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El orden del día

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-Qué tiranías las del poder legítimamente constituido -pensaba Silvia mientras esperaba el metro repasando en su tableta la prensa del día- Así que el presidente Zapatero cesó a su ministro de cultura Molina por ser demasiado austero y porque necesitaba una ministra joven y más glamourosa. Manda narices, manda castañas, manda ovarios…
Y sin embargo estaba lo suficientemente bien educada como para seguir sobreviviendo a base de aguantoformo. Bien educada en casa y en las aulas: ingeniero industrial, masters diversos, cuatro idiomas y el inmenso privilegio de haber opositado al empleo público y conseguido plaza de secretaria en Presidencia de Gobierno. ¿Cómo se iba a quejar, cuando la mayoría de sus compañeros de promoción aún estaban en el paro?
Su primera tarea aquel día no podía ser más estimulante. Tenía que redactar el orden del día del próximo Consejo de Ministros cuyo borrador le presentó Agustín, el hombre que mejor le caía del staff presidencial.
-Y a pesar de todo, tus ojos de zafiro siguen inundando de poesía el túnel de mis días –le recitó cadencioso al oído el secretario del subsecretario de Presidencia mientras le entregó la carpeta y puso sobre su mesa un irresistible café capuccino de máquina, la pócima matinal menos dañina para ella- Te podría decir que son de Pessoa, pero son versos de propia Minerva
Silvia le lanzó un besito, sonrió agradecida y aproximó cautelosamente sus labios al borde del vaso de plástico.
-Bébelo sin miedo, darling, que ha hecho cien metros de pasillo conmigo y debe de estar medio templado…Y recuerda que, por horrible que te sepa el café de máquina y digan lo que digan los barandas que nos gobiernan, yo te seguiré queriendo desesperadamente.
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Los que el secretario del subsecretario llamaba barandas llevaban a la aprobación del Consejo de Ministros el siguiente minutado que Silvia empezó a teclear en su ordenador.
1. Reunión de Luis Enrique con Zubizarreta para la presunta contratación del primero como futuro entrenador del Barcelona. Petición al Consejo de Estado de informe sobre la posible incidencia de tal reunión en el tramo final del Campeonato de la Liga.
2. Informe del Instituto Nacional de Estadística sobre las posibilidades reales de los clubs Atlético de Madrid, Real Madrid y Barcelona de ganar el Campeonato de la Liga, a fin de evitar pérdida de horas de trabajo en la especulación de estos datos que tanto inquietan a la opinión pública.
3. Cierre de canales de TDT. Análisis de la conveniencia de compensar dicho cierre con la oferta de nuevos canales dedicados exclusivamente al fútbol. La cultura debe ser siempre prioritaria en este gobierno.
4. Racismo en el fútbol. Petición de informe a la RAE para que desmienta que el HU-HU-HU dirigido por algunos asistentes a los campos de fútbol a jugadores de raza negra pueda ser considerado como onomatopeya del sonido que emiten los primates, y por tanto, ofensiva para estos jugadores. Petición de informe al Consejo Regulador del Plátano Canario sobre los beneficios en ventas del lanzamiento de plátanos a jugadores de fútbol, sean de la raza que sean. Medidas complementarias para demostrar que en el fútbol no hay racismo, sino ignorancia de unos pobres aficionados despistadillos y, a lo sumo, modales manifiestamente mejorables.
5. Petición a Patrimonio Nacional y al Ayuntamiento de Madrid para que se sustituyan algunas de las estatuas de la Plaza de Oriente, de reyes hoy casi inidentificables, por efigies de la misma estética erigidas en honor de Cristiano Ronaldo, Messi, Simeone, Diego Costa y Florentino Pérez, como reconocimiento de su bien ganado prestigio público y de sus servicios decisivos para el estado de bienestar. El rostro de la estatua de Diego Costa irá levemente patinado de oscuro, para que se confirme públicamente que en un país no racista se respeta también a los mulatos. La efigie de Florentino Pérez será dos cuartas más alta que el modelo original, para realzar el señorío tradicional del Real Madrid del que él es dignísimo portaestandarte.
6. Ministerio de Trabajo. Recomendación a este departamento para que solicite de las empresas y demás centro de trabajo máxima flexibilidad horaria a fin de que sus empleados puedan cumplir el sagrado deber de cumplir con sus compromisos futbolísticos.
7. Ministerio de Educación y Cultura. Recomendaciones al personal docente para que presenten el fútbol como el octavo arte, después el séptimo sólo en el ordinal de las bellas artes que ennoblecen a la condición humana.
8. Asuntos Exteriores. Se recuerda al ministro del departamento la necesidad de dar la mayor difusión en la Unión Europea al importante y certero mensaje del Presidente de Gobierno sobre la final de la Champions League en Lisboa: “El 24 de mayo será un triunfo del fútbol español”. Se sugiere que este slogan tenga un gran protagonismo en las próximas Elecciones Europeas, y se invita a todos los partidos políticos de aquí o de allá a que lo utilicen gratuitamente. Se propone proponer al Presidente de Gobierno como candidato al Premio Nobel de la Originalidad Intelectual.
9. Economía y Hacienda. Se autoriza al ministro del departamento para que piense en nuevos impuestos sobre el fútbol. Tanto a los partidarios de este deporte, por lo mucho que disfrutan, como a los que no lo son, por oponerse al sentir colectivo del patriotismo del balón.
10. Ruegos y preguntas. Siempre que sean de fútbol, y no de otras menudencias como el paro o los recortes.

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El opio del pueblo, el pan y el circo, Lope de Vega justificando sus comedias alimenticias con aquellos versos tan cínicos:
El vulgo es necio
y, pues lo paga, es justo
hablarle en necio
para darle gusto
Esto y no hay más cera que la que arde, el que manda manda, las lentejas, que si quieres las comes, y si no las dejas. El culto al becerro de oro. El pesebrismo infinito que genera el deporte rey. Cuánto agradecía Silvia no ser política y no tener que decir que al pueblo y al fútbol, ni regañarles.
Todo le bailaba en la cabeza mientras la impresora vomitaba las copias que habría de entregar a su fiel Agustín.
-Lo primero es lo primero- le dijo al entregarle las dieciséis copias del orden del día- ¿habrá vida más allá del fútbol?…
-Podría ser…¿Te apