Posts Tagged 'padre Bonete'

Un encuentro con Forges

Muchas de las observaciones de Forges te recuerdan a las que hacía tu doña María en la radio...

Muchas de las observaciones de Forges te recuerdan a las que hacía tu doña María en la radio…

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A veces tiras del hilo de un día cualquiera y acabas encontrando un poco de  literatura. Todo empezó cuando las noticias dieron cuenta de que el el bloqueo de la administración de los Estados Unidos podría provocar un batacazo económico treinta y dos veces superior en su cuantía al que supuso la quiebra de Lehman Brothers.  Las gracias de la economía global.  No es justo –pensaste- ¿Por qué  los grandes pelotazos de los ricos sólo tienen repercusión en sus bolsillos y sus ruinas nos arrastran a todos?

Vana pregunta, porque las cosas son como son, y tú qué pito vas a tocar en esto. Así que a vivir, que son dos días.

Advertiste que este en particular era día de macarrones con tomate, chorizo y queso. No sabes qué sienten los demás, pero tú tienes claro que tu cuerpo hay  días de que desea imperiosamente macarrones con tomate, o días de lentejas, o de filetes de gallo rebozados, y momentos de morder desesperadamente un bloque de jamón de York o una tajada de esas grandes  ruedas de queso Emmental  que exhibían las mantequerías antiguas.  En días así,  son esos bocados tu necesidad inmediata, y colmarla,  tu felicidad posible. Bueno, pues el día del miedo al enésimo soponcio económico tu hambre exigía ese plato tan sencillo, pero tan gratificante.

Y te pusiste  a ello.

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Todo fue bien hasta que tuviste que abrir un sobre de queso rallado para esparcirlo  sobre la fuente de  macarrones. Hubo un tiempo en el que abrir cualquier sobre o paquete era algo al alcance de cualquiera, pero desde que el sector alimentario inventó el termosellado de los envoltorios y  esa fuente de cabreos y frustraciones sin límite que llaman abrefácil , ese momento constituye uno de los más delicados y difíciles para la autoestima.

-¿Seré capaz de hacerlo –te preguntaste- o este puto queso rallado me volverá a recordar que soy incapaz también para esto?

Obviamente, el abrefácil se salió con la suya, y no cedió a tus ímprobos esfuerzos. No pudiste liberar el queso rallado hasta que recurriste a las tijeras de cocina, que junto con el cuchillo jamonero tantos cortes te han producido en esa labor sencilla como debería ser sacar un alimento de su envoltorio. El nuevo fracaso te planteaba el dilema de no saber si eras realmente un imbécil o los fabricantes de abrefáciles son lo más siniestro y vesánico de la especie humana.  En ese momento, además,  sentiste dentro de ti a doña María, aquella criatura radiofónica que para casos como éste siempre decía la misma sentencia.

-Esto está hecho de espaldas al pueblo.

 

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La vida es a veces una cadena de casualidades. El día anterior te había llamado la atención el chiste de Forges  sobre abrefáciles que reproduces aquí. Eso coincidió con la llamada una amiga para avisarte de que en el programa de RNE No es un día cualquiera que presenta Pepa Fernández, ella, el propio Forges y ese trasgo genial de finísimo humor llamado Juan Carlos Ortega habían evocado tus años de radio junto con Javier Capitán y Julio César Iglesias, rindiendo un particular y cariñoso homenaje a tus títeres de cabecera como fueron Braulio, Esmeralda Clamores, el padre Bonete y la ya citada gladiadora del hogar.

[Escuchar el programa pinchando aquí, minunto 45 aprox.]

 

–¿Estaré muerto? –pensaste al escuchar sus palabras a través del podcast de RNE a la carta- Porque normalmente sólo se habla de la gente así de bien cuando ya no puede escucharlo…

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También debe de ser casualidad  que el maestro Mingote, y Forges  nacierais el mismo día 17 de enero con algunos años de diferencia. Y casualidad fue que hace dos o tres semanas te lo  encontraras paseando por el centro de Madrid, y que anduvierais juntos un ratito contando vuestros respectivos arrechuchos, a Dios gracias si no vencidos al menos amansados, y hablando de la radio, de las cosas de la vida y de esta costumbre que tenemos los jubiletas –él aún no del todo- de echar a andar cada día para recuperar la ilusión de la salud y aventar los recuerdos.

