un sueño.

Porque se junta con sus hermanos, y las cenas de Navidad siempre acaban pareciendo películas de Woody Allen.

Porque pasan los años y aún se le humedecen los ojos cuando escucha el villancico de «Los campanilleros».

Porque se han vuelto a poner de moda los polvorones.

Porque si el niño Jesús tiene fiebre, está el nieto de sus amigos Félix y Begoña para la suplencia.

Porque las mujeres se ponen muy guapas para las fiestas.

Porque a alguien le va a caer el Gordo.

Porque le encanta el aroma de pavo asado con oporto que inunda la casa la tarde de nochebuena.

Porque, aunque se le fueron hace años, los padres y el hermano Carlos siempre vuelven a casa por Navidad.

Porque ha nevado.

Porque Bing Crosby cantará «Navidades blancas» sin que este año sea un cuento chino.

Porque, aunque cueste creerlo, en Navidad resplandece mucha buena gente.

Porque sigue buscando con ilusión la estrella de Oriente.

Porque tiene tres reyes magos y cuatro nietas mágicas.

Porque, si tiembla el misterio, es de la emoción…

 

(Pueden continuarlo ad libitum los lectores.)

Platero y el encanto de los burros

Las burradas del género humano son noticia siempre. Los cien años de un burro tan entrañable como Platero, sóloahora...

Las burradas del género humano son noticia siempre. Los cien años de un burro tan entrañable como Platero, sólo ahora…

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Juras que nadie te programa para poner tu atención sobre todo en naderías, en cosas insignificantes de la actualidad. Pero despiertas, lees los periódicos mientras tomas tu primer café y entre tantos noticiones, escándalos y datos escalofriantes que ilustran la crueldad y, sobre todo, la estulticia del género humano, te quedas con una que te causa especial indignación. En Lucena, provincia de Córdoba un mozo quiso divertirse a costa de un buche que hacía su papel en un belén viviente. La gracia consistió en subirse a sus lomos, sin tener en cuenta que en este caso el peso del jinete rebasaba los cien kilos. El pobre borriquillo murió por aplastamiento. El burricida puede ser juzgado por mal trato a los animales: la memez no está tipificada como delito.

Da casi vergüenza este memento de burros difuntos cuando acaban de ser asesinados ciento veintiseis escolares en Pakistán, y el mundo sigue campando por sus respetos (más bien debería decirse por sus faltas de respetos). Es uno más de los absurdos nuestros cada día, qué le vas a hacer. Desde que en tu infancia leíste Platero y yo y las deliciosas Memorias de un burro de la Condesa de Segur siempre sentiste debilidad por los burros.

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Te imaginas que eres millonario y pujas por uno de los dos Renoir que salen a subasta. Uno de ellos es un paisaje en que culebrea un camino flanqueado por chopos. El otro es exactamente igual, pero con una diferencia: por el camino va un borriquillo. La crítica subraya que el primero es mejor lienzo, pero aunque el precio de salida es idéntico tu levantas la mano hasta adjudicarte el Renoir con burro. La pintura no diferirá tanto, y sin embargo el cuadro que te llevas inspira, vida, sencillez, ternura. Todo gracias al jumento.

También recuerdas un día de playa en Hydra, una bonita isla del Egeo. Tú eres poco playero, y menos en una cala como aquella, que era un puro pedregal, así que te sentaste en un sillón plegable y te embarcaste en la lectura de una novela tan original como apasionante, La vida instrucciones de uso. Sólo te distraía de su lectura la presencia cercana de una pequeña burra atada junto a un chiringuito aguantando pacientemente la terrible solanera. La complicada trama de la novela absorbía casi toda tu atención, pero de cuando en cuando no te podías reprimir, te levantabas y te acercabas a la borriquilla para ofrecerle los higos caídos que recogías de una higuera cercana o para darle de beber en un cubo. Te daba pena ver a la pobre burra resignada a su suerte mientras los bañistas se refrescaban y tú volabas gracias al genio de Perec. El burro, un símbolo para el Opus Dei y para Cataluña, no sabes muy bien por qué (los del Opus hablan de su humildad, los catalanes -ante todo la diferencia- de que hay una raza de asnos autóctonos, aunque esta especie abunde en cualquier parte del mundo). Te cae simpático, te retrotrae a la infancia, te evoca paisajes bíblicos: en el nacimiento que ponía tu madre había un burro. No tienes apenas sitio en el tuyo, pero si se lo haces y encuentras un pollino a escala apropiada entre las figuritas del mercadillo de la la Plaza Mayor te lo llevarás a casa. Todavía te puedes permitir algún capricho sentimental.

