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El preocupante caso de Ça me la refanfinfle

Homper se queda perplejo al ver que un lápiz pueda desatar tragedias. Pero también de que pueda manejarse con la ingenuidad irresponsable de un n iño...

A Homper le deja perplejo y espantado  que un lápiz pueda desatar tragedias. Pero también  que algunos lo manejen con la ingenuidad e irresponsable de un niño travieso…

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Resulta que Homper era presidente del consejo de redacción de Ça me la refanfinfle, semanario satírico en francañol que cumplía con todos los mandamientos del humor satírico tradicional. A saber: 1. Demostrar que sus creadores están a la que salta. 2. Confirmar que para listos y llenos de razón, ellos, y para borreguitos el resto de los paisanos. 3. Tocar les cataplins á gauche et droite, mayormente a la segunda. 4. Animar el debate nacional, internacional, supranacional y universal sobre cualquier tema, caiga quien caiga. 5. Como corolario de todo ello, reafirmar y fortalecer viñeta a viñeta la (sagrada) libertad de expresión. Aunque la palabra sagrada apareciera entre paréntesis, pues para esos intrépidos paladines del humor cáustico e inteligente no hay nada sagrado.

La mejor prueba de ello es que, a pesar de la indignación que entre los musulmanes había suscitado la última viñeta en la que el propio Mahoma le quitaba hierro a sus caricaturas, la redacción había considerado oportuno que la portada de esta semana presentara nuevamente al profeta diciendo: ¿Cuándo se enterarán los míos de que todos los hombres somos iguales?

-Hombre, no –farfulló Homper mientras insinuaba una mueca de claro disgusto- ¿No podíais haber elegido otra actitud?

La viñeta mostraba a un tipo con barba y turbante de medio perfil haciendo un pis torrencial. El dibujante no había sido todo lo explícito que cabría esperar de su audacia, pero la cara de sátiro del profeta denotaba que lo que se  traía entre manos, oculto por los pliegues de la túnica, era algo verdaderamente asombroso.

Mais non! –dijo el dibujante ofendido- ¡A ver si tú también vas a resultar un fascista, como el papa Francisco!…¿O es que no entiendes que hacer humor hoy es también hacer política?

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Homper también fue esta vez el hombre perfectamente perplejo. Hasta los gatos quieren zapatos, pensó. No se puede decir, porque es políticamente incorrectísimo, pero lo malo es que hoy cualquiera al que le leen o escuchan en algún medio se cree intelligentsia. Y en razón de ello, gracias a la superioridad moral que recaba para su elite, se siente titulado para pontificar y despreciar la sensibilidad de los demás.

-¿Hacer política?-se preguntó- ¿No es la política el arte de lo posible? Pues que me digan estos pepitosgrillos del comic: a un fanático dispuesto a inmolarse por sus ideas… ¿es posible hacerle razonar provocándole aún más?

Durante un ratito Homper pretendió convencer a su intrépido grupo de talentos que aquello del sostenella y no enmendalla era más oportuno en otros lances, y que la presunta gracia que para unos podía tener la irreverencia no compensaba el riesgo que suponía alimentar más aún la ira irracional del fanatismo. No tuvo éxito. A Ça me la refanfinfle se la refanfinflaba todo con tal de obtener un nuevo aplauso de los ingenuos y de la progresía malgré tout.

Así que no lo pensó ni un minuto más: dejó su sillón y presentó su dimisión irrevocable por discrepancias con su redacción.

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Fiel a la costumbre de los tiempos, se despidió en Twitter con este mensaje: Dejo Ça  me la refanfinfle. Lo siento por Lulú, mi secretaria, tan guapa y bondadosa. Hace una crème deliciosa…Brûlée naturalmente!

Qué ingenuidad la suya. Semejante mensaje en la red, que quizás podría explicarse por una chochera propia de su edad, llamó la atención de los hipersensibilizados servicios de inteligencia occidentales, pendientes de todo cuanto puede amenazar ahora a las revistas satíricas.. ¿Era Lulú un nombre en clave? Los adjetivos guapa y bondadosa, tan ñoños y pasados de moda, ¿encriptaban consignas peligrosas? Esa mención de sus habilidades culinarias, especialmente centrada en los postres…¿aludía a una solución final? Y lo peor de todo: la crème tenía que ser brûlée, es decir, quemada. Definitivamente, la tal Lulú era una yihadista fanática dispuesta a inmolarse en una deflagración a saber dónde, y el que firma el tweet como Homper era el jefe de comando que, cual caballo de Troya, los terroristas habían infiltrado en la revista.

Lamentablemente, Homper fue detenido. Claro que en ese momento se despertó, y se dio cuenta de que todo eso, que ahora puede parecernos verosímil, había sido tan sólo una pesadilla.

 

Cosas que hay que agradecer

Afortunadamente, lo que viste y escuchaste ahí te alegró el día...

Afortunadamente, lo que viste y escuchaste ahí te alegró el día…

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De vez en cuando, no muy a menudo, te sacude un ramalazo de sensatez.