Te sorprendió la frase con la que te despidió antes de entrar a hacer unas compras en el nuevo Mercado de San Antón.

Pues me alegro mucho de verte así de bien –dijo mientras te daba un apretón de manos y te sonreía- Y te doy las gracias por existir, porque sin gente como tú, te lo digo en serio,  esto sería mucho menos soportable.

Pasmado te quedaste, viniendo aquello de un agudo observador y fabricante  sonrisas inteligentes al que de verdad admiras. No le dijiste que lo tuyo no fue ningún esfuerzo especial por resistir a la enfermedad.

Tampoco le pudiste decir entonces que a pesar de la amenaza del cataclismo económico que nos persigue, y de lo gilipollas que uno se siente por culpa de los abrefáciles, aún te entusiasma pasear por la vida y seguir descubriendo amigos.

 

La honorabilidad del conejo

No tienes claro si los múltiples conejos de la Casa de Campo son buenos o malos mara el medio ambiente...

No tienes claro si los  conejos de la Casa de Campo son buenos o malos para el medio ambiente…

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Al poco de morir Elías Querejeta escuchaste por la radio una entrevista grabada hace algún tiempo, en la que se repasaba su vida y su carrera como productor de cine. Hay famosos estomagantes y otros que van por ahí con aire de ser cualquier hombre: ni por lo que cuenta ni por cómo lo hacen parecen elegidos del destino, sino seres humanos que lo mismo podrían haber ganado un Oscar que tener una tienda de bicicletas o un carrito de helados.

Al productor vasco se le ha de agradecer también esto. Fue una figura fundamental para el cine español, pero en modo alguno el prototipo del productor soberbio y aplastante tipo Szelnik  o Jack Warner. Además reunía la condición de ex futbolista, cosa que admiras mucho, y jugador de la Real Sociedad, que aunque sólo fuera porque probablemente se hizo en la playa de La Conchaqué gozada, jugar allí- envidias más. Un día metió un gol al Madrid de Di Stéfano, y este incluso le felicitó por ello.

Ché, pibe, bonito gol-dijo el fenómeno en uno de esos alardes de elocuencia que le caracterizan.

Metió un gol al Madrid, y por eso le admirarás siempre más incluso que por haber producido La caza, película que dirigió Carlos Saura y que  originalmente se tituló La caza del conejo.

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-¿Pero tú estás loco titulándola así? –le reprocharon los censores franquistas cuando examinaron la ficha de la película- ¿Tú sabes de lo que estás hablando?

Lo recordaba entre risas Querejeta. El creía ingenuamente que se trataba de un roedor, la pieza de caza básica para cualquier cazador, pero para los hurones del pecado y de la incorrección en el cine un conejo no podía más que un sexo femenino. Vade retro, Satanás. Así que eliminaron la palabra maligna y pusieron su alma en paz.

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Te reías tu también mientras dabas un larguísimo paseo esta mañana por la Casa de Campo. En este magnífico parque por el que los madrileños deberíamos estar eternamente agradecidos han proliferado de tal manera los conejos que, de ser cierta la visión de los torquemadas de antaño, tú estarías irremisiblemente condenado al fuego eterno. Aunque sólo fuera por mirón.

-Padre –le tendrías que confesar al padre Bonete-Me acuso de haber visto cientos de vaginas correteando por la Casa de Campo.

-¡Pero hijo!…¿Y no podrías haber evitando tan horrendo pecado?

-Difícil, padre. Si es que se le cruzan a uno por donde pisa…

Pobres conejos. Tan inocentes que eran cuando sólo eran roedores, figuritas de chocolate o personajes de los tebeos y de los cuentos.

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Los jardineros y los horticultores denigran a los conejos por devastadores. Pero estos animalitos son la base de la alimentación de buena parte de la fauna  española. Sin conejos no podrían sobrevivir ni los linces ni las águilas imperiales. O sea, que en este particular, como en tantas cuestiones medioambientales, no se sabe si es mejor la abundancia o la escasez de conejos.

