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Mirando a los fuegos artificiales

Fuegos articiciales junio 20141

Te pasan cosas raras que supones que también le pueden ocurrir a más personas. Hoy por ejemplo amaneces tortuga recién salida del huevo y algo despistada. Lo has visto muchas veces en los documentales de naturaleza de la tele a la hora de la siesta, que unas veces te enternecen y otras –vida salvaje- te sobrecogen. Emerge la cría de tortuga bajo la arena de la playa, asoma su cabeza y, aunque el instinto la lleva al mar, esta vez no sabe qué dirección tomar. ¿Por dónde tirar?…La pobre no tiene claro dónde queda el verdadero mar que debe ganar antes de que las aves depredadoras se lancen sobre ella para comérsela. Sólo tiene ante ella un mar de dudas.

Te falta la gimnasia del cerebro disciplinado, algo que echas de menos cuando pasan muchas cosas a tu alrededor y desde el interior tu organismo emite señales a las que no te acabas de acostumbrar.

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Fue una suerte que anoche, cuando abrías tu balcón para recibir el aire fresco de la noche antes de irte a dormir, te sorprendiera el castillo de fuegos artificiales que lanzaban desde San Antonio de la Florida. El palomar donde vives es modesto, pero rico en horizontes. Desde él puedes ver casi todos los fuegos artificiales que celebran en verano las fiestas barriales de Madrid. Unos quedan más cerca, y te llegan casi con su estampido. Otros lucen como bengalas fantasmales, amortiguado su sonido por la distancia. Todos te sirven sin embargo para practicar el escapismo y la meditación paralela: ves pasar la vida como una sucesión de descubrimientos, noticias, ilusiones, sobresaltos, emociones, y otras sensaciones difícilmente descriptibles que son tan llamativas pero, afortunadamente, también tan efímeras como los fuegos artificiales. Te gustan, te distraen, te consuelan. Se esfuman.

Cuando se apagan del todo, aún luce en lo alto mucha luna de junio. Y unas pocas horas después empezará a clarear el sol. Te despertarás entonces, y aunque no te lo propongas y quisieras seguir vagando por los sueños, te encontrarás otra vez fruncido a la rutina de la vida.

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Entre todos los motivos de este día eliges el decaimiento del espejo retrovisor del lado derecho del manillar de tu Vespa. No es algo grave, pero sí una preocupación más en la que seguir pensando. Después de miles de kilómetros de vibraciones, los tornillos y las tuercas se aflojan, el retrovisor se vuelve loco y declina como junco vencido o gira como una veleta loca. En principio eso lo arregla cualquier llave inglesa, pero a los megatorpes como tú hasta eso les produce una sobredosis de ansiedad que acaba degenerando en frustración, más desánimo y desplome moral.

En su Dietario de una Vespa el escritor apócrifo Adacio Moffo cuenta que subiendo un día por la Cuesta de San Vicente una de esas intrépidas motoristas guay que abundan en las calles de Madrid le adelantó por la derecha ciñéndose en demasía a su ya veterana scooter. Adacio contaba entonces casi sesenta años, y aunque había sido un hombre feliz se empezaba a sentir un fracasado. Después de haber diseñado un silenciador de retrete que eliminaba ese indiscreto ruido del vecino chorro de pis o de ventosidad salvaje que a menudo traspasa las puertas y los muros de los cuartos de baño incluso en las mejores casas y hoteles –parece mentira, pero así es- un descuido en el gestor de la oficina de patentes había desprotegido su invento, impidiendo la venta de éste y cerrando el paso a los millones con los que alimentar su fundación Tortuguitas Indefensas. Adacio cayó en un episodio de profunda depresión, lo que explicaba que, a pesar de su destreza mecánica, ni siquiera se hubiera preocupado en ajustar el espejo. Esto le impidió ver a la chica guay que le intentaba ganar por la derecha, y que no pudo esquivar el giro imprevisto en el mismo sentido de la moto de Adacio, provocando así un incidente verbal un tanto desagradable.