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Un capricho sentimental, algo así es el Platero y yo prologado por Andrés Trapiello, que publica ABC en una bella edición. Te llama la atención que tu admirado escritor de referencia pondere no sólo la calidad y la oportunidad del relato de Juan Ramón Jiménez, que cumple en estas fechas el primer siglo de publicación, sino también el refinamiento de las ilustraciones y de la tipografía de esta edición facsímil. Andrés Trapiello es un infatigable y exquisito escritor, poeta, prosista, ensayista, observador de cualquier cosa que roce la sensibilidad. Pero también un obseso y un erudito de la tipografía, arte a la que dedica una extraordinaria atención. Lo recuerda en una de sus últimas entradas de su blog Hemeroflexia, en la que no se le caen los anillos haciendo publicidad de esta pequeña joya bibliográfica que sin duda es un excelente regalo de Navidad para los que ya creen tenerlo todo. La joya tiene un precio de menos de veinte euros, y a ti tampoco te da vergüenza pregonarlo, porque te gusta la poesía de Juan Ramón, te asombran todos los registros del prologuista y te encantan los burros. Más que por humildad, porque en el fondo debes de ser muy simple.

El Duende necesita ayuda

Vanitas vanitatis...El bloguero también se ha hecho ilusiones de que alguien leería un libro suyo

Vanitas vanitatis…El bloguero también se ha hecho ilusiones de que alguien leería un libro suyo

(Mujer leyendo, de Alexander Deineka)

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Pasan más días de la cuenta sin que alimentes este blog y no sabes cómo remediar tu anemia literaria. Quieres imaginar que a los escritores de verdad también les sucede: cada día que ven sus cuartillas vacías o su ordenador abierto con la página en blanco les inspira más respeto la labor de escribir bien, y  más y más pereza volver a hacerlo  sin un rumbo cierto. Para qué, si ya está todo escrito. Para qué si las ideas que se te ocurren son bengalas efímeras. Para qué, si nadie te reclama la columna. Para qué si hay tanto por ver y por disfrutar lejos de la soledad de tu difícil idilio con las palabras.

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Hace unos meses te dio una especie de ataque de vanidad intelectual producto de aquella educación recibida de tus padres, cuando la cultura no se había desparramado y seguramente trivializado. Se consideraba entonces que un libro era una cosa importante. Un hombre tenía un hijo, plantaba un árbol, escribía un libro y la sabiduría popular entendía que había colmado sus ambiciones. Ahora es cierto que hasta Belén Esteban ha publicado el suyo, casualmente titulado Ambiciones y reflexiones. Belén Esteban no debe de ser Erasmo de Rotterdam precisamente, pero un libro publicado algo tendrá para que se arriesgue el editor. Tu amigo Homper, que una vez más se sorprendió al enterarse de ello –como si no supiera que los frikis también escriben- fue el que te puso los perros en danza.

-Pero si Belén esteban tiene su libro –te dijo-…¿por qué no rastrillas entre las historias de tu blog para hacer tú el tuyo?

Luego, en un arranque de realismo te quiso evitar el sonrojo de aquel plumista de antaño que peregrinaba inútilmente de editorial en editorial tratando de cumplir su sueño.

-Además…¿para qué se ha inventado la autoedición?