A ti personalmente te hace gracia verlos corretear a tu alrededor como si fueran personajillos de una película de Disney, y lejos de esa metáfora cuartelera que los asocia con el sexo. Más mancha  precisamente el sexo en la Casa de Campo, donde es fácil ver toallitas higiénicas y kleenex usados que  no hablan `precisamente del cuidado de las putas ni de sus clientes por el parque público donde se desfogan. Nadie se mete con ellos, así que harían bien en  poner de moda lo que una buena amiga, dueña de perros, sugería al respecto.

-Si a nosotros nos obligan a recoger las cacas de perros con una bolsita de plástico…¿por qué no imponer también un putibag donde se recojan los desechos de un servicio de prostitución?

Todo sea por el medio ambiente. Y, de paso, por salvar la honorabilidad del conejo.

 

Las Fallas, los perros y el silencio

No le gustaría a uno ser un perro y estar en Valencia en época de Fallas...

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A veces los recuerdos de lo intrascendente se graban con tanta o más nitidez que otros que se consideran más importantes. Pescaba Juan al atardecer a orillas de una playa de Almería. Juan es el hijo menor del Duende, y por entonces dividía sus pasiones entre tocar el saxo, pescar y pasear con la perra de la familia, una simpática fox-terrier llamada Alfa. Alfa no se separaba de él. Se sentaba en la arena y miraba atentamente las olas mientras se echaba la noche y el pescador esperaba pacientemente a ese pez que nunca pica cuando lo deseamos.

(A propósito, frustración nº 36.982. No sabe el bloguero si esto mismo le pasará al lector, pero él cuando camina por la playa o por la orilla de un río y da con un pescador, siempre desea que en ese momento éste rebobine el carrete y traiga del anzuelo un magnífico pez. Y eso no pasa nunca, demonios,  nunca. Muchas veces coincide con que el pescador recoge el sedal, y que a veces arrastra un alga, o con los plomos, el flotador la cucharilla y el cebo artificial produce el falso efecto óptico de que ha picado algo gordo. Pero siempre acaba todo en falsa alarma, nunca  con la captura del pez. Y no me digan que no exasperante, tener tan mala suerte, haber visto miles de pescadores a orillas del río de la vida y no sorprenderles jamás en el momento de la suerte suprema).

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El bloguero pasaba por ahí cuando, ya noche cerrada, en el vecino pueblo de Garrucha empezaron a quemar un castillo de fuegos artificiales. La fiesta piroténica no tenía lugar muy cerca, puede que a más de de un kilómetro. A pesar de ello, no bien explotó el primer cohete Alfa salió corriendo despavorida, ¿alma de perro que se lleva el diablo? Dos horas después Juan la encontraba, aún temblando, escondida debajo de su cama.

El espectáculo de verano era bien bonito, noche lunada junto al mar, un muchacho pescando, la perra tranquila, mirando las olas al pie de su amo, y al fondo ese plus de glamour que espolvorean sobre el cielo los fuegos artificiales. Pero el Duende recordó que él también, cuando era un niño, abría la boca de asombro al ver los fuegos al tiempo que se tapaba los oídos. Le espantaban las explosiones.