-¡Gilipollas! -tuvo que escuchar Adacio mientras le amazona mecánica le desbordaba con una maniobra de auténtica campeona- ¿Para qué tienes el retrovisor?

Sin embargo, no hay mal que por bien no venga. Adacio, lejos de enfadarse, logró alcanzarla en el primer semáforo rojo, presentó sus disculpas y le rogó que le permitiera invitarle a una cerveza para compensar su error. La chica guay aceptó, el hombre se explicó, le contó sus problemas. Quiso el destino que, a pesar de los años que les separaban, ella también coincidiera con él en lo inexplicable que es la ausencia de silenciadores en los retretes, en el respeto que merece la suerte de las tortuguitas y en lo bien que viene disipar angustias de vez en cuando mirando los fuegos artificiales, que es lo que acabaron haciendo aquella noche.

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Adacio concluye contando que el episodio fraguó en un romance que duró dos años, en el curso de los cuales nunca se preguntaron si es España es una nación o una nación de naciones, si es mejor la monarquía o la república, si el independentismo sacia el ego de los ciudadanos y agiganta la calidad de sus orgasmos o si hay que reformar la Constitución cada lustro para que cada generación tenga cuatro o cinco oportunidades de sentirse protagonista de la historia. Afortunadamente la vida no deja de repartir sorpresas.

Algo de lo que todos debemos aprender. Y a lo que dabas vueltas anoche, mientras se te cerraban los párpados al humo de los fuegos artificiales de San Antonio de la Florida.

 

Requiem por un mosquito

Cuando crees que puedes dormir feliz, puede aparecer una nueva preocupación en forma de mosquito...

Cuando crees que puedes dormir feliz, aparece nueva preocupación en forma de mosquito…

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Si a tu edad no sientes algún dolor cuando despiertas, dice la sabiduría popular, es que probablemente estás muerto. Tu pregunta derivada: ¿estás muerto también si no pellizca tu conciencia alguna preocupación, por leve que sea?

Amanece un domingo lluvioso en Madrid, hermoso horizonte el del sol apresado entre las nubes y pugnando por mostrar su cara. Y estás vivo caramba. Por la noche, tan mal dormida como te acontece últimamente, soñaste que  estabas en una cafetería y habías pedido un café. Cuando diluías el azúcar moviendo la cucharilla con esa cara de pánfilo que se suele poner en este ritual  te acordaste de que te habías dejado puestas las llaves de la moto. Saliste de la cafetería a toda prisa sin dar explicaciones y sin pagar el café, corriste unos cien metros hacia el lugar donde habías dejado aparcada la Vespa, retiraste las llaves y en ese momento te encontraste con tu cuñada, que salía de su oficina  para desayunar.

-Venga, tómate un café conmigo-te dijo mientras se dirigía a otra cafetería.

Pero los sueños tienen cosas muy raras.

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Que la que te invitaba a un café era tu cuñada era evidente, pues de no ser así no te estarías acordando de ella. Sin embargo tu cuñada es morena como un tizón, y en el sueño era rubia. Más exactamente era Ursula Andress en su primer esplendor, es decir, cuando salía del mar con aquel diminuto bikini blanco y le dejaba al pobre James Bond turulato. En su papel de cuñada curranta, llevaba una blusa de lino y una falda que  se transparentaban ligeramente, y dejaban ver por  debajo el bikini de marras. Estás seguro de que no te equivocaste de personaje, pues aquella imagen de Ursula Andress marcó a tu generación, y no la olvidarás nunca. También lo estás de que era tu cuñada, porque si no no te hubiera tratado con esa familiaridad e invitado a un café. Lo de la personalidad dual es diablura típica de cualquier sueño, y tú lo encontrabas normal.

A ti lo que te preocupaba es que el café que habías pedido en la otra cafetería se estaría enfriando, y además no lo habías pagado.

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No duermes bien. Duermes poco y mal, y encima no eres capaz de sacarle ningún partido a los sueños. Cuando te debatías entre volver a la primera cafetería para pagar el café o a averiguar si al final desayunabas con tu cuñada o con la Ursula Andress de imagen tan  turbadora –incluso más que turbadora-.sentiste el zumbido de un mosquito junto a tu oreja izquierda. Moviste instintivamente la mano, como si fuera fácil atraparlo al vuelo y en plena oscuridad.

-Vaya-pensaste-mosquitos en octubre. El dichoso cambio climático…

Otra motivo de insomnio, el que faltaba. No hubo manera de dormirte de nuevo, ni mucho menos de despachar aquel desayuno tan  singular que te había servido Morfeo. A las 5´15 de la mañana encendiste la luz y te pusiste a leer.

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Cuando llevabas tres páginas volvió a sonar el zumbido del asesino de tus sueños. El mosquito cabrón después de revolotear sobre tu cabeza fue a posarse en la pared, justo encima de la mesilla de noche. Aquí no te pudiste reprimir: estiraste tu brazo y de un sopapo con el dorso de la mano lo estampaste contra la pared.

Ahora la gran preocupación no es tu salud, ni la suerte de tu familia, ni la crisis, ni el cambio climático. Sino qué hacer con esa diminuta mancha roja sobre blanco que ha quedado como muestra del mosquiticidio. ¿Se podrá borrar? ¿Habrá que repintar encima? ¿Mejor convivir con ella y presentarla como una original instalación de arte  moderno? –Legado del mosquito podría ser su título…Da igual. Afortunadamente tienes algún problema, ergo estás vivo.

Nacida un 5 de julio

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En aquel tiempo el Duende medía el tiempo a su manera. Aún no calculaba bien la duración de las estaciones, y sólo distinguía claramente la parte del año que pasaba en Madrid y el veraneo. La primera llevaba dentro el horror del colegio, mientras que la segunda era aire libre, libertad, juegos, aventura, mar o monte, playas o bosques y prados. Niñas a las que empezaba a mirar con interés o chicas en traje de baño con las que luego cantaba canciones de los Brothers Four o del Dúo Dinámico a la luz de la luna. Felicidad e ingenuidad.

Ese pequeño paraíso partía de una estación. El Duende se ve ahora en la del Norte de Madrid subiendo con los nervios contenidos a uno de aquellos trenes antiguos que ahora sólo vemos en las películas rancias: locomotora de vapor, vagones con asientos capitonés, cortinillas velando aquellas ventanas que se podían abrir, aunque por ellas penetrase la carbonilla, y redecillas cubriendo los reposacabezas. Y compartimentos: esas pequeñas habitaciones cuyas puertas de madera con cristaleras abría el inspector para sorprender a Cary Grant y a Ingrid Bergman besándose o al espía que se camuflaba parapetándose tras el Times.

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Uno de esos compartimentos lo llenaban en una noche de julio de principios de los 50 la madre, seis chiquillos, los abuelos y alguna persona de servicio. El padre se quedaba en Madrid, trabajando hasta que llegara agosto. Debía de parecer aquello el famoso camarote de los Hermanos Marx. Pero entonces estábamos hechos a las apreturas, y además el tren partía hacia Santander, que al Duende se le antojaba tan lejano como el Polo Norte, y al poco de arrancar la madre abriría una cesta de mimbre y repartía bocadillos de tortilla francesa. ¿Hay algo que sepa más exquisito que un bocadillo de tortilla de francesa en un tren cuando esperan tres meses de vacaciones?

Luego la locomotora arrastraría ese hatajo de sueños infantiles rompiendo la noche. Y pasaría por Reinosa, donde alguien en la estación voceaba precisamente ¡Pan-tortilla de Reinosa!, que este viajerito inquieto lo escuchó en su duermevela, y el tren se detendría por la mañana a unos metros del mar. Qué emociones incomparables. Era un día como este, un 5 de julio, la fecha del cumpleaños de Paloma. Han pasado muchos años desde entonces, pero esta imagen la lleva el Duende prendida a la memoria con imperdible, pues el cumple de Paloma era el anuncio del veraneo, de la libertad, de la alegría. De casi todo lo positivo de la vida, que ella ha sabido administrar y suministrar con sobrado talento.