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El pato lo acabó pagando la periodista Begoña Ortúzar, tan excelente en su oficio como generosa en su sentido de la amistad. Begoña era la directora de la revista Casa y Campo. Lo fue hasta que la consabida crisis y las malas artes de un tipo de comportamiento, si no oscuro y fétido como la mierda, sí al menos tan marrón como su apellido, la puso de patitas en la calle en las condiciones peores que se pueden esperar de un empresario digno.

Begoña es tan válida que, a pesar de ello y de que su edad no es la más fácil para el reciclaje, ha sabido reencontrar su camino. Mérito infinito el de esta estupendísima y orgullosísima abuela, al que hay que añadir el de aceptar el encargo que le hiciste de peinar EL DUENDE DE LA RADIO desde sus orígenes y entresacar de su verborrea algunas historias o pequeños ensayos que pudieran vertebrar un pequeño libro. Tú aún no le has pagado ese inmenso favor. Pero Dios sí lo ha hecho, al menos en parte: su nieto Tomás le ha salido del Atlético de Madrid.

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Cumplida la primera parte de tu proyecto vino la siempre desagradable bofetada de la realidad. Al revisar los escritos que Begoña te había seleccionado, se te cayeron de las manos. Lo que cuando subió como post al blog te parecía una observación oportuna o una historieta graciosa, ahora te sonaba a cuento ñoño y esaborío, literatura tan menor y prescindible que hacía pretencioso cualquier intento de encuadernarla aunque fuera con el modesto título de Para leer en el cuarto de baño.

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Ahora andas sobe las palabras desmotivado y despistado, sin saber ni qué terreno pisas ni qué camino seguir. Sobre todo, se te hace un mundo recorrer marcha atrás tu propia estela de letras escritas al desgaire, como las piedras tontas que tiraste al agua cuando no tenías nada mejor que hacer. Begoña cree humildemente que algo de aprovechable hay en el material seleccionado, y que sólo tendrías que limpiarlo de menciones concretas referidas a los sucesos o anécdotas del día que se subió el post y buscar un hilo conductor que justifique el título. María de la V., la amiga que hace dos posts regeneró a Drácula cree en eso que ahora se llama la transversalidad, o sea, el duende que respira en posts/relatos, posts/ensayos o posts/chorradas que, al cabo, según su parecer, sigue siendo el mismo. A ver quién le pone el cascabel ese gato.

Tú te aferras por primera vez a lo que te recomendó tu hijo Juan.

-Un blog tiene que interactivo- te dijo.

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Y apelas a la interactividad para pedir ayuda. Sean buenos: si aún quedan lectores por ahí y les divierte, y pueden perder unos minutos, que hagan memoria y dejen algún comentario citando algún tema, o título, o fecha de algún cuento, o relato, o artículo, o pieza indescriptible que les llegó a través de este blog y les hizo gracia, y que crean que merece la pena seleccionar. El hilo conductor del libro será pues el que marquen los amigos del Duende de la Radio, a quien él mismo dedicará, a modo de homenaje el escrito elegido.

Es una idea. Para ahorrarle el mal rato de tener que repasar todo lo escrito y, de paso, para ayudarle a sentirse tan orgulloso de publicar como Belén Esteban. Ya saben, se acerca la Navidad y es tiempo de las buenas obras.

Una cagada en la niebla

De repente el Duende piensa si no será que que una densa niebla en el cerebro nos ha impedido distinguir la realidad del sueño...

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Pero lo que están hablando en Bruselas…¿es bueno o es malo?