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Nunca había estado el Duende en Valencia en tiempo de Fallas. Pero entonces aún hacía diabluras por la radio, y los programas de RNE en los que participaba estaban para eso. Oye -llamaban  a los jefes de una ciudad de importancia o de una comunidad autónoma, que aún estaban de bien ver-. Que se inaugura la Exposición Universal de Rosas Exóticas. Que se celebra la Feria del Melocotón, muy importante para la economía de la zona. Que se ha cumplido el quinto centenario del otorgamiento de carta de ciudadanía a Villapendejo, un evento histórico de honda huella en la región. Que el Consejo regulador de la Denominación de Origen de la Nuez Moscada necesita un poquito de notoriedad. Que por primera vez alojamos en esta ciudad al Congreso Europeo de Entomólogos. Y allá que nos mandaban: a Doña María, a Capitán, al padre Bonete, al Gran Carnaval, a Julio César Iglesias, a Carlos Herrera, a Antonio Jiménez o a Olga Viza, según quién llevara la batuta.Y lo mismo teníamos que hablar de embutidos que de juguetes o de  historia, para acabar haciendo la pelota al lugar que nos recibía y diciendo por antena cosas tan originales como: encrucijada de culturas (esto se decía mucho), ciudad hospitalaria donde nadie es forastero (esto también), la gran desconocida (todas las ciudades y pueblos de España son los grandes desconocidos, pero se sigue abusando de semejante tópico, debe de ser muy resultón), y aquéllo de de “donde a un patrimonio histórico y cultural excepcional  y un dinamismo social y económico admirable se une una oferta turística, de ocio y gastronomía, que la hacen sencillamente insuperable. Aunque, para qué engañarnos, lo mejor de este sitio donde hoy hacemos el programa es su gente: gente abierta, sencilla y campechana que recibe a cualquier visitante con los brazos abiertos”…Todo eso decíamos, por eso pagaban a los parlanchines de la radio. Y la cosa gustaba tanto a los anfitriones que acababan invitando al equipo humano del tinglado de la radiofónica farsa a un buen almuerzo, regalaban a cada uno un bonito cenicero de cerámica con el escudo de la ciudad estampado en su fondo y luego invitaban a presenciar desde lugar preferente el acontecimiento o el objeto que justificaba aquel despliegue de medios.

-Qué bonito, qué interesante –había que decir- ¿Cómo es posible que el mundo entero no sea consciente de este privilegio que todos tenemos al alcance de la mano?

Así eran las cosas en el entonces de la vida de este bloguero.

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El programa fue en Valencia, la época la de las Fallas, y el acontecimiento La Mascletá.  El Duende creyó que de repente el cielo se abría y una de dos: o Zeus tonante  había despertado más furioso que nunca o se celebraba el cumpleaños de Paul Tibets y del Enola Gay. ¿Sonarían más fuerte aún las bombas de Hiroshima y Nagasaki?

Este incauto e ignorante bloguero no entendía que esa serie de explosiones insoportables para cualquier oído ligeramente sensible fueran causa de tanta algarabía. Podía haberse acordado de la alegría de vivir, del gozo de la fiesta callejera, de los que viven esperando todo el año su tradición más famosa, de lo liberador que es liarse la manta a la cabeza y caer en cualquier exceso. Algo de ese efecto narcótico incluyen las fiestas populares. Pero no, parecía que el Ayuntamiento, y la Plaza de la Constitución y Valencia entera iban a ser engullidos por el centro de la tierra, que volvíamos a la guerra, y que si aquello no era un raid aéreo estábamos en el epicentro de un terremoto.

Y entonces se acordó de la pobrecita Alfa, y de lo mal que lo deben pasar los perros de Valencia cuando llegan la Fallas y la pólvora y las explosiones se hacen dueñas de la fiesta.

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Qué horror, los petardos, las tracas, las bombas, los tiros y los truenos. ¿Por qué gustan tanto? Uno cree que siempre le pillan con el alma desprevenida, y que nunca podrá superar el pavor a su estampido. 

Alfa murió de viejecita, en el campo. Un día de verano, cuando sentía que ya no estaba para vivir más, se alejó de la casa y se echó sobre la tierra para dejarse morir.

Pero murió en silencio. Que es como, con las solas excepciones de los sonidos de la naturaleza, los de una conversación inteligente o los de una música sublime, le gustaría vivir a este bloguero el resto de la fiesta de la vida.

El Duende sí tiene quien le escriba

En este cenobio lleba cincuenta y dos años Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, un monje que escuchaba la radio...

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De mi consideración y respeto D. Luis y a la vez muy querido amigo, admirado como persona y artista y lo que es más, mucho más, carísimo hermano en Nuestro Señor Jesucristo.

