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Demasiados huevos

Un entrenador tan excepcional como SImeone no necesita ser tan vehemente en su lenguaje, qué caramba...

Un entrenador tan excepcional como Simeone no necesita ser tan vehemente en su lenguaje

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La niña ya no era tan niña. De modo que cuando escuchó por la radio que la vicepresidente Sáenz de Santamaría respondía a las acusaciones que le hacía la oposición diciendo que ella no había cobrado un sobre bajo cuerda en su puta vida, se quedó un poco pasmada.
-Mamá –le preguntó a su madre- Eso de su puta vida no es bonito, ¿no?
-No. Bonito no es, pero hay que comprenderlo. A veces incluso la gente educada se enfada y habla así de mal cuando le dicen cosas impertinentes.
-Porque Soraya es de derechas, ¿no? Y tú siempre dices que lo de hablar mal es cosa de los de izquierdas, que son peor educados.
-Bueno…
-Podría haber dicho sólo en mi vida, o en toda mi vida, o en mi puñetera vida, ¿no? Eso lo he oído muchas veces. Tú también lo dices alguna vez: en mi puñetera vida he dejado de hacer una cama, en mi puñetera vida he visto a tu padre recoger la mesa, en mi puñetera vida he visto a un tipo tan cursi como Zapatero
-Alguna vez, sí. Todos hablamos mal alguna vez.
-Es raro –insistió la niña tras un largo silencio para encontrar las palabras oportunas- Putas son esas mujeres que cobran por el amor, o por el sexo, que ya se lo que significa eso, y que siempre me decís que mejor no ser como ellas. ¿Quiere decir que Soraya, a pesar de tener cara de pececito de Walt Disney, ha llevado una vida de puta?…
La niña ya no era tan niña.
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Papá, además de ser también de derechas, era lingüista, había colaborado en la edición del último diccionario de la RAE y estaba feliz de que el Atlético de Madrid le hubiera ganado al Chelsea y se plantara en la final de la Champions para disputársela nada menos que al Real Madrid. Pero la niña observó en su rostro una mueca de disgusto cuando el entrenador Simeone acabó su rueda de prensa ante las cámaras.
-Por último –dijo el Cholo después de repasar las razones del triunfo- felicito a las mamás de mis jugadores por haber criado unos hijos con los huevos tan grandes.
-Lamentable –farfulló Papá- en los medios se ha abierto la veda de la corrección y el buen gusto.
-¿Y eso qué significa? –preguntó la niña.
– Significa que donde antes decían que estaban fastidiados, contrariados o disgustados, ahora dicen que están jodidos. Y que donde antes empleaban la palabra valor, decisión, coraje, arrojo, gallardía, bravura, intrepidez, agallas, arrestos o redaños, ahora sueltan huevos o, peor aún, cojones, y encima les ríen las gracias. Y ni libro de estilo ni respeto por las buenas palabras, caramba.
La niña que no era tan niña se quedó pensativa.
-Porque los huevos esos que dice Simeone –preguntó mientras se rascaba la cabecita como intentando encontrar la razón- ¿no son esos que ponen las gallinas y que tomamos fritos, verdad?…
Papá reconoció que ser un purista del lenguaje no le obligaba a criar a una niña tonta. Así que rescató de su arsenal de palabras las más apropiadas al caso y le explicó a su hija lo que había querido decir el entrenador del Atlético de Madrid.
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Al poco llegó a casa la tía Felisa, hermana menor de Mamá, que venía de la manifestación del 1 de mayo. La niña que no era tan niña sabía que la tía Felisa no era como Mamá. Era de izquierdas, y feminista. De vez en cuando Mamá y la tía Felisa se enzarzaban en discusiones, pero en este caso la tía sólo venía para saludar, descansar la sofoquina, hacer pis, tomarse una cerveza y criticar al gobierno lo habitual.
-Tía –le abordó la niña- hoy me enterado de lo que son los huevos de los futbolistas –le dijo con una sonrisa ingenua la niña que ya no lo era tanto.
La tía Felisa se echó a reír.
-Las mujeres no tenemos huevos, ¿verdad? –continuó la niña.
Las dos mujeres se miraron. Antes de insinuar respuesta alguna la niña dejó caer otra pregunta.
-¿Eso significa que no tenemos valor?
Papá y Mamá y la tía le dijeron que no, naturalmente, que las mujeres tenían tanto o más valor que los hombres. Felisa entonces cayó en la cuenta de que, pese a lo radical que era su ideología con el machismo en el lenguaje, jamás había protestado ante los medios de comunicación por el creciente abuso de huevos en el menú.
-Gracias, nenita –le dijo la tía al despedirse con un beso- Te debo un regalo
La niña era niña, pero no tonta.

 

De la caza y el amor a toda clase de animales

La vida te pone a veces  en situaciones tan singulares como compartir habitación con salamanquesas...

