Posts Tagged 'Sierra de Gredos'

El camelio como ejemplo

Al mal tiempo, buena cara. Después del vendaval los camelios sostienen el tipo...

Te resulta difícil comparar, porque el paso de los días no te queda exactamente fotografiado en el álbum de la memoria, pero jurarías que desde tu observatorio, a 700 metros de altitud en la vertiente sur de la sierra de Gredos la naturaleza sigue asustadiza, como encogida. Más que otros años, piensas., quizás porque hasta el rabo del invierno todo es toro. El bosquecillo de robles y castaños ya lloró todo lo que tenía que llorar, y no puede estar más triste. Un toquecillo de verde y pintones de color ponen los madroños y los naranjos, vale, pero los tradicionales heraldos de la primavera que son los almendros y las mimosas apenas se muestran tímidamente. En el Parque de la Quinta de los Molinos, sin duda el más bello huerto de almendros de Madrid, a lo mejor los botones blancos ya han estallado, por aquí sólo asoman la patita, como corderillos acojonaditos. Las mimosas por ahora no miman nada. Ni derraman aroma ni abren las cosquillas de su abanico amarillo.

Por aquello de animarte y de andar lo poco que te permite ahora tu costillar tundido, saliste al encuentro de los camelios, que se plantaron por detrás de la casa. Ya te sorprendió ver cómo lucen estos arbustos en latitudes más frías y en pleno invierno, y cómo sin embargo el lenguaje popular pasa de sus flores para subrayar que en los días más grises del año la naturaleza sigue produciendo milagros como éste. Margarita Gautier, la famosa cortesana que Dumas hijo convirtió en La Dama de las Camelias, o tenía entre sus brazos un amante de postín o llevaba un ramo de camelias para seguir componiendo el tipo que mandaba el novelista. Qué paradoja que luego la pobre mujer fuera a morir de tisis, pero ya se sabe que el naturalismo y el romanticismo de la época imponían esos peajes. A lo mejor es por eso por lo que se celebra tan poco la alegría de las camelias en invierno.

A ti sí te la ha dado esta mañana. La fragancia de la novelesca historia y el recuerdo de que a esta dama fuera en el cine nada menos que Greta Garbo avalan la inmortalidad de las camelias, símbolo en pleno invierno de que la naturaleza languidece o se aletarga, pero no muere.

Buen mensaje decirle a tu oncóloga cuando complete el miércoles tu revisión.

-Si no le sirve de molestia, haga de mí un camelio.

Entre los ángeles

Hay visiones de la naturaleza que le hacen a uno creerse un ángel...

Hay visiones de la naturaleza que le hacen a uno creerse un ángel…

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Sólo unos días antes de esta Navidad despertaste en el campo y miraste al amplio valle del Tiétar. Lo que en otros días claros de anticiclón es panorama de encinares y de una especie de sabana africana que la vista extiende hasta la sierra de Guadalupe, parecía un mar de nubes blancas cuyas olas morían contra las laderas de Gredos. Crees que el fenómeno se da cuando las altas presiones producen lo que los meteorólogos llaman inversión térmica. El caso es que Candeleda y las tierras del valle quedaban bajo una espesa capa de niebla mientras tú desde tu casa disfrutabas de un sol radiante y veías cómo el Almanzor nevado acogía entre sus larguísimos brazos ese mágico mar improvisado por el amanecer. Te pareció un espectáculo natural fascinante. Por un momento imaginaste que sólo los ángeles y tú podíais gozar de tal privilegio.

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Pero…¿existen los ángeles? ¿Y es verdad que no tienen sexo? ¿Será cierto que a todos protege un ángel de la guarda? En esta materia, como en casi todas, sigues apacentando tus dudas. Sin embargo, desde que la enfermedad te obliga a pensar más tienes la sensación de que eres rico en ángeles vigilantes y cariñosos. El que se presentó ayer en tu casa con un bizcocho de limón para felicitarte la Navidad es Inés. Es una excelente fotógrafa, está casada y es madre de tres hijos, pero te sigue llamando jefe, pese a que va hacer casi veinte años que dejasteis de trabajar juntos. Otros ángeles del sexo femenino llevan el nombre de Alicia, Ana, Ángeles –es un ángel plural- Begoña, Beatriz, Carmen, Carolina, Conchita, Francisca, Isabel, Julia, Lola, Lucila, María, Marta, Paloma, Pilar, Rosario, Silvia, Soledad, Teresa…No hay last ni least, porque para apuntalar el alma tanto te vale un jamón de pata negra como una simple llamada telefónica. Como te sirve también la atención de Borja, Carlos, Eduardo, Javier, José Pedro, Manuel, Miguel Ángel, Paco, Pepe, Quico, Rafael, Ramón, Rubén, Víctor y alguno más, que son del sexo masculino y que te han acompañado y ayudado a lo largo de este tiempo de mil maneras distintas. Tienes ángeles amigos que son hoteleros rurales, psicólogas, altos funcionarios, médicos, coralistas, abuelos y abuelas, compañeros de la radio, empresarios, amas de casa, jubilados, artistas. Otros son embajadores, y en la parte insospechada de su curriculum mantienen aficiones tan singulares como la cría de burros.