Ya es noticia que uno le escriban. No que reciba envíos de bancos, compañías telefónicas, eléctricas, gasísticas, supermercados, pizzerías, restaurantes chinos y tarjetas de cerrajero, sino una carta escrita  probablemente en una Hispano Olivetti de los años cuarenta. Con una cruz en el encabezamiento, y el membrete de la Abadía Cisterciense de San Isidro de Dueñas (Palencia). Tres caras de folio a un espacio: esa es la segunda sorpresa. En esta época en que ya nadie manda cartas, el Duende sí tiene quien le escriba.

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Cuando nació el Duende –ya piensa que lo de la radio le sobra al pseudónimo- pensaba que todas sus ocurrencias hertzianas lanzadas al espacio durante casi un cuarto de siglo eran juguetes a los que dio cuerda y escaparon de su voz sin saber a dónde llegarían.

Nadie emite un mensaje universal que sea interpretado de igual forma por quienes lo reciben. La misma boutade que a este le puede hacer reir, a aquél puede que le haga llorar. Unos la considerarán inteligente, otros zafia e inoportuna. Para determinadas personas, puede ser humor. A otras quizás les parezca más dañino que un tumor. El bloguero cree que en algunos momentos habrá resultado, como poco, irreverente. Pero, sorprendentemente, para Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, que ingresó hace cincuenta y dos años en la Trapa, ni las impostaciones de Juan Pablo II y de Benedicto XVI son pecados de lesa religión. Más aún, hasta la burda caricatura de la clase de tropa eclesial le merece consideración. Su papel de P.Bonete me encantaba –escribe el monje- y me reía mucho, son dos grandísimos artistas los Sres. Javier Capitány Ud.

Al artista jubilado sólo se le ocurre apostillar: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mateo, V, 3-10)

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Un día, Julián García Candau, un veterano columnista deportivo de los no muchos que saben escribir con gusto, le dijo al Duende que había un paisano suyo que le seguía en la radio, y que suspiraba por unas fotografías suyas dedicadas. No era un paisano cualquiera: era un monje.

Mi ilusión desde muy niño era casarme –dice en su carta el cenobita- tener una digna esposa y unos hijos, poseer una familia , un hogar, no en vano tuve una novia desde los 21, y luego reñí y tuve otra, desde los 21 a los 24, edad en la que me metí en la Trapa con una fuerte vocación, pues cuánto me costó dejar la novia y cuánto me lloró día tras día para que no me fuese, es lo que más me costó dejar…

El Duende le escribió, le mandó las fotos, y pidió su oración para que Dios le perdonara  las travesuras radiofónicas que pudieran  ofenderle. Fray Mª Vicente no sólo rezó por esas intenciones, sino que aquella Navidad envíó a la casa del Duende unos bricks de leche de las vacas abaciales y una caja de bombones de la Trapa.

Nunca imaginó aquel bromista radiofónico que su semilla pudiera caer en tierra tan fértil.

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Fray Mª Vicente es un fraile muy terrenal. Confiesa que aparte de las novias el fútbol es la única afición que yo he tenido en mi vida. Aunque luego matiza: también el circo, (por sus payasos).

 Pero todo lo dejó por el amor a Cristo, pues créame que sin Cristo en mi vida ya no sabría vivir, El lo es todo para mí, aunque me gustaba antes muchísimo oir la radio o transistor que me regalaron del cual gozaba mucho oyendo a Ud. y a D. Javier Capitán “El gran carnaval”, donde me moría de risa en mi celda y luego también me gustaba mucho oirles a los dos a las 8 de la mañana antes de empezar el parte, lo maravillosamente bien que imitaban a todos los personajes, recuerdo que Ud. imitaba al Caudillo Franco, que vamos, era el Caudillo mismo.

Muy terrenal, como les decía. En aquel cruce de cartas de la década pasada, aunque es natural del mismo pueblo castellonense de García Candáu, se declaraba hincha del Athletic de Bilbao. El bloguero le recordaba entonces su triste suerte de simpatizante del Atlético de Madrid, a lo que el buen monje le recordó que todos somos hijos de Dios y herederos de su gloria.  O sea que hasta los del Aleti, que tanto pecan de ira y de escepticismo en este valle de lágrimas, podrán sentarse a la diestra del Jefe.

