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La no soledad del bloguero de fondo

Para minimizar nuestras penas y soledades, nada como acordarnos de que también es una criaturita de Dios...

Para minimizar nuestras penas y soledades, nada como acordarnos de que también el mítico Kraken es una criaturita de Dios…

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-¿No es maravilloso?-decía uno de los narigudos  de Forges mirando por sus anteojos desde su bunker- ¡Se llama Adolfo!…

Fue uno de los chistes de la transición. Y debió de aparecer en EL PAÍS más o menos cuando aquel lúcido historiador llamado Ricardo de la Cierva  publicó un artículo que hizo historia: ¡Qué error, qué inmenso error! Así recibíamos en España a Adolfo Suárez a uno de los pocos que hoy se salva de la pira en la que la opinión pública he decidido quemar a los políticos contemporáneos. Cuántas veces nos pasamos de listos.

Te acordaste de esta anécdota viendo hace no mucho una de las películas más divertidas que recuerdas desde hace tiempo. Se llama El nombre, Le prénom en francés, una comedia francesa que ridiculiza los prejuicios de la progresía a partir de la  intención de un tipo que va a ser padre de bautizar a su hijo con el nombre de Adolfo.

-¿Te vas a atrever a ponerle ese nombre, con lo que significa  para los franceses de nuestra generación?- dice el amigo progre escandalizado-¿Le vas a poner el mismo nombre que el de Hitler?

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Nadie se escandaliza por poner José a un neófito, por más que así se llamase otro gran ogro del siglo XX, Josif Stalin. Los nuevos historiadores están sulfatando sus prejuicios, y del nefasto Adolf y el no menos canalla Josif van concluyendo que tal para cual, entre monstruos andaba el juego. Lo absurdo no es tanto establecer un ranking de dictadores crueles como creer en el determinismo de los nombres. A ti por ejemplo Adolfo es un nombre que te remite a tu primo Adolfo Larrarte, hijo del tío Federico, que fue el médico simpático y elegantón que venía a curarte las anginas cuando eras niño. El tío Federico olía siempre a una colonia que tu excelente memoria olfativa sólo recuerda en él. Decían que se parecía a Marcial Lalanda, torero madrileño de mucho cartel y larguísima trayectoria, ya retirado entonces  Le tenías mucho cariño al tía Federico, porque cuando estabas malo de la tripa te recetaba arroz blanco, jamón de York y yogures, manjar de dioses que entonces se expedía en las farmacias, como el vino español en la Nueva York de la Ley Seca, según cantaba Conchita Piquer.

Años después el primo Adolfo fue el médico de tus hijos, hasta que murió prematuramente, con su sonrisa de cantor de jazz cubano y su nombre, que a ti te parecía más de príncipe de cuento que de espadón sanguinario. El color del cristal con que se mira todo. Puede parecer una tontería, pero con hebras tan volanderas como estas se tejen muchas memorias, y algunos libros de recuerdos, gustan casi tanto como las novelas. Al menos a ti, seguro como estás de que no hay ficción más jugosa que la vida misma.

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Todas estas digresiones se te ocurren porque en tu último post aparece el comentario de un Adolfo bueno, como tu primo,. No vas a presumir de memoria: en este momento no le recuerdas. Pero él a ti, sí, afortunadamente. Dice haberte visto hace años en Londres en  un bolo para empresas con Matías Prats  y, cómo  no, con Javier Capitán, y que guarda  un buen recuerdo de ti que ahora quiere traducir en expresiones de afecto y de ánimo.

Las necesitas, ya lo creo.  La broma de tu cáncer se está poniendo pesada: piensas en la química que almacena tu cuerpo después de diez sesiones de radioterapia, dos oleadas de quimioterapia y tan abundante medicación y te dan vahídos. La última semana de tratamiento te ha convertido además en un vago impenitente. Te ha inyectado tanta flojera y tanto miedo a la debilidad de tus defensas que ni sales, ni lees, ni escribes ni te sientes capaz de poner orden en tus papeles de casa. Sólo quieres tumbarte, entornar los ojos, evadirte y dormir soñando que estás como un chaval y que trepas al Himalaya sin corsé. Eso sí, por primera vez en tu vida temes al frío. Ya no te separas de una buena manta que dejas caer sobre tu sueño, allá donde te pille. Pensabas que esas eran costumbres de tu abuelo, sin tener en cuenta que ahora el abuelo pachucho eres tú.

Por cierto, Adolfo probablemente no te vio en Londres, sino en Estocolmo, donde en los tiempos en que las grandes empresas ataban perros con longanizas os contrataron para amenizar una multitudinaria convención de IBM. Fue un viaje de trabajo delicioso, a todo plan, conociste la bellísima capital sueca y te alojaste en el mismo Gran Hotel que hospedó a Greta Garbo en sus días de gloria.

Qué suerte has tenido –te dices a ti mismo para animarte- Pensar que llegaste tan lejos haciendo chorradas, y que encima te pagaban por ello.

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Por un prurito de decencia intentas agitar el banderín de la curiosidad, y tratas de asomarte al exterior y no ignorar que el mundo sigue girando malgré ta maladie. Es más, te da vergüenza colonizar con un parte médico el interés de los nosabescuántos parientes, amigos, conocidos y despistadillos que brujulean por la red y de vez en cuando se asoman a tu blog.

-Yo también te sigo-  te recuerdan cuando hablan contigo.