Afortunadamente, de todo hay en tu viña. No es como la del Señor, pero tampoco te puedes quejar.

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Creías que esa legión podría rondar por allí, y compartir contigo esa percepción de poderío sobre la belleza que te ponía en bandeja el día. Aún esperas y deseas que les llegue. Ojalá puedan ver el mundo, la vida y la Navidad como si de verdad volaran entre los ángeles.

La chica del Austin

...Y de un Austin del año 1950 como este salio la chiquilla que muchos años después le mandó al bloguero un bonsai

…Y de un Austin del año 1950 como este salio la chiquilla que muchos años después le mandó al bloguero un bonsai lleno de buenos deseos

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Tú no controlas. Es imposible que sigas el devenir de toda la gente que has ido conociendo a lo largo de tu vida, de aquellos amigos de la infancia con los que jugaste, tus compañeros de colegio, tus colegas en la mili, en la Universidad, en el trabajo, de las chicas a las que admiraste o con las que saliste Digamos que a todos los has ido filtrando por el colador chino de la memoria. Unos se escurrieron sin dejar rastro y otros se quedaron agazapados en el cedazo de tus recuerdos, y se convirtieron en materia de tu inconsciente. Porque resulta que tú no crees ser más que tú, una isla, pero nadie es una isla absoluta, y todos mantenemos, aún sin saberlo, un punto de contacto con alguien.

A veces ese alguien reaparece inesperadamente.

-¿Don Luis Figuerola-Ferretti?-preguntan por el telefonillo-Traemos un envío para usted.

Hace falta ser un auténtico sabueso del Madrid arrabalero para descubrir tu palomar en ese barrio dédalo donde vives. Pero el mensaje debe de estar guiado por el radar del cariño, y aunque a esas horas tardías de un viernes de Dolores nunca se espera ya reparto alguno, te han dejado en casa un bonsái bien guapo con un mensaje lleno de buenos deseos para tu curación. Lo firma una chiquilla –ya no tanto- a la que en cincuenta años no habrás visto más de dos o tres horas, una en Madrid, otra en un Rastrillo de Oviedo, ciudad en la que reside y desde la que se ha movilizado por ese imperativo categórico  de  nostalgia amable que impone la recherche du temp perdu.

-Riégalo, recórtale las puntas y cuídalo con cariño. Te ayudará a curarte- dice el tarjetón.

Añade un beso y la firma de Cristina Palau.

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No era precisamente un hotel sofisticado del Club Mediterranée, sino más bien una colonia de veraneo popular en medio de un pinar a los pies de Gredos, en  Arenas de san Pedro. Las pequeñas casas se alineaban en forma de U formando una especie de patio de cortijo, en medio del cual crecían seis enormes plátanos que sombreaban los juegos de la chavalería, y que permitía a ésta, cuando ya picaba la pubertad, trepar a las ramas y tallar en su corteza a punta de navaja los amores del verano. Juan y Teresa, decía una inscripción con un corazón atravesado por una flecha. Alvarito y Carmen, decía otra. Mariví y Chiqui, indicaba otra. Y otra, y otra, y otra. Los viejos árboles, tan frondosos, no sabían si llorar las cicatrices por el dolor que les marcaba la piel o por la ilusión que albergaban en su ramaje.

-Juventud, divino tesoro-silbaba el viento entre las ramas de los plátanos poblados de púberes rampantes.

Veraneaban en aquella colonia varias familias  fijas desde hacía años. Entre otras, la tuya propia. Pero crees que fue en julio de 1960 cuando apareció por primera vez por allí un Austin verde del año 1950 cargado de novedades

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El Austin era de Antonio Palau, un inquieto leonés de La Bañeza que había inventado un método fotosilábico para iniciar a los niños en la lectura, un genio de la pedagogía. Antonio estaba casado con Loli, y tenía cinco hijos: Toñín, Mariví, Cristina. Montse y Mónica. Salvo Toñín, que jugaba al fútbol en los partidos de por las tardes, y Mariví, melena rubia de muchacha en flor, los hijos del maestro Palau te quedaban muy pequeños, incluida Cristina, que era de la edad de tu hermana la menor.

Pero los años igualan. Me dio siglo después la amiga de tu hermana, es la señora que te envía el bonsái para que te repongas pronto. Ella también tiene lo suyo: desde hace tiempo sufre demasiado por la vida, sin más razones que la propia sinrazón que es muchas veces la existencia.

-Yo tampoco estoy bien -te dice- Pero me ha impresionado saber que estás como estás, porque en aquellos veranos de Arenas yo ya admiraba tus imitaciones. Y quería animarte.

No sabes qué partido le podría sacar una niña de entonces a una caricatura de Franco, que no era precisamente gracioso como los payasos de la Tele. Tampoco tienes claro en qué medida, do ut des, puedes ayudarle ahora a que queme los demonios que le rondan y se anime, y se libere finalmente de su depresión. Así que sólo te has atrevido a decirle que muchas gracias, que el bonsái te ha emocionado por lo que significa. Y que por un momento, al verlo tan verde, has creído que volvía el Austin modelo 1950 en el que la conociste, que también era verde.