Ayer por ejemplo pensabas que el auténtico privilegio de la racionalidad debe de ser el saber priorizar las ocupaciones del cerebro. Llevabas unos días como loco obsesionado con asuntos tan espinosos como el funcionamiento del ordenador, el hosting de tu blog, la posibilidad de un virus -¿troyano, tirio, espartano, caldeo, asirio, macedonio?- y el temor de que esos percances espaciaran aún más tu costumbre de escribir para tu Duende. Todo en el ápice del verano, cuando es más difícil conseguir ayuda. Suele pasar: quedarte fuera de casa habiéndote dejado las llaves dentro, sufrir un cólico nefrítico, inundar al vecino de abajo por un tapón en el desagüe de la lavadora, necesitar un certificado para el pasaporte, el coche que te deja tirado…¿Por qué siempre cuando son más inoportunos?

Entretanto, habías decidido marcharte de vacaciones. Este año, por aquello de tu presencia obligada en la radio los fines de semana, estas se deben racionar en espacios de cinco días, de domingo a mediodía a viernes noche. A ti esto no te importa, siempre que al menos la mecánica de internet, de tu ordenata y de tu blog vaya como la seda, y te permita creer que cumples con tus deberes morales. No era el caso. Escapaste a la Galicia más escondida, a un enclave del Lugo profundo de verdad, a un lugar idílico donde hasta la cobertura telefónica y la cosa esa del wifi son arcanos imposibles de atrapar. A un paraíso olvidado de casi todas las agendas turísticas, en el que no encuentras a nadie conocido y en el que sientes que estás incluso fuera del tiempo. Un conjunto de condiciones ideales para disfrutar un auténtico espasmo de felicidad y de paz interior. Y sin embargo…

-Jódete- sentías que te decía Pepito Grillo– Tu duendedelaradio te está haciendo la puñeta, y no te va a dejar disfrutar.

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…Hasta que tras varias curvas por una carretera que desciende suavemente al valle por entre un bosque tupido de majestuosos castaños, robles y arces, apareció la iglesia de San Pedro Fiz de Hospital de Incio, una maravilla del románico que exhibe su limpia belleza en mármol blanco y gris patinado por el tiempo.

Os abrió sus puertas Manuel Couceiro el sancristán (sic), un anciano de ojos azules con cara de bueno de película de John Ford que desempeña ese menester desde que hizo la primera comunión en la misma iglesia. El sancristán contó que el comendador Quiroga, cuyos restos mortales descansan en la única tumba visible, pidió que los pies de su efigie yacente descansaran sobre la talla de su perrito, que así se los mantendría calientes por toda la eternidad. Según el impagable cicerone, este mismo personaje coincidió bajando las escaleras de un restaurante (sic) con los Reyes Católicos, que ya habían terminado de almorzar, y que, a su decir, fueron los primeros en proclamar que en ese trance nunca se sabe si los gallegos bajan o suben. Rigor histórico ante todo. A la modesta talla románica de una Virgen dando de mamar al Niño le falta un peito (sic), aunque no hay acuerdo entre los especialistas sobre si fue porque padeció un cáncer de mama y se lo extirparon o porque nació sin él. Sin embargo la interpretación más sublime es la del Cristo que cuelga sobre el altar, que tiene un sacreto (sic).

-Y el sacreto es que si lo miras desde el lado derecho, la cara del Cristo parece que está como contenta. Pero si luego lo miras del lado izquierdo, la misma cara está disgustada, como diciendo: ¡carallo, pero si me han crucificado!…

Este cuadro emocionante, tan hermoso en su estética como pintoresco desde el punto de vista humano, se completa cuando reparas en el enorme castaño de redonda y tupida copa que vigila el conjunto arquitectónico de iglesia y cripta por el poniente. Según Couceiro, vino un alemán muy sabio con un berbiquí que clavó en el tronco, sacó unas virutiñas de madera y dató su edad.

-¡Treinta años más de quinientos tiene el castaño!- os contó el sancristán agitando exageradamente sus brazos.

Al fondo, el sol ya decadente doraba la cresta del bosque que rodea ese mágico lugar, mientras que al sur veías un prado verdísimo que desciende hasta el río Cabe, que culebrea cantarín por el lecho del valle. Pensaste por un momento en el desasosiego que te reconcomía al empezar el día, y que se disipaba como por ensalmo en un destello de sensatez al ser testigo de aquel momento. Te olvidaste de tus miserias. Sólo se te ocurrió entonces agradecer a la Iglesia de san Pedro Fiz, al castaño cinco veces centenario y al elocuente sancristán que hubieran esperado tantos años ahí para ofrecerte ese rato inolvidable.

 

Pensar que aquel momento tan especial te estaba esperando te alegró el día...

Pensar que aquel momento tan especial te estaba esperando te alegró el día…

De piedras y otras hazañas

Estany o lago de Cabanyes o Cabanes, según se diga en catalán o castellano. Con el protagonismo de sus piedras...

Estany o lago de Cabanyes o Cabanes, según se diga en catalán o castellano. Con el protagonismo de sus piedras…

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Te lo dijo Pepito Grillo, que aparece en tu vida de higos a brevas.