Te ruborizas y te quedas pasmado, porque a pesar de tu aislamiento no dejas de enterarte de las cosas realmente importantes que pasan en el mundo, de la cantidad de libros y artículos interesantes que se publican, de los estrenos de películas y de obras de teatro que sorprenden, de las exposiciones y otros eventos que recabarían tu atención si estuvieras sano. El planeta sigue girando, y produciendo noticias y novedades sorbetiempos y sorbeatenciones sin duda más interesantes que lo que escribes. Mas a pesar de todo siempre hay alguien, oh maravilla,  que para por aquí.

Lo agradeces infinito, y te inflama el ego, bastante chuchurrío por cierto a estas alturas. Pero no puedes dejar de relativizar y parafrasear a Groucho Marx.

Nunca podría leer un blog que admitiera como autor a un tipo como yo.

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Por esos caprichos de la actualidad la crisis parece que se esconde por unos días en un segundo lugar, y sobresalen otros males que nos afligen. Mali, las violaciones de mujeres en La India, la muerte del sargento Fernández por evitar que  inocentes saltaran hechos pedazos. Persisten las matracas cuasi seculares, como el afán de etiquetarse de catalán, europeo, de la Cochinchina o de Antequera, buen lugar para inventarse una metanación, aunque sólo sea por enredar. O el cinismo defender a los presos de ETA creyendo que eso es más progresista que honrar a las víctimas asesinadas. Ah, y la ración de corrupción, que no falte, y de frivopollez habitual: ¿es Mourinho ángel o demonio? ¿Será él el culpable del insoportable ardor que castiga tu esófago?…Te ratificas en tu idea: hay otros mundos, y no están en tu neoplasia. Hay otros objetivos de la curiosidad humana.

Y entre todos, en este mundo tan sensible para unas cosas y tan cubierto de piel de elefante para otras, te llama la atención poderosamente que al fin unos japoneses han filmado a novecientos metros de profundidad en el Pacífico norte a un calamar gigante que mide ocho metros, y eso que tenía dos tentáculos cortados. El mítico Kraken, que según las leyendas nórdicas atacaba los barcos y devoraba a sus tripulantes, existe. Vive en las profundidades abisales, en la oscuridad y olvidado de todos. Hasta ahora, que nos habíamos inquietado por el atún rojo, por la incierta suerte de los osos polares ante el cambio climático, por la disminución de rinocerontes en Africa y por las dificultades para del lince para reproducirse en cautividad, no habíamos tenido ni un solo recuerdo piadoso para el calamar gigante, también criaturita de Dios, por feo que sea.  Como si él no padeciera enfermedades, como la tuya, agravada en su caso por la pavorosa falta de luz y de compañía.

-Dios mío –suspiras a la manera de Bécquer¡Qué solos se quedan los Kraken!…

Para que vayas poniendo las cosas en su lugar y valorando tu suerte.

 

Diez pollitos

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En ese baúl de imágenes cinematográficas donde uno guarda lo que acumula a lo largo de su vida, el Duende recuerda un zoom de ida y vuelta que le impresionó particularmente. Pertenecía a esa época en la que todavía los efectos digitales no nos habían familiarizado con lo imposible. La cámara retrataba un corpúsculo indescriptible, que resultaba ser la raíz de un cabello, y a continuación el cuero cabelludo del joven al que pertenecían ambos. Se alejaba la cámara un poco más y aparecía el joven sobre una alfombra de césped abrazado a una chica, se alejaba un poco más y veíamos la terraza ajardinada del edificio donde retozaba la pareja. Un poco más y Manhattan. Desde más altura, Nueva York, y a continuación los Estados Unidos, el continente americano y finalmente el planeta Tierra, que cuando se iba perdiendo en la distancia era sólo un puntito en el espacio similar al que abría la secuencia.

Todo en unos segundos. Entonces la cámara vertiginosa deshacía el camino hecho y nos retrotraía a la raíz del cabello inicial. Quizás para recordar –oh sorpresa- que lo micro y lo macro son iguales, y que todo depende del punto de vista.

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Recordó esta secuencia el Duende al despertar el pasado miércoles. De repente veía que la casa/mundo donde vivía había sido bombardeada por los macroproblemas habituales. Aún ardían entre los escombros la crisis, los recortes, el paro, la prima de riesgo, el déficit, la pobreza, la irritación callejera, los devastadores incendios del verano. Y Siria, que también duele. La casa Usher casi daba envidia.

Entretanto, en la suya aún pasaba algo casi peor. Por si no tuviéramos bastante con la mundial, una fuga de la lavadora había inundado la habitación a la vecina del cuarto, mientras el ordenador le hacía pedorretas y le negaba el acceso a Internet. O sea, microproblemas. Que, al cabo son casi peores que los macroproblemas, pues ante estos el Duende, como casi todo el mundo, se inhibe por incompetencia, mientras que nadie responsable puede esquivar la obligación de buscar un fontanero o un técnico que solucione las chapuzas informáticas.

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Lo macro y lo micro. Esperaba el Duende- no sabe si en vano- que Dios se encarnara en sí mismo y con la infinita bondad y sabiduría que le caracterizan, si no curaba el mundo, al menos se pusiera el mono de trabajo y arreglara sus entuetos domésticos. Pero en tanto se producía el milagro, se aliviaba con una micro buena noticia que también puede ser macro, según se mire.

-Abuelo –le decía por teléfono su nieta Marina rebosante de ilusión- ¡Hemos tenido pollitos!…

Es la primera noticia de este calado que se registra en la familia. A ciento ochenta kilómetros de las averías, en esa casa de campo donde se ha organizado un campamento de verano para nietas, primitos y otros niños agregados, el horizonte no se ve tan oscuro. Han nacido diez pollos de gallina, y aunque el mundo entero es una pollada, las nietas lo celebran como si el acontecimiento fuera el natalicio de diez exóticos rinocerontes blancos o de diez extinguidos tigres de Tasmania.