El Duende reaccionaba como un niño. Todo invitaba a eso. Había paseado por Madrid, el día claro y luminoso, aparentemente alegre, los escaparates tentadores, atiborrados de colorido, el personal desmelenado, llenando los parques, los museos y las calles de turistas, curiosos y parados estacionales o permanentes con derecho a la ilusión más barata, que es pasear e imaginar qué harían si en lugar de víctimas del sistema fueran ricos y pudieran rendirse al becerro de oro del consumo.  También el día de las Conchitas, de la Inmaculada, que antes era muy importante, pero que ahora sólo es una pilastra de un puente con carteles por la calle de una Vigilia que uno nunca ha sabido qué es exactamente y cómo se celebra. Por cierto, ¿Dónde están las Conchitas? Antes abundaban, Conchita era un nombre muy de niñita bien vestida de nido de abeja, pero también de pastelera, de secretaria, de manicura, de modista o de profesora de piano. Ayer el Duende, que está sobrado de tiempo para la cortesía de felicitar, tiró de agenda y sólo dio con cuatro Conchitas conocidas, todas ellas más bien Conchotas. No por el volumen, sino más bien por la edad. La Cintrón, Concha Espina, la gran Conchita Montes, la Velasco…Ahora tendrían que llamarse Lía, Vanessa, Seila, Oyanta, qué se yo.

Y cuando anocheció, las luces de Navidad de las calles –geometrías laicas, como si la fiesta se celebrara por unos Juegos Olímpicos o por designación de laUNESCO. Todo invitaba a sentirse confuso y esperanzado como un niño. Un paréntesis de fiesta tan largo inyecta molicie y desliza el alma a la ensoñación, y al Duende le dio por ver el cactus  de la realidad como si fuera una rosa aterciopelada o por lo menos una pompa de jabón flotando en el aire.

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Se puso en carretera a las ocho de la tarde, y en  su alma palabra que latía una cierta ilusión infantil. Pero las noticias le pusieron un nudo en la garganta. Sarkozy hablaba de que Europa estaba a punto de explotar. El duende imaginaba que Alemania había invadido otra vez Polonia, y que los Aliados volvían a declarar la guerra. Otro Apocalipsis ( por cierto, qué pena que esta serie no sea obligatoria para todos los que tienen menos de cincuenta años, para que de una vez por todas se enteren de lo peligroso que es coquetear con cualquier totalitarismo).

Y entonces, a la altura de Talavera, se abatió la niebla. Puré de nubes bajas que le sumieron  a uno en otra croqueta sentimental distinta, la de la confusión fascinante, porque la niebla le abstrae a uno de lo terrenal, le mete en un túnel que no sabe si acabará en el más allá  o en una barranca, y eso despierta al mismo tiempo terror y esperanza, una cierta emoción, como la que cuentan los que han estado a punto de morirse y ven la mágica luz al final de la gatera por la que se les escapa la vida. Niebla densa, de las que ciega cualquier referencia, y más en una carretera comarcal, donde los trazos de pintura se han desleído. No hay mal que por bien no venga: en esa metáfora encontró el Duende el retrato ideal del momento. La crisis era chafarrinón de niebla que envolvía el mundo. En la niebla nadie alcanzó a ver las causas de esta catástrofe económica, la niebla obnubiló a los padres de Europa, que no cayeron en el pequeño detalle de que o se sientan reglas firmes y criterios rígidos en el club o esto sería la Casa de Tócame Roque o el Puerto de Arrebatacapas (por cierto, existe, al este de la provincia de Ávila). La niebla cegó a los economistas, a los líderes políticos, a los banqueros y, como no, a los hijos del estado del bienestar, que mientras funcione el cuerno de la abundancia jamás se preguntará de donde manan los dineros mágicos. La niebla total.

Una necesidad la tiene cualquiera, y más en un viaje que se alarga por falta de visibilidad. También tiene su encanto hacer pis en la niebla: se puede imaginar que del fondo aparecerá un zombie, o el enigma de otro mundo, o una hada, o el ángel de la guarda, o Frankestein buscando a su niñita para ser bueno con ella. Pero no, fue un trámite sencillo, sólo aliviarse, sentir la caricia húmeda de las microscópicas gotas de la nube y sacudirse los anticipos del sueño que empezaba a acechar al conductor.