Le dijiste que escribirías de esto en tu blog, y no le vas a fallar. Así que el viejo Austin, que ya entonces era casi una antigüedad y por eso te gustaba tanto, llega, se detiene, se abren sus puertas y de él se baja Cristina. Tras ella, un inmenso cargamento de ternura que cambia tu desazón por esperanza. Qué suerte que vuelvan también las amiguitas de la infancia.

En ocasiones oigo voces…

Quién podía imaginar que una simple advertencia de la megafonía del metro londinense pudiera convertirse en un mensaje de amor...

Quién podía imaginar que una simple advertencia de la megafonía del metro londinense pudiera convertirse en un mensaje de amor…

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El sábado llovía, y a pesar de ello estabas razonablemente contento.

Es más, se te ocurrió pensar que te gustaría ser Dios, aunque te aburriera mucho la condena a ser eterno. Qué horror, imaginar una eternidad en la que se seguiría hablando de la crisis, y de Bárcenas, y de Urdangarín, y de la intransigente señora Merkel,  y de las independencias de los que están encoñados con la independencia, y de la doctrina Parot y del incierto futuro de las pensiones, y de la sanidad, y de todo el estado del regularestar, porque ya no se puede hablar de estado del bienestar.

En realidad sólo envidiabas de Dios su omnisapiencia. Y no la deseabas para desentrañar las grandes incógnitas que planean sobre nuestro futuro, y que por lo visto sólo Él sabe. Sino para conocer exactamente el número de gotas de lluvia que habían caído sobre ese trozo de campo donde apacientas tus horas de retiro. Un capricho: la sabiduría inútil. Los sabios de la tierra acaban queriendo saberlo todo, e incluso encuentran explicación para cualquier fenómeno,  pero ninguno sabrá el número exacto de gotas que derrama un chaparrón. Para eso sólo debe de estar Dios, piensas tú.

Que también sepa, quizás, cuando se acabarán las molestias digestivas que comporta el tratamiento de tu enfermedad, esos torpedos de gas que te estallan en la boca entre quimioterapia y quimioterapia. Además de dañino, qué mal educado y que poco fino es el cáncer, caramba, siempre obligándote a disimular los eructos por aquí y por allá, como don Augusto, aquel profesor de literatura que tuviste en el bachillerato. Era un buen maestro y una gran persona, y te ponía muy buenas notas. Pero debía de padecer también malas digestiones, y se quedó en tu recuerdo tanto por sus saberes como por sus indisimulables flatulencias. Qué puñetera y sectaria acaba siendo a veces la memoria.

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El domingo hacía un día luminoso, espléndido. Con las cumbres de Gredos nevadas y el ancho Valle del Tiétar  más verde y encharcado de diamantes que  nunca, tenía la vista desde tu casa algo de postal alpina, la luz de de esos paisajes de películas tipo Sonrisas y lágrimas, tan bonitos y cursis que a veces parecen falsos.

Debías por tanto sentirte feliz. Además, estabas dispuesto a escribir sobre la tierna historia de Mrs. Oswald, la viuda de aquel actor inglés cuya hermosa voz  dejó grabado para el metro de Londres  unos avisos para prevenir a los viajeros.

Mind the gap –decía la voz del actor- And stand clear of the door, please.

Mrs. Oswald no vivía cerca de Embankment, pero a menudo tomaba el metro hasta allí sólo para escuchar a su marido, que murió hace once años. Su voz le reconfortaba el corazón y le traía recuerdos vivos del amor de su vida. En lugar de ir al cementerio y rezar por él, iba a esa estación –la única  de la red de metro que aún emitía sus grabaciones, porque en las demás sonaba ya una de esas voces de mentirijillas que producen los ordenadores- y veía llegar trenes y entrar y salir viajeros mientras escuchaba a su querido marido aconsejando a los viajeros que tuvieran cuidado de no meter el pie en el hueco entre el andén y el vagón y despejaran las puertas. El texto no era  un verso de Shakespeare precisamente, pero Mrs. Oswald probablemente suspiraba al escucharlo, e incluso puede que se le humedecieran los ojos por la emoción.

Lamentablemente, un día echó en falta esa voz. Cosas de la modernización: los avisos que antes repetía Lawrence Oswald habían sido regrabados por una voz mecánica e impersonal. Entonces Mrs. Oswald escribió a la dirección del metro londinense y les pidió un favor.

-Si pudieran facilitarme una copia de la grabación de mi marido, Lawrence…-suplicó- Si no, no volveré a escuchar su preciosa voz, y me daría mucha pena.

Dice la prensa que a los burócratas del Tube les enterneció tanto la demanda de la anciana que están intentando hacer una excepción a los sistemas telemáticos que impone la modernidad. Harán bien si reponen la voz de Oswald, porque la estación de Embankment será entonces para los turistas  un hito tan romántico como el que marcaron  Robert Taylor y Vivian Leigh cuando se besaban apasionadamente en el Puente de Waterloo.