Tienen razón las chiquillas. Lo micro es igual que lo macro, todo depende del punto de vista y del criterio. Hasta este abuelo descreído está dispuesto a admitir que el piar de un pollito y la ilusión de unas niñas puede mitigar el clamor del cabreo universal.

Cómo salir de dudas

A veces ni los sueños son capaces de sacarte de dudas...

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A Homper, que es bastante antiguo, le siguen sorprendiendo los avances de la ciencia. Le deja estupefacto que un cirujano pueda operar desde este lado del  Atlántico el riñón de un paciente de Nueva York, y que el fenómeno de Internet pueda convertir a cualquiera en un pequeño sabio instantáneo. También le pasma que los padres puedan elegir el sexo de los hijos y que ahora algunas cadenas de televisión de pago ofrezcan al cliente la posibilidad de elaborar una programación a la carta.

Sólo echa de menos que no se haya inventado todavía el método para programar los sueños favoritos.

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Cuando su querida prima Teresita era una prometedora adolescente, mantenía que si lanzabas una zapatilla al aire y antes de que cayera al suelo te metías en la cama con los ojos cerrados y un deseo, esa noche soñabas lo que habías deseado. Homper había comprado te en El Corte Inglés, donde le atendió una dependienta encantadora y muy guapa. Pues qué tipo de te quiere usted, el breakfast te, el de toda la vida, no me gustan nada las variedades aromáticas. A esas les llamaría, simplemente, infusiones, no te. ¿Alguna marca determinada? No. Que sepa a te como el que te sirve cualquier hotel de Inglaterra sin dar más explicaciones. Compre usted el de granel, es muy bueno. ¿No es mejor el Twinings? Bueno, usted paga la marca y la lata. Pero si tiene en casa una lata donde guardarlo, llene una bolsita de papel del te de granel y verá cómo le gusta este. Se lo digo yo, que soy una gran aficionada al te. Y ya que es usted tan amable, ¿cómo se llama? Margarita. Me llamo Margarita.

La dependienta era, como recuerda Hom, muy guapa. No muy robusta, menuda, pero de fino talle y cuello largo, aprincesado, rubio cabello y un rostro que recordaba a la Debie Reynolds de Cantando bajo la lluvia (luego ésta se cardó el pelo, se apasteló y se convirtió en un icono yanki algo cursi). La chica valía un sueño. Homper se preguntó si conservaría a sus años la agilidad suficiente como para repetir el ejercicio que recomendaba su prima Teresita, teniendo en cuenta, además, que la altura del  techo de su apartamento no daba para que la zapatilla volase muchos segundos. Se permitió una pequeña trampa: abrió el edredón, se sentó en la cama, cerró los ojos, pensó en Margarita, lanzó una de las zapatillas al aire, y antes de escuchar el ruido de su caída al estrellarse contra el suelo ya estaba tapado y dispuesto a soñar.

Pero el experimento no funcionó. El día –su vida entera, más bien- acumulaba muchas dudas por despejar. Y en lugar de soñar con la encantadora Margarita soñó con Sócrates.

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Sólo se que nada se –le anunció el filósofo, fiel a sí mismo.

Pues buena la hemos hecho, pensó Homper.

Y el sueño se fue en repasar con el genio de la filosofía la ristra de dudas que le acometían en los últimos días. 1. La reforma laboral, ¿es tan necesaria como dice Rajoy o tan perversa como corean oposición y sindicatos? 2. El 11 M, ¿lo cabal es pasar página o seguir investigando? 3. Manifestarse contra la reforma laboral el día de tan nefasto aniversario: ¿necesidad o agravio? 4. ¿Es imprescindible ajustar el déficit, o es más recomendable seguir primando el gasto social y el que venga detrás que arree? 5. ¿Es tan grave lo que dijo Gallardón sobre el aborto como para tanta trapatiesta? 6. ¿Dónde hay más chorizos, en torno a Gurtel o alrededor de los ERE de la Junta de Andalucía? 7. ¿Qué es peor, pagar la energía a su precio o hacer la vista gorda sobre la amenaza nuclear? 8. ¿A quién favorecen más los árbitros, al Barça o al Madrid? 9. ¿Qué vicepresidenta elige mejor sus cirujanos estéticos, Soraya o María Teresa? 10. ¿Cuándo se irá el anticiclón a hacer puñetas y lloverá de una puñetera vez?

Sócrates le aseguró que estaba en plan colaborador, pero todo lo que hizo fue encogerse de hombros ante cada dilema. En vista de lo cual, y dado que su heroína ni había asomado por el sueño, Homper decidió al despertar que lo mejor era volver al Corte Inglés, comprar un poco más de te, que despabila mucho, y preguntarle a Margarita si tenía libre el próximo sábado para invitarle a remar en las barcas del Retiro.

 

El cuento de Rubalcaba y el colador chino

Fui el primer escritor que identificó a Rubalcaba con un colador chino, pero la cultura oficial no supo apreciar mi imaginación...

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Debo decir que soy un aprendiz de escritor. Me apunté a una escuela de Escritura  Creativa, donde una profesora muy atractiva y un argentino calvo me contaron más o menos que escribir puede ser sólo cuestión de estilo, pero que para ser escritor hace falta haber viajado, haber leído muchísimo, conocer algo de algún tema interesante  y, como poco, tener mucha imaginación. Lo primero y lo segundo quedaban fuera de mi alcance,  de lo tercero  sólo se que no se casi nada. Y  no me puedo imaginar cómo se gana la imaginación. Al nacer me encontré con lo puesto, y no se si he sido capaz de desarrollarla. Sólo se que se me ocurren algunas cosas que los demás consideran extravagantes.