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Cincuenta y dos años levantándose a las cuatro de la madrugada, rezando, trabajando en la huerta, haciendo chocolate, encuadernando, cantando laudes, vísperas, salves, angelus… Aislado del mundo, pero escuchando la radio. Ni una palabra en su carta de palabras como crisis, Europa, prima de riesgo, paro, depresión, pesimismo. Les deseo con todo mi corazón y con todo mi cariño tanto a Ud. como a toda su querida familia unas felices, alegres y santas Pascuas de Navidad y que el Niño Dios nos conceda un venturoso y fecundo Año Nuevo 2012 y nos mande sus dones y gracias santificadoras para que redunde en nuestra santidad.

La carta es un dechado de caótica ternura. Como de otro tiempo, como de otro mundo. Y confiesa Fray Vicente que espera contestación, porque de verdad, D. Luis, que me han encantado sus cartas, sobre todo la más larga, no me canso de leerla, porque yo también aprecio y valoro en usted…Ojos que no ven, corazón que exagera.

Pero bienvenido Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, para recordarle al Duende que hay vida más allá de la crisis y Navidad más acá de El Corte Inglés, quizás donde nos recuerden que no sólo de pan debería vivir el hombre. Y más aún en estos tiempos en que cuesta tanto ganarlo.

 

Rubor ante las cámaras de TV

he ahí una buena solución para salir por la tele sin pasar vergüenza...

Qué inesperado. De repente un día de hace dos semanas al Duende le llama Antxon Urrusolo.

Antxon –espera no haberle escamoteado ninguna x en su nombre- le invita a participar en un programa que arranca con el nombre de ASPALDIKO que va a presentar él en ETB. ETB, ya saben, no es lo que era. Antxon probablemente no cabría en lo que era la TV autonómica vasca. El Duende tampoco tenía cabida en TV alguna. Ni vasca ni de ningún otro lugar..

Pero Antxon insistía. Dice no interesarse por  el Duende como tal. Hace un año le buscó como padre Bonete para invitarle a la presentación de un libro suyo sobre la cocina de los conventos y monasterios, y el Duende, lamentablemente, tuvo que rehusar el apetitoso encargo. Qué fe la de este periodista vasco, cómo puede confiar en los trasgos evanescentes que a veces se filtran por los micrófonos. Esta vez no busca la gamberrada ni el astracán. Inopinadamente, para el viernes que, según él, pinta más distendido que el resto de los días de la semana, quiere una tertulia irrelevante, pero curiosa. Sobre temas  de esos a los que costará aplicarles el término de “debate”. Hoy cualquier cambio de pareceres es debate. A lo que pueden largar el Duende y compañía le llamarán “txorradika” o así.

-Qué nervios-comenta el Duende con su amigo Homper-Salir en la tele vasca, y yo con estos pelos…

Pelos blancos. El Duende se ve como  un Carrascal menos flamígero con el poder y con peor inglés. Según sus cálculos, y salvo que tengas que hacer de abuelito en un spot de la Caixa para planes de pensiones o en otro de pegamento para dentaduras postizas, su estilo no es precisamente el de un icono televisivo. En cabelleras blancas y portes atildados le salía muy bien el marqués de Santo Floro, que lamentablemente ya murió –una perla para imitar- y el propio Carrascal. Pero ahora no se llevan los hombres así. Ahora hay que salir con camisa negra, barba a medio rapar y el pelo cuidadosa, pero desordenadamente engominado. Antxon insiste en que no.

-De verdad te digo: quiero una tertulia alternativa. Bastará que te comportes con naturalidad.

Qué peligro. La última txorradika que le obsesiona al Duende es la desnaturalización de la pana. O qué pronto se despeluchan ahora las rodilleras en un pantalón de pana. Pensar que era la tela de la gente del campo, de los pastores, de los jornaleros, de los mieleros de la Alcarria, y que ahora se ha convertido en un género tan delicado…Ya nada es lo que era. Ni siquiera la tele vasca.

Aunque por mucho que diga el bueno de Antxon, no se si se va a mantener con aportaciones intelectuales de este calibre.