La vida te pone a veces en situaciones tan singulares como compartir habitación con salamanquesas…

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Te llama la atención una carta al director de EL PAIS que lamenta la incierta suerte de los perros que tiran de los trineos. No nos cabe más sensibilidad hacia los animales. Según el firmante de la carta,  la última novedad en las estaciones de eskí española es esa: mientras esperas tu turno en la cola del arrastre con la familia subes a los peques a uno de esos trineos, les tiras una foto y  los niños se imaginan en la Laponia de Papá Noël, que mola más que Baqueira. Todo muy bonito, pero…¿se ha detenido alguien a pensar si esos abnegados perritos reciben la alimentación correcta, duermen en el habitáculo adecuado y descansan las horas pertinentes?…

Mondo cane. Nadie ha pensado en regular la sacrificada vida de los perritos de trineo en España. Probablemente, tampoco la de las mulillas que desde tiempo inmemorial hacen su trabajo en la menguante fiesta nacional, bestias que pese a todo tienen en España más tradición que aquellas. Más tareas pendientes para cuando la crisis quede atrás y recuperemos la autoestima, la dignidad y, sobre todo, el presupuesto para hacer ilimitado el estado del bienestar. Todo es mejorable, y el marco legal que protege a cualquier bichito, también.

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Te has escapado al campo a ver el último fin de semana de noviembre y a comprobar cuán lenta y gradualmente se van desnudando los caducifolios, como si todas las especies se hubieran puesto de acuerdo para defender la estética clásica del otoño mientras el calendario no imponga el invierno. Que no se muera del todo el amarillo, ni el rojo cinabrio, ni el siena tostado, ni el ocre, ni el verde que aún sobrevive en la mayoría de los robles de tu contornada.  Por ésta ya se han quedado casi en los huesos los liquidámbares, los arces, los tilos, los fresnos, el tulipo del jardín y bastantes  cerezos, pero los cinamomos, el serbal, buena parte de los nogales y la mayoría de  los castaños conservan aún la hoja. A pesar del vendaval de la noche del sábado, que fue como de Cumbres Borrascosas, pero sin tragedia de amor de por medio.

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Anoche te invitó a cenar tu amiga Cristina, que tiene una casa muy bonita y confortable a treinta y seis kilómetros de la tuya donde se cena como en un buen restaurante francés. Tienes con Cristina varias afinidades, entre ellas la pasión por la música y, sobre todo, la afición por la escritura. En algo sin embargo te gana ella, que ha escrito cuentos y alguna novela, y está a punto de presentar la primera que se ha editado. Otra afinidad – en distinta medida, evidentemente- es su propio marido, uno de los conversadores más lúcidos, agudos, malvados y, precisamente por eso, divertidos que conoces.

Carlos además es un gran cazador, y la cena concitaba a varios  de sus compañeros de partida. Motivo por el cual, y aún a pesar de que él puede bordar con su gracia y desparpajo cualquier tema, acabaste recordando aquel chiste para mujeres de cazadores.

-¿Tú que prefieres? –le pregunta una amiga a otra- ¿Que tu marido se vaya de caza o de putas?

-De putas, sin duda. -¿Y eso?…

-¡Mujer!…Así al menos no me lo cuenta.

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Afortunadamente no sólo de caza vive el hombre: la propia mesa buscó derivas, y se acabó hablando de ópera. Entre col y col, tú que desde que presenciaste la muerte de la madre de Bambi siempre fuiste crítico con las escopetas, reconociste que, desde duermes la siesta viendo los maravillosos documentales de TV2 y de NGM sobre la fauna de todo el mundo, piensas que para un animalito salvaje es una suerte morir de un tiro en un segundo. El angustioso deambular del oso polar en la inmensa soledad helada del Ártico  esperando la aparición de una foca para sobrevivir,  la lenta agonía de la leona vieja que ya no tiene fuerzas para cazar y sólo pude esperar que la despedacen a ella las hienas y el tremendo espectáculo de las cebras devoradas por los cocodrilos mientras tratan de pasar el río Mara te conmueven especialmente. Bienaventurados los humanos, a los que nos dejan envejecer viendo crecer nietas que juegan con peluches de animalitos.

Por cierto, que te ha entrado tanta ternura por ellos –y por ellas- que este año  por Navidad las vas a llevar a ver Frozen. Dicen que es de las buenas de la factoría Disney, y que seguramente la entenderás. Además, si los animales protagonistas lo pasan mal te queda el consuelo de que será un sufrimiento de mentirijillas.