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Te fuiste a la cama con la esperanza de que tus sueños fueran variaciones sobre esta bonita historia de amor póstumo. Mala cosa fue que se te ocurriera escuchar las noticias de última hora, y, entre ellas, las que brinda a los agoreros Chipre, que antes era una isla, un país pequeño, y el menos significativo en términos económicos para la Unión Europea, pero que ahora se ha convertido para España  en un nódulo diminuto tan peligroso como los que conviven contigo en los pulmones. Lo cual que con esta metáfora, y teniendo en cuenta que hoy empezabas un nuevo ciclo de quimioterapia y tenías que madrugar para el consabido análisis, la esperanza se rebozó de pesadilla, y acabaste por no pegar ojo.

Eso si, la vigilia te dio la oportunidad de acordarte de que si alguno de tus lectores es tan devoto de las reliquias de voz como Mrs. Oswald, no tiene que ir a ninguna estación de metro para escuchar la tuya. Basta con que pinche –aquí mismo, en la columna de la derecha- el podcast de la entrevista que te hizo semanas atrás Pilar Socorro en su programa Siluetas de Radio Nacional de España y escuche.  Sabes que tu dicción  no es tan pulcra y bien timbrada como la de Lawrence Oswald, pero como el personal ya está advertido de que no hay que meter la pierna en el hueco ni agolparse en las puertas del metro, cuentas otras cosas que a lo mejor distraen de Chipre y otros fantasmas de actualidad que nos inquietan.

Mi vida con otro sentido del humor

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Despiertas a las 6´30 de la mañana y está todo oscuro. Otoño cerrado. Y en esos minutos que te concedes para arrebujarte entre las sábanas y decidir si continúas intentando el sueño o te enganchas a la rutina diaria, te asalta la misma duda que ha planeado sobre ti toda tu vida.

-¿Y quién soy yo?

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Recuerdas entonces las mil formas distintas en que has respondido a ese formulario administrativo o comercial en el que además de tu nombre y tu domicilio te preguntan por tu profesión. ¿Y qué soy yo? Y qué se yo, solías responderte encogiendo los hombros. Y fuiste poniendo, según los años, los objetivos, los sitios donde te preguntaban y demás circunstancias de la encuesta muchas cosas distintas. Estudiante, abogado, técnico publicitario, periodista, empresario, humorista. Lo de humorista debería haber venido después de radiofonista, pero radiofonista era una palabra ya obsoleta, adecuada para Matías Prats, Boby Deglané y Vicente Marco, por hablar de tres glorias del pleistoceno de las ondas hertzianas. Y no estás seguro siquiera de que la palabra radiofonista existía.

Así que aunque sólo eras humorista gracias a la radio, y aunque piensas que, de no ser hijo de Chaplin o de Gila o de Tip, hubieras preferido que tu padre fuera un médico, o un ingeniero, o un ferroviario o un granjero, ponías eso de humorista, con la boca, o con la pluma, chica. Como para que no se enterasen tus hijos y tus amigos más convencionales.

Por no poner lo de chisgarabís o imitador, que te sonaba todavía menos de fiar..

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Luego resultaba que tampoco eras un humorista propiamente dicho. Sino como un zoótropo de la radio, uno de esos ingenios primitivos en el que a través de una rendija en un círculo de cartón que giraba sobre un eje mirabas imágenes fijas en él estampadas y creías verlas en movimiento, y pasabas de un caballo que galopaba a una rana que saltaba, o a un gimnasta que daba la voltereta, o a un bailarín de claqué. Tú también cambiabas tu voz ante el micrófono. Eras zoótropo, giroscopio, kaleidoscopio, transformismo puro, camaleón de la radio, un tramposo, un político, una folklórica, un cura, un general, una sexóloga francesa, un papa, un presidente de gobierno, un entrenador de fútbol, otro papa, otro presidente de gobierno, un ama de casa, un escritor amanerado, otro político, un chapuzas, un lendakari, una secretaria de la Moncloa, un rapsoda, un rey, otro presidente de gobierno que era muy soso y que, pese a ello contaba chistes , la esposa del presidente Pujol, un vicepresidente de gobierno, una vicepresidenta, otro seleccionador de fútbol…La tira de títeres.

Eras todos y eras nadie. En algún momento de definiste como un impostor de voces, un ilusionista, un duende de la radio. Fuegos artificiales que cuando se quemaban dejaban en el cielo una nebulosa y luego pura oscuridad. En realidad te considerabas un hombre sin identidad.

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Pero aún en esa levedad, o quizás por eso, te creías distinto de la mayoría. Tal vez un modelo alternativo, un burgués titiritero, seguro en tu propia inseguridad, y hasta, si me apuras, un poco por encima del bien y del mal. Como si dieras por hecho que nunca te fueran a pasar las cosas que les pasan a los demás. Y por aquello de ser un simulador, acabaste en las funciones que menos te habías imaginado que llegarías a desempeñar.