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Qué caprichosos son los genes. Y cómo en una misma familia pueden dibujarse biotipos tan distintos. Había en la camada del Duende hermanos que, simplificando, definiríamos como complicadillos, sencillos y mediopensionistas. Los números 1 y 5 de la serie ven tantas luces como sombras, y hasta cuando se ríen recuerdan la angustia de vivir. El 4 podía ser mediopensionista, pues era tan sencillo como noble, pero con carácter y muy suyo. El números 3 transita aparentemente sin grandes problemas existenciales, y tiraría hacia el lado positivo si no fuera porque late en él un prudente espíritu de censor de cuentas. La 6, un pellizco de Santa Teresa y otro de reina sueca, quizá escribiría una novela de amor y lujo si todo en su agenda fuera por caminos de rosas. Pero la 2, Paloma, es tan extraordinariamente buena, ingenua, sencilla, animosa y positiva que, pese a sus problemas –que los tiene, como cada quisque- siempre se ha desmarcado de un grupo de nebulosos paréntesis al que le cuesta responder sí o no incluso cuando se le pregunta si le gusta la leche merengada..

-¿Verdad que no parezco de mi familia?-suele decir ella misma burlándose de las dudas y rodeos de los más de sus hermanos.

Y es verdad. Los hay complicadillos, sencillo o mediopensionistas. Y luego está Paloma, esa niña tan mona y tan simpática, petillant dirían los franceses, pecas y dos coletas, con la que viajábamos en tren hacia un territorio amable y sin problemas. Un 5 de julio, como hoy, cuando sólo nos esperaba el reino de las vacaciones.

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Paloma tuvo mucho éxito con los chicos. En uno de aquellos veraneos del norte Manuel Martín Ferrand le cantaba con la guitarra aquello de Triste y sola, sola se queda Fonseca y cuando llegaba a esa frase clave que varias generaciones hemos utilizado para intentar ligar (yo no puedo querer más que a una / y esa una mi niña eres tú) le hacía ojitos. Cuando el Duende tenía trece años ella, que ya era una señorita, coqueteaba con un hijo de un marino rubio, atlético y de sonrisa Profidén, como primo de los Kennedy, que además era un gran portero de fútbol. Al Duende le parecía el novio ideal para una hermana, porque tenía su propia escala de valores Pero entonces apareció Ramón, también de muy buena familia, aunque más moreno que el portero, y la cosa cambió.

Se daba el mozo un aire con Humphrey Bogart y además tenía Vespa, un padre con haiga y sabía inglés. Y la conquistó. Ramón se hizo un excelente abogado, y Paloma se casó con él e hizo una boda no menos excelente. Luego tuvo el coraje de apuntarse a la Universidad para mayores de 25 años y hacer la carrera de Periodismo, y bregar como política municipal en la extinta UCD. Mientras tanto crió dos hijos y dos hijas, ellas guapísimas, y multitud de nietos. Y gracias a su encanto, a su personalidad y a su generosidad ha sabido sortear los sinsabores de la vida y acumular entretanto incontables amigos y amigas que hoy la adoran y estarán encantados de felicitarla por haber cumplido tantos años… de juventud en el corazón.

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En la familia del Duende la vehemencia no era precisamente lo que caracterizaba a las relaciones entre hermanos. No fueron entre ellos lo que se dice uña y carne, ni se besaban, ni se hacían grandes confidencias. El padre era hombre de gran intensidad sentimental, pero la madre fue educada para controlar las emociones con esa dignidad que respiran los retratos de los antepasados. Algo de ella caló en el distanciamiento que a veces proyecta este menda. El caso es que a los hermanos les cuesta expresarse cariño.

Por eso hoy ha rescatado el Duende esta foto añeja. No la tiene a ella para besarla y felicitarle, como debería ser en el día de su cumpleaños. Y casi lo prefiere, pues así no rompe la flema que, salvo en su caso y en alguna otra excepción, es la dominante de la familia. Pero mira a Paloma de niña, entre María Rosa y Pablo, y así no le molesta que le aflore la ternura. Pues ya no ve sólo a una hermana, sino a aquella chiquilla que cumplía años el día que salían de veraneo, y se abrían las puertas de la alegría. Ella, tan sencilla aparentemente, ha sabido interpretar la vida como nadie. Se subió a ese tren con entusiasmo, lo vivió con espíritu positivo y ha logrado desparramar felicidad por donde pasa. ¿Puede pedir más?

Cambiando de aires I/Un olvido imperdonable

La llave del apartamento, que tanto a Jack Lemmon como a este bloguero le ha causado tantos disgustos y cabreos...

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Se va uno de donde no está a gusto buscando escapar de sus particulares fantasmas. Y a eso se le suele llamar vacaciones.

La noche antes de la partida fue concluyente.

-O te vas, o te hago la vida imposible-parecía insinuarle el destino a este bloguero.

Y se lo insinuó de esa forma tan cruel y divertida que parecía una película de Billy Wilder. Pensaba el muy inocente escaparse rumbo al norte, quizás más allá de los Pirineos, descubriendo algo, un cachito de ese gran país que el neocolonialismo cultural anglosajón ha dejado en segundo lugar. Francia. Francia, que cuando uno era niño significacaba pecado, francamente pecado: ya saben la historia de Juanito Bernaola, que viajó a san Juan de Luz en los años cincuenta del pasado siglo para deleitarse con esa depravación llamada striptease y que luego, al regreso, murió en accidente de coche y, lo que es peor, …¡en pecado mortal!

Bueno. Pues pensaba escaparse a ese lugar de pecado que era antes Francia cuando la noche antes, por aquello de dejar el coche cargado, sale de su casa con todas las llaves pertinentes. Antes de franquear el umbral con las maletas, instantes de meditación: el hombre que vive solo no puede permitirse el lujo  de un olvido en las llaves. Así que antes de salir, repasa mentalmente ante la puerta abierta. Llaves de la casa, imposible olvidarlas, están colgando por la parte de dentro, siempre las deja así, fue consejo de un buen amigo.

-Así nunca las olvidarás- le dijo con la mejor de las intenciones- Y nunca saldrás de casa sin ellas.

Ja.

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En este manojo de llaves estaba la llave que da paso al garaje desde el ascensor, llave no menos importante si se quiere cargar el coche la noche antes. Pero para este menester hacían falta, ay, la propia llave del coche y la de la Vespa que, aparcada ante el portón trasero del coche, impedía la carga del equipaje.

-Muchas llaves para un solo instante –pensaba el viajero mientras las recogía del cajón del pueblecito del hall y se las metía en los bolsillos- Menos mal que estoy haciéndolo bien, sin olvidar ninguna.

Se convencía a sí mismo de que todo estaba en orden mientras sacaba el enorme saco de viaje al descansillo y pulsaba el botón para llamar al ascensor. Y una vez más se palpó los bolsillos asegurándose de que no le faltaban las llaves y los mandos oportunos, toda vez que las llaves de la casa, como estaban colgadas y uno no las puede evitar al abrir la puerta para salir, seguro que no se le iban a olvidar.

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Y no se le olvidarían, seguro, en circunstancias normales. Solo que en este caso distraía su atención algo que normalmente no ocurre en su vida. Primero, que se iba de viaje de duración indeterminada. Y además que, en  medio de su aburrida vida pequeñoburguesa…¡el viaje era a la Francia del pecado que costó la salvación a Juanito Bernaola!

Así que, convencido de que hacía las cosas bien, cerró la puerta de la casa. Justo apenas unos segundos antes de darse cuenta de que había ocurrido lo que  pensaba que nunca le iba a ocurrir. Y es que, con tantas cosas en la cabeza, había olvidado lo esencial. O sea, sacar las llaves que colgaban por el interior de la puerta.