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Cuando volviste a casa, todo lo que te impresionaba el bramido del viento lo compensaba la claridad de la noche estrellada. A ti te enseñaron de pequeño a rezar antes de acostarte, pero ahora tu manera de orar es quedarte humildemente estremecido contemplando espectáculos así, dando las gracias a quien corresponda y reconociendo tu (nuestra) insignificancia. A tu lado, la perra Mas y un par de gatos que forman el staff de la casa se frotaban contra tus pantalones, no sabes si buscando calor o cariño. Mas es como un oso polar: podría  dormir sobre el colchón de hojas secas que se han arremolinado en un rincón del jardín, donde lo haría en blando y calentita, pero prefiere hacerlo a cielo abierto en el césped, y amanecer escarchada. Los gatos no sabes dónde se meten, ni te preocupa demasiado. No se parecen a aquel gato negro que ronroneaba junto al fogón de la casa que te vio nacer, y que jamás pisó la calle. Estos se han asilvestrado.

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Dejas que la naturaleza se duerma en su propia noche y tú te vas a la  cama. Antes de apagar la luz, y cuando ya has hecho tu hueco bajo el edredón, descubres en la pared a un par de salamanquesas. Prefieren dormir en tu habitación a hibernar fuera, como deben hacer los reptiles. Tu primera reacción es levantarte, abrir la ventana y tirarlas fuera, pero luego te acuerdas de la carta que pedía protección a los perros de trineo y llegas a la conclusión de que también las salamanquesas tendrán su corazoncito. Así que te arrebujas entre las sábanas y acabas durmiendo como un bendito en su grata compañía. Menage à trois  con dos salamanquesas. Para que luego te quejes de que no tienes tema sobre lo que escribir.

La honorabilidad del conejo

No tienes claro si los múltiples conejos de la Casa de Campo son buenos o malos mara el medio ambiente...

No tienes claro si los  conejos de la Casa de Campo son buenos o malos para el medio ambiente…

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Al poco de morir Elías Querejeta escuchaste por la radio una entrevista grabada hace algún tiempo, en la que se repasaba su vida y su carrera como productor de cine. Hay famosos estomagantes y otros que van por ahí con aire de ser cualquier hombre: ni por lo que cuenta ni por cómo lo hacen parecen elegidos del destino, sino seres humanos que lo mismo podrían haber ganado un Oscar que tener una tienda de bicicletas o un carrito de helados.

Al productor vasco se le ha de agradecer también esto. Fue una figura fundamental para el cine español, pero en modo alguno el prototipo del productor soberbio y aplastante tipo Szelnik  o Jack Warner. Además reunía la condición de ex futbolista, cosa que admiras mucho, y jugador de la Real Sociedad, que aunque sólo fuera porque probablemente se hizo en la playa de La Conchaqué gozada, jugar allí- envidias más. Un día metió un gol al Madrid de Di Stéfano, y este incluso le felicitó por ello.

Ché, pibe, bonito gol-dijo el fenómeno en uno de esos alardes de elocuencia que le caracterizan.

Metió un gol al Madrid, y por eso le admirarás siempre más incluso que por haber producido La caza, película que dirigió Carlos Saura y que  originalmente se tituló La caza del conejo.

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-¿Pero tú estás loco titulándola así? –le reprocharon los censores franquistas cuando examinaron la ficha de la película- ¿Tú sabes de lo que estás hablando?

Lo recordaba entre risas Querejeta. El creía ingenuamente que se trataba de un roedor, la pieza de caza básica para cualquier cazador, pero para los hurones del pecado y de la incorrección en el cine un conejo no podía más que un sexo femenino. Vade retro, Satanás. Así que eliminaron la palabra maligna y pusieron su alma en paz.

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Te reías tu también mientras dabas un larguísimo paseo esta mañana por la Casa de Campo. En este magnífico parque por el que los madrileños deberíamos estar eternamente agradecidos han proliferado de tal manera los conejos que, de ser cierta la visión de los torquemadas de antaño, tú estarías irremisiblemente condenado al fuego eterno. Aunque sólo fuera por mirón.

-Padre –le tendrías que confesar al padre Bonete-Me acuso de haber visto cientos de vaginas correteando por la Casa de Campo.

-¡Pero hijo!…¿Y no podrías haber evitando tan horrendo pecado?

-Difícil, padre. Si es que se le cruzan a uno por donde pisa…

Pobres conejos. Tan inocentes que eran cuando sólo eran roedores, figuritas de chocolate o personajes de los tebeos y de los cuentos.

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Los jardineros y los horticultores denigran a los conejos por devastadores. Pero estos animalitos son la base de la alimentación de buena parte de la fauna  española. Sin conejos no podrían sobrevivir ni los linces ni las águilas imperiales. O sea, que en este particular, como en tantas cuestiones medioambientales, no se sabe si es mejor la abundancia o la escasez de conejos.

A ti personalmente te hace gracia verlos corretear a tu alrededor como si fueran personajillos de una película de Disney, y lejos de esa metáfora cuartelera que los asocia con el sexo. Más mancha  precisamente el sexo en la Casa de Campo, donde es fácil ver toallitas higiénicas y kleenex usados que  no hablan `precisamente del cuidado de las putas ni de sus clientes por el parque público donde se desfogan. Nadie se mete con ellos, así que harían bien en  poner de moda lo que una buena amiga, dueña de perros, sugería al respecto.