Por ejemplo, veo una cara y enseguida  la interpreto de una manera original. Muchas de las caras me llevan a objetos. Algunas otras, a especies animales y, más aún,  a otras ideas inverosímiles.  He visto caras de  de ardilla, de picaporte, de nenúfar, de cumulonimbus  y de signo de interrogación. Otras caras me sugieren procesos químicos o incluso sucesos históricos. La dueña de una papelería de mi barrio tenía cara de electrólisis, y el sastre que  hizo mis primeros pantalones a medida llevaba en su rostro el Compromiso de Caspe. Se que es difícil que en un rostro se pueda ver el Compromiso de Caspe, pero eso es porque no nos lo proponemos. Si a alguien  te dice que hay que ponerle una cara humana a ese  hito histórico, encontrarás a algún Compromiso de Caspe andante en el mismo tramo de la calle  donde vives.

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Lamentablemente, este es tiempo de decepciones. Pensaba que ahora que  con la crisis se recorta todo se iba a primar al menos la imaginación. Eso pensaba  cuando mi escuela de Escritura Creativa  convocó entre sus alumnos un certamen de cuentos imaginativos. Lo de imaginativo ya se que es una redundancia, pero la secretaria de la escuela no lo tuvo en cuenta, y lo incluyó en las bases del concurso. El cuento ha de ser imaginativo.

No pareció muy serio, pero lo di por bueno porque quería ganar el premio como fuera.

Inicialmente se me ocurrió una historia de trasfondo político. La historia era la de un tirano sudamericano que después de haber abusado de todas sus secretarias y de haber violado a varias campesinas previamente aleccionadas por un corrupto funcionario del Catastro, empieza a notar que le gusta uno de los centinelas del cuerpo de guardia del palacio presidencial. Entonces el tirano se da cuenta de que no es que haya salido del armario, sino que desde niño llevaba encapsulado en su cuerpo un organismo de mujer.  Se va a Nueva York  para que le hagan una operación de cambio de sexo, y una vez convertido en señora presidenta se casa con el centinela.

Pero ¡ay!, la feminidad suaviza sus formas y cambia sus sentimientos. En el filo del  bisturí del cirujano debía de haber una semilla de ternura que fructificó dentro de ella. Así que se convierte en una mujer sensible, delicada y volcada en los demás, por lo cual pierde categoría como tirano/a. ¿Dónde voy ahora siendo una tirana de buen corazón? –se pregunta desolado/a ante el espejo al ver que ha perdido su identidad.  Consciente de que su personalidad se ha desleído y de que ya no es nadie, se tira a su amado centinela por última vez, lo estrangula en el momento del orgasmo y continuación se mete en la bañera llena de agua caliente y se abre las venas con el canto de un CD de Armando Manzanero. La tirana descafeinada muere desangrada mientras escucha Esta tarde vi llover.

Lamentablemente, aunque se me ocurrió, no llegué a escribir el cuento. Lo que propició la siguiente decepción.

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En cuento que presenté al concurso, el protagonista es un asesor de imagen de Rubalcaba. Se podría decir que, como yo, es un hombre de ideas desconcertantes. Pero,  a diferencia de mí, él es osado y persuasivo, capaz de venderle hielo a un esquimal. Un día mientras compra unas pilas en un bazar  ve en la sección de menaje del hogar un colador chino y siente que su mente se ilumina. De repente ha descubierto que Rubalcaba tiene cara de colador chino. Hasta el momento le veía un cierto aire de Fu-Manchú de película de serie B, pero ahora comprende que en realidad es un colador chino humanizado.

-Eso será el mensaje que debe transmitir en la campaña. Y así es como debe presentarse en el debate, porque los coladores chinos hacen maravillas.

El asesor convence al jefe de campaña de Rubalcaba para que el candidato corrija los ya conocidos movimientos de sus manos de la siguiente forma: en una de ellas mantendrá el colador chino por el mango, mientras con la otra hará la mímica de coger los problemas que tiene España, meterlos en el colador y depurarlos en éste manejando el émbolo de madera con el que los machaca hasta reducirlos a algo suave y ligero que la crisis sí puede digerir. Rubalcaba es un experto ilusionista, y con su colador chino los males de la patria pasarán fácilmente.

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En el cuento le compraron la idea, y Rubalcaba no sólo ganaba el debate con Rajoy, sino también las elecciones generales. Rajoy, por cierto sólo tenía cara de puño de paraguas antiguo, a la que era difícil sacarle partido. Es comprensible que pierda: sólo llueve de de vez en cuando, y además los puños de paraguas de ahora ya no dicen nada.

Pero el jurado del Premio del Cuento Imaginativo no le prestó la menor atención a mi cuento. Uno de sus miembros me comentó off the record  que era una soplapollez, y que lo del realismo mágico o el surrealismo hiperbólico estaba pasado de moda. El premio se lo acabaron dando a un cuento titulado El transexual de las flechas. Era una historia calcada de la que yo deseché, con la única diferencia de que el protagonista, en lugar de tirano sudamericano, era una falangista de los que tiñeron de sangre nuestra agitada memoria histórica.

-Eso ahora vende mucho más, muchacho.

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Qué  nueva decepción. Tanto fomento de la escritura creativa para acabar en esto.