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Eran las diez de la noche  de un sábado 7 de agosto de calor africano en un Madrid apartado y aparentemente semivacío. En el pequeño bloque de viviendas no se veían más luces que las de las ventanas del viajero. Y este se encontraba vestido con bermudas y alpargatas, con un saco de viaje que ahora no podía cargar por carecer de la llave interior del garaje y sin posibilidad alguna de entrar en casa. Aún a riesgo de quedarse fuera toda la noche –entre las que faltaban, también estaba la llave del portal- se echó a la calle, se sentó en un banco del parque vecino, hincó los codos sobre sus rodillas y hundió su cabeza entre las manos.

-¡No puede ser! –se dijo- ¡No puede ser que esto me haya ocurrido a mí! ¡¡No se puede ser tan gilipollas!!…

Y entonces, sin saber si echarse a reírse de sí mismo o ponerse a llorar, se acordó del personaje que hacía Jack Lemmon en aquella maravillosa, inigualable película titulada El apartamento. Y en particular en esa secuencia en la que el chupatintas que quiere medrar haciendo favores al jefe, tiene que darle las llaves de su apartamento y morderse los puños de rabia mientras se tortura desde fuera imaginando cómo se acuesta con la bella ascensorista de la que él está enamorado.

Hizo algunas llamadas desesperadas con su móvil, que aún conservaba algo de carga. Se mesó los cabellos, al modo bíblico. Pensó en abandonar esa idea tan repugnantemente burguesa de hacer un viaje de vacaciones en agosto.  Creyó además que ese olvido imperdonable era castigo divino, por pensar en la Francia pecaminosa de Juanito Bernaola.

Pero en ese momento, se encendió una luz en el sexto izquierda.

(Continuará)

Los polvorones evocan a Lawrence de Arabia

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Aquel aventurero amaba el desierto porque era limpio...como los polvorones

Lawrence de Arabia explicaba así su fascinación  por el desierto: me gusta porque está limpio.

El Duende guarda pocas similitudes con aquel héroe. Ama la aventura, pero sin llegar al arrojo del coronel británico. Su vida, al lado de la que recreó  tan excelentemente David Lean, es como uno de aquellos recortables en los que nos entreteníamos los niños antiguos. Casi todo imaginación para siluetearla cuidadosamente con la tijera, ponerla en pie con peanas de papel sobre la mesa del comedor y soñar que se podía ser héroe. El Duende también va en moto, su Vespa no es aquella ruidosa máquina que montaba el coronel cuando se encontró con la muerte, hay diferencias. También lleva gafas, pero espera que las suyas no se queden colgadas de un arbusto, como ocurre en la escena que abre y cierra el filme de Lean: hay películas que hacen mella en la memoria, y pequeños detalles de un plano que son como el pin que las identifica. Las gafas de Lawrence ahorcadas en un matojo, qué pena, el hombre que amaba el desierto porque era y estaba limpio.

El Duende se acuerda de él cada vez que desenvuelve el papel sedoso del polvorón. Porque al encanto de su sabor añade su belleza sencilla y natural. Se desmorona al primer mordisco y presenta la misma textura de una duna. Y es limpio, como el desierto que amaba Lawrence: la harina es la arena. Su capa de azúcar, de almendra molida o de ajonjolí, la superficie, la piel de ese desierto golosina. Y es limpio, limpio. Puedes comértelo en un pispás, para aliviar ese golpe bajo que a veces te propina el hambre a mitad de mañana, y quedar tan elegante y bien compuesto como Peter O´Toole.

Sorprendentemente, ninguna universidad ni centro de estudios de esos que periódicamente ofrecen informes pintorescos han publicado nada interesante sobre el polvorón. El inquieto Duende ahora selecciona en los supermercados los polvorones-polvorones, que afortunadamente se venden a granel, a elección del consumidor, y permiten  esquivar la filfa que a veces incluyen los llamados surtidos. Va a lo clásico: el polvorón de almendra, nevadito. O el que llaman mantecado, peinado con granos de sésamo. Y entre su estudio de campo sobre las inmensas ventajas de salir de casa con dos o tres polvorones repartidos en los bolsillos de la chaqueta, ha llegado a la conclusión de que se puede abrir y consumir un polvorón en el transcurso de un viaje de cinco pisos en un  ascensor convencional. Eso sí, cuando se abren las puertas en el final de trayecto, aún puede que le pillen a uno relamiéndose.