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Lo malo vino después. Otra vez en el coche, sorteando las curvas de la comarcal a paso de tortuga, la fina pituitaria del Duende comenzó a detectar un olor insólito, impropio de su edad, que poco a poco se hizo sencillamente insoportable. Olía a caca, ese olor de lo más inconfesable de la infancia, a caca humana, caca fresca del compañero de pupitre cagón, de letrina campamental o de retrete turco de antigua estación de tren, asquerosa. Se detuvo en el primer claro que encontró a su derecha, bajó del coche, se puso ante al haz luminoso que arrojaban los faros y se miró a los zapatos. Comprendió que el primer descampado que hay a la salida de la autovía, cuando empieza la comarcal hacia Candeleda, era utilizado habitualmente por los conductores para los mismos menesteres. Y que alguien había dejado en el campo deyecciones pastosas y pestilentes que la oscuridad impidió ver a tiempo.

-¡Mierda!- dejó escapar el Duende perdiendo los papeles.

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No hay mal que por bien no venga, recordemos. La operación de limpieza fue delicada, hubo que frotar los zapatos contra la hierba mojada durante un buen rato, y restregar después las suelas con un estropajo improvisado de tomillos y jaras para que su aroma se llevara definitivamente los malos recuerdos de la pituitaria. Sin embargo la penosa incidencia cerraba el círculo perfecto para redondear la metáfora de la noche, en la que la niebla se había adueñado de todo. La crisis, la fragilidad de la economía, la ligereza de los políticos, la ignorancia de los expertos, la codicia de los banqueros ladrones, la irresponsabilidad de Europa, del FMI, del BCE, de la madre que los parió. La incertidumbre de la Cumbre, la inutilidad del sistema, la ingenuidad de los administrados, la ruina, la desesperanza. Todo en suma no había sido otra cosa que aquello de lo que el Duende podía dar desagradable testimonio. O sea, una gran cagada en la niebla.

Menos mal que la meteorología sorprende. Hoy, en su observatorio de la vertiente sur de Gredos lucía un sol espléndido, mientras la niebla seguía arropando el ancho valle del Tiétar. Bajo su capa quizás todo siguiera confuso, pero a vista de pájaro aquello parecía un precioso mar de algodón blanco que rompía sus olas imaginarias contra los acantilados de las montañas.

 

 

 

El Duende sí tiene quien le escriba

En este cenobio lleba cincuenta y dos años Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, un monje que escuchaba la radio...

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De mi consideración y respeto D. Luis y a la vez muy querido amigo, admirado como persona y artista y lo que es más, mucho más, carísimo hermano en Nuestro Señor Jesucristo.

Ya es noticia que uno le escriban. No que reciba envíos de bancos, compañías telefónicas, eléctricas, gasísticas, supermercados, pizzerías, restaurantes chinos y tarjetas de cerrajero, sino una carta escrita  probablemente en una Hispano Olivetti de los años cuarenta. Con una cruz en el encabezamiento, y el membrete de la Abadía Cisterciense de San Isidro de Dueñas (Palencia). Tres caras de folio a un espacio: esa es la segunda sorpresa. En esta época en que ya nadie manda cartas, el Duende sí tiene quien le escriba.

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Cuando nació el Duende –ya piensa que lo de la radio le sobra al pseudónimo- pensaba que todas sus ocurrencias hertzianas lanzadas al espacio durante casi un cuarto de siglo eran juguetes a los que dio cuerda y escaparon de su voz sin saber a dónde llegarían.

Nadie emite un mensaje universal que sea interpretado de igual forma por quienes lo reciben. La misma boutade que a este le puede hacer reir, a aquél puede que le haga llorar. Unos la considerarán inteligente, otros zafia e inoportuna. Para determinadas personas, puede ser humor. A otras quizás les parezca más dañino que un tumor. El bloguero cree que en algunos momentos habrá resultado, como poco, irreverente. Pero, sorprendentemente, para Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, que ingresó hace cincuenta y dos años en la Trapa, ni las impostaciones de Juan Pablo II y de Benedicto XVI son pecados de lesa religión. Más aún, hasta la burda caricatura de la clase de tropa eclesial le merece consideración. Su papel de P.Bonete me encantaba –escribe el monje- y me reía mucho, son dos grandísimos artistas los Sres. Javier Capitány Ud.