Y qué falta de perspicacia la mía. Ahora sólo soy un aprendiz de escritor, y la cosa puede pasar. Pero cuando sea un escritor de verdad no volveré a obcecarme con metáforas como la del colador chino, que sólo los tipos raros como yo apreciamos. Únicamente escribiré más  historias truculentas del franquismo, que es el venero más seguro de la literatura actual y, además,  lo que se premia.

Es una pena claudicar así a la moda. Porque si, valga la redundancia,  llego a colar lo del colador chino de Rubalcaba,  quizás los expertos en comunicación se habrían dado cuenta de que hay formas de animar esa cosa tan aburrida y previsible que son los debates electorales.

El Duende de Verano (y 11) Un anfitrión de lujo

Fue una gran suerte ver Edimburgo desde la bonita casa de un buen amigo...

1. La moneda perdida

La última jornada del paseo por Escocia debe empezar por un aviso a viajeros. Dentro de poco será indispensable incorporar a los objetos que un conductor lleva normalmente en la guantera unas largas pinzas y un imán. Ya verán por qué.

El tres de agosto de 2011 a las las 16´45 aproximadamente dos personajes de esos que, según el libro de estilo de muchos periódicos, pueden llamarse ya ancianos, se bajaron de un coche ante la barrera de salida del aeropuerto de Edimburgo. Con el motor en marcha, y sin cerrar las puertas del  vehículo, ambos se pusieron en cuclillas y empezaron a buscar desesperadamente algo en esos espacios imposibles que quedan bajo las alfombrillas o entre los carriles de los asientos y la palanca del cambio de un automóvil. Lamentablemente, sus dedos no alcanzaban el tesoro perdido. Y éste no era otro que una moneda de una libra que se le escapó de la mano a uno de los dos ancianos cuando la sacó del bolsillo.

La cagaste, Burt Lancaster –pensó el Duende sintiéndose culpable

Una libra es lo que ahora pide la maquinita de la barrera de salida del aeropuerto de la capital escocesa para dejar salir al incauto que ha tenido la amabilidad de acompañar a su amigo en su propio coche. No es mucho dinero, pero hay que tenerlo en forma de moneda. Y si no la llevas encima, o la llevas, pero se te cae en los fondos del coche y careces de unas pinzas o de un imán, puedes armar  un incómodo atasco como el que padecieron los coches que venían detrás.

En estos momentos trágicos los británicos demuestran más paciencia y comprensión que los españoles. Pero cuando los dos ancianos llevan tres minutos metiendo mano en cuclillas a los bajos del coche sin dar con la única moneda de libra que tenían, y bloqueando el paso a los coches que vienen detrás,  acaban comportándose como todo hijo de vecino. Tocan la bocina, levantan los brazos y te increpan en escocés. El Duende no entendía las imprecaciones, pero las imaginaba. Y pasó un rato horroroso, especialmente por su amigo amable, hasta que, alargando todo lo que pudo los dedos índices y pulgar de su mano derecha, y a riesgo de despellejárselos,  consiguió rescatar el óbolo resbaladizo.

-Qué gilipollez –se dijo- Pasar un mal rato por una libra que, además, estás dispuesto a pagar. Todo por otra nueva ocurrencia que hace aún más odiosos a los aeropuertos.

Ni un día sin que la modernidad nos complique la vida.Se supone que ya habrán incorporado el nuevo sacacuartos a muchos de los aeropuertos epañoles. Y que pronto lo veremos incluso en esos tan útiles que construyeron  en Ciudad Real y León para que no vuele casi nadie y, de paso, se agrande el déficit público. Como diría quien yo me sé, otro invento más de espaldas al pueblo. ¿Tantos fielatos hay que pagar por el progreso?

2. Una ciudad deliciosa, problemas aparte

No es esta bobada la única que incomoda la vida al turista en Edimburgo. La capital escocesa, aún con su pésimo clima, tiene muchos atractivos. Entre los cuales el bloguero incluye el aburrimiento que probablemente soportan los que en ella viven. Qué extraño, encontrarle encanto al aburrimientro: la edad (del bloguero) produce esas rarezas. Le venden a uno Nueva York o Londres como los avisperos del arte, la moda, los negocios y la vida fashion  y cool y el imperio del hedonismo. Y entonces siente deseos desesperados de ser vecino de Soria  o de Lugo. Lejos de este menda el mundanal ruido.

Que no se alarme nadie, Edimburgo también tiene sus zonas de hormigueo comercial por donde procesionan millones de turistas con su botellita de agua y su cámara de fotos. No cita el Duende la mochila porque resulta que él también se la echa a la espalda en estos viajes. La Royal Mile es como la Oxford Street londinense o la madrileña calle Fuencarral, pero con mucho kilt abarrotando las tiendas de souvenirs. Por cierto, que cuando el bloguero se empezaba a fijar en las muchachas en flor, éstas se ponían los domingos falditas escocesas cuidadosamente cerradas por un gran imperdible forrado de cuero. Lo cual que las tiendas para turistas de Edimburgo le traían recuerdos felices de sus amadas de otro tiempo, alguna de las cuales igual desfilaba en esa muchedumbre que baja constantemente desde el Castillo hasta  Holyrood. Viva la marabunta. Salvada esta nota que confirma el principio de que ningún lugar hermoso lo sigue siendo cuando es invadido abusivamente por la especie humana,  desde las calles estrechas y tétricas de la vieja ciudad hasta los barrios que en el siglo XVIII nacieron al norte para que los edimburgueses poderosos huyeran del lumpen y del puterío, es un placer andar esta ciudad como si tú fueras el único observador que pasea por sus calles. En esas zonas quizás haya menos tiendas, pero más misterio y más novela de la vida

