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Fernando Argenta al final de la escalera

Fernando Argenta nos enseñó que con la música clásica se puede volar muy alto...

Fernando Argenta nos enseñó que con la música clásica se puede volar muy alto…

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Tu punto de partida para el post de hoy arranca de aquel día, cosa rara, en la que te asediaban las dudas. No tenías del todo claro si Dios existía y estaba allí. Tampoco estabas seguro de que pudieras encontrarle y hablar con él rezando lo que te enseñaron los curas.

-Santo cielo –pensabas que diría Él- Otro que me viene recitando lo mismo y sin apenas saber lo que dice.

A partir de entonces emprendiste tu propia búsqueda. Esta te llevó a veces a sitios tan inopinados como los brazos de una mujer. Qué sorpresa: a saber cómo le hubieras contado esta experiencia al padre Cayo, por ejemplo. Pero aparte del amor, fuiste descubriendo con los años que sólo la poesía, el arte, la observación de las maravillas de  la naturaleza y, sobre todo, la música te permitirían subir por las escaleras de la trascendencia y aproximarte a la idea de Dios.

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Los que conocisteis más o menos profundamente a Fernando Argenta podíais pensar de él que era un tipo cercano, simpático, ingenioso, inquieto, divertido, entrañable, sanamente gamberro, tenaz en la defensa de sus valores, reivindicador de la gloria de su padre, el insigne Ataúlfo Argenta. Un hombre sencillo, machadianamente bueno. Para  Toñi, la admirable mujer con la que compartió medio siglo de su vida, era además tan genial como Einstein y más guapo que Paul Newman en sus mejores momentos.

El de Toñi sí que es un amor ejemplar, caramba.

Tú le recuerdas lejanamente de la Facultad de Derecho, de tus años en RNE, y además de algún viaje operístico gozoso al que os invitaron. Donde guardarás las fotos con él en San Petersburgo, caminando sobre el Neva helado o en los trineos que os deslizaban por el bosque de Ekaterinmburgo, como si aquel fuera el Viaje de Invierno de Schubert. Y también por aquellas bromas que gastaba en su Clásicos Populares, donde una vez te puso a cantar con falsete la Habanera de Carmen para que el público averiguara quién se escondía tras esa carnavalada musical. Amor a la música con humor. Demostración elocuente de que lo serio no tiene por qué ser aburrido. Como para tenerle eso que se llama envidia sana.

Pues además Fernando tuvo la inmensa suerte de hacer de su pasión su trabajo. Y, aún más, el privilegio de descubrir la música clásica a muchos que hasta su aparición la consideraban aburrida o incomprensible. Conducidos por él  probablemente aprendieron a gozarla y a subir, peldaño a peldaño, por esas melodías  sublimes que elevan el espíritu y le redimen a uno de la condición humana.

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Te lo imaginas al final de la escalera, presentándose a San Pedro o al que haga el papel de guardián del paraíso.

-No es que haya hecho muchos méritos –le dirá- Es que la música me traía aquí y me he dejado llevar…

Quizás se confundan allá arriba cuando sepan que  viene de Clásicos Populares, y él tenga  que recordar que la música celestial es algo más que las trompetas de los angelitos. Empezará a silbar entonces melodías del Sordo Genial, del Viejo Peluca o del Cura Pelirrojillo, tres de sus clásicos favoritos. Omitiendo quizás que él también es ya un clásico, un clásico popular y verdaderamente inolvidable. Pues si Beethoven, Bach y Vivaldi compusieron verdaderas joyas musicales que permiten intuir el cielo, Fernando, con los pies en el suelo, supo mostrárselas a muchos que no las conocían y que hoy, gracias a su gusto y a su simpatía, adoran la música clásica.

Qué grande el hijo de Ataúlfo Argenta, derramando cultura con la misma naturalidad y desparpajo con que tocaba rock con su grupo de los Tonys.  Qué justo premio el suyo, al final de la escalera y haciendo cosquillas a las estrellas.

Espérame en el cielo, Manolo

Escobar1

Sigue el desfile. Estás en una edad en que se te mueren hasta los inmortales, y lo peor de todo es que ni siquiera te afecta como crees que te debería afectar. Procesas con naturalidad el instinto de supervivencia: si hay otra vida, seguramente pasará menos tiempo para que te encuentres con el difunto en el más allá que el que pasaría aquí hasta que volvieras a saludarlo.  Así que el muerto al hoyo y el vivo al bollo, o aquí paz y después gloria. Debe de ser que, aunque no lo quieras, se te acorchan los sentimientos. Lo que otros llaman simplemente ley de vida, que como apostillaban los romanos es dura lex, sed lex. Se muere Manolo Escobar y su España sigue a lo suyo. De imprescindibles está lleno el reino de los cielos.

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A ti, reconócelo, la muerte de los famosos te suela afectar poco. Incluso la de aquellos a los que, sin ser amigos tuyos, has conocido de algo. Pero no todos los famosos han sido iguales, incluso en la breve y superficial relación que mantuviste con ellos. Cuando desapareció sigilosamente Tola te dio verdadera pena, porque te parecía un verdadero talento televisivo, una auténtica revolución como presentador incisivo y mordaz, y además fue de los que indirectamente más te ayudó en tu carrera radiofónica. Te entristecía ver que, lejos ya su magnífico Si yo fuera presidente, la gente apenas se acordaba de él. Murió Juan Luis Galiardo y de verdad que lo sentiste, pues después  de haber soportado una bronca suya –por un asunto un tanto divertido- y de haber vacilado con él un par de veces en la radio te parecía un tipo simpático, ingenioso y de gran honestidad intelectual, capaz de convertir su pasado de seductor en una caricatura de la insoportable levedad del ser. No sabes si antes o después también voló Antonio Mingote, que a base de ver sus chistes tantos años era como de la familia, y como otra muerte de buenazos puedes catalogar la de José Luis Borau, personaje que te despertaba infinita ternura y al que recordabas de cuando rodaba para tu agencia spots publicitarios en su casa antes de lanzarse a ser figura del cine.

En ese mismo orden preferente colocas a Manolo Escobar.

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Ni una sola de sus canciones estaría en la lista de tus 500 favoritas. El Ejido, Badalona, Benidorm, su famoso tupé, una troupe de hermanos como palmeros y guitarristas, todo el argumentario de tópicos españolistas en unas letras sin el perfume de Quintero, León y Quiroga…Nada de lo que le ha subido al pedestal de la gloria popular te emociona particularmente, incluso caería en el caleidoscopio del sinete folklórico que hacía en la radio una tal Esmeralda Clamores nacida de tu repertorio. Y sin embargo le admirabas. Admirabas la sinceridad de su vida y de su cante, deseoso siempre de dejar en el aire una fragancia amable y positiva. Admirabas al hombre machadianamente bueno que habitaba en esa alma que respiraba honradez y una casi conmovedora ingenuidad.

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Cuando se le pide a un personaje famoso su participación en una campaña de publicidad es muy normal que éste exija un cojón de mico primero y luego, con la boca chica, cumpla sin dar demasiadas facilidades. Vanitas vanitatis Tú viviste esa misma experiencia con otros personajes públicos, que decían veinte segundos de mensaje para un banco sin cambiar su cara de marmolillo y en una hora de rodaje se llevaban lo que cobraba Curro Romero por una corrida de entonces. Ninguno te había dado las gracias porque te acordaras de él para proponerlo como prescriptor, y, de paso ganarse una pasta. Ya creías que eso era lo normal entre las celebridades. Por eso te sorprendió que unos meses después de acabada una campaña para anunciar los PAC de la Unión Europea a través del Banco Santander en la que aparecía Manolo Escobar cantando desde lo alto de un tractor Billetes, billetes verdes/ pero qué bonitos son, recibieras una llamada de teléfono en tu agencia.

-Hola –te dijeron al otro lado del teléfono- Soy XX, sobrino de Manolo Escobar y su representante. Que mi tío dice que le gustaría ir a hacerte una visita.

Se presentaron tío y sobrino en tu despacho. Y, como si el ilustre cantante fuera un debutante feliz por haber ganado sus primeras pesetas gracias a ti, te abrazó sonriente y ceremonioso.

-Toma-dijo entregándote  un bonito cuadro a pastel- Y muchas gracias por haberte acordado de mí.

Manolo Escobar era un buen coleccionista de arte moderno. No sabes, ni te importa, qué cotización tiene la firma de aquel pastel. Cuando lo miras, sólo piensas en lo que valía el hombre que lo regaló, un ídolo de masas que nunca perdió la perspectiva de la normalidad. Un buen tipo que sabía estar a la altura de su fama.

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En el campo, un poco triste, pero contento de otra parte. No sabes si es por la muerte de Manolo Escobar , pero qué manera de llorar el cielo. Desafías al temporal y sales a pasear bajo la lluvia removiendo los erizos de las castañas por si descubres un boletus. En estas te llama por teléfono tu amigo M.G.

-Qué alegría me da escucharte –te dice- Y menudo el susto que me he llevado…¿Creerás que me han llamado para decirme que habían escuchado por la radio que te habías muerto?…

Desde que va hacer un año pensaste que te podías morir en breve plazo, a ti estos despistes no te dan ningún yuyo. Por lo que te cuentan, hoy Javier Capitán evocaba en su programa de RNE la colaboración que mantuvisteis él y tú con el fallecido Manolo en un programa bastante horribilis de Tele 5. No sabes cómo se expresó Capitán, que no suele hacerse líos, pero alguien lo escuchó a medias, se precipitó en sus conclusiones y creyó que el difunto eras tú, hasta el punto de llamar a tu amigo ya citado para darle el pésame. Que la noticia no sea cierta te da una doble alegría. De una parte, ya te consta que los pocos que recibieron la mala nueva lo sintieron de verdad. De otra, sigues vivo. Y con ánimo para cantarle a tu admirado Manolo Escobar  el bolero aquel de Espérame en el cielo…

Cosas que tirar y otras cosas que guardar

...Hay cosas que se deben guardar por lo que que te recuerdan y lo que te ayudan a ser feliz...

Hay cosas que se deben guardar por lo que que te recuerdan y lo que te ayudan a ser feliz…

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Deambulas por tu pequeño palomar, como cualquier día que amanece, y después de mirar el despuntar del sol mientras tomas el café pones tu mirada en uno de esos objetos conmemorativos con pedestal de mármol  que algún día te entregaron con las mejores intenciones. No lees el mensaje grabado en la plaquita correspondiente, por no ofender los buenos sentimientos de quienes te querían homenajear. Te imaginas entonces que eres Kant, que el objeto es una piedra cualquiera, y que la placa en realidad dice: Al maestro Emmanuel Kant, para que no busque más la piedra filosofal. Congreso de Königsberg 1802. Piensas que la piedra del ilustre pensador también acabaría cubriéndose de polvo, y que un día cualquiera, después de mucho balanceo entre el empirismo y el racionalismo, detendría sus ojos en ella y se preguntaría.

-¿Para qué carajo quiero esto en mi biblioteca, si sólo sirve para recordarme lo que recuerdo perfectamente y encima me ocupa unos centímetros cuadrados en la biblioteca?

Imaginas también que por las calles tranquilas de la ciudad prusiana donde nació y de la que nunca se movió pasa el afilador. Das por supuesto que este afila bien los cuchillos, pero que desafina notoriamente cuando canta el afiladoooor, como supones que harían en su tiempo los afiladores prusianos. Y comprendes perfectamente que, por puro ejercicio de la razón pura, el gran filósofo cogiera la piedra filosofal de su anaquel de sabiduría y se lo arrojara por la ventana al mal Caruso.

Perdone, pero es puro pragmatismo –le diría- De una parte, me libro de una inutilidad por la que también hay que pasar el plumero. Y de otra, espero corregir así su mal oído, que va en detrimento de su noble profesión.

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Te salen las ínfulas de tirano que todos llevamos dentro y piensas que si fueras rey absoluto mandarías al destierro a todos los que idean, promueven, fabrican o entregan los objetos conmemorativos o trofeos inútiles y generalmente horrorosos. Ya sean estatuillas, monolitos, metopas, placas o cualquier otro elemento de tortura visual y de castigo para el trapo del polvo.

Recuerdas en cambio que una vez que fuiste a Albacete con tus compañeros de la radio para hacer un programa allí la alcaldesa te regaló una navaja cabritera  con tu nombre grabado en las cachas. Recreaste por un momento lo bien que se cortaría el chorizo con dicho y instrumento y llegaste a la conclusión de que aquella alcaldesa era la más lúcida de España.

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Te preguntas por qué a nadie se le ocurre lo de la alcaldesa de Albacete- lástima no recordar su nombre- con otras variantes. Por que no se homenajea con sacapuntas, pelapatatas, linternas, abrechapas, sacacorchos, pastilleros, destornilladores, rizapestañas, cepillos de dientes, cortaúñas conmemorativos. Algo que quepa en cualquier cajoncito, que sea útil y que no tengas que acabar arrojando por la ventana al jefe de la Tuna  implacable que tortura con su serenata o depositándolo vergonzantemente en un contenedor de basura.

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Estabas esta mañana con el alma fofa, errática, tibia, ni contenta ni triste. De esas veces que te da por indagar en el sentido de la vida, vano empeño, o examinar tu entorno inmediato y preguntarte por su razón de ser. Qué propósito tiene conservar un logotipo comercial de presunta plata convertido en objeto decorativo, un recuerdo de Blois, un Manneken Pis que ni siquiera tiene la pilila en espiral para servir de sacacorchos , un espanto de reproducción de un fragmento de la antigua muralla de Zaragoza, un Quijote de cerámica con cara esmirriada de mariquita de urinario o una geometría que aparenta una formación de cristal y que cuando la tocas resulta ser de metacrilato. Te ríes entonces, recordando aquel condenado que entraba en el infierno de una película de Woody Allen.

Yo fui el inventor de los muebles de metacrilato- decía el desdichado visiblemente arrepentido de su horrible pecado.

Tú encajas el aviso divino, inicias tu propósito de la enmienda y arramblas con todo lo que no se puede aguantar ni un minuto más. A continuación lo metes todo en un saco de basura de los grandes y sales a la calle buscando inútilmente el contenedor de tonterías y vanidades, que aún está por homologar.

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Pero no hay mal que por bien no venga. En tu deseo de hacer algo de orden y de separar la mucha ganga de la poca mena recuperas un libro de tu amigo y compañero que fue en RNE Jorge Prádanos. Se titula Recetas de andar por radio, y es una pequeña joya de la cocina más sabrosa y sencilla. Te lo dedicó el 15 de mayo de 2011, cuando te invitó a su casa de Sevilla, recordando que muchas de ellas habían sido comentadas al alimón con el padre Bonete en el programa que hacías con la troupe de Julio César Iglesias. Jorge era un espíritu inquieto de registros exquisitos, sensible y entrañable. Tanto se volcaba en la cocina como en la poesía o en la música, aportando a la radio de entonces una originalidad, un humor, una categoría y un refinamiento que hoy se echa en falta. Jorge murió hace unos meses, a ti te llamó su mujer Yoyi, que es también poetisa

-Encontré tu número de teléfono entre algunos de sus últimos papeles- te dijo entre lágrimas.

Te quedaste con la boca abierta, no supiste qué decirle.

Unos meses después no es el panegírico que se merecía su marido, pero piensas que sí es al menos el reconocimiento de que su libro y su recuerdo te han salvado el día tonto. Le has limpiado el polvo, lo has repasado, lo has recolocado entre tus tesoros favoritos y, gracias a él, vas a almorzar unas carrilleras de ibérico según la versión de de un humanista de la gastronomía. Siempre  recordarás a Jorge por su sonrisa, por su cariñoso trato,  por su buen gusto y por los muchos de sus estupendos platos que aún piensas disfrutar antes de reunirte con él a seguir riendo de casi todo. Mil gracias, amigo, y descansa feliz.

¡Aleluya!

Y a pesar de todo, conseguiste cantar EL MESÏAS ajustándote el corsé...

Y a pesar de todo, conseguiste cantar EL MESÏAS ajustándote el corsé…

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Clavadito. Te acostaste aquella anoche después de haber cumplido tus deberes musicales encorsetado –qué guasa, cantar con más de cuatrocientos colegas El Mesías de Haendel  aprisionado por un corsé-  te acomodaste en postura semifetal, como  dormías cuando eras chaval, y apagaste la luz a la 1 de la madrugada. Así quedaste, igual que uno de esos niños Jesús del Barroco que duermen de medio lado en tantas tiendas de antigüedades hasta que dieron la 6,45 y poco después escuchaste el saludo de Carlos Herrera.

-Me alegro, buenos días.

 Y a continuación el goteo de vinagre sobre las heridas colectivas que nos ha abierto esta  crisis que parece el quinto jinete del Apocalipsis. Nuevos datos terroríficos de la caja de la Seguridad Social, que está lo que se dice canina. Nuevas estrellas en el amplio catálogo de ilustres de políticos y empresarios chorizos y corruptos. Evasión de 50 millones de euros del que fue baranda de los grandes empresarios, qué alegría, Virgen María. Más ajustes reclamado desde Bruselas. Nueva bronca con los catalanes a cuenta de otro borrador de ley sobre la enseñanza de la lengua, más despidos en IBERIA, huelga en la sanidad pública de Madrid, comedores sociales abarrotados, dependientes abandonados por lo que fue el estado del bienestar…¿Y por qué se alegra Carlos Herrera?

 Recuerdas además que estás tocado, cosa que olvidas mientras duermes. Eppur se ridi, diría estupefacto si te viera Galileo. Te ríes porque, a pesar de la crisis/Apocalipsis amaneces, que no es poco, y como cantaba Serrat, hoy puede ser un gran día.

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Te pones en plan  filosófico estupendo y reflexionas. Así las cosas, y siendo uno más entre más de siete mil millones …¿puedes hacer de tu blog un altavoz de tu ego? ¿Te has creído el ombligo del mundo? ¿Te ha entrado el síndrome del escritor de libros de autoayuda ante los marrones de la vida? ¿Le sirven a  alguien tus lucubraciones? ¿Buscas la notoriedad por la enfermedad?…Piensas que tu blog no era ya más que para cuatro incondicionales, no eres Belén Esteban, ni Savaterni Arcadi Espada, ni Gerard Piqué, por hablar de nombres de distinto calibre que comunican y agitan al personal. Da igual. Un día te partiste de risa con Shirley Valentine, una marujona de Manchester desencantada que hablaba con el microondas para aliviar la sacrificada soledad del ama de casa.  Como aquella Doña María en la que te desdoblaste para rajar y rajar, de lo que fuera de lo humano y lo divino. Pues eso, entiéndelo así. Te has despojado de ese aire distante que te da veces  tu mirada ausente y tu cabellera blanca y alborotada, más propia de un primo de Woody Allen  o de un de un profesor emérito algo raro,  y te has rebozado de humana vulgaridad.

 Y reconoces  que, como a tantos, te gusta contar tu visión de la vida, abrir la alcancía de recuerdos y sentimientos y sentirte reconfortado con el masaje  afectivo de otros que creías lejos de ti. Vivimos la otoñada ideal para las setas. Velay, las amistades también han rebrotado por todas partes como champiñones, boletus, níscalos y trompetillas. Pasea tu ánimo por un bosque encantado, más aún al ver el amanecer  de rubí entreverado de nubarrones oscuros  desde tu ventana a saliente. Es el mismo cielo de Lo que el viento se llevó, en horario matinal. Te dan ganas entonces de ponerte brazos en jarras en plan Escarlata y parafrasearla.

-¡A Dios pongo por testigo de que  nunca más volveré a quejarme ni a cabrearme  por naderías!

 Tu sentido del ridículo no llega  a tanto. Te limitas a abrir la ventana y a tirar una foto con el móvil por si eres capaz de subirla para ilustrar este post. No será Lo que el viento se llevó, sino lo que te trajo el viento de tu dichosa neoplasia: una oportunidad de disfrutar de la vida  de otra manera.

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Pierre Bauer, un francés, alsaciano, que fue destinado a España por su compañía y vive aquí con su familia desde hace treinta años, compañero de coro en el Via Magna cuando cantabas ahí.  Te sentabas a su lado en los ensayos, por ser el más próximo a ti en edad entre un plantel de jóvenes voces y porque os unían afinidades electivas. Se pueden forjar amistades en lo que dura un ensayo y los prolegómenos de un concierto, que eran vuestras juergas comunes. Educadísimo, culto, de fino humor, gran conversador. Pierre, casi diez años más abuelo que tú, es alto, delgado, de planta noble, barba y bigote, como un retrato de caballero antiguo. Se lo imagina uno con el quepis coronando su testa y podría ser un héroe de la batalla del Somme en el momento de recibir  la Legión de Honor. No sólo te da ánimos, te dice que Chantal, su  mujer es asidua de tu blog, y aún ha reclutado a varios compatriotas para le que echen un vistazo de vez en cuando. Alaba tu aplomo y tu guiño a la vida cuando el destino te amenaza, y te arenga recomendando que afrontes la batalla que te espera d´un pas gaillard, et la fleur au fusil.

Chapeau, mon ami.

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Perico, sobrino nieto guapete y simpático con cara de travieso de película americana de los años 50. Está el muchacho hecho polvo, porque un desalmado le ha robado la bicicleta, y a esa edad la bicicleta importa mucho más que un tío abuelo que ni siquiera te ha llevado nunca al circo. Pero él no sólo no te cuenta  su problema, sino que pide que te pongas bueno y además desea que el Atleti gane el  Madrid para que te consueles. Tu equipo vuelve a perder el derby, pero él volverá a tener bicicleta, y quizás tú también tu salud. 

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José Pedro, probablemente el amigo de vida más sana que has tenido nunca. Ni una copa, ni un cigarro, ni un solo exceso en sus costumbres, tan correctas como cabe exigir a un embajador. Con él corrías por el campo, y un 31 de diciembre  compartiste una San Silvestre Vallecana, recuerdo que une mucho.Pero la vida te da sorpresas, y al poco le aparece un cáncer agresivo de pulmón de no fumador. Tú no hiciste más que llamarle de vez en cuando, el clásico cómo vamos, el polivalente ánimo, volveremos a correr juntos. Él, hombre serio y de fe, creía que cada llamada era quimioterapia mágica, de las que no duelen, pero sanan. Tres años despuéses un hombre nuevo, sigue en el tajo, viaja por todo el mundo, ha vuelto a los largos paseos y a trotar en el gimnasio. Últimamente te manda mensajes desde La Indiay desde Namibia. Aún quedan tramos  para volver a correr juntos.

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Ruben Vidal, un joven pintor de Alcañiz, te conoció un día que apareciste por su pueblo para hacer un programa allí con tus compañeros de RNE. Te sorprendió entonces por su sensibilidad y refinamiento,que reparte entre los lienzos y los pentagramas, pues también es un amante de la música y canta en coros. Rubén se fue a Berlín con una beca y reside allí con Vera. Impresionado por tus comentarios sobre los cuadros de los hospitales, dice que te mandará un boceto suyo para cambiarte el horizonte. Esto pinta maravillosamente. 

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Aquel paraíso en el Valle del Tiétar que compró uno de tus bisabuelos fue el territorio donde te enseñaron a amar la naturaleza. Tu gran maestro de campo fue el tío Jacinto, el guarda, que de no estar estado plantado allí como una de las encinas, hubiera paseado por cualquier libro de Delibes, tanta sabiduría y finura de lenguaje rural como destilaba entre la pana y la boina. Cuando el tío Jacinto  se jubiló heredó la guardería su hijo Cheles, algo mayor que tú, que  de niño arrancaba la corcha de los alcornoques y en ella esculpía con su navaja unos toros preciosos que te regalaba para que jugases con ellos. Era el tiempo en que se inventaban los juguetes. Apareció por allí el arquitecto José Luis Fernández del Amo, amigo de tu padre, y quedó fascinado por los toritos de corcho. 

-Te cambio uno por otro de cartón piedra- propuso. 

E hicisteis el trueque 

Con el tío Jacinto y Cheles aprendiste que las lluvias de otoño ponen  a la tierra amorosa, que la cogujada anidaba en el suelo o  al borde del acirate y el abejaruco en los agujeros de los barrancos, que un bledo colgado de la oreja espanta los mosquitos y que el sapo que cruza el camino barrunta agua. Te enseñaron a distinguir un lentisco de un romero, y el romero del brezo, y este del cantueso, y este otro del tomillo salsero. También con el viento solano, agua en la mano, aunque luego matizaban. 

-En invierno, pero no en verano. 

Cuando hace treinta años la finca cambió de manos Monti, la hija de Cheles, era una chiquilla juncal, morena, muy viva y asilvestrada.  Creció, se casó, tuvo hijos, vive en Madrid, pero hace mucho tiempo que no la ves. Ni siquiera te explicas que pueda seguirte por este dédalo disparatado que es tu blog, pero asoma por él para decirte que reza por tu salud a la Virgen de Chilla, que es la que tenemos más cerca. Qué adorable. Piensas razonablemente que con la que cruje a España tendrá la Señora milagros más importantes en qué ocuparse, y además examinas tu fe y ves tierra casi baldía en barbecho permanente. Pero recuerdas al tío Jacinto y a Cheles, y acabas confiando en la oración de Monti. En este otoño hasta un erial puede ponerse amoroso y hacer que fructifique la esperanza. 

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Miras atrás y te quedas pasmado. Cual si fueran los ratoncillos de un flautista de Hamelin, resulta que ahora te siguen voces amigas escondidas en el pasado que salen de su discreto escondite para darte ánimos, para abrazarte, para cargarte las pilas. Parientes mas o menos cercanos, amigos y amigas de la infancia, del colegio, de la universidad, de  los guateques, de tu antiguo oficio publicitario, de tu pasar por la radio, de tu vida musical, de tus escritos en MARCA, de tus ráfagas de senderista, y hasta de la zona más convencional de tu biografía se revuelven contra el destino, y te ponen paños calientes. Muchos con argumentos sólidos. Manolo H.H., que apenas se inmutó cuando antes de entrar de entrar en antena le confesaste tu mal, te dice luego con una sonrisa que a sus cuarenta y tres años y con tres hijos los médicos sólo le daban tres meses de vida por un cáncer de colon avanzado. 

-Me operaron, me radiaron, me dieron quimio, me hicieron de todo- te cuenta como quien pasó unas paperas- Yo entretanto seguí haciendo las madrugadas de RNE, para que se me notara menos la angustia. Y aquí estamos. No hay que bajar los brazos, amigo…< 

Tu primo J.M. Pazos, desde Bilbao, te recuerda algo parecido. Pasó el mismo calvario hace veinte años, cuando aún se sufría el cáncer de tapadillo, como si la palabra propalara el mal fario. Ahora este arquitecto tranquilo, tanta infancia juntos en el campo, vive su retiro feliz entre Las Arenas y Altea, donde le gusta navegar.Está joven, terso, casi con la misma cara de niño empollón de entonces, cargado de hijos y nietos. Hizo una buena maniobra, desbordó su tumor y su pesadilla y esta se perdió por popa para siempre. Sursum corda. 

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Recuerdas entonces que convives con muchos otros que llevan años lidiando toros tan peligrosos como el tuyo y ahí siguen, tan campantes. 

Y lees mensajes y correos o escuchas SMS de lo más variados. Tus sobrinas asturianinas, Cecicilia. Elenita y Dani, otros sobrinos que se han establecido en Shanghay, Lola y Fred, desde el Canigó, Chumby 2 desde Compostela, Amado, el camarero del bar de la Universidad Carlos III donde  es profesora tu magnífica hija Isabel, dos Cristinas, Itziar, Rosi y Silvia que vuelven desde la época dorada de los guateques, como si aún se escuchara al fondo canciones de Adamo o del Dúo Dinámico. Resistiré- sobre todo esa- Resistiré. Julián 29,  el sabio Angelus P, Zoupon, Franciska, May, Charivari, Atticus 444, Cerdido, José Ramón, tu prima Ana, Joselepapos,  Violette, el Marqués de Betanzos, Julio…Adela Fornés te regala además filosofía práctica  invocando un pensamiento que Lezama Lima asimiló de los holandeses.< 

No puede impedirse el viento -dice el poeta cubano-, pero pueden construirse molinos. Molinos que, como los de Don Quijote,  exorcicen la locura e igualmente la convoquen. Pues es hermosa y fértil locura la de intentar transformarnos. Molinos que extraigan agua cristalina de la tierra cansada. Para que la hierbita verde pueda seguir pujando entre las piedras frías dando nuevo sentido a ésta, nuestra aturdida vida cotidiana (más o menos sic). 

Es fantástico. El flautista de Tumorín, transportado en loor de seguidores, te ayudará a construir molinos para que estos, con sus aspas,  irriguen y fertilicen tu alma y se disipen definitivamente las nubes negras. Qué suerte, ¿no? 

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Reconoces entretanto que tenías hasta hace poco la cabeza a pájaros, y que el toque de atención te ha obligado a serenarte y a ordenar al menos lo esencial. Una mano benéfica te ha regalado un pastillero, lo que te obliga  a sentarte, abrir unas cajitas de plástico que marcan días y horas e introducir en ellas las pastillitas correspondientes para completar tu semana de farmacopea. Entre la medicación debe de haber algún fármaco euforizante, porque tú deberías estar echo un asquito, como un geranio lacio o un perro apaleado. Pero, muy al contrario, desde que  te dieron la mala nueva te sientes impulsado a hablar, a comunicar, a enredar, a multiplicar tus `presencias, a dar fe de vida. En cierto sentido, has perdido el sentido del pudor. 

Lo que propicia que, cuando Carlos Herrera pide desde Almería llamadas de oyentes que hubieran `participado en rodajes de las grandes películas que tuvieron como escenario la provincia, tú te precipites al teléfono y cuentes sin el menor recato cómo un día de invierno de 1968 en el que hacías tus prácticas como Sargento de Complemento  en Infantería Mecanizada te largaste en compañía del sargento Quintín a conocer Almería  y, de paso, a ganar otra vez la batalla del Alamein para acabar desembarcando con las tropas del general Patton en Palermo. No hay que ser humildes ante grandes divos como el Herrera. Él habrá ganado muchos premios, Quintín y tú conquistasteis un Oscar de Hollywood. En él sólo erais dos cabecitas que asomaban por la escotilla de la torreta de los carros con una gallardía probada, pero ahí quedaba vuestra huella en la historia del cine. 

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Antes de ese momento glorioso, y mientras los carros viajaban por tren desde Madrid, tú le recogiste al sargento Quintín en tu 600 Descapotable y pusiste rumbo a Almería, que entonces parecía lejanísima. Quintín tenía que reservar alojamientos para los oficiales y suboficiales que venían por detrás, tú ibas de figurante, a cumplir tu mili en una guerra como la de Gila. Como tu compañero sabía que el viaje e era larguísimo y que no era cosa de gastar tiempo ni dinero en paradas de avituallamiento, incluyó  en su equipaje una gran cazuela de conejo guisado que le había preparado su señora. Comisteis conejo, merendasteis conejo, cenasteis conejo. Y cuando, a la mañana siguiente de llegar a Almería a las 3 de la madrugada y de despertar en una modesta pensión de 30 pesetas la habitación fuisteis a desayunar, aún te ofreció conejo de desayuno. Austeridad castrense y optimización de recursos se llama eso, aunque tú preferías un café con leche y una tostada. 

Durante aquel viaje el sargento Quintín, como es lógico, te habló de su familia. Y de ella se te quedó sobre todo el nombre de una de las hijas que te hizo especial gracia: Petra Mari. Aún no te habías asomado a la radio, pero casi veinte años después, cuando nace en ti Doña María y te inventas una familia para ella, adoptas ese mismo nombre para la tercera de sus hijas. La auténtica Petra Mari, la hija del sargento Quintín te ha confesado estos días que se lo imaginaba. Después de decirte en un e-mail impagable que su padre, hoy comandante jubilado, se había emocionado con tu recuerdo al escuchar su nombre, te cuenta que te seguía desde que estabas en la SER, y que siempre se había preguntado si la Petra Mari radiofónica nació durante el rodaje de Patton. 

Hoy soy médico de familia en La Paz de Madrid, y mi hermana Emilia celadora en el mismo centro –vienen a decirte- Ambas estamos familiarizadas con tu enfermedad, con el dolor y con la importancia de mantener tu actitud positiva. Aquí estamos, para lo que necesites, para lo que nos pidas y para demostrarte la calidad de la sanidad pública. Y aunque la cazuela de conejo siga siendo tradición familiar, también podemos invitarte a un arroz con bogavante, que nos sale divinamente. 

Recuerdos de la mili, de un largo viaje, de una guerra de pacotilla, de un sargento al que no has vuelto a ver, de tu vida en la radio, de unas mujeres encantadoras a las que no conoces y de una cazuela de conejo. Este guiso de la vida desparrama un aroma de ternura que te hace sonreir  y, de hurtadillas, aflojar alguna lágrima. Parece casi otra de las maravillosas Historias de la Radio de Sáenz de Heredia. 

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Más aún. Como los designios del Señor son inescrutables y además la radio obra extraños milagros, reaparece en tu vida Fray Vicente Ferrer de Alayrach, fraile de de la trapa de San Isidro de de Dueñas en Palencia. Sólo dos flaqueza humanas distraían hace veinte años a este hombre de Dios de sus deberes espirituales: el Athletic de Bilbao, su eqipo de fútbol favorito,y las imitaciones de La verbena de la Moncloa, que seguía apasionadamente a través de su transistor no se si en vísperas, en tercias o en la repetición de maitines. Poco le importaba al buen fraile que, además de chuflas y remedos de los políticos y otros personajillos, por allí aparecieran la irreverencia y la gamberrada, y que los papas y el padre Bonete que incluías en tu repertorio distaran del respeto a la ortodoxia católica presumibles en un trapense de regla severa y tarlatana de lija. Fray Vicente te había idealizado, consideraba que Dios había obrado en ti maravillas, y que lo que hacías junto a ese sublime artista y gran imitador que es también D. Javier Capitán era poco menos que caridad cristiana, pues si, tal que afirma San Teresa, también entre pucheros anda Dios, cómo no va a andar con los que cocinan la risa. 

Esta doctrina suya se trufaba en larguísimas cartas con citas de San Agustín, de San Juan de la Cruz, de San Pablo y de todas las Escrituras habidas y por haber, con  la propina de oraciones por ti, tu familia al completo y hasta el envío en ocasiones de los deliciosos bombones de la Trapa que tanta fama hicieron. Tal era el entusiasmo de Fray Vicente por tus coñas radiofónicas que, casi cinco años después de haberte esfumado de la antena, e ignorante de que además bromista eras notoriamente impío, aún te llegó una carta con una petición insólita. Iba a celebrar los cincuenta años de su ordenación como trapense y su sueño era que después de la santa misa de acción de gracias y del almuerzo con sus familares y amigos más íntimos…pudiérais Javier Capitán y tú dedicarle una sobremesa de chascarrillos e imitaciones. 

 ¡Oh maravilla!… La verbena de la Moncloa sería por un día, previo nihil obstat del señor Obispo y el visto bueno del Padre Prior, La verbena de la Abadía.  

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Te quedas pasmado, no te puedes imaginar la escena ni en una película de Berlanga, tú  en el refectorio,  después del almuerzo, dedicando a Fray Vicente un discurso del Rey, cantando Litlle flag como Esmeralda Clamores, predicando como el pade Bonete, o bendiciendo lo postres como Benedicto XVI. Y todo ante la miraa atónita del obispo, del prior y del propio Fray Vicente, que entonces descubrirá el tinglado de la farsa y no sabrá si darte las gracias por el regalo o preparar en el claustro mismo del convento un auto de fe para inmolarte en él, por hereje e iconoclasta. Te lo imaginas, te sonríes te carcajeas…Es la magia de la radio, el ilusionismo de sus voces y sonidos convertido en surrealismo. Pero el reto te divierte y te apetece. Así que le escribes a vuelta de correo –el e-mail aún no ha entrado en la abadía- y te comprometes. 

-Si puedo, no faltaré- le dices. 

Si puedes. 

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…Porque aunque la celebración será por Pentecostés te han llegado malas noticias, y puede que entonces no estés para fiestas. Así que le escribes apresuradamente para que no se forje vanas ilusiones, le cuentas que tienes un tumor, y que aunque lo llevas con humor no sabes si te responderán los títeres. Eso sí: le pides por favor que en lugar responder a la presente por carta, tenga la bondad de  acusar recibo y darse por enterado utilizando ese invento llamado el teléfono, para lo cual le facilitas tu número del móvil y también del fijo, por si San Isidoro de Dueñas tiene tarifa plana, que en todo hay que pensar. 

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Te llama Fray Vicente en la sobremesa. Tú acabas de almorzar en casa de tu hermano Pablo, y atiendes la llamada delante de tu cuñada Marliesse y de tu sobrino Daniel. Fray Vicente te saluda con la voz temblorosa, lanza un torrente de jaculatorias y latinajos, se lamenta de tu enfermedad, asegura que tiene a todo el convento rezando por tu sanación y está convencido de que Dios no sólo te salvará, sino que hará posible que amenices sus bodas de oro con la Trapa, pues no faltaría más. Alejado seguramente en el convento de lo que es la moderna psicología, intenta el buen hombre ayudarte recordando que eso tuyo le pasa a cualquiera, que dos hermanas suyas a las que quería muchísimo murieron las pobrecitas de cáncer, pero que una prima llamada Justina a la que casi quería tanto como a sus hermanas vivió varios años, aunque al final también murió, no se sabe si antes o después de hacer imitaciones en un festejo. 

-Como nos pasará a todos, Don Luis-razona con toda lógica- Porque todos hemos de morir en Cristo. 

Pero su misericordioso afán de visitar al enfermo, consolar al triste y, en definitiva, hacer caridad cristiana no puede reprimir su humana curiosidad como oyente de la radio. Está hablando con un duende que, junto con Capitán y Julio César Iglesias le ha estado engatusando durante años, y ahora quiere saber detalles que le intrigan. 

-Por ejemplo –añade-, y perdone que me aparte del tema…Yo me reía muchísimo cuando don José Bono, que es tan buen cristiano y entonces era presidente de Castilla la Mancha, prometía que el AVE a Ciudad Real pasaría por donde el pueblo se lo pidiera, ¿verdad?…Y entonces había una paisana que criaba cerdos y se llamaba Belarmina que aparecía siempre para pedirle que el AVE se detuviera junto a su granja, para así poder cargar los cerdos en el tren y llegar antes a la feria… 

-Caramba, qué memoria la suya, Fray Vicente… 

-Sí, sí, pero me queda una duda…¿Usted hacía de Bono o de Belarmina?… 

Fray Vicente Ferrer de Alayrach tiene medio siglo de vida conventual a sus espaldas, y debe rondar los ochenta, pero en el fondo es como un niño. 

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Aún queda la traca final. Cuenta Fray Vicente que junto a él, escuchando la conversación telefónica,  está el hermano Jesús, que ingresó en la trapa en 1949, y que recibió a Franco con ondear de banderas cuando el entonces Generalísimo visitó la abadía de la que inauguraba algún pantano por la zona. 

-Porque era usted  el que imitaba al Caudillo, ¿verdad?- inquiere Fray Vicente para no columpiarse otra vez. 

-Sí, el Caudillo, como usted dice, era de mi negociado… 

-Ay, Don Luis, pues perdone que se lo pida….¡Pero le haría tanta ilusión al hermano Jesús que lo imitase!… 

Le dices que se ponga al teléfono el hermano Jesús ybte lo pasa. Le saludas, impostas la voz hasta aflautarla lo suficiente, ceceas las eses y con el perfeto acento gallego y el tato que caraterizaba al Invito inicias tu discurso. 

Trapencez todoz…Permitdime que me entrometa en la intimidad de vuestra abadía para zaludaroz dezde la dieztra de Dioz Padtre todopoderozo y agradecer la adhesión inquebrantable del Hemano Jesús, fiel exponente de laz virtudes criztianaz y paytrióticaz que han engrandecido a nueztra glorioza patria…Hermano Jezúz…¡Uno! Hermano Jezuz ¡Grande!…Hermano Jezúz ¡Libre!…¡Arriba Ezpaña! 

Por el teléfono se adivina entonces que el ancianísimo hermano Jesús se está emocionando, y grita enfervorizado. 

-¡Eso, eso!…Sí, viva Franco…Porque él acabó con la masonería, y con el comunismo, y con todos los males de España… 

No escuchas más, estás valorando lo pintoresco de la situación e imaginando que  Berlanga está ahí, contigo,  rodando una secuencia que luego aparecerá partida en dos cuadros. En de la izquierda un par de frailes viejecitos escuchando el teléfono a punto de levitar. En el de la derecha tú embutido en un corsé ortopédico imitando a Franco mientras a tu alrededor tus hermanos te miran ojipláticos. No escuchas más porque en realidad te estás descojonando de risa, y comprobando los insólitos efectos hilarantes que a veces puede producir una neoplasia. 

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Acabarás tu primera semana fuera del hospital otra vez en la cama de tu casa, recostado como el Niño Jesús del Barroco para descansar mejor. Irás remansando la euforia, porque te han rebajado la dosis de Cortisona, y una vez encajadas las piezas en el nuevo puzzle de tu vida debes regresar a la normalidad y, como dice el Rey, entrar en talleres. Llegarás a esta hora fatigado, a veces asustado, pero al cabo más que satisfecho de la respuesta de tu familia, de la reacción de tus amigos y conocidos, de lo que tus ojos han visto y tu corazón ha procesado. Lo más hermoso ha sido volver al campo y comer con los tuyos en el jardín, al sol de diciembre, mientras el otoño del Valle del Tiétar, con Guadalupe a lo lejos, se ofrecía en todo su esplendor y las nietas correteaban a tu alrededor. Parecía que la vida no puede tener límites. 

Pero más emocionante aún ha sido cumplir tu ilusión de cantar, este año con más razón que nunca, El Mesías de Haendel…con el corsé, porque era un reto personal.  Camino del Auditorio te detuviste para ver a Marina, tu nieta mayor, que estaba malita. Y ante ella, acompañado por wl profesor Rod Mac Crowry, amigo de la casa con el que hiciste senderismo en Escocia y tenor aficionado, ensayasteis por última vez el Aleluya, que la niña, asombrada y feliz,  tarareaba a su manera. 

-¿Y quién era tu abuelo? –puede que le pregunten algún día. 

Y ojalá conteste. 

-Pues un señor que se puso malo por Navidad y pesar de todo cantaba el Aleluya tan contento.

Las Fallas, los perros y el silencio

No le gustaría a uno ser un perro y estar en Valencia en época de Fallas...

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A veces los recuerdos de lo intrascendente se graban con tanta o más nitidez que otros que se consideran más importantes. Pescaba Juan al atardecer a orillas de una playa de Almería. Juan es el hijo menor del Duende, y por entonces dividía sus pasiones entre tocar el saxo, pescar y pasear con la perra de la familia, una simpática fox-terrier llamada Alfa. Alfa no se separaba de él. Se sentaba en la arena y miraba atentamente las olas mientras se echaba la noche y el pescador esperaba pacientemente a ese pez que nunca pica cuando lo deseamos.

(A propósito, frustración nº 36.982. No sabe el bloguero si esto mismo le pasará al lector, pero él cuando camina por la playa o por la orilla de un río y da con un pescador, siempre desea que en ese momento éste rebobine el carrete y traiga del anzuelo un magnífico pez. Y eso no pasa nunca, demonios,  nunca. Muchas veces coincide con que el pescador recoge el sedal, y que a veces arrastra un alga, o con los plomos, el flotador la cucharilla y el cebo artificial produce el falso efecto óptico de que ha picado algo gordo. Pero siempre acaba todo en falsa alarma, nunca  con la captura del pez. Y no me digan que no exasperante, tener tan mala suerte, haber visto miles de pescadores a orillas del río de la vida y no sorprenderles jamás en el momento de la suerte suprema).

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El bloguero pasaba por ahí cuando, ya noche cerrada, en el vecino pueblo de Garrucha empezaron a quemar un castillo de fuegos artificiales. La fiesta piroténica no tenía lugar muy cerca, puede que a más de de un kilómetro. A pesar de ello, no bien explotó el primer cohete Alfa salió corriendo despavorida, ¿alma de perro que se lleva el diablo? Dos horas después Juan la encontraba, aún temblando, escondida debajo de su cama.

El espectáculo de verano era bien bonito, noche lunada junto al mar, un muchacho pescando, la perra tranquila, mirando las olas al pie de su amo, y al fondo ese plus de glamour que espolvorean sobre el cielo los fuegos artificiales. Pero el Duende recordó que él también, cuando era un niño, abría la boca de asombro al ver los fuegos al tiempo que se tapaba los oídos. Le espantaban las explosiones.

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Nunca había estado el Duende en Valencia en tiempo de Fallas. Pero entonces aún hacía diabluras por la radio, y los programas de RNE en los que participaba estaban para eso. Oye -llamaban  a los jefes de una ciudad de importancia o de una comunidad autónoma, que aún estaban de bien ver-. Que se inaugura la Exposición Universal de Rosas Exóticas. Que se celebra la Feria del Melocotón, muy importante para la economía de la zona. Que se ha cumplido el quinto centenario del otorgamiento de carta de ciudadanía a Villapendejo, un evento histórico de honda huella en la región. Que el Consejo regulador de la Denominación de Origen de la Nuez Moscada necesita un poquito de notoriedad. Que por primera vez alojamos en esta ciudad al Congreso Europeo de Entomólogos. Y allá que nos mandaban: a Doña María, a Capitán, al padre Bonete, al Gran Carnaval, a Julio César Iglesias, a Carlos Herrera, a Antonio Jiménez o a Olga Viza, según quién llevara la batuta.Y lo mismo teníamos que hablar de embutidos que de juguetes o de  historia, para acabar haciendo la pelota al lugar que nos recibía y diciendo por antena cosas tan originales como: encrucijada de culturas (esto se decía mucho), ciudad hospitalaria donde nadie es forastero (esto también), la gran desconocida (todas las ciudades y pueblos de España son los grandes desconocidos, pero se sigue abusando de semejante tópico, debe de ser muy resultón), y aquéllo de de “donde a un patrimonio histórico y cultural excepcional  y un dinamismo social y económico admirable se une una oferta turística, de ocio y gastronomía, que la hacen sencillamente insuperable. Aunque, para qué engañarnos, lo mejor de este sitio donde hoy hacemos el programa es su gente: gente abierta, sencilla y campechana que recibe a cualquier visitante con los brazos abiertos”…Todo eso decíamos, por eso pagaban a los parlanchines de la radio. Y la cosa gustaba tanto a los anfitriones que acababan invitando al equipo humano del tinglado de la radiofónica farsa a un buen almuerzo, regalaban a cada uno un bonito cenicero de cerámica con el escudo de la ciudad estampado en su fondo y luego invitaban a presenciar desde lugar preferente el acontecimiento o el objeto que justificaba aquel despliegue de medios.

-Qué bonito, qué interesante –había que decir- ¿Cómo es posible que el mundo entero no sea consciente de este privilegio que todos tenemos al alcance de la mano?

Así eran las cosas en el entonces de la vida de este bloguero.

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El programa fue en Valencia, la época la de las Fallas, y el acontecimiento La Mascletá.  El Duende creyó que de repente el cielo se abría y una de dos: o Zeus tonante  había despertado más furioso que nunca o se celebraba el cumpleaños de Paul Tibets y del Enola Gay. ¿Sonarían más fuerte aún las bombas de Hiroshima y Nagasaki?

Este incauto e ignorante bloguero no entendía que esa serie de explosiones insoportables para cualquier oído ligeramente sensible fueran causa de tanta algarabía. Podía haberse acordado de la alegría de vivir, del gozo de la fiesta callejera, de los que viven esperando todo el año su tradición más famosa, de lo liberador que es liarse la manta a la cabeza y caer en cualquier exceso. Algo de ese efecto narcótico incluyen las fiestas populares. Pero no, parecía que el Ayuntamiento, y la Plaza de la Constitución y Valencia entera iban a ser engullidos por el centro de la tierra, que volvíamos a la guerra, y que si aquello no era un raid aéreo estábamos en el epicentro de un terremoto.

Y entonces se acordó de la pobrecita Alfa, y de lo mal que lo deben pasar los perros de Valencia cuando llegan la Fallas y la pólvora y las explosiones se hacen dueñas de la fiesta.

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Qué horror, los petardos, las tracas, las bombas, los tiros y los truenos. ¿Por qué gustan tanto? Uno cree que siempre le pillan con el alma desprevenida, y que nunca podrá superar el pavor a su estampido. 

Alfa murió de viejecita, en el campo. Un día de verano, cuando sentía que ya no estaba para vivir más, se alejó de la casa y se echó sobre la tierra para dejarse morir.

Pero murió en silencio. Que es como, con las solas excepciones de los sonidos de la naturaleza, los de una conversación inteligente o los de una música sublime, le gustaría vivir a este bloguero el resto de la fiesta de la vida.

El hermano cerdo y otras animaladas

No renunciará el Duende al chorizo, pero cree que se está haciendo objetor de conciencia de cochinillos asados...

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Incluso en las mañanas de invierno se escuchan los trinos de los mirlos o de los rabilargos. Es uno de los premios del campo. Estos pájaros que tocan a maitines cuando el Duende despierta allí muestran ser los más despabilados: desayunan con aceitunas, cerezas o higos, según la época, y de paso rapiñan los granos del pienso que la perra, aburrida de su dieta, deja en su plato.

Pero aquel fue un despertar mucho más dramático. En la finca vecina había matanza, y lo que cortaba el aire gélido como si fuera una motosierra demenciada era el berrido que emite el cerdo cuando le hunden el cuchillo en el cuello y se rebela contra la cruel agonía. No vale con despacharle de un tiro, o de un certero mazazo en el cráneo. La tradición dice que ha de desangrarse lentamente. A los españoles nos gusta legitimar la crueldad con los animales aprovechando cualquier pretexto, ya sea arte, costumbre, necesidad o puro afán de marcar superioridad. Mientras el cerdo ajusticiado aún se mueve, su sangre cae a chorros en un barreño, y una matancera la mueve con la mano para que no cuaje.  Nunca se acuerda el Duende de este drama cuando luego come la deliciosa morcilla. Pero ahora que se critica a las damas que lucen abrigo de pieles y se proscriben las corridas de toros, llama la atención que nadie levante una voz para ahorrarle sufrimientos al hermano puerco. ¿Está probado que sus productos resulten menos exquisitos si su muerte es tan cruel?

En otra matanza este menda recuerda haber visto algo aún más salvaje. El reo era un verraco como un tranvía, un macho de respeto. Un forzudo le clavó un gancho por debajo de lo que sería nuestra barbilla y, sujetas sus orejas y rabo por tres fornidos mozos, fue arrastrado a la mesa de ejecución. En el tránsito, un cuarto elemento, fino estilista, sacó una navaja cabritera y de un certero corte le afeitó los testículos al pobre cerdo. Peor final  aún que el del cuento del Decamerón. El animal acabó cornudo y apaleado, sino eunuco y ejecutado.

-Es que si no,  la carne puede saber a semen –le explicaron  al atónito Duende.

Con la de sacrificados que exige la crisis y ahora  se le ocurre al bloguero apiadarse de los pobres animales. Da igual que vivamos tiempos de vacas flacas o de vacas gordas, porque siguen inmolando su vida por todos nosotros. Señor, cuánto sufrimiento siempre en beneficio de otros.