Hace dos fines de semana estabas con tu amigo Eduardo en el campo, viendo el otoño en su esplendor, la Sierra de Gredos al fondo, los castaños dorados, el suelo reverdecido poblado de setas y un aroma de pinaza, jara mojada y tomillo que se colaba por los alvéolos nasales y te perfumaba hasta la sentina del alma. Hablas mucho con él últimamente. Os conocéis desde la Facultad, donde él ya destacaba, y luego se hizo abogado del estado, empresario, ministro, presidente de foros, fundaciones, patronatos, conferenciante, articulista eventual en las páginas relevantes de los periódicos. Tú le admirabas entonces por lo bien que hablaba, pero él te te apreciaba a ti por lo bien que imitabas en la Fiesta del Rollo. Y recuerdas con cierto orgullo que en el viaje del paso del Ecuador a París, cuando aún apenas habíais cruzado dos palabras, se rompió un asa de tu maleta, y tú tuviste que comprarte otra más grande, y él se acercó a ti y te ayudó a cargar con ella hasta el autobús de regreso –qué sufridos los viajes estudiantiles de entonces-, y en entablar conversación, porque quería ser amigo tuyo. Y como todo lo explicaba tan bien, y te interesaba su conversación y su pensamiento, y además te invitaba a estudiar en su casa, donde siempre había merienda, y unas hermanas muy vistosas y muy simpáticas con las que ligabas algo, y mucha animación, pues os hicisteis grandes amigos.

Y ahora, a la vuelta de la vida, habláis mucho, en la soledad del campo. El siempre tienes papeles y libros entre manos, los repasa, los lee, los subraya. Esta semana debía ser miembro de un jurado que premiará el mejor trabajo sobre la figura de José María Cervelló, un compañero suyo en la promoción de abogados del estado que murió prematuramente después de haber creado escuela.

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-En qué cosas derivamos –le comentas sonriendo- A mí me toca presentar el libro de de Manuel González Burdiel.

Manolo es un amigo arquitecto que ahora escribe poesía y al que le hacen ilusión tus humoradas sin saber que no estás puesto en la materia, y que te cuesta mucho tomarte estas cosas en serio. Lo que le piden a uno.

E invocas a este respecto lo que una vez escuchaste de un ministro del Interior que se reunió con su colega francés en una de esas cumbres bilaterales, que llaman. Porfiaban en broma sobre las competencias más pintorescas que incluían sus respectivos cargos.

-Pues yo, además de ser Ministro de Interior del gobierno de la República, soy copríncipe de Andorra– presumía el gabacho.

-Eso no es nada. Yo, además de gran jefe de la policía, soy el que manda en el Reglamento Taurino.

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Y crees que, a pesar de lo que tiene de chufla tu biografía estás relativamente contento contigo mismo, y sobre todo con tu circunstancia. Sigues sin saber exactamente qué eres, porque la vida te ha dado un carácter que muta de hora en hora, lo cual ignoras si es bueno o es malo, pues si de una parte piensas que la sociedad prefiere personalidades nítidas y coherentes, de otra estás convencido de que no hay como ser zootrópico para ir regateando obstáculos y mantener el tipo. Porque te llega un bajón, claro, como a todo el mundo. Pero enseguida ves a una mujer que te sonríe, o paseas por el campo en otoño –si es con ella, mejor- , o gana el Atleti, o te manda una nieta su caja de Lacasitos a medio consumir con un mensaje que dice Te quiero, Abuelo, u un simple beso de bebé con ojos azules, o ves una película de John Ford, o cantas con tu coro a Bach o Haendel, o lees un buen libro, o muerdes un chocolate suizo, o te ríes con tus amigos de siempre, o te paseas visualmente por un paisaje de Patinir, o tiras piedras a un río caudaloso, o te esponjas frente al mar, o te duermes como un niño viendo caer la lluvia mientras en la chimenea arde un buen fuego. Y sonríes, o te emocionas, y te sientes pleno. Y se lo agradeces al Altísimo, al milagro del evolucionismo o a quien corresponda.

Pero, sobre todo, piensas que te ha compensado no haber sido más sólido, porque al final de cualquier marrón, la vida tira de ti, y consigues sonreir, o incluso reír a carcajadas. Reirte de todo, de todos, de ti mismo. Y de lo que pueda venir.

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Sabes que albergas un alma grave, adusta, asentada sólo en la duda y en el deseo, ansiosa de saber y de tener fundamentos para creer. Pero intuyes jo, no lo veo claro, qué confusión, qué difícil ser serio. Y para paliar tanto exceso de trascendencia te has troquelado definitivamente en el sentido del humor. Te lo tomas casi todo con al menos un cierto sentido del humor. Crees que lo demás, éxito, orgullo o fracaso, acaba siendo lo de menos.

Y vas tirando, acumulando sobre todo un importante patrimonio de afectos y sentimientos. Has cumplido sueños importantes: has corrido el Maratón, y has cantado El Mesías y la Novena de Beethoven. Nunca lo imaginaste cuando soñabas ser un buen deportista, con lo torpe que eras, y empezaba a despertar tu sensibilidad. Asi que vuelas: eres desconcertante a veces, errático, evanescente. Pero vuelas, y en cierto modo eres feliz no siendo nadie y habiendo vareado tantos sueños para que al menos alguno de ellos cayera en las alforjas. Gracias, sobre todo, a algo de constancia, a mucha curiosidad, al afecto cosechado y, sobre todo al sentido del humor.