-Si a nosotros nos obligan a recoger las cacas de perros con una bolsita de plástico…¿por qué no imponer también un putibag donde se recojan los desechos de un servicio de prostitución?

Todo sea por el medio ambiente. Y, de paso, por salvar la honorabilidad del conejo.

 

El indescriptible placer de un tinto de verano

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Yo era un chico sencillo, y la vida me sofisticó. A otros les deja como eran, como les salía del alma. No cambian, no aprenden, no se van refinando. Pero mí me enseñaron que uno no puede mantener por siempre el niño en el que se conoció. Me gustaba el sabor del flanín, el de polvos, tan inocente, tan rico. Le llamaban Flan Chino Mandarín, aunque yo recuerdo también otro anuncio de de la radio que era simplemente un suspiro, mitad deseo, mitad nostalgia.

-¡Ay, cómo me gusta el Flan Tocy!- decía una voz femenina.

Nunca vi un sobre de este flan , al del mandarín sí que lo estoy viendo, al Tocy no le recuerdo su imagen. Pero existir existía, y aunque no se si el de casa era chino o Tocy yo lo degustaba y flipaba. Creía que la felicidad era eso, tomar de postre flanín y tener una novia rubia vestida con tutú, como una bailarina de ballet, tipo Debbie Reynolds O Sandra Dee. De esas que cuando giran sobre sí mismas en el climax del Lago de los cisnes dejan en el aire una estela de polvo de oro o de diminutos corazones. Ambas cosas las debí de ver en alguna película, y las dos me parecieron preciosas. Así debe de ser el amor, pensé.

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Un día vi vestida para una fiesta, con un traje de esos que llaman de nido de abeja a Piluca, una vecinita con la que jugaba en la calle. El tul el tutú se parece al nido de abeja, así que la imaginación hizo el resto. Piluca era morenita y con una cara fea como un puño de paraguas antiguo, pero me había dicho que tomaba clases de ballet, y ese mismo día me regaló una pastilla de café con leche, que era otra delicia muy infantil, nada sofisticada. Le quité la envoltura de papel de plata, en la que iba estampada la efigie de la Dama de Elche, me la metí en la boca, la degusté…Y, Dios mío, era tan deliciosa como el flanín. Y a tanto llegó el engaño del amor que, siendo como era mi pequeña vecina, no sólo me pareció guapa y rubia sino que también derramaba en sus movimientos oro en polvo y pequeños corazones.

-¿Quieres ser mi novia? –le pregunté entonces.

Ella me dijo que sí. Eso fue todo. Luego se cambió de casa, y creo que de mayor acabó siendo jefa de servicios en el Ministerio de Agricultura. No se casó nunca.

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A las chicas como Debie Reynolds o Sandra Dee, o a las artistas como Lana Turner o Virginia Mayo, que también me deslumbraron años después, cuando ya no era tan niño y se me ponía nerviosa la pirindola, las mayores las llamaban cursis. Cursis, qué tontería, con aquellas melenas y aquellas tetas tan hermosas. ¿Qué era una cosa cursi?…Una cosa que te emocionaba por bonita, por muy bonita, con mucho jeribeque y color de rosa, llena de fantasía y recargada de adornos que a los mayores les molestaba. Entonces decidían que no era la nuestro. Que los niños no podíamos ser cursis, y que la educación consistía en acostumbrarse a lo que luego dirán que es es bello o bueno, aunque no guste al prime contacto.

A mí me encantaba el orange, que era como entonces se llamaba la gaseosa de naranja. Y me tuve que acostumbrar al sabor antinatural del vino, porque era lo que pedía la civilización. Y me deslumbraba Walt Disney: creía que no podía haber mejor dibujante que el que había diseñado con su mano a Mickey Mouse y al Pato Donald y también la carroza de Cenicienta, que, cómo no, era pura cursilería. Luego un día mi padre me llevó al Museo del Prado, me enseñó Las Meninas, y me dijo, fíjate, Velázquez ha logrado pintar el aire. Después me llevó ante unos cuadros de un tal Alberto Durero, y añadió.

-Fue el mejor dibujante de la historia.

Me querían educar. Aunque a veces pensaba que lo que pretendían era hacerme un desgraciado.

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Un día, ya era yo un jovencito, una mujer guapa me dijo que dejó de salir con un admirador porque no le gustaban sus piropos.

-Imagínate…¡Me llamaba tocina!…

Ya está. Era guapa, pero la educación la había refinado, maleado, y se había sofisticado. El admirador seguro que era un chico de pueblo, y en los pueblos el tocino era buenísimo. A mí mismo me parecía que el tocino, en sabor salado, era como el flanín en dulce. Una delicia. Pero ella ya no quería ser Sandra Dee, ni Debie Reynolds, ni siquiera mujer fatal tipo lana Turner o Virginia Mayo. Se había complicado la vida.