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A menudo busca el Duende sus minutos de siesta viendo los documentales sobre la naturaleza que emite a esas horas la 2 de Televisión Española. Ninguna aventura del reino animal es capaz de quitarle al menos unos minutos de sueño, pero, cuando despierta, a veces se queda horrorizado viendo la muerte de un knut engullido por un cocodrilo, el trágico final  de una cebra despedazada por hienas o el siniestro banquete del búho. Esta era un ave que le caía bien, quizás por el aspecto bonachón que le dan los dibujos animados y por ser el símbolo de la inteligencia. Pero desde que le vio cómo mataba a un conejo picotazo a picotazo, al ritmo que solicitaban los polluelos  que tenía que alimentar, le ha tomado mucho respeto. Se empiezan a ver esos documentales por amor a los animales y por ese mismo cariño se acaba siendo más indulgente con los cazadores. El Duende fue siempre más bien crítico con la caza, y sobre todo con algunos cazadores fatuos y ventajistas. Pero a la vista de lo cruel que acaban siendo las leyes de la naturaleza, cree que si perteneciera al reino animal casi consideraría una bendición morir de un tiro.

Al día siguiente del dramático lamento del cochino ejecutado las nietas del Duende fueron a coger los huevos de las gallinas, momento emocionante para cualquier criatura. Y se encontraron con otra muestra de la cruda realidad. La gineta se había colado en el corral y había decapitado a dos gallinas más. Las pobres gallinas, tan poco protegidas por el gobierno y los sindicatos: a ver cómo le explicaba el abuelo a sus queridísimas niñas que no fue Walt Disney el que diseñó a los animales, y que la vida pide a diario millones de muertes de todas las especies. ¿Cómo se le razona a un párvulo la conversión del corderito que ven en el monte en un exquisito asado? ¿Quién es capaz de recordarle que las vaquitas mueren niñas para poder llamarse en el plato ternera, y que los afamados cochinillos de Cándido o de Duque son bebés de cerdo? No es una reserva puramente moral, porque tampoco fue nunca uno de sus platos preferidos, pero el Duende empezó a hacerse objetor de cochinillos asados el día que el maestro asador José María  le contó a a él y a sus compañeros de RNE que los pobre cerditos deben de ser sacrificados a la semana de vida para ser el bocado perfecto. Desde entonces siempre desea que todos esquiven su destino y emulen a Babe, el cerdito valiente.

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El Cuento de Pedro Juan

Cuestión difícil, contar a los niños que los animalitos que tanto aman son parte de su y de nuestra dieta. Y quizás quiso poner un paño caliente, pero algo explicó a las nietas del Duende un cuento muy especial, un cuento a la medida, que les trajeron los Reyes Magos. Pues siendo que, según su abuela, lo que más las entretiene es que ella les cuente no la historia de Caperucita o de Blancanieves, sino la del pequeño trozo de campo donde van despertando a la naturaleza, la abuela pidió a sus Majestades de Oriente la historia de  aquel campo en el que las niñas son las protagonistas. Y el cuento que trajeron los magos el 6 de enero narra en sencillos cuartetos  la historia del encuentro familiar con ese lugar, y algunas de las que el admirado poeta Muñoz Rojas llamaba Las cosas del campo</ Entre ellas los árboles que allí crecen, y el agua que corre por el arroyo, y el ruido de la fuente, y los cielos estrellados, y las flores, y los frutos, y los animalitos que allí conviven, y el juego de las niñas con ellos. Así que después de hablar de la burra y las cabras de Pin, que es uno de les vecinos, repasan la letanía animal con estos versos:

En Pedrojuan también viven/ muchos otros animales/ Reptiles, ranas, lagartos,/en el cielo muchas aves,/   Ratones que entran en casa,/ a veces, hasta alacranes,/ patitos en el pantano/ y ardillas de tarde en tarde/  También se crían gallinas/que van poniendo sus huevos, /y algún zorro peligroso! que se come sus polluelo/ Mala suerte, pobrecitos,/  lo mismo que Kokorós, /aquel gallo de Marina /que un día desapareció.

Fue la consternación de la familia. Llegó a manos de la niña  cuando era pollito y  en cuanto se hizo grande y le salió la cresta se lo afanó la zorra. Menos mal que los Reyes Magos, que son sabios, le quitaron importancia, y con una simpleza  sorprendente dijeron lo que el torturado educador no se atrevía a decir: Pero son cosas del campo,/ reglas del reino  animal:/ unos bichos son felices/ y otros lo pasan fatal.

Se puede ser mejor poeta, pero quizás no mucho mejor moralista.

Lo que ganamos y perdimos con Labordeta

Miraría la estela que ha dejado a su paso por aquí y seguro que se quedaría tan estupefacto como Homper...

Como todos los ancianos, la tía Clota –cuánto tiempo sin saber de ella- se va blindando el alma contra las añagazas de la muerte. Ella misma se siente cada día más débil, más alejada de este mundo, y cuando sabe que alguno de sus contemporáneos ha sido citado por la Parca pasa sobre el asunto como el viento de otoño sobre la cresta de los cardos secos. Sin embargo,  según Homper ha sentido muy particularmente la muerte de José Antonio Labordeta.

-Era más joven que ella –explica el sobrino- maestro, como ella. Y más republicano y cascarrabias que ella.

Añade el Hombre Perplejo que la tía no tuvo reparos en reconocer que le gustaba muchísimo más su colega como ciudadano original y político revoltosillo que como cantautor. Parece mentira que fuera paisano de Miguel Fleta –fue su comentario en este punto. Pero lo que más le había sorprendido a la anciana, tan distanciada quizás de lo que es hoy su España natal, había sido el enorme impacto popular de su fallecimiento.

-¿No crees, sobrino, que el pueblo se siente feliz cuando tiene algún muerto famoso que pasear?

Una vez más, y haciendo honor a su nombre, Homper se quedó estupefacto. Luego comentaría con este duende que, con el desparpajo cruel que a veces se expresan los que ya tienen poco que perder, la anciana tía podía tener parte de razón. El efecto placebo de las muertes famosas. La sociedad es cada día más descreída, pero aprovecha estos eventos emocionales para levantar la banderita de la sensibilidad y redimir su condición de masa significándose por una causa noble.

-Por eso los aplausos fúnebres que ahora suenan en ciertos entierros- comentó- A mí me parece sorprendente.

A este duende también por cierto. Recuerda al entrañable Labordeta de sus tertulias en Radio Nacional y está convencido de que se escandalizaría al verse convertido en un fenómeno como Elvis Presley, a su edad, con esos bigotones y esas trazas de profesor machadiano, y con una mochila llena de itinerarios y de bonhomie. Se reía de las travesuras que escuchaba al Duende y a Capitán, como se reía de sí mismo, sin sospechar, ni de lejos que iba a ser el icono balsámico en que le ha convertido la muerte.

-Yo tuve como alumno a Federico Jiménez Losantosironizaba un día- ¡Fíjate si habré sido buen profesor!…

Y se echaba a reir. Parecía considerarse un hombre sin demasiada importancia.

Labordeta fue además de un personaje simpático un poeta oscurecido voluntariamente por el respeto que tenía a un hermano mayor, Miguel,  muerto prematuramente y que aún era mejor que él. Luis Antonio de Villena dixit. También fue un estimable escritor costumbrista. Un día le regaló a este mindundi que les escribe un ejemplar de su libro Cuentos de San Cayetano, un conjunto de relatos deliciosos dedicado con mucha gracia. Lo disfrutó hasta que desdichadamente lo perdió en un viaje. Ahora le hemos perdido a él, aunque, por lo que se ve, hayamos ganado un prócer, un héroe popular y quién sabe si hasta un santo. Descreídos  o no, seguimos necesitándolos…


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