-Nunca entraría en un club que aceptara como socio a un tipo como yo –te ríes por lo bajini parafraseando a Groucho Marx. Te has instalado cómodamente en el lado burlesco de la vida..

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Hasta que un día te empieza a doler algo raro y después de unos meses de cargar con tus alifafes estos se hacen más molestos. Y vienen los médicos, y las pruebas, y el ir e aquí para allá buscando soluciones. Y la certeza de que, al final, sólo te pasa lo que a tantos que son o han sido tus familiares, tus amigos, tus conocidos. Y para eso si que daba igual el calado del personaje.

-Tienes que ponerte en manos de los oncólogos- le dice lo más delicadamente posible el internista una vez que finalizan sus pruebas.

O sea, acabas siendo solidario en el dolor, cuando creías que sólo lo eras en el reír.

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La noticia es inquietante. Pero, vista desde otro punto de vista, es buenísima, porque de un sopapo te das cuenta, sobre todo, de la suerte que has tenido, del privilegio que es ser un espíritu ligero que cambia de estado de ánimo a dos por tres. El hombre poliédrico, el hombre sin identidad. La felicidad escrita con dientes de sierra, pero con un grueso colchón de cariño por debajo para el caso de que llegara la caída.

Han pasado dos días –bastantes más, si se acumulan aquellos en los que barruntabas el mal- y has dormido, y te has reído, y has seguido disfrutando de la vida. No estás seguro de cumplir el Resistiré de la famosa canción que ponía aquel entrenador de fútbol para estimular a su plantilla y evitar el descenso de categoría. Pero primero: que te quiten lo bailado. Y segundo, que no amordacen tu yo más bromista. Este, como las especies amenazadas, irá generando sus propias defensas.

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Además, la desagradable sorpresa te ha ayudado a encontrar la identidad que deseabas. Ha bastado para ponerte una t por delante de lo que antes era una sólo una h. Así que ahora podrás ser, sobre cualquier otra cosa, el hombre que se toma la vida con un sereno y saludable sentido del thumor. Sentido del thumor, como suena, sí, qué pasa.

Pura coherencia. Porque cuando te ecuchaban haciendo el gamberro por la radio, si alguien lloraba por tu culpa –y esto sí es vanidad- eran sólo lágrimas de risa.

Verano 14. Un interludio de Boccherini

El Festival Boccherini se celebrará en Arenas de san Pedro los días 28 y 29 de septiembre de 2012. Una conferencia a cargo Paloma Olmedo sobre “Boccherini y el Infante Don Luis”, dos conciertos, una Cena Dieciochesca en el palacio de la Mosquera y una Excursión al Monasterio de Yuste integran el programa. Los precios son popularísimos. Y este Duende es el encargado de presentarlo…

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Viajar en soledad no sólo te le lleva a los lugares que espontáneamente te pide el cuerpo. Esa es la ventaja de no tener que dar explicaciones a nadie: te permite también asomarte a las regiones del alma a las que te puede invitar un recuerdo, un pensamiento, un nombre que ves en un cartel, una noticia, una llamada de teléfono.

En pleno horno veraniego al bloguero le sorprendió una llamada de Carina Ferrer Sauermann, canaria de origen alemán residente en Arenas de San Pedro. Estas mezclas de orígenes distintos y distantes, que diría Leopoldo Calvo-Sotelo, enraizadas donde menos se espera, siempre le han interesado al bloguero. Cree que con fenómenos migratorios semejantes se forjaron los Estados Unidos, primera potencia mundial a pesar de todo, y quizás por la riqueza que aportan los mestizajes. Carina apareció por esos pagos por una cuestión de amor. Al que sería su marido, un hijo de Arenas al que el valor y otras virtudes se le suponían, se lo rifaban las lugareñas y las señoritas de Madrid, mayormente cuando le veían pasear con su uniforme de piloto militar. Ahora Carina alimenta en Arenas otros amores. Tiene hijas y nietas que paran por ahí, en una de las pocas casas tradicionales del pueblo antiguo que permite ver por sus ventanas únicamente lo mejor de la villa: el pico de la Mira al fondo, el paisaje de roca y pinos de la sierra de Gredos, el Palacio de la Mosquera en el lado opuesto del valle y la torre renacentista que remata la iglesia parroquial de la Asunción, edificada sobre una base gótica. También tiene otra pasión que es también una dedicación de muchas horas. Se llama Boccherini.

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-¿Te gustaría ser el presentador del Festival Boccherini?-le dijo por teléfono a este bloguero errante.

Carina es la presidenta de la Asociación Boccherini de Arenas de San Pedro. Si la presencia de una canaria hija de alemana en un pueblo del sur de Ávila puede resultar curiosa, no digamos lo sorprendente que debió de ser en el siglo XVIII la de un compositor italiano nacido en Lucca que vino a España siguiendo a una soprano y se enroló en la corte de don Luis de Borbón, que también –oh casualidad- eligió este lugar para establecerse. Cherchez la femme y el temor de Carlos III por las posibles aspiraciones al trono de los descendientes de su hermano y se encontrará respuesta a lo que a priori parece un cierto enigma. Ahora que se escriben tantas novelas históricas, aquí hay una muy palaciega de amor, de celos, de recelos reales, de viajes y de sueños de cortes paralelas. Y todo con el protagonismo de figuras humanistas como las de Don Luis y la de Boccherini, que compuso precisamente en Arenas su famoso Quinteto que convirtió la Música nocturna para las calles de Madrid en una de las piezas dieciochescas más recordadas por el personal. ¿Verdad que promete?