-Deberías advertir al personal que por primera vez en muchos veranos  te aqueja el síndrome del relajo total.

Es cierto. Llevas recorridos muchos kilómetros, habrás dejado atrás muchos pueblos, iglesias, monumentos y parajes por explorar, se te escurren los días sin volcar novedades en tu blog y  ves pasar las vacaciones tan ricamente. No hay sofocos, disgusto ni crispación alguna por no haber hecho esto o lo otro.  Ni siquiera sientes un leve picorcillo de conciencia. ¿Te habrás liberado ya de la ansiedad que definieron como el mal de Stendhal?  Quién te ha visto y quién te ve, tú que siempre creíste que malgastar un minuto sin conocer algo nuevo era un pecado de lesa humanidad.

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Apenas te están interesando  las noticias. No escuchas la radio ni ves televisión. Sabes de las tragedias de Siria y Egipto, de la farsa de Gibraltar o el del pavoroso incendio –los nuestros aparte- que ya ha quemado 62.000 hectáreas de Yosemite Park. Pero los sientes como esos pájaros que ven pasar los coches por la carretera tranquilamente  posados en los cables de la luz.  Adónde vas a llegar.

Tu irresponsabilidad sobrevenida es tal que ni siquiera te importa que Gareth Bale valga noventa o cien millones de euros, ni que la portería del Madrid esté defendida por Diego López en detrimento de Casillas.  Te empeñas en quedar al margen de la polémica nacional por excelencia. Vamos que vamos, osadía la tuya.

-Oye Pepito-le dices- Tanto pasotismo debe de ser grave. ¿Será posible que me haya convertido en un hombre maduro a mi tierna edad?…

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Te preocupan auténticas naderías. Una de tus obsesiones cuando hace tan sólo unos días  andabas por los Pirineos era imaginar a Aníbal siguiendo tu camino. ¿Por qué paso cruzaría esas inmensas moles de piedra? ¿Cómo pudieron moverse por allí sus famosos elefantes? ¿Cómo salvó su tropa la fatiga de esas marchas en los rigores del invierno? ¿Cuántas vidas de soldados y de bestias no exigió su campaña hasta Roma?

-No somos nada- anotas mentalmente.

Y es verdad. Comparas esas lecciones de coraje y de resistencia con tu ascensión al precioso estany de Cabanyes, una marcha de sólo 650 metros de desnivel que a ti te pareció una hazaña, y concluyes que la humanidad se ha convertido con los siglos en una melindrosa señorita.

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Con excepciones, claro. En Benasque, donde pasaste dos jornadas después de dejar les Valls d´Aneu invitado por sobrinos que te cuidan bien, sus amigos montañeros no hablaban de otra cosa que de un fenómeno llamado Killian Jornet, un atleta catalán que tú desconocías hasta anteayer cuyo memorial de records te dejó turulato. Además de ascender corriendo el Mont Blanc y otros picos famosos, el tal Killian completó la llamada Ruta Transpirenaica, un recorrido de este a oeste por las cumbres y los valles de la cordillera que sus zapatos devoraron en etapas de 140 kilómetros/día.

-No somos nada –te confirmó Pepito Grillo.

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La vida de las piedras. De las piedras caparazón  incrustadas en las montañas, de las que han rodado por torrentes y pedreras, de las que han canteado las aguas rabiosas a lo largo de los siglos y yacen en los cauces de los ríos, de las que formaron muralla para contener a las laderas, de las que apuntalan las carreteras y caminos, de las que, colocadas por la mano del hombre forman tantos kilómetros de esas preciosas paredes y muros que el musgo va tapizando y convirtiendo en obra de arte, de las que sostienen casas, iglesias, ermitas. De las que cubren como lápidas el sueño de los justos en esos diminutos y entrañables cementerios paredaños a los templos pirenaicos. De las que han sido talladas para ser bebederos, pilas, fuentes, cruces, ménsulas, canecillos, mojones, incluso mesa y bancada para que descansen en ellas los caminantes, saquen su bocata o su lata de mejillones y repongan fuerzas mientras contemplan el panorama y puede que reflexionen sobre lo que dan de sí esos majestuosos escenarios naturales.

-Incluso al lado de las piedras –te da por seguir lucubrando- …¿qué somos?

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Leíste una vez que Mallory aceptó el tremendo reto de ascender las cumbres del Everest porque la montaña “estaba ahí”, como si le esperase justamente a él y no pudiera resistirse a su invitación. Tú te has peguntado estos días por qué esas montañas y esas piedras que ennoblecen a los Pirineos también te esperaban a ti. Quién las puso, quién las desparramó, quién las cargó, las talló y las ordenó para construir, quién hizo con ellas paisaje e historia. Es otra hazaña asombrosa de la naturaleza, del tiempo y de algunas manos anónimas que completaron su labor.

La vida de las piedras es callada, pero a veces te llega a emocionar. Te dan ganas entonces de agradecerles su belleza y su silencio.

 

La medicina del alma

La foto es un churro, pero la "instalación" tiene su aquel...