-Buenos días –dijo llevándose las manos al bolsillo cuando se topó con una bella dama en el portal- Es que tomaba un polvorón mientras bajaba- se excusó- ¿Quiere uno?…

La mujer se quedó pasmada. La segunda conclusión del estudio de campo es que la sociedad aún no está preparada para aceptar golosinas de un extraño a la puerta del ascensor.

Y la tercera es que quizás haga falta subir al Empire Estate para enamorar a una mujer con los argumentos de Lawrence de Arabia y el irresistible encanto de esta joya de nuestra dulcería llamada polvorón.

Ser amada en tiempos revueltos

_SARA_CasanovasAnota el Duende: una de las chicas de Amar en tiempos revueltos ha sido atacada por uno de sus admiradores que se sentía humillado por su silencio.

Amor insensato. Amor frustrado que se traduce en agresividad irracional. Antes se usaba el vitriolo y se desfiguraba la cara del amado o la amada. O yo o nadie, se convencía el criminal. Ahora la humanidad se suele andar con menos sofisticaciones. Los llamados violentos de género tiran de pistola o de cuchillo jamonero y arreglan sus problemas a lo Quentin Tarantino: la letra de tu desamor, si es con sangre se entiende mejor. El agresor de Sara Casanovas, que así se llama la actriz, era original, y quería asaetearla con una ballesta. Nunca te acostarás sin saber de un chiflado más.

¿Es de género esa violencia? ¿Y qué pasa cuando atacante y atacado pertenecen al mismo género? ¿Por qué se ha abandonado lo de crimen pasional? ¿No es más exacto?

La cosa es que Sara Casanovas  se había hecho famosa en esa aclamada serie que ofrece TVE1 en la sobremesa y que se llama Amar en tiempos revueltos, un Sautier Casaseca menos meloso, más costumbrista y con guiños políticos adecuados al momento. El Duende la ve a medio párpado si no ha empezado la película del Oeste de Telemadrid. Esta película es de lo mejor de la tele, pero a veces se retrasa demasiado a efectos de siesta, y otras veces son los combativos sindicatos los que se la cargan. Como si Telemadrid fuera la única causa que merece movilizaciones.

A la serie de Sara le han caído muchos premios, pese a sus defectos en la ambientación y en el estilismo. El Duende advierte, cuando menos,  de que en la España de la posguerra no se desayunaba zumo de naranja ni en las casas burguesas, critica que los bancos del Retiro que han salido en varios de sus capítulos no corresponden a esos años,  y subraya que las blusas, las cortinas y las colchas cantan demasiado a fibras artificiales. Pero no nos vayamos por las ramas. Por debajo del suceso, había un amor frustrado como el que tantas veces surge en el espectador por su actriz favorita.

Y recuerda que él también le escribió a Audrey Hepburn después de ver Vacaciones en Roma. No se atrevió a pedirle que se casara con él, porque les separaban demasiados años. Pero sí que acusara recibo y que le enviara una foto dedicada. Había sabido que en una ocasión Charlot recibió una carta que, en lugar de señas, llevaba dibujado un bombín, un bigotón, un paraguas y unos zapatos abotinados combados por el uso. Ni corto ni perezoso,  el Duende recortó del anuncio de la película la Vespa en la que viajaban Audrey y Gregory Peck, la pegó en el sobre, y escribió a mano: Audrey Hepburn, Hollywood, ESTADOS UNIDOS, la franqueó y la puso en el buzón. Una de tres: o su inglés no fue lo suficientemente expresivo, o el cartero era tonto o la amada no era tan dulce y comprensiva como pintaba su rostro.

Y es  que cómo son las actrices. Qué difícil  para ellas ser amadas en tiempos revueltos,  sobre todo si el amante es un ballestero loco. Pero qué fáciles es mantener la ilusión de  su enamorado cuando éste, lejos de matar, está dispuesto a morir por su amor.