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Yo también me compliqué la vida. Pero de un tiempo a esta parte trato de seguir el proceso contrario. La filtro por un colador de aquellos por los que antes se pasaba el café y me la descomplico. No es tarea fácil: pesa la educación y pesa aún más el imperio de la cultura dominante. Y sin embargo, cuando uno se libera es tan feliz…

Les haré una confidencia. Vivo en el campo, en la ladera de una montaña, a seis kilómetros del pueblo. Ayer hacía una hermosa mañana de verano, ideal para pasear cuesta abajo. Tenía que hacer unas pequeñas compras, así que me eché la mochila al hombro, cogí un bastón y me puse a andar pensando que a la vuelta, tomando la carretera, alguien me evitaría la cuesta arriba con el sol en toda la cresta. Otras veces lo hacen. Amigos, vecinos que pasan y que se paran espontáneamente par ofrecerme sitio en su coche. Ayer eran las dos y media de la tarde y no pasaba nadie.

Así que cargué con las compras y llegué a casa sudando la gota gorda. Quise beber algo fresco. Y entonces me acordé de que tenía guardada en el frigorífico un botellón de tinto de verano con limón de la acreditada marca Castillo de Velasco ( o sea, ni siquiera La Casera) con cuyo contenido llené un vaso del tamaño de los que se usan para batir la sidra…Le añadí algo de malicia exprimiendo además medio limón y cinco pedruscos de hielo.

…Y aquel sabor tan inocente que me recordaba el flanín, Sandra Dee, Debie Reynolds, Piluca, y otras cursiladas antañonas, me pareció elixir de los dioses. En esos instantes que dura vaso y medio de tinto de verano había encontrado tanto o más placer que los que a lo largo de mi vida complicada me han proporcionado otras muchas sofisticadas sensaciones adultas. Así que les animo a que se liberen. Y a que si este verano llegan con auténtica sed a su club náutico, o al yate de su amigo poderoso, o a cualquier sitio de ringorrango donde sólo se trasiegan bebidas que dan categoría, rescaten la ingenuidad que aún llevan dentro y pidan un tinto de verano con limón. Eso sí, on the rocks, que queda más gilipollas (perdón: quería decir fino).

El hermano cerdo y otras animaladas

No renunciará el Duende al chorizo, pero cree que se está haciendo objetor de conciencia de cochinillos asados...

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Incluso en las mañanas de invierno se escuchan los trinos de los mirlos o de los rabilargos. Es uno de los premios del campo. Estos pájaros que tocan a maitines cuando el Duende despierta allí muestran ser los más despabilados: desayunan con aceitunas, cerezas o higos, según la época, y de paso rapiñan los granos del pienso que la perra, aburrida de su dieta, deja en su plato.

Pero aquel fue un despertar mucho más dramático. En la finca vecina había matanza, y lo que cortaba el aire gélido como si fuera una motosierra demenciada era el berrido que emite el cerdo cuando le hunden el cuchillo en el cuello y se rebela contra la cruel agonía. No vale con despacharle de un tiro, o de un certero mazazo en el cráneo. La tradición dice que ha de desangrarse lentamente. A los españoles nos gusta legitimar la crueldad con los animales aprovechando cualquier pretexto, ya sea arte, costumbre, necesidad o puro afán de marcar superioridad. Mientras el cerdo ajusticiado aún se mueve, su sangre cae a chorros en un barreño, y una matancera la mueve con la mano para que no cuaje.  Nunca se acuerda el Duende de este drama cuando luego come la deliciosa morcilla. Pero ahora que se critica a las damas que lucen abrigo de pieles y se proscriben las corridas de toros, llama la atención que nadie levante una voz para ahorrarle sufrimientos al hermano puerco. ¿Está probado que sus productos resulten menos exquisitos si su muerte es tan cruel?

En otra matanza este menda recuerda haber visto algo aún más salvaje. El reo era un verraco como un tranvía, un macho de respeto. Un forzudo le clavó un gancho por debajo de lo que sería nuestra barbilla y, sujetas sus orejas y rabo por tres fornidos mozos, fue arrastrado a la mesa de ejecución. En el tránsito, un cuarto elemento, fino estilista, sacó una navaja cabritera y de un certero corte le afeitó los testículos al pobre cerdo. Peor final  aún que el del cuento del Decamerón. El animal acabó cornudo y apaleado, sino eunuco y ejecutado.

-Es que si no,  la carne puede saber a semen –le explicaron  al atónito Duende.

Con la de sacrificados que exige la crisis y ahora  se le ocurre al bloguero apiadarse de los pobres animales. Da igual que vivamos tiempos de vacas flacas o de vacas gordas, porque siguen inmolando su vida por todos nosotros. Señor, cuánto sufrimiento siempre en beneficio de otros.