Como promete, incluso en tiempos de vacas no ya flacas, sino medio anoréxicas, el Festival por el que tanto trabaja la amiga Carina.

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Al final, como la Torre de la Iglesia de la Asunción, como el anclaje de Boccherini en Arenas, como Carina o como este mismo bloguero, todos somos depósito de los siglos y fruto de los mestizajes.

-¿Y por qué me invitan a presentar ese festival? –se preguntaba el Duende- ¿Y qué pinto yo allí?…

Porque él es aficionado a la música clásica, cierto, pero no un especialista. Y amante de la historia, cierto, pero nada ilustrado. Y algo así como periodista o comunicador, pero sin cara televisiva, que es lo que vende. Y además veraneó muchos años de su infancia en Arenas, seguro, pero como tantos otros. Y fue pregonero de sus fiestas cuando realmente se le escuchaba en la radio, aunque ya quizás nadie se acuerde del pregón. ¿Bastan esos títulos para hablar del gran Boccherini con un mínimo de solvencia?

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En esas dudas estaba cuando se le ocurrió bucear en su linaje y recordar que un cuarto de sí mismo procede de un contemporáneo de Don Luis y de Boccherini que sin duda convivió con ellos en el Palacio de la Mosquera. Pues sucede que él lleva el apellido Lletget en cuarto lugar, y es chozno de don Diego Lletget y Maixer, que según unos libros fue sotaayudante de la furriera en la corte de don Luis de Borbón. Este hombre casó con una arenense, fue padre de don Diego Lletget y Pérez del Olmo, catedrático de Farmacia, y murió en la villa de la Triste Condesa probablemente después de haber servido al autor del famoso Minuetto y de la Ritirata más de un aperitivo, pues aquel cargo tan rimbombante debía de ser algo así como jefe de intendencia o, como mínimo, sommelier de palacio. Menos prosapia da una piedra.

Para más curiosidad enrevesada Lletget y Maixer era un catalán de pura cepa. ¿Qué hacía en siglo XVIII un catalán por Arenas de San Pedro? Item más: ¿por qué se llamaba Lletget, que en catalán significa literalmente Feíto, siendo así que en la familia, aunque no constan misses de belleza reconocida ni Apolos notorios tampoco éramos tan horrorosos? Misterios de la vida misma, y de algunos países tan ricos en sociología variada como es España.

Hé ahí el sedimento de los siglos y el mestizaje, la misma historia de la Torre de la Iglesia de Arenas, de la estirpe de Carina y de la de este presentador del Festival Boccherini, para servirles. Sin negar que él también se llama Lletget, que significa feíto, puede asegurarles que tanto la historia de Don Luis de Borbón, de Boccherini, y del palacio de la Mosquera, como el Festival de Música que el último fin de semana de septiembre se celebrará en recuerdo suyo quedarán muy requetebonitos. Hay planes mejores, pero probablemente no tan dieciochescos y mucho más caros.

Una cagada en la niebla

De repente el Duende piensa si no será que que una densa niebla en el cerebro nos ha impedido distinguir la realidad del sueño...

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Pero lo que están hablando en Bruselas…¿es bueno o es malo?

El Duende reaccionaba como un niño. Todo invitaba a eso. Había paseado por Madrid, el día claro y luminoso, aparentemente alegre, los escaparates tentadores, atiborrados de colorido, el personal desmelenado, llenando los parques, los museos y las calles de turistas, curiosos y parados estacionales o permanentes con derecho a la ilusión más barata, que es pasear e imaginar qué harían si en lugar de víctimas del sistema fueran ricos y pudieran rendirse al becerro de oro del consumo.  También el día de las Conchitas, de la Inmaculada, que antes era muy importante, pero que ahora sólo es una pilastra de un puente con carteles por la calle de una Vigilia que uno nunca ha sabido qué es exactamente y cómo se celebra. Por cierto, ¿Dónde están las Conchitas? Antes abundaban, Conchita era un nombre muy de niñita bien vestida de nido de abeja, pero también de pastelera, de secretaria, de manicura, de modista o de profesora de piano. Ayer el Duende, que está sobrado de tiempo para la cortesía de felicitar, tiró de agenda y sólo dio con cuatro Conchitas conocidas, todas ellas más bien Conchotas. No por el volumen, sino más bien por la edad. La Cintrón, Concha Espina, la gran Conchita Montes, la Velasco…Ahora tendrían que llamarse Lía, Vanessa, Seila, Oyanta, qué se yo.