No se abundará en cualquier cosa que venga sobradamente explicada y ponderada en las guías. A este viajero, por el contrario, le sorprendió la cantidad de pordioseros que  se apostan en sus calles. Algo que choca en un país que, como todos los del Reino Unido y hasta la irrupción de esta crisis salvaje, había hecho del estado de bienestar una auténtica bicoca. Le contaron al Duende que aquí, aparte de la enseñanza, la sanidad y del subsidio de desempleo, se subvenciona el transporte y se ofrece vivienda por cuenta del erario publico a estudiantes y parados. A juzgar por la cantidad de limosneros –muchos de ellos completamente beodos-que invaden las calles de Edimburgo, es evidente que los presupuestos se han quedado cortos.

Un fleco más de la crisis afea aún más las calles de esta bonita ciudad. Parece ser que, por economizar, el servicio de recogida de basuras municipal sólo trabaja  dos días por semana. No obstante lo cual, como ocurre aquí, la gente sigue depositando sus desechos diarias en esos grandes cubos dispuestos en las calles, que  luego son asaltados, saqueados y asquerosamente desperdigados  por las voraces gaviotas del vecino Fith of Forth. Para que luego nos quejemos en Madrid de los restos del botellón. La conclusión: qué difícil es gobernar una ciudad. Aunque sea pequeña y presuntamente civilizada, como Edimburgo.

3. El perro del Cónsul

El personaje que despedía al Duende en el aeropuerto y que compartió con él la afanosa búsqueda de la libra perdida había sido su anfitrión en Edimburgo. Después de ocho días en pequeños hoteles donde el viajero  debía estudiar cuidadosamente cómo colocar su maleta para dejar libre el acceso a la cama, la generosidad de sus amigos Javier y Mercedes le procuró dos noches en una habitación cuadradas de techos altísimos en la que casi cabría la carpa de un pequeño circo.

La casa del Cónsul de España es un noble edificio de principios del siglo XIX situada en una de esas plazas ovaladas con un frondoso parque en el centro al que sólo tienen acceso los vecinos de las viviendas de la plaza. La casa tiene cuatro pisos y enormes ventanales desde los que sólo se divisa un Edimburgo elegante, tranquilo y muy verde. Lo más destacable de la residencia no es su arquitectura, ni la exquisitez de elementos como la barandilla de la escalera, del entarimado, de las chimeneas  y del suelo de cerámica de la época, que hay que preservar por tratarse de un inmueble catalogado y protegido. Lo verdaderamente notable, a juicio de este observador, es que en el cuarto de baño principal hasta un prostático puede pasar un ratito feliz. Por encima de la cisterna del WC se abre un ventanal con un panorama tan espectacular que da pena que hacer pis dure tan poco. Nunca encontró el Duende tal lujo de vistas en lo que normalmente es el lugar más discreto de una vivienda.

Sostiene el Cónsul que hay destinos más apasionantes que Edimburgo para un diplomático, y probablemente discrepe con la teoría del aburrimiento que acaba de enunciar este  bloguero. Pero entre su trabajo, que no es poco, el golf, su pasión por los libros y su actividad como traductor, que ya ha volcado en varias publicaciones, da la sensación de dar por bueno esta etapa de sosiego en su carrera. Javier y Mercedes trataron a su huésped con cariño y generosidad, le llevaron de exposiciones y le invitaron a cenar en uno de los restaurantes más de moda en la ciudad.

Por la tarde, a la vuelta de su trabajo, el Cónsul sacaba a pasear a su perro. Y en uno de esos paseos dio con su huésped, que regresaba a casa después de patear la ciudad.

-¿Y cómo no lo paseas por ese maravilloso parque? –le preguntó el Duende señalando al precioso recinto verde protegido por una verja- ¿No tienes la llave?

-Sí, claro. Pero no está permitido pasear con perros.

Curioso. Todo el mundo sabe que en el Reino Unido hay cementerios para perros con mausoleos y lápidas que en nada envidian a los de los héroes. Pero en estos parques privados no se les deja pasar. Todo lo contrario que en el pub vecino, donde el Cónsul y el Duende entraron a tomar una cerveza. A ellos les sirvieron un gin tonic y media pinta de cerveza. Al perro le recibieron con caricias y allí mismo, sobre la moqueta, le pusieron un cuenco con agua. Estos británicos, tan románticos para unas cosas y tan pragmáticos para tantas otras, son difíciles de entender.

Sin tetas no hay paraíso

Cualquier observadora mínimamente instruída sabe que la Libertad, como pintó Delacroix, también iba a pecho descubierto...

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Pilu le había cogido el gusto a lo de asaltar capillas universitarias en tetas. Le  parecía, además de divertido y excitante, francamente revolucionario si se sabía explotar el éxito mediático del acontecimiento.

-El futuro no es del pensamiento, sino de la acción –dijo mientras le pasaba el porro a su compañera- Y en un estado laico no se puede consentir esa intromisión de la Iglesia Católica en una institución como la Universidad.

-No se puede, no-asintió Pepa después de ahuecar la boca y lanzar al espacio perfectos anillos de humo- Figúrate que el otro día en Derecho me encontré a una tonta que salía de la capilla. Le pregunté qué  había ido a hacer allí y me dijo que rezar para que le aprobasen el Mercantil II.

-Irritante-dijo Nekane- Qué manipulación de los de la sotana. Qué comida de coco.

-Inadmisible-apostilló Campoamora.