Martita vuelve a sonreir (Un cuento sobre la sensibilidad)

Se lamentaba Homper- el Hombre Perplejo- a su psicólogo. Mire, trato de encallecer mi sensibilidad y sin embargo creo que fracaso, ¿qué puedo hacer? El psicólogo le recordó que ser una persona sensible, como diría el padre Bonete, no es malo de suyo. Pero Homper replicó de inmediato: calle, no diga tonterías, tú blindas tu alma y el mundo te resbala. Sin embargo abres tus poros a lo que flota en el viento, a los sentimientos, a lo que ven tus ojos, a lo malo o a lo bueno de la vida, y siempre crees que te debe lastrar lo peor. Y acabas sufriendo innecesariamente, como mi amiga Marta.

Y añadió que parecía imposible que Marta lo estuviera pasando mal, con la carita inocente, tan rica y llena de ternura, que Dios le había dado.

Marta había entrado en la edad madura, pero seguía luciendo rostro de niña, y era tan dulce y cariñosa, que invitaba a que se le llamara Martita. Parecía una amiga de Mafalda, o una de esas criaturas con zapatitos, calcetines y lazo en el cabello que ilustraban las vajillas infantiles antiguas. Marta está bien casada con un marido estupendo, un ingeniero de esos que no sólo te quiere, sino que además es capaz de crear una empresa y, lo más importante, de arreglarte la plancha si se pone a ello. Un tipo tan bien organizado que incluso es capaz de entender ese artefacto diabólico para los bebés que se llama Maxi Cosi, no les digo más. Tienen cuatros hijos y esperan un nieto, y viven en una casa con patio ajardinado la mar de agradable. Además, trabajaba en una pequeña fábrica de felicidad, pues por sus manos pasaban niños de esos que antes llamaban incluseros y que, gracias entre otras cosas a sus buenos oficios, encuentran ahora padres adoptivos. Bonito trabajo Sin embargo, las cosas, se le habían juntado alifafes de salud, preocupaciones por el futuro de sus hijos -¿quién se libra de eso?- y alarmas derivadas de su extrema sensibilidad. Y ahora andaba triste, algo deprimidilla.

¡Qué compromiso, doctor!-le dijo Homper. Y el psicólogo se excusó. No se qué decirle, no la conozco, mi cliente es usted…Pero no creo que eso de echar una capa de cemento a la sensibilidad sea remedio…Y haga el favor de no complicarme la terapia con terceros, caramba, que bastante tengo con usted.

Y Homper se echó a la calle recordando el verso de Rimbaud que tanto recitaba su padre. Par delicatesse j´ai perdu ma vie…Y pensaba que, pese a la resistencia del psicólogo, sus esfuerzos por sofocar sus neurona de la sensibilidad no le habían ido tan mal. Pasaba por la Rosaleda del Retiro en su esplendor y conseguía que las rosas no le dijeran nada. Desfilaba ante los mendigos más dignos de compasión y se convencía a sí mismo de que eran farsantes. Veía precipitarse por un balcón a un especulador desesperado por la crisis bursátil y se encogía de hombros. (Hacía bien, el millonetis arruinado se había atado un tirante de los del puenting, por si en el descenso Wall Street rebotaba y salvaba los muebles). Se convencía a sí mismo: educo mi resistencia, me fortalezco, estoy preparado para afrontar el futuro sin ser víctima de mis sentimientos.

Sin embargo aquella noche tuvo un sueño inquietante. Había dejado sobre la mesa de la cocina una merluza en salsa con la que pensaba invitar a cenar a unos amigos. Ya se sabe cómo son de caprichosos los sueños. En esto aparece su nieta encima de la mesa, y mete un pie en la fuente de merluza. Suena el teléfono, Homper toma un rollo de papel de celulosa, limpia a toda prisa el pie de la niña y se precipita a descolgar. Cuando regresa, la niña no está. Sin lavarle el pie, que seguramente olerá a merluza en salsa verde, la madre le ha puesto los zapatitos y se la ha llevado a la guardería. Y Homper pasará el resto del día torturado por la culpa y las dudas. No sabe qué es peor, si que las monjitas miren extrañadas a su nieta porque huele a pescado guisado, o que a sus invitados esta noche no les guste la merluza con sabor a pie de niña. Qué horror: regresa a la sensibilidad.