Al artista jubilado sólo se le ocurre apostillar: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mateo, V, 3-10)

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Un día, Julián García Candau, un veterano columnista deportivo de los no muchos que saben escribir con gusto, le dijo al Duende que había un paisano suyo que le seguía en la radio, y que suspiraba por unas fotografías suyas dedicadas. No era un paisano cualquiera: era un monje.

Mi ilusión desde muy niño era casarme –dice en su carta el cenobita- tener una digna esposa y unos hijos, poseer una familia , un hogar, no en vano tuve una novia desde los 21, y luego reñí y tuve otra, desde los 21 a los 24, edad en la que me metí en la Trapa con una fuerte vocación, pues cuánto me costó dejar la novia y cuánto me lloró día tras día para que no me fuese, es lo que más me costó dejar…

El Duende le escribió, le mandó las fotos, y pidió su oración para que Dios le perdonara  las travesuras radiofónicas que pudieran  ofenderle. Fray Mª Vicente no sólo rezó por esas intenciones, sino que aquella Navidad envíó a la casa del Duende unos bricks de leche de las vacas abaciales y una caja de bombones de la Trapa.

Nunca imaginó aquel bromista radiofónico que su semilla pudiera caer en tierra tan fértil.

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Fray Mª Vicente es un fraile muy terrenal. Confiesa que aparte de las novias el fútbol es la única afición que yo he tenido en mi vida. Aunque luego matiza: también el circo, (por sus payasos).

 Pero todo lo dejó por el amor a Cristo, pues créame que sin Cristo en mi vida ya no sabría vivir, El lo es todo para mí, aunque me gustaba antes muchísimo oir la radio o transistor que me regalaron del cual gozaba mucho oyendo a Ud. y a D. Javier Capitán “El gran carnaval”, donde me moría de risa en mi celda y luego también me gustaba mucho oirles a los dos a las 8 de la mañana antes de empezar el parte, lo maravillosamente bien que imitaban a todos los personajes, recuerdo que Ud. imitaba al Caudillo Franco, que vamos, era el Caudillo mismo.

Muy terrenal, como les decía. En aquel cruce de cartas de la década pasada, aunque es natural del mismo pueblo castellonense de García Candáu, se declaraba hincha del Athletic de Bilbao. El bloguero le recordaba entonces su triste suerte de simpatizante del Atlético de Madrid, a lo que el buen monje le recordó que todos somos hijos de Dios y herederos de su gloria.  O sea que hasta los del Aleti, que tanto pecan de ira y de escepticismo en este valle de lágrimas, podrán sentarse a la diestra del Jefe.

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Cincuenta y dos años levantándose a las cuatro de la madrugada, rezando, trabajando en la huerta, haciendo chocolate, encuadernando, cantando laudes, vísperas, salves, angelus… Aislado del mundo, pero escuchando la radio. Ni una palabra en su carta de palabras como crisis, Europa, prima de riesgo, paro, depresión, pesimismo. Les deseo con todo mi corazón y con todo mi cariño tanto a Ud. como a toda su querida familia unas felices, alegres y santas Pascuas de Navidad y que el Niño Dios nos conceda un venturoso y fecundo Año Nuevo 2012 y nos mande sus dones y gracias santificadoras para que redunde en nuestra santidad.

La carta es un dechado de caótica ternura. Como de otro tiempo, como de otro mundo. Y confiesa Fray Vicente que espera contestación, porque de verdad, D. Luis, que me han encantado sus cartas, sobre todo la más larga, no me canso de leerla, porque yo también aprecio y valoro en usted…Ojos que no ven, corazón que exagera.