NOTA DE LA REDACCIÓN. Pese a que pueda parecerlo, el inspirador de la última frase de este post no es Zapatero.

El discreto encanto del invierno

Nada como ver nevar al abrazo del calor...

Nada como ver nevar al abrazo del calor...

Días duros para los aquellos que, como el Duende, tienen la costumbre de moverse sobre dos ruedas.

Un amigo ciclista le confesó una vez que antes de salir a pedalear bajo cero, se enfundaban sus partes pudendas en gruesos calcetines de lana. Primero los calcetines, y por encima las culottes, las mallas, el casco amelonado y todos esos aditamentos que hacen del ciclista el deportista menos favorecido por el atuendo. El no llega a tanto. Alguien le regaló una especie de manta-cobertor-impermeable para su Vespa, algo que en teoría hace el oficio de las antiguas faldas de la camilla y te protege de cintura para abajo. Pero como cualquier invento que se precie ahora, es tan complicado de montar que aún no ha sido capaz de estrenarlo. Esta vez ni siquiera vienen instrucciones en griego, en ruso o en sueco, tan útiles para el personal. Así que, manitas con muñones, desafía al frío con su pobre equipamiento personal y confirma que no hay beneficio más evidente del progreso que el agua caliente y calefacción. Marañón hablaba del dolor de muelas, que tampoco es mal baremo para visualizar lo agradable que es el siglo XXI. Imagínense el cuadro en una aldea medieval: el paciente aterido de frío, con un flemón, y el dentista preparando las tenazas para la extracción de una muela picada. Eso era vida.

El frío. Y pensar que uno es de los que, como Luis Buñuel, siempre tiene querencia por lo que los meteorólogos llaman mal tiempo: los días cortos, los cielos grises jaspeados por las gotas de lluvia o los copos de nieve, los termómetros asustando, los charcos helados. Recuerda uno lo que le impresionó el monasterio de San Juan de la Peña, incrustado bajo un imponente peñasco del pirineo jacetano. Le contaron entonces que un caballero llamado Voto perseguía a un ciervo y éste se precipitó por un barranco. El caballo tampoco pudo frenarse, pero, cual Pegaso alado, se posó en el fondo del barranco suavemente. Una señal divina que al bueno de Voto le llevó a fundar el monasterio que hoy admiramos y profesar en él. Lo del caballo volador tiene algo de mágico, pero lo auténticamente milagroso es que Voto y todos los frailes y eremitas que en el mundo han sido no perecieran de frío en los gélidos inviernos monacales.

Ya lo anticipaba Joaquín Calvo Sotelo, un comediógrafo de buen gusto academicista, tío de Leopoldo. Hoy ya le recuerdan pocos, pero Una muchachita de Valladolid gustó en su tiempo, quizás porque la encarnaba Analía Gadé, que junto con Alberto Closas formaba una magnífica pareja de comediantes. Don Joaquín decía que quería morirse en primavera, porque le espantaba el frío y ni muerto quería verse sepultado bajo el hielo. Y la muerte tuvo el detalle de esperar a la primavera.

Se puede amar el frío por la expectativa gozosa del calor. El seis de enero el Duende se pasó un buen rato acariciando a un oso de tacto suave y amoroso que los Reyes habían traído a una de sus nietas. Al día siguiente, a la salida de un funeral vespertino, se abrazó a su prima Mary con más entusiasmo que nunca. La quiere, y mucho, pero el pasmo del termómetro y el abrigo de piel que llevaba aún la hacía más abrazable que la Lara de Doctor Zhivago. Ahora mismo, mientras escribe estas líneas y apura una taza de café caliente, contempla desde su palomar cómo nieva sobre Madrid. Saldrá a correr por el parque alfombrado de blanco, y luego volverá a tomar otro café caliente, quizás hasta con algo de roscón que aún le queda, y se arrebujará bajo una manta para la siesta mientras al otro lado de la ventana el severo invierno sigue meciendo sus barbas canas. Hay otras formas de ser feliz, pero ésta es de las más sencillas y una de las más bonitas.


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