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En realidad Campoamora se llamaba Teresa ( por santa Teresita de Lisieux, de la que su madre había sido devotísima), pero había descubierto en un serial de TV a Clara Campoamor y había adoptado su apellido como nombre de guerra. Le parecía que le daba solvencia reformista.

-Pero centrémonos –añadió-, que luego vienen los periodistas fachas y nos  critican la marrana.

-Querrás decir que nos joden la marrana, ¿no?-ironizó Pilu.

-¿Qué quieres,.que maltrate yo a un pobre animal que además es hembra?…Haciéndole el caldo gordo a los machistas, ¿no?

Pilu se disculpó y el grupo decidió  tomarse la reunión en serio.. Campoamora entonces hizo dos propuestas fundamentales. La primera era la de buscar un nombre de gran impacto para el reconocimiento universal de su movimiento.

-¿Qué os parece E.T.C.D?

Las jóvenes revolucionarias no supieron qué cara poner.

-¡Tontas!…-bromeó Campoamora- Eso sería la firma al pie de los carteles, el logotipo. Las cuatro letras son las siglas de En Tetas Contra Dios.

Todas lo celebraron entusiasmadas.

-Y ahora, la primera acción  de repercusión internacional –añadió Campoamora poniéndose muy seria- ¿Y si  animamos a los chicos, nos vamos a Nueva York, nos  empelotamos todos y todas con un integral de escándalo y asaltamos la capilla de Naciones Unidas?

-¡Uy, Nueva York, cómo mola!-exclamó Nekane entusiasmada-¡Otro viaje de paso del Ecuador!…¡Y con lo barato que vuelve a estar el dólar!

3

Tuvo que ser Pepa la que introdujera en el debate un dato que sentó como una jarro de agua fría sobre aquella fogata revolucionaria.

-La idea es de puta madre…-fue su preámbulo.

-¡Cuida el lenguaje, tía!-le corrigió Campoamora- ¿No puedes decir que la idea es de cabroncísimo padre, que lo entenderíamos igual sin caer en el sexismo?

-Quiero decir que desde el punto de vista estratégico es un acierto, Campoamora. Pero…¿habéis caído en que la capilla de Naciones Unidas no es católica?…Ahí no hay vírgenes ni cristos ni obispos a los que insultar, y cada cual se entiende con el dios que quiere. ¡Imagínate que se nos enfadan los musulmanes o los budistas!…

-Vaya, qué putada –farfulló Campoamora visiblemente contrariada.

-Cabronada, guapa –soltó Pepa sin abandonar la sonrisa- A ver si matizamos…

3

Pilu recordó entonces su proclama inicial: el futuro no es del pensamiento, sino de la acción. Se lo había inculcado su abuela con un refrán de esos que repetía a dos por tres: obras son amores, y no buenas razones. Motivo por el cual creyó que debía plantear una propuesta seria y coherente para que la opinión pública tomara conciencia de que no eran unas golfas ni unas frívolas antisistema, sino unas conciencias limpias y coherentes que querían reformar este mundo tan injusto.

-Pues yo creo que deberíamos hacer algo más serio-dejó caer con el aplomo-Debemos dar otro golpe decisivo para demostrar que la Iglesia Católica sobra no ya en la Universidad, sino en el estado laico. Algo original, espectacular y elocuente…

-¿Por ejemplo? –preguntaron las demás expectantes.

-Asaltemos una residencia de ancianos y enfermos de esos que atienden las Hermanitas de la CaridadQuitémosles las tocas a las monjas, ocupemos su puesto y demostremos que somos capaces de lavar las heridas, limpiar culos y dar la sopita a ancianos y ancianas  sin que medie el Dios católico para nada. ¡Fraternidad laica!…¡Justicia social agnóstica!…Ese es el paraíso revolucionario al que debemos aspirar las que hasta ahora nos limitábamos a asaltar capillas universitarias en tetas.

4

Al escuchar semejante propuesta, Pepa y Nekane arrugaron en el gesto.

-Qué pereza…-rezongó Pepa- Y casi como que nos da un poco de asco, ¿no?

-¡Fu, imagínate!…Y encima desnudas y un poquito colocadas, como nos gusta-añadió la otra- No lo veo tan fácil…

Campoamora, tan influída por los seriales de la tele, fue mucho más concluyente

-Estás loca, Pilu- sentenció la ideóloga mientras apagaba lo que quedaba del porro- Tendríamos que ponenos las tocas, y encima trabajar sin provocar. No, no lo veo. Y desengáñate:  sin tetas, no hay paraíso.

Pilu se quedó algo chafada. El caso es que levantaron la sesión, y aprovechando que hacía un buen día de primavera, se fueron a manifestar en bolas para exigir que el Cerro de los Santos se llame ya, de una puñetera vez, el Cerro de los Laicos.

Chapeau

Me descubro por seguir encontando motivos para quitarme el sombrero. Aunque no lo tenga...

1

Una buena amiga de fina sensibilidad le felicitó la Navidad a este bloguero con una foto de un Madrid singular. Muestra uno de esos rincones que hay que saber captar para reparar en los contrastes. Iglesia de las Calatravas, en la calle de Alcalá, barroco puro recientemente restaurado. Y  a su lado, un pequeño Empire State que antes debió de ser compañía de seguros, y que ahora es hotel. Un modesto rascacielos que tiene clase y su gracia. Al otro lado de la calle (Peligros) el Edificio Vitalicio, otra muestra de arquitectura representativa, con detalles de esa estatuaria mitológica de altura con la que se adornaban los edificios entonces. Tardó en reconocerse, pero la yuxtaposición de estilos de distintas épocas y el abigarramiento tienen su encanto. Ciudades de gran atractivo como Londres o Nueva York se hicieron así. Y al  Duende, verlo tan cerca, en la ciudad donde nació, le sorprende y le admira. Chapeau.