Pero bienvenido Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, para recordarle al Duende que hay vida más allá de la crisis y Navidad más acá de El Corte Inglés, quizás donde nos recuerden que no sólo de pan debería vivir el hombre. Y más aún en estos tiempos en que cuesta tanto ganarlo.

 

Espejos rotos

Definitivamente, no eran de fiar esos espejos maravillosos que vendieron al pueblo ingenuo...

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Aquella mañana a Homper le dejó perplejo la imagen que le reflejaba el espejo. Donde antes veía a un hombre mayor pero alto y bien parecido, tipo Clint Eastwood o Harrison Ford, ahora se veía él. Un ciudadano corriente que no guardaba más parecido con las maduras estrellas de Hollywood que el color de su cabellera. Qué decepción.

Llamó a la vecina de arriba, Barbarita.

-Hola buenos días, vecina.

-Por decir algo.

-¿Cómo te ves?

-Fatal. Me estaba mirando al espejo cuando por detrás apareció  un motorista y me entregó la carta de cese.

-No me digas.

-Ya te digo. Y no sólo eso, sino que a continuación me requisó el coche oficial para subastarlo

Barbarita había sido hasta ese momento Consejera de Buen Rollito, un departamento fundamental para vertebrar las políticas sociales de la Comunidad Autónoma. Hasta ese momento había llenado muchos reportajes en revistas y colorines  dominicales con sus audaces propuestas para hacer más moderno y progresista nuestro estado de bienestar. Pero ahora la carta de cese citaba argumentos como la crisis, el déficit y la ejemplaridad para amortizar su puesto y darle la patada.

-Indignante –rezongó entre sollozos- Tan mal me ha sentado que he lanzado contra el espejo el tarro de caviar que abrimos anoche.

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Los espejos parecían haberse vuelto locos, y se rebelaban contra los que en ellos se miraban. En lugar de reflejar la Arcadia feliz, el país de Jauja y el cuerno de la abundancia se empeñaron en devolver la imagen de una cruda realidad que nos remitía a los años de posguerra.

Alarmado por lo que le había contado Barbarita, Homper siguió llamando a sus vecinos, y se fue enterando de otros casos anómalos de espejos insurrectos. Benito Córcoles, que había conseguido una beca oficial  para desarrollar en Nueva Zelanda su tesis doctoral sobre Una muestra de la evolución de las especies de baile en el marco de la globalización: afinidades rítmicas entre la jota aragonesa y la danza de los maoríes vio esa mañana en el espejo algo bien distinto.

-Es la ostia, Homper- dijo. No le bastaba con el acabose, o el colmo, tenía que ser la ostia, que es la palabra/comodín de moda para los que hablan mal- Yo que soñaba en vivir como un príncipe y pasarme un año de puta madre en las antípodas me he visto a mí mismo labrando un campo de cebollas en los alrededores de Parla. Y no creas, con azada. Ni siquiera un tractor ni un motocultor…¿A dónde vamos a llegar?

Finalmente Homper se enteró de que al pequeño Iván, un niño que esperaba pedir a los Reyes un videojuego, una bicicleta y una pulserita para Disneylandia, el espejo también le dio una desagradable sorpresa. Salió el chaval de la ducha, y al limpiar con la toalla el vapor de agua que lo empañaba, distinguió entre las brumas a un tipo barbado con aspecto de Melchor de pacotilla de esos que improvisan en los comercios de medio pelo cuando llega la Navidad. El fantasma traía en sus manos un caballo de cartón.

-Lo siento, Ivancito –le dijo mientras se lo daba al niño- No es lo que esperabas, pero de verdad que no hay para más.

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Todo parecía reflejar una desagradable realidad. Pero aún fue peor lo que pasó a continuación. De repente, el espejo de Homper, el de Barbarita, el de Benito Córcoles, el de Ivancito y todos los demás espejos en los que se miraba la gente estallaron en mil pedazos mientras atronaba desde la bóveda celeste una voz burlona con ecos apocalípticos.