La foto es un churro, pero la “instalación” tiene su aquel…

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Viste en un ABC reciente que en algún lugar han inaugurado un busto en honor de Mingote. Recuerdas vagamente la foto de familia y autoridades que suele recoger este tipo de actos. Junto al busto aparecen todos los que lo admiraron con cara de circunstancias. Quizás sea por lo mismo que te ha llamado la atención a ti, y es que la presunta obra de arte no se parece en nada al original. Suele pasar. Nos asombran el Moisés de Miguel Angel y el Éxtasis Bernini por la asombrosa fidelidad de sus rasgos, pero lo cierto es  que nadie había visto la cara ni tiene la fotografía  de Moisés ni de santa Teresa para comparar. O sea, que el retrato de los personajes no deja de ser un suponer.

A Mingote le van a dedicar ahora una estatua en El Retiro. Ya han convocado un concurso: Dios nos coja confesados. Más valdría que le dedicaran una placa en la que se plasmara uno de los dibujos con los que se autorretrató. Sólo unas líneas de su lápiz serían para el gran público bastante más identificables y, sobre todo, más emotivas, que lo que probablemente elegirá el jurado municipalista. Basta cotejar la estatuaria conmemorativa que jalona las calles de las ciudades y pueblos de España. ¿No son sus mejores esculturas las de aquellos a los que nunca conocimos de carne y hueso?

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A tu tío Federico Larrarte le dedicaron cuando murió uno de esos recuerdos de bronce en los jardines de Arenas de san Pedro que llevan su nombre, pero tú pasaste por allí y comprobaste que aquel bajorrelieve podía ser él o cualquier otro tío. Mejor hubiera sido sólo la leyenda: al doctor Federico Larrarte, que atendió a tantos arenenses sin cobrarles una peseta. El tío Federico Larrate siendo poco tío –estaba casado con una prima segunda de tu madre, que era la  que daba las mejores comidas y meriendas de la familia- era un gran tío. Lo suyo eran los niños, aunque no sabes si a eso hay que llamarle puericultor, como se decía entonces, o pediatra, como prefieren decir ahora. De modo que tu primera noción de un galeno se fraguó sobre la imagen de un señor sonriente, muy pulcro, elegante y simpático vestido con camisa a rayas y cuello de celuloide blanco que iba a tu casa cuando te dolía la garganta o eructabas esencias de huevo duro.

-Este niño en cama, que no vaya el colegio –decía después de auscultarte y de palparte la tripa- Y de dieta, arroz blanco, jamón de York y yogur.

Entonces te daba un cachetito en el moflete, para restarle importancia al asunto, metía el estetoscopio en su maletín de mano y se despedía.

Eran tres de tus manjares favoritos, así que tú le quedabas muy agradecido, porque te sanaba, te libraba del colegio, le daba alegrías a tu paladar imberbe y encima, en verano, hasta te llevaba de excursión en su Renault 4/4  por las carreteras de Arenas.

El tío Federico se distinguía además por su voz, que tú, en una precoz ínfula de greguerista ramoniano, asociaste a la del bocadillo de jamón, como si los bocatas de jamón hablaran. No sabías por qué, pero estabas convencido de que el tío Federico tenía voz de esa delicia, sin precisar si el jamón era de Avilés, de Teruel o de Montánchez, porque entonces lo de ibérico pata negra no entraba en tus cabales. Otra de las peculiaridades del tío Federico es que exhalaba un perfume inconfundible, el de una colonia que no oliste nunca en ninguna otra persona, y que grabó tu memoria olfativa para siempre. También lucía  en el dorso de una mano  uno de esos grandes lunares que la edad desparrama por la piel humana.

-¿Qué es eso?- le preguntaste un día.

-Un caramelo –te respondió sin darle importancia.

Tú, como buen niño, no entendías el sentido del humor. Pero te quedaste con la idea del caramelo para redondear la imagen del hombre que te ayudó a crecer. Todo positivo, todo amable. Un mal día el tío Federico se murió, y tú mojaste la  pluma en la tinta de los recuerdos para escribir El retorno del tío Federico, una semblanza imaginaria en la que resucitaba para seguir vigilando la salud de sus pacientes. Supones que aquellas cuartillas pecarían de sensibleras, pero a su hijo Adolfo, que heredó el maletín y luego te ayudaría a criar a tus hijos, le emocionaron mucho.

-Muchas gracias- te dijo por teléfono con la voz temblorosa. Era la única vez en su vida que te llamó él, porque siempre eras tú o tu mujer la que le llamaba para atender a los niños.

Ese recuerdo te estimula. Pensabas que los médicos, tan familiarizados al cabo con las glorias y miserias de la vida y de la muerte, no deben de ser propicios  a la emoción. Sin embargo muchos años después repites en cierto modo la experiencia con otro médico y te das cuenta de lo contrario. Les cuesta, probablemente están educados para la frialdad y la templanza, pero, como cada quisque, tienen su corazoncito.

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Que la fuerza te acompañe, decía Darth Vader. Pero luego te acompaña o no, según le da. A Constantino Romero, que era quien daba voz al tal Darth, le ha acompañado sólo hasta los 65 años, dos menos de los que tú has cumplido con largueza. Sigue el desfile…

Eso quiere decir que estás en edad de riesgo, y que nada agradeces tanto como ese médico amigo que, saltándose el severo protocolo y la burocracia que hoy exige la medicina, pública o privada, te ofrece su teléfono móvil y te atiende a cualquier hora del día y de la noche. Se habla mucho de los progresos de la moderna medicina, pero a ti te nacieron en la época de los médicos de cabecera, cuando Mahoma aún iba a la montaña, y no era esta la que tenía que acudir al hospital o al ambulatorio para revisar sus debilidades. O sea, que echabas de menos al médico cercano. En más de cuarenta años de cotizante de la Seguridad Social ni siquiera recibiste la visita de ninguno de sus galenos.

-Con la de trabajo que tendrán- pensabas-¿Cómo les voy a llamar por una simple vomitera?

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La fuerza de Darth Vader quebró con tu puñetera neoplasia y dejó de acompañarte, pero como no hay mal que por bien no venga fue entonces cuando perdiste el pudor y solicitaste la ayuda de esos médicos que, dentro o fuera de tu seguro eran tus amigos. A tu otorrino de confianza, Paco Isasa, a quien no veías desde el colegio, te lo reencontraste veinte años después trotando a tu lado entre la nube de corredores que corríais la Maratón de Madrid, y desde entonces lo llamas sin reparo alguno cuando lo necesitas. Vitín L. Barrantes, que es dermatólogo, te hace encantado la ITV de la carrocería, y te anima cariñosísimo con la autoridad añadida de haber superado su propio susto y ser un hombre feliz. El cirujano Vicente F. Nespral te arregló en su día la fontanería interior (e inferior), y es tan eléctrico atajando tus males como poniéndote en contacto con el especialista que haga falta. José Antonio Serra, que es geriatra, está abierto hasta al amanecer `para examinar tus vergüenzas y despacharte recetas adobadas con sentido del humor.

-Lo del reconstituyente  me parece bien. Lo de la muñeca hinchable –dice sin perder un ápice de su ironía- excesivo.

Y finalmente tienes a Quico L.I., que es psiquiatra,  que lleva años luchando denodadamente contra su propio bichito  y que coincide contigo en el campo los fines de semana. Tal vez por eso se ha convertido en tu mentor y supervisor, como si él fuera el prior y tú el misacantano tumoral. Qué cosas.

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A Quico le debías un detalle, pero no es hombre fácil de regalar, pues él bebe Coca-Cola en lugar de vino, y además se ha comprado ya todos los caprichos más o menos útiles que normalmente apetecemos los hombres. Así que decidiste que más que un regalo le cuadraba un homenaje. Podías haberle encargado un busto, con el riesgo de que al artista de turno le saliera un engendro como aquel del pobre Mingote que se cita en este post, y además no tenías presupuesto Tiraste de imaginación y entonces se te ocurrió una instalación, que ese neologismo mágico con el que los artistas modernos presentan sus creaciones o sus camelos, que pueden ir desde una docena de latas de tomates ensartadas por un alambre en torno a la escafandra de un buzo –qué genial- hasta tres escarabajos peloteros disecados sobre un tablero de parchís. Asombroso, sobre todo si los escarabajos van pintados de turquesa y oro y el título de la instalación es Tres lanceros bengalíes.

 

-No te pongas estupendo- sentiste que te decía entonces Pepito Grillo- y no te comas el coco. Que Quico es más sencillo de lo que tú piensas.

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Entonces pensaste en lo mismo que probablemente te hubiera gustado a ti, un modesto juguete de hojalata y un mensaje ad hoc, como queriendo decir que lo importante no es el valor del objeto en sí, sino su significado. Pillaste una ambulancia de los años sesenta, una caricatura suya, una foto de Gredos como marco de vuestros encuentros, y con la ayuda de tu sobrina Alicia y tu sobrino Ramón instalaste, y valga en palabro, todo esto en una caja de madera cerrada por una tapa de cristal. Lo demás fue leer el soneto en medio de un pequeño festejo entre amigos. El soneto, titulado La ambulancia de Quico, dice así

¿Por qué será que Quico, o don Francisco,

doctor en los problemas de la mente

siempre te atiende, amigo y diligente,

te duela tu locura o tu menisco?

¿Por qué no hay nieve ni rayos ni pedrisco

que frenen su atención hacia el paciente?

¿Por qué cura su optimismo impenitente

Hasta el mal más dañino y levantisco?…

La respuesta no está sólo en su ciencia,

sino en algo de aún más importancia.

Buen galeno, acude con urgencia

y para atajar cual sea tu dolencia

te acoge en su mágica ambulancia

y te inyecta cariño en abundancia.

La instalación no es para que figure en el Reina Sofía, y el soneto no hace sombra a los de Quevedo. Pero con ellos no hablaba un artista, sino sólo un amigo agradecido que mejora día a día gracias a la medicina del alma.

Cómo aliviar daños colaterales

El truco consiste en transferir al espíritu de celebridades como el del valeroso general Ricardos, que ya no sufrirá nada, los males que te afligen...