2

La edad pasa por el espíritu curioso como el cepillo del carpintero, pero el Duende aún no deja de sorprenderse a menudo. Qué extraña el alma. Unos días le amanece a uno avinagrada, repunante, dicen los asturianos. De mal café y dispuesta a criticarlo todo. De repente otro día te manda lo contrario: observa lo positivo, aprécialo, gózalo. Eso que llaman felicidad es exclusivo de los santos o de los locos. Quédate con las pedreas amables, que están al alcance de casi todo el mundo.

Ayer tarde el bloguero echaba su peonada en el monte, desbrozando y quemando los restos de la poda de los castaños. Arriba el Almanzor, con sus cejas blancas de nieve, mirándole protector. El sol poniéndose por el oeste y la luna creciente  compitiendo en lo alto. Al poco el sol se acuesta, se echa la noche, y sólo iluminan ya la fogata poderosa, que lanza luces de cobre, y el velo de plata pálida que se descuelga del cielo. Contra éste se dibuja la silueta de un viejo castaño. En sus ramas desnudas se posan las estrellas, y uno se siente el dueño de ese espacio y ese momento asombroso. Chapeau.

3

Por la mañana, en el pueblo, café con  porra. La porra del bar Tenazas tiene una medida francamente deshonesta, de modo que hay que partirla por dos para manejarla en la taza. ¿Cuántos placeres hay que se puedan comparar al desayuno con porras recién sacadas de la sartén?…Chapeau.

Sube a casa con su bolsa de porras calientes, porque las nietas han descubierto las porras, y dicen nanay a los cereales. Se entusiasman, se llenan la boca de masa frita, se  embadurnan de churretones del Cola Cao que espurrea de ésta. A pesar de que su abuelo se harta de decirles que no se ríe ni se habla con la boca llena, ellas comen y parlotean sin cesar. Qué cuadro de felicidad.  Si Murillo lo viera seguro que lo pintaría: Niñas tomando porras. Es la hermosura del instante de vida cotidiana que van repartiendo los días. Chapeau.

4

¿Y cómo se quita uno el sombrero, si no lo tiene? Hace unos años, por el picor del sol en la coronilla durante el verano y el frío de las gotas de lluvia en invierno el bloguero se dio cuenta de que el tiempo había le había tonsurado el cráneo. No lo bastante para que le vean calvo las personas,  pero sí los pájaros. Siempre había envidiado cómo llevaban su sombrero los actores en las películas antiguas, pero los sombreros pasaron de moda. El Duende consideró que a  su edad lo lo que está pasado de moda es seguir la moda, y  decidió comprarse un sombrero para celebrar sus años. No de fieltro rígido, como los de los gangsters o los de los gentlemen. Sino de tweed grueso y flexible, como de profesor de historia o de primo del comisario Maigret. Con una nota de color. Si al Duende le atropellara un coche, el libro de estilo de algunos periódicos podría decir sin faltar a la verdad: anciano atropellado. Es el coste de llegar a los sesenta y cinco años. A cambio, podrá entrar gratis en el Museo del Prado, descubrirse ante lo mucho que respeta y admira y cubrir su sesera sin  pasar frío ni temer el qué dirán.

Chapeau.

5

Si las cosas de palacio van despacio, no digamos las decisiones de este bloguero, adicto a la duda sistemática. La de ponerse sombrero tomó cuerpo cuando avisó la tonsura, y después de mirar y buscar en múltiples escaparates sólo hace un año que dio en una pequeña sombrerería de la parte alta del barrio de Salamanca con el modelo apetecido. Desgraciadamente no quedaba un solo ejemplar de su talla.

Fiándose de su memoria visual, no apuntó la dirección ni el número del establecimiento. Craso error. Sólo recordaba una tiendecita pequeña en una calle perpendicular a la de Serrano y cercana ya  a la de Francisco Silvela con las paredes literalmente recubiertas de sombreros en sus preciosas cajas circulares. Su ambiente retro evocaba al de El bazar de las sorpresas, una deliciosa comedia de Lubitsch. Durante un año, cada vez que rondaba la zona, el bloguero perdía unos minutos y la buscaba  para saber si habían recibido su talla. Durante  un año no fue capaz de encontrarla.

6

Finalmente, hace unos días se topó con ella Se llama Citysport, y está en Ortega y Gasset, 67.

-¡Señor Figuerola-Ferretti-le saludó la encargada -¡Qué alegría verle por aquí!..:¡Qué pena que se haya agotado su sombrero también este año!…

Añadió que era un modelo belga del que sólo habían recibido nueve ejemplares. Pensó el Duende que estaba de Dios no dar con su sombrero favorito después de tanta espera, y se despidió resignado.

-Por cierto-le preguntó el bloguero – ¿Y cómo conoce usted mi nombre?…

-¡Hombre!…Cuando le vi la primera vez pensé: este hombre me suena…Y apenas se marchó  recordé quién era…¡Con lo que me hacía reír en la radio!…

Chapeau por la memoria de esta encantadora amiga que no consigue venderme un sombrero. La  radio no la ve nadie, pero se recuerda. Y otra enhorabuena al que, a pesar de sus años, conserva la ilusión. Chapeau agradecido a la vida por permitirle seguir deseando algo. Chapeau, aunque sea sin sombrero.


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