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A menudo busca el Duende sus minutos de siesta viendo los documentales sobre la naturaleza que emite a esas horas la 2 de Televisión Española. Ninguna aventura del reino animal es capaz de quitarle al menos unos minutos de sueño, pero, cuando despierta, a veces se queda horrorizado viendo la muerte de un knut engullido por un cocodrilo, el trágico final  de una cebra despedazada por hienas o el siniestro banquete del búho. Esta era un ave que le caía bien, quizás por el aspecto bonachón que le dan los dibujos animados y por ser el símbolo de la inteligencia. Pero desde que le vio cómo mataba a un conejo picotazo a picotazo, al ritmo que solicitaban los polluelos  que tenía que alimentar, le ha tomado mucho respeto. Se empiezan a ver esos documentales por amor a los animales y por ese mismo cariño se acaba siendo más indulgente con los cazadores. El Duende fue siempre más bien crítico con la caza, y sobre todo con algunos cazadores fatuos y ventajistas. Pero a la vista de lo cruel que acaban siendo las leyes de la naturaleza, cree que si perteneciera al reino animal casi consideraría una bendición morir de un tiro.

Al día siguiente del dramático lamento del cochino ejecutado las nietas del Duende fueron a coger los huevos de las gallinas, momento emocionante para cualquier criatura. Y se encontraron con otra muestra de la cruda realidad. La gineta se había colado en el corral y había decapitado a dos gallinas más. Las pobres gallinas, tan poco protegidas por el gobierno y los sindicatos: a ver cómo le explicaba el abuelo a sus queridísimas niñas que no fue Walt Disney el que diseñó a los animales, y que la vida pide a diario millones de muertes de todas las especies. ¿Cómo se le razona a un párvulo la conversión del corderito que ven en el monte en un exquisito asado? ¿Quién es capaz de recordarle que las vaquitas mueren niñas para poder llamarse en el plato ternera, y que los afamados cochinillos de Cándido o de Duque son bebés de cerdo? No es una reserva puramente moral, porque tampoco fue nunca uno de sus platos preferidos, pero el Duende empezó a hacerse objetor de cochinillos asados el día que el maestro asador José María  le contó a a él y a sus compañeros de RNE que los pobre cerditos deben de ser sacrificados a la semana de vida para ser el bocado perfecto. Desde entonces siempre desea que todos esquiven su destino y emulen a Babe, el cerdito valiente.

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El Cuento de Pedro Juan

Cuestión difícil, contar a los niños que los animalitos que tanto aman son parte de su y de nuestra dieta. Y quizás quiso poner un paño caliente, pero algo explicó a las nietas del Duende un cuento muy especial, un cuento a la medida, que les trajeron los Reyes Magos. Pues siendo que, según su abuela, lo que más las entretiene es que ella les cuente no la historia de Caperucita o de Blancanieves, sino la del pequeño trozo de campo donde van despertando a la naturaleza, la abuela pidió a sus Majestades de Oriente la historia de  aquel campo en el que las niñas son las protagonistas. Y el cuento que trajeron los magos el 6 de enero narra en sencillos cuartetos  la historia del encuentro familiar con ese lugar, y algunas de las que el admirado poeta Muñoz Rojas llamaba Las cosas del campo</ Entre ellas los árboles que allí crecen, y el agua que corre por el arroyo, y el ruido de la fuente, y los cielos estrellados, y las flores, y los frutos, y los animalitos que allí conviven, y el juego de las niñas con ellos. Así que después de hablar de la burra y las cabras de Pin, que es uno de les vecinos, repasan la letanía animal con estos versos:

En Pedrojuan también viven/ muchos otros animales/ Reptiles, ranas, lagartos,/en el cielo muchas aves,/   Ratones que entran en casa,/ a veces, hasta alacranes,/ patitos en el pantano/ y ardillas de tarde en tarde/  También se crían gallinas/que van poniendo sus huevos, /y algún zorro peligroso! que se come sus polluelo/ Mala suerte, pobrecitos,/  lo mismo que Kokorós, /aquel gallo de Marina /que un día desapareció.

Fue la consternación de la familia. Llegó a manos de la niña  cuando era pollito y  en cuanto se hizo grande y le salió la cresta se lo afanó la zorra. Menos mal que los Reyes Magos, que son sabios, le quitaron importancia, y con una simpleza  sorprendente dijeron lo que el torturado educador no se atrevía a decir: Pero son cosas del campo,/ reglas del reino  animal:/ unos bichos son felices/ y otros lo pasan fatal.

Se puede ser mejor poeta, pero quizás no mucho mejor moralista.

Bomberos del alma

A veces el Duende debería llevar un retén de bomberos en el bolsillo del alma...

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“Tengo sesenta y cinco años, una operación de apendicitis, tres de fontanería inferior, un cráneo al que se le ve el cartón y la manía de deslomarme los  fines de semana con la hoz, la azada y la podadera para ordenar la naturaleza que me rodea …Y a veces me pregunto: ¿qué hace un madrileño como yo  en esos afanes impropias de mi edad? No se… Será que pienso que hay que salirse de lo convencional”.