El truco consiste en transferir al espíritu de celebridades como el del valeroso general Ricardos, que ya no sufrirá nada, los males que te afligen…

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Cuando revisas tus  últimos intentos de completar un  post y de subirlo al blog te entra un ataque de sinceridad.

-Esto es un coñazo-  te susurra Pepito Grillo- ¿Cómo quieres que a nadie le interese eso?

Claro, no los acabas, no los rematas, y pasan los días sin subir ningún post nuevo. Encima te estás poniendo pesado con tanto darle vueltas a tu arrechucho. No es para tanto, caramba.

Por otra parte, la cosa te preocupa. Algunos de tus amigos creen que el tono de tus entradas es como el termómetro de tu salud. Y si ven que no estás ni para escribir, pueden creer que estás peor. Lo cual es cierto, pero menos. Sueles explicar que después de las quimioterapias  te tiene a mal traer el funcionamiento del sistema digestivo, añadiendo que de norte a sur. Esta última es una metáfora de niño aprendiz de geografía: tiendes a creer que el norte es lo que queda siempre más arriba, como si toda la vida fuera un mapa. Bueno, pues tú andas permanentemente revuelto y asquerosito a la altura del Trópico de Cáncer, y nunca mejor dicho. Y taponado como con hormigón armado por el aliviadero del Polo Sur.

Todo pasa en esta vida. Ya ves el sorpresón  que nos acaba de dar Benedicto XVI. Mientras a tí se te iban mitigando los reflujos de la quimio, a él le declinaban las fuerzas para seguir siendo papa, y ha tomado la misma decisión que el papa de la película de Moretti, que con tanta gracia interpretaba Michel Picccoli.  Sic transit gloria mundi. Sic transit dolor corporis.

Sic transit casi todo.

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Del miércoles a esta parte te has encontrado tan desanimado y tan molesto que, aparte de forzar la alimentación natural, ingerir vegetales cual hipopótamo, consolarte con digestivos diversos y volver a la ifancia con un supositorio Rovi como último recurso has confiado tu suerte a una amiga medio vidente que sostiene que en la pintura y en la estatuaria está la solución.

-Salimos de paseo y, de entrada, te agilizará el tránsito intestinal –te convence- Pero luego visitamos imágenes de muertos ilustres que ya han quedado en la historia con el gesto que les dio el artista y, si te concentras, consigues transmigrarles tu malestar digestivo.

No parecías darle demasiado crédito a sus palabras.

-Lo he leído en Internet –cita por dar solvencia a tus fuentes- Es cuestión de energía mental. Además, por probarlo no perdemos nada. Hacemos cultura y a los ilustres les da lo mismo…¿No expresan la mayoría un cierto desasosiego por su misión histórica? Bueno, pues que ahora lo sufran con fundamento.

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Empezasteis el ritual ante el Angel Caído  del Retiro, pensando que si ya era un maldito de Dios tanto le daban las ardentías de estómago, los eructos y el estreñimiento. Hiciste lo que pudiste por transmitírselos. Luego entrasteis en el Museo del Prado y aparte de orearos el espíritu con la exposición de Martín Ricoqué paisajista tan exquisito, dan ganas de perderse por cualquiera de sus lienzos- os detuvisteis ante los retratos de Fernando VII que pintó Goya. El rey felón era tan feo y fue tan nefasto que imaginas que tu pesadez de estómago hasta le mejoraría el semblante. Te apiadaste más del general Ricardos, un soberbio retrato del pintor de Fuendetodos que honradamente confiesas que ignorabas. El general, recordado hoy por una calle poco elegante con muchas tiendas de electrodomésticos y bazares chinos, no obedece a la estampa clásica del milico feroz con cara de rapaz, sino que con su rostro rugoso y las largas guedejas de su cabello blanco más parece un primo del filósofo Schopenhauer.

Tiene cara de haber sufrido tanto –sugeriste- que su espíritu hará de esponja, y absorberá mi achaques, ya verás.

Se espera que la digna imagen del eximio general haga su trabajo.

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Pasasteis en coche por  la Castellana ante el busto de Largo Caballero, que tiene cara  de piedra pómez, de las que ni sufre ni goza, porque apenas dice nada. Por lo que sabes de él,  no crees que su alma esté dispuesta a asumir tu mal cuerpo. Lo mismo pasa con las estatuas ecuestres del general Concha, la de Carlos  III en la Puerta del Sol y las de los reyes Felipes de la Plaza Mayor y la de Oriente. Este tipo de efigies suelen quedarte muy altas y, por ende, su gesto altivo, tampoco parece que se incline a hacer nada por la náusea de un pobrecito representante del pueblo llano.

-Tal vez necesitemos más bien ilustres de a pie- apunta tu amiga, que cree en el milagro de la transmigración.

Se intenta una última cura ante esas dos filas de reyes de piedra que flanquean la Plaza de Oriente, en línea perpendicular al Palacio. De tan dañadas como están por la inclemencia del tiempo y por la incuria ciudadana  resulta inútil mirarles a la cara y solicitar compasión. Es como mirar a un vértice geodésico y esperar que tu caso le llegue al alma.