Y aunque tenga que seguir pagando al psicólogo, se congratula con su suerte, y aún se atreve a rectificar a Rimbaud. Par delicatesse j´ai gagné ma vie, sí, eso debería haber escrito el poeta. Pues, pase lo que pase con el sueño, con el pie de la niña y la fuente de merluza, y a pesar de que el día es plomizo, Homper sabe que gracias a que aún no se le ha embotado el sentimiento conecta con su amiga Martita. Y está convencido de que ésta sonreirá cuando lea sus peripecias. Y pensará que, pese a todo, vale la pena abrir esos ojos con pestañas tan largas que hacen cosquillas a los ángeles y volver a mostrar su sonrisa de niña feliz.

Dios entre E.T. y Einstein

(Foto de Max Sparber)

Los periódicos del pasado 14 de mayo hacían coincidir dos noticias llamativas. Por una parte, una afirmación de la Iglesia de Roma con algunas repercusiones en su doctrina oficial. Y, por otra, unas revelaciones de Albert Einstein sobre la religión de las que hasta ahora no se sabía nada. Más picadillo para la empanda mental que en materia religiosa siempre se está cocinando el Duende.

 La fuente en el primer caso es el astrónomo del Vaticano. Este jesuita, un argentino llamado José Gabriel Funes, parece tener más predicamento que el referido específicamente a su ciencia. Escudriñando el cielo con su preclaro telescopio, ha llegado a la conclusión de que se puede creer al mismo tiempo en Dios y en los extraterrestres. La afirmación ha llenado de gozo a gran parte de la grey católica militante en la zona gris de la fe, o sea, la fe fetén ma non troppo. Este tipo de creyentes vivía francamente atormentada por la obligación de creer que E.T. era menos criatura divina que canallas como los que integran junta militar de Birmania o pájaros como el jefe de la policía local de Coslada. No podía admitirse tanto contradios. 

 Pero claro, cualquier reforma en la doctrina viste un santo para desnudar a otra. A un creyente  a machamartillo, como los que tanto le gustan al padre Bonete, le asaltan ahora dudas que nunca tuvo. ¿En cuál de los siete días que relata el Génesis creó Dios a los extraterrestres? Otrosi,  si la oración del credo habla del Dios creador del cielo y de la tierra, en ella no caben estas extrañas criaturas, que tampoco estaban censados en el arca de Noé. Por otra parte, si es cierto que  Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, ¿a semejanza de quién se le ocurrieron los extraterrestres?. Más dudas: cuando el astrónomo da carta naturaleza a los extraterrestres es porque, en buena lógica, tiene prueba de ello. Y si éstos se han manifestado es en razón de su inteligencia superior, puesto que el hombre no ha sido capaz de hacerlo sino en la Luna y en Marte, donde no hay bicho viviente. ¿Quién es ese Superdios que pilota a los extraterrestres? Jesús, qué lío.

 Al mismo tiempo, se desvela ahora que el gran cerebro del siglo XX creía que Dios y la religión no son más que una expresión de la debilidad humana. Y que la Biblia es una  colección honorable, pero primitiva (sic) de leyendas infantiles. Lo anota así en una carta enviada al filósofo Eric Gutkind el 3 de enero de 1954, y publicada esta misma semana por el diario The Guardian. Tal como se reproduce, parece que las afirmaciones del sabio alemán lo son para escándalo de los creyentes. Al Duende, que está lleno de buenas intenciones, pero que sólo cree que cree, no le escandalizan nada, y le parecen bien traídas. El encaje entre las grandes verdades de las religiones y las aún más enormes y sangrantes contradicciones que uno ve en este mundo son tan difíciles de racionalizar como el ratón Pérez o los Reyes Magos.

  Claro que Dios es muy superior a estos cuentos, y presenta mejor hoja de servicios. Pero hay que reconocer que, para ser tan bueno y tan sabio, a menudo se expresa bastante mal.


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