El Duende parafrasea a su modo un anuncio de la tele en el que un anciano que parece solitario y aventurero  se decide a comprar un exótico producto congelado de La Sirena. Al Duende hace ya tiempo que no le interesa nada la publicidad, pero lo cortés no quita lo valiente, y a veces reconoce que algunos anuncios son inteligentes y están bien traídos. El Duende, como el del anuncio, es un hombre que no sabe explicarse la mayoría de los porqués de su vida. Por eso admira a los que tienen respuesta para todos ellos y son positivos, están encantados de haberse conocido, dicen obviedades llenas de verdad, siempre saben lo que tienen que hacer y encima lo  hacen. Son felices, o al menos lo aparentan, y aún podrán serlo más.  De ellos, supone, será el reino de los cielos. Un reino, por cierto, que  él tampoco tiene nada claro.

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Partamos de la base de que airear estas cosas no le gusta al bloguero. ¿Y qué le importa a los demás lo que pasa por su mente? Pero hay días en que ni le tientan las noticias ni le apetece demasiado la ficción pura. Días o momentos, que el alma del Duende es como el filo de una sierra, un sube y baja constante, y a lo largo de las veinticuatro horas pasa del nirvana al infierno sin apenas darse cuenta. Despierta y a menudo se pregunta por el sentido de su vida. Luego juega con sus nietas  y se lo encuentra. Se van todos, se queda solo en el campo mirando la puesta del sol. Y cuando todo es quietud y la noche parece querer llegar en paz, algo se enciende en el valle. Es un incendio.

Lo peor no es este otro infierno de las llamas que devoran en un instante lo que la naturaleza y el hombre tardan tantos años y esfuerzo en crear. Lo peor es que ha sido la obra de un pirómano que este mismo fin de semana ya lo había intentado tres o cuatro veces en el término municipal de Candeleda. Como para terminar de animarle, vaya. Pirómanos. Maltratadores que apuñalan y matan a sus parejas. Terroristas e encubridores de los mismos. Cacos financieros e incompetentes que están arruinando la esperanza de muchos. Cínicos. Majaderos. Y uno, incapaz de sujetar esa marea que nos inunda, siente que está de sobra.

Se acuerda de la lucidez de Groucho Marx, que, como el Duende, no podría ser político.

-Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a mi perro.

Y, hastiado de que hay que seguir conviviendo con ella, está a punto de imitar a Dylan pidiendo al mundo que se pare, porque quiere bajarse.

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“Tengo sesenta y cinco años, buena salud, gente a mi alrededor que me aprecia,  como caliente todos los días, también me alimento de letras y de música y, aunque no lo parezca, me río a menudo.  Sólo tengo la funesta manía de pensar de cuando en cuando, y casi me da vergüenza decirlo”.

Sin embargo a veces, como el del anuncio, el Duende descubre cosas nuevas que le animan. Por ejemplo,  anoche soplaba viento del noroeste, y parecía imposible dominar aquel fuego endemoniado sin aviones ni helicópteros. Pero los bomberos forestales, qué merito el suyo, lo habían controlado a la una de la madrugada, y él pudo dormir tranquilo porque también le habían apagado su fuego interior.

-Cuanto más conozco a la especie humana –rectificando, que es gerundio- más hay que amar a los bomberos- pensó.

El lunes amaneció fresco y luminoso. Las rosas del jardín lucían como las mejillas coloreadas de la Blancanieves de Walt Disney. Y el bloguero deseaba sobre todo rematar este `post para salir a cortar las rosas secas,  recoger los huevos del gallinero, barrer las primeras hojas caedizas del otoño que se avecina y ponerse a luchar contra las zarzas. Activo como el viejo del anuncio, que va de surfista,  pero menos sofisticado. Menos mal que  contra la funesta manía de pensar se levanta la dichosa costumbre de vivir.

 

La emocionante historia de la dinosauria Matilde

Interesante observación. Esta historia demuestra que un hombre puede enemaorarse de una mujer que guarde un parecido con algo tan lejano como un dinosaurio...