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-Ten fe –insistió tu amiga iluminada- Hagamos un último intento.

Entonces te llevó no lejos de allí, a la Plaza de las Vistillas, y te plantó ante una estatua, pequeñita ella, que `probablemente es la más curiosa de Madrid.

-Ea, aquí la tienes –dijo señalando a La Violetera Más popular y entrañable, imposible. Hazte con ella y ella se hará cargo de todas tus molestias, que para eso eres del pueblo- te dijo antes de darte un beso y despedirse.

Durante unos minutos te recogiste en actitud fervorosa y ensayaste el más profundo acto de fe que has intentado en tu vida. Señor-suspiraste-, que sea verdad que mis males pueden transmigrar a lo que representa esta estatua. Si no le transmites el tumor, que al menos  me pueda librar de la insoportable sensación de náusea que me aflige.

Como oración te quedó bastante bien. Lástima que luego levantaras la cabeza y se te ocurriera mirar a la cara de la Violetera, seguramente la estatua más horrorosa que munícipe alguno ha podido ofrecer a la Villa y Corte.

-Bueno, Señor –admitiste con resignación pensndo que el milagro a lo mejor incluía reciprocidad de transferencias- Casi, casi…que  me quede como estoy.

 

Me siento extraño

La extrañeza del espacio, según el escultor Juan Muñoz. Algo parecido siente el Duende cuando ve su sombra proyectada en la pared...

Desde que el Duende está en la orsa le ocurren cosas muy raras. Una de ellas es que, como Franco, sólo se cree responsable ante Dios y ante la historia. A Dios le promete continuamente que se enmendará a tiempo de sus desvaríos y flaquezas, y por ahora no ha recibido ninguna señal en ningún sentido. El Señor tiene mucho trabajo, así que vamos tirando. A la historia simplemente se la refanfinfla. También anda sobrada de personajes en qué ocuparse. Por fortuna, aunque hay mucho canalla, abundan los héroes, los santos y la buena gente.

Otra de las sensaciones que percibe es de más difícil descripción. Como si estuviera seguro de que hay que aprovechar la energía que nos queda para ver y disfrutar lo más posible, desde que ha cumplido sesenta y cinco años pasea compulsivamente. Todos los recados y gestiones que llenan su agenda procura hacerlos andando. Va dejando de trotar y anda por la ciudad. Cose Madrid a zapatazos de norte a sur y de este a oeste.

Hay semanas estresantes. En la que entra ha de cantar en un concierto, ver un abogado, escribir un artículo de 3.699 caracteres sobre la tomadura de pelo que es el Atlético de Madrid y comprar una bombilla halógena. El viernes puede que necesite un balneario para aliviar tanta tensión.

Pero todo lo resuelve sin convicción, y sin quitarse de encima un fantasma inquietante que le persigue como su sombra. Es un ectoplasma con rasgos de Pepito Grillo y de la mosca del vinagre que le ronda para inocularle el virus del inconformismo y de la desazón. En una película de Woody Allen había un personaje cuyo problema psicológico es que estaba desenfocado, y sus contornos se diluían borrosamente ante los demás. Al Duende le sucede algo parecido. No está catalogado entre los males del espírirtu, pero pasea, mira aquí y allá, escucha la radio, caza al vuelo conversaciones, lee los periódicos, se fija en los mensajes publicitarios de las vallas y carteles de la calle y nota que la patología le acecha. Le arrastra la irresistible tentación de meterse en todo y de corregirlo a su manera, como cuando cotizaba y era un hombre de provecho.

Es muy extraño: se siente retroactivo. Qué lamentable, pensar que la sociedad aún le necesita cuando lo que en realidad desea es que desaparezca del todo y libere su pensión. Qué irresponsabilidad la suya.  Menos mal que luego sale a comprar el pan y, con esa presión añadida y la estampa de la panadera, que está estupenda, se olvida del ectoplasma maligno y vuelve a ser un inútil en activo.

Cambiando de aires 2/ Decíamos ayer…

...Así que, con la impagable ayuda de un vecino ejemplar, este menda consiguió abrir la dichosa puerta de las vacaciones

Qué frescas permanecen las enseñanzas del colegio. Quién no se acuerda de aquella frase de Fray Luis de León, tantos años de prisión por una causa injusta. Y de su retorno a la cátedra, como si la última lección se hubiera interrumpido porque le esperaba el dentista y no podía faltar, pues tenía un molar hecho trizas y, para él,  masticar un tasajo era ver las estrellas. Hay que comprenderlo, se puede ser místico y no aguantar el dolor de muelas. Conque  se subió el fraile al estrado, tan pimpante y tan natural, y sin más preámbulo soltó lo que nos contaba el profesor de literatura con una sonrisa de satisfacción en los labios, porque hay que ver lo bueno, lo sabio y lo bien educado que era el fray.

Decíamos ayer– dijo el poeta.

Y quizás fue la frase célebre  más corta de la historia.