– Todos como Ivancín…¡Sois como niños!–dijo la voz tonante antes de prorrumpir en una siniestra carcajada.

Y en lugar  de aquella utopía engañosa que habían venido reflejando hasta entonces, por la ventana de los espejos rotos asomaron los espectros de todos los irresponsables, políticos, banqueros, especuladores, mercachifles y demás tramposos que habían suministrado al pueblo ese otro opio llamado por algunos estado de bienestar.

Emoción y respeto del invierno

El invierno puede ser frío y hasta cruel, pero tiene su belleza y da mucho que pensar

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A veces no sabe uno a quién necesita para que le describa sus sentimientos. ¿Hay zahoríes, fontaneros, químicos, ingenieros forestales, jardineros del alma? ¿Hay quien pueda aislar las fuentes del estado de ánimo, y saber por donde fluyen los pensamientos y los deseos, y de qué sustancia se componen, y como arraigan en el corazón y le acaban preocupando, o alegrando, o incluso ilusionando, a lo largo del día?

-Nunca entenderé por qué siento lo que siento-se dice el Duende mientras ve en en espejo esa cara de penca de acelga cocida y fría que se le queda a uno el día después de la Navidad– Nunca seré capaz de describirlo.

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Podría sugerir que el despertar fue emocionante. Eran las siete, brillaba aún la última luna menguante del año en lo alto, y por poniente veía desde su cama el lomo de Gredos que se extiende hacia Extremadura cubierto de un velo blanco. Con el último temporal regresó la nieve a las cumbres. Y con el anticiclón, las escarchas al extenso valle que uno contempla a sus pies, la sierra Guadalupe al fondo y la primera luz dorada del amanecer acariciando a los campos ateridos que median entre una sierra y otra. El termómetro aquí, a setecientos metros de altitud, sólo marca tres bajo cero. En las zonas de la dehesa abierta, más bajas, seguro que serán cuatro o cinco grados menos, porque ahí el clima continental extremado carece de templanza, y no bromea.

Un café para terminar de despertarse. Una ducha caliente. Y luego, aún con la sombra del jinete de la noche alejándose por el horizonte, un paseo breve por el invierno que acaba de presentarse. Silencio. Sólo los tímidos trinos de unos cuantos pájaros –carboneros, mirlos, rabilargos- y el crujir de los propios pasos sobre la sábana de escarcha  que cubre la tierra lo rompen. Qué tesoro, el silencio de un despertar invernal en el campo.

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Y mientras pasea, quebrando con un palo el hielo de algún charco –no se puede dejar de ser niño en esas ocasiones- el observador siente que siente muchas cosas, y no sabe cómo interpretarlas ni mucho menos contarlas. La severidad de la naturaleza. La discreción de la fauna, que hay que ve lo que sufrirá en estas noches implacables, y que jamás protesta. La intuición de que, a pesar de todo, el invierno pasará, y ese escenario helado explotará en primavera  en un nuevo ciclo del milagro de la vida. Y, trenzadas con esas observaciones que, pese a sus años, aún le siguen sorprendiendo, las cuentas que, como en un collar, el tiempo va engarzando en su alma. Alegrías y esperanzas aleteando aquí y allá, como los pájaros de rama en rama. Gratitudes diversas. Preguntas sin respuesta sobe el sentido de la propia existencia. Inquietudes y dudas. Suspiros por los que ya no le acompañan más que en el recuerdo. Y, como extraña conclusión de todo eso, quizás por el cogito ergo sum, que le enseñó don Prudencio en quinto de bachillerato, la percepción agridulce de que la felicidad no va mucho más lejos.

El silencio, la paz, la belleza, la emoción de un día que amanece con sol radiante y nos reconforta. Podría ser más preciosista y sensiblero, pero, al final, lo que le inspira al Duende esta mañana de invierno es un respeto imponente.


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