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No lo he dicho en mi cátedra, porque hubiera parecido una observación boba y, desde luego, poco académica –se podía leer en una de las últimas anotaciones de su diario-, pero es evidente que la sorprendente similitud de algunas personas con la morfología de algunos animales reales o con criaturas de ficción popularizadas por el cine no implica ninguna identificación con la especie de referencia, como tampoco ninguna descalificación moral de dicha persona. Se puede ser bello y ser un bellaco, y, por el contrario, ser un Quasimodo y tener un gran corazón. Y a continuación Diógenes Causín, paleontólogo y catedrático de Paleontología, citaba una ristra de ejemplos de personas de distinto perfil perfectamente identificables, a su juicio, con animales o extraños andróginos que justificaban su teoría. Las políticas Isabel Tocino y Soraya Saenz de Santamaría parecen dibujos de Walt Disney: la primera se parece a Flor, la mofeta de Bambi. La segunda un pez (hembra) coqueto salido de la pluma de alguno de los dibujantes del estudio. La vicepresidenta Fernández de la Vega, con su peculiar peinado en forma de casco, se asemeja extraordinariamente a esos pollitos de buitres, con su pedazo de cáscara de huevo aún en la cabeza, que pintan los tebeos infantiles. El expresidente Pujol ha sido reconocido como inspirador del Yeoda de La Guerra de las Galaxias, de la misma manera que el sindicalista Méndez guarda un razonable parecido con unos guerreros- osos melenudos, muy feroces, que intervienen también en dicha película. El futbolista Ronaldinho tiene la misma dentadura que una piraña, el expresidente Fraga está emparentado con el rinoceronte, el ministro de Fomento Blanco recuerda a las ardillas, castores y otros mustélidos, y cualquier observador de la historia que tenga en la memoria al general Franco con gorrillo cuartelero, panza enfajada y botas altas, recibiendo a Hitler en la estación de Hendaya, vería en su perfil y en sus movimientos los rasgos de una gallina.

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En la penúltima entrada de su diario,  el paleontólogo Diógenes Causín se deshacía en elogios hacia su esposa Matilde, fallecida tan sólo un año antes que él. Fue una mujer delicada, sensible, que supo amarme a pesar de que un científico ama más la investigación y la ciencia que ninguna otra cosa, y es incapaz de responder al encanto de una mujer si en ese momento le está tentando el microscopio. Debo  ponderar, además de sus virtudes, su hermosura,  pues siendo una mujer alta, delgada y angulosa, de mirada de áspid y andares de de bailarina de ballet, atesoraba un singular atractivo.  Ella, tan fantasiosa, lo idealizaba al máximo. Se definía a sí misma, con cierta gracia, como un cruce entre Audrey Hepburn y Cruella de Vil. Todos debemos de tener un referente de nuestro aspecto físico en alguien o en algo, pero yo jamás me atreví a destruir la imagen de sí misma que se había construído, aunque sabía a ciencia cierta que había otro ejemplo real mucho más próximo a su figura.

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La última anotación de Causín se alejaba de consideraciones frívolas, y hacía una llamada urgente a sus colaboradores para que descubrieran un hallazgo que iba a revolucionar la paleontología. Yo no lo hubiera podido hacer en vida de Matilde, sin borrar la evidencia, y ella jamás me lo habría perdonado si no lo hubiera hecho. Por eso encargo a mis colaboradores y a cualquier amante de la paleontología lector de este diario que excaven con sumo cuidado en este lugar exacto, vean, se asombren y saquen nuevas conclusiones sobre las derivas que puede tomar a veces la teoría del evolucionismo. A continuación reproducía unas coordenadas, y adjuntaba un recorte de un mapa de la serranía de Teruel y una serie de referencias topográficas exactas para que el equipo de excavación diera con lo que sin duda era el hallazgo más asombroso de la historia de la paleontología moderna.

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El tesoro que había descubierto el profesor Diógenes Causín dejaba en nada al Concavenatur corcovatus Pepito que meses antes habían desenterrado en la serranía de Cuenca. El fósil del Concavenator coquetus Matilde era una dinosauria perfectamente conservada, al punto de que en su estructura se podían adivinar no sólo alguno rasgos sospechosamente andróginos, sino la gracilidad de unos movimientos que, la ciencia lo adivina todo, podían parecerse a los de una bailarina de ballet.

Con todo, lo más sorprendente de aquel legado que el abnegado profesor había ocultado venía en una caja de acero, perfectamente aislada de la humedad, que apareció junto al fósil. Cuando, con gran pompa y circunstancia, las autoridades científicas procedieron a abrir la caja, sólo encontraron en su interior una nota firmada por el privilegiado paleontólogo que primero dio con el descubrimiento para luego volverlo a ocultar bajo tierra.

La nota decía: He amado mucho a la ciencia, pero, aunque ella no lo viera así, amé mucho más a mi esposa Matilde. Por eso no le pude confesar que, aunque se creyera una mezcla de Audrey Hepburn y  Cruella de Vil, en realidad se parecía mucho más a esta maravillosa dinosauria que me he apresurado a bautizar con su nombre. Su coquetería femenina no hubiera entendido la similitud. No me importó: preferí esperar a la muerte de ambos para que el mundo conozca mi hallazgo.  El poeta Artur Rimbaud escribió: “par delicatesse, j´ai perdu ma vie”. Yo podría decir igualmente que por delicadeza he perdido, tal vez, un  premio Nobel, pero no la perdí a ella, que siguió amándome hasta el final. Lo cual me permite morir tranquilo y con la sensación de haber cumplido todos mis deberes como científico y, sobre todo, como persona.


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