Se llamaba como el bloguero, pero lejos de éste el afán de buscar otra similitud con el divino fraile. Su frase aquí es pura picardía, un pretexto literario para empezar a justificar un largo silencio  del que no sabe cómo salir, pues desde hace más de tres años no había callado el Duende durante tanto tiempo. Sin que lo motive más causa de fuerza mayor que haber estado vagando por ahí, si no lejos de la civilización sí lejos de una mesa, un espacio, un par de horas para escribir a diario, como más o menos acostumbra. Y sobre todo, lejos de un punto de conexión a ese auténtico cuerpo místico –no sabe este bloguero si alguien recordará esa doctrina que también nos enseñaban los curas de aquel tiempo-, como cabría rebautizar ahora ese milagro que es Internet. O sea, vagaba este escribidor tan intensamente que no tenía tiempo para escribir ni para buscar un enganche con la red. Al principio creía que no lo toleraría, que su conciencia le fustigaría implacable.

-¡Qué vergüenza! Tres días ya sin haber subido ni un mal papel de fumar-que hubiera podido decirle  su Pepito Grillo en plan mosca cojonera.

Tres días, cuatro, cinco. Así hasta once o doce. Y lo que es más grave, la conciencia ni remordía. Sólo una vez, en un ordenador de un café de nosesabedónde, se asomó el Duende al Duende, y vio que, diablos, hasta Lola, la comentarista que fue pródiga y que permanecía mudita desde hace un año, se preguntaba primero el por qué de este abandono bloguero. Y, sobre todo, cuál fue el final de la última tragicomedia del primer sábado de agosto, pocos amigos en Madrid, cuando su protagonista se vio en la calle desamparado, solo, vestido con un polo, un pantalón corto y unas alpargatas, con un proyecto de viaje colgando y sin poder entrar en casa por haberse dejado la llave de la puerta colgando por dentro. Ni una sola de las ventanas del pequeño bloque de viviendas, seis plantas y doce pisos, aparecía iluminada. Nadie.

Y de repente se encendió una luz. En el sexto B, un ático, se empezaba a obrar el milagro. No se sabe cómo José Andrés, un joven fuerte, sano, divertido y con una de esas motos de 1.200 c/c como para comerse el mundo en el mes de vacaciones, podía estar en su casa de Madrid  un sábado  de agosto a las diez y media de la noche. Si da fe este desventurado/aventurado bloguero de que llegó en ese momento, y  de que atendió a la llamada desesperada que recibió a través del interfono del portero automático.

-Jose, perdona que te moleste, me cago en mis muertos, soy un gilipollas, pero no tengo más remedio que acudir a tí, porque bla-bla-bla…

Otro alma angelical que figuraba en la agenda del móvil –único instrumento de ayuda que el desdichado bloguero llevaba en el bolsillo- y que, casualmente, también estaba en Madrid, ya había acudido con el instrumental de urgencia en estos casos. A saber, radiografías y tarjetas de crédito de las que nos vas a usar jamás (lo aconsejaba Zoupon, siempre tan sabio). Primero lo intentó el bloguero con ambos elementos, naturalmente sin éxito. Luego José Andrés, que tiene un taller de fontanería. Sudaban los dos la gota gorda –vaya sábado de calor- subiendo y bajando radiografías y tarjetas por la rendija que queda entre la puerta y el marco, pero el resbalón del cerrojo, caramba, no cedía. El puñetero resbalón.

Pero funcionó el pesqui, palabra castiza, quizás muy madrileña, que significa ingenio, instinto, intuición o algo así. El caso es que José Andrés se ausentó, dijo que venía en un minuto, y al cabo del rato se presentó con una lámina algo más gruesa que las radiografías, exactamente un trozo del plástico que empaqueta las botellas de Solán de Cabras, que a partir de este momento será el agua mineral favorita del Duende. Funcionó el pesqui y funcionó el plástico. José Andrés, estuvo forcejeando con él resbalón por unos minutos. Y de repente, no se sabe cómo, cuando todas las esperanzas estaban perdidas y sólo pensábamos ya en pillar a un cerrajero despistado que quedara de servicio en el Madrid cocido y deshabitado,  al resbalón le dio por ceder. El buen vecino y mejor amigo, el manitas providencial llamado José Andrés encontró el punto exacto, dio un leve empujón y…

-¡Se ha abierto!…

Decíamos ayer… Estaba tan desesperado como el George Bailey de ¡Qué bello es vivir! que quiere suicidarse lanzándose al río turbulento, cuando, mira por dónde, se le aparece al Duende  otro meritorio de ángel que quiere ganar sus alas, como el de aquella bonita historia. No hay mal que por bien no venga: la vida es también otra película.

Una de las más taquilleras del cine español se titulaba No desearás al vecino del quinto, no precisamente cine poético. Ahora el Duende, rendido de agradecimiento, le ha cambiado el título. Decíamos ayer, y lo mantendrá siempre emocionado, que Sí desearás al vecino del sexto. Sobre todo si es tan simpático, tan amable, tan hábil y tan generoso como ese José Andrés que, tal vez sin proponérselo, fue protagonista de esta película con final feliz.


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