Y cuando anocheció, las luces de Navidad de las calles –geometrías laicas, como si la fiesta se celebrara por unos Juegos Olímpicos o por designación de laUNESCO. Todo invitaba a sentirse confuso y esperanzado como un niño. Un paréntesis de fiesta tan largo inyecta molicie y desliza el alma a la ensoñación, y al Duende le dio por ver el cactus  de la realidad como si fuera una rosa aterciopelada o por lo menos una pompa de jabón flotando en el aire.

2

Se puso en carretera a las ocho de la tarde, y en  su alma palabra que latía una cierta ilusión infantil. Pero las noticias le pusieron un nudo en la garganta. Sarkozy hablaba de que Europa estaba a punto de explotar. El duende imaginaba que Alemania había invadido otra vez Polonia, y que los Aliados volvían a declarar la guerra. Otro Apocalipsis ( por cierto, qué pena que esta serie no sea obligatoria para todos los que tienen menos de cincuenta años, para que de una vez por todas se enteren de lo peligroso que es coquetear con cualquier totalitarismo).

Y entonces, a la altura de Talavera, se abatió la niebla. Puré de nubes bajas que le sumieron  a uno en otra croqueta sentimental distinta, la de la confusión fascinante, porque la niebla le abstrae a uno de lo terrenal, le mete en un túnel que no sabe si acabará en el más allá  o en una barranca, y eso despierta al mismo tiempo terror y esperanza, una cierta emoción, como la que cuentan los que han estado a punto de morirse y ven la mágica luz al final de la gatera por la que se les escapa la vida. Niebla densa, de las que ciega cualquier referencia, y más en una carretera comarcal, donde los trazos de pintura se han desleído. No hay mal que por bien no venga: en esa metáfora encontró el Duende el retrato ideal del momento. La crisis era chafarrinón de niebla que envolvía el mundo. En la niebla nadie alcanzó a ver las causas de esta catástrofe económica, la niebla obnubiló a los padres de Europa, que no cayeron en el pequeño detalle de que o se sientan reglas firmes y criterios rígidos en el club o esto sería la Casa de Tócame Roque o el Puerto de Arrebatacapas (por cierto, existe, al este de la provincia de Ávila). La niebla cegó a los economistas, a los líderes políticos, a los banqueros y, como no, a los hijos del estado del bienestar, que mientras funcione el cuerno de la abundancia jamás se preguntará de donde manan los dineros mágicos. La niebla total.

Una necesidad la tiene cualquiera, y más en un viaje que se alarga por falta de visibilidad. También tiene su encanto hacer pis en la niebla: se puede imaginar que del fondo aparecerá un zombie, o el enigma de otro mundo, o una hada, o el ángel de la guarda, o Frankestein buscando a su niñita para ser bueno con ella. Pero no, fue un trámite sencillo, sólo aliviarse, sentir la caricia húmeda de las microscópicas gotas de la nube y sacudirse los anticipos del sueño que empezaba a acechar al conductor.

3

Lo malo vino después. Otra vez en el coche, sorteando las curvas de la comarcal a paso de tortuga, la fina pituitaria del Duende comenzó a detectar un olor insólito, impropio de su edad, que poco a poco se hizo sencillamente insoportable. Olía a caca, ese olor de lo más inconfesable de la infancia, a caca humana, caca fresca del compañero de pupitre cagón, de letrina campamental o de retrete turco de antigua estación de tren, asquerosa. Se detuvo en el primer claro que encontró a su derecha, bajó del coche, se puso ante al haz luminoso que arrojaban los faros y se miró a los zapatos. Comprendió que el primer descampado que hay a la salida de la autovía, cuando empieza la comarcal hacia Candeleda, era utilizado habitualmente por los conductores para los mismos menesteres. Y que alguien había dejado en el campo deyecciones pastosas y pestilentes que la oscuridad impidió ver a tiempo.

-¡Mierda!- dejó escapar el Duende perdiendo los papeles.

4

No hay mal que por bien no venga, recordemos. La operación de limpieza fue delicada, hubo que frotar los zapatos contra la hierba mojada durante un buen rato, y restregar después las suelas con un estropajo improvisado de tomillos y jaras para que su aroma se llevara definitivamente los malos recuerdos de la pituitaria. Sin embargo la penosa incidencia cerraba el círculo perfecto para redondear la metáfora de la noche, en la que la niebla se había adueñado de todo. La crisis, la fragilidad de la economía, la ligereza de los políticos, la ignorancia de los expertos, la codicia de los banqueros ladrones, la irresponsabilidad de Europa, del FMI, del BCE, de la madre que los parió. La incertidumbre de la Cumbre, la inutilidad del sistema, la ingenuidad de los administrados, la ruina, la desesperanza. Todo en suma no había sido otra cosa que aquello de lo que el Duende podía dar desagradable testimonio. O sea, una gran cagada en la niebla.

Menos mal que la meteorología sorprende. Hoy, en su observatorio de la vertiente sur de Gredos lucía un sol espléndido, mientras la niebla seguía arropando el ancho valle del Tiétar. Bajo su capa quizás todo siguiera confuso, pero a vista de pájaro aquello parecía un precioso mar de algodón blanco que rompía sus olas imaginarias contra los acantilados de las montañas.

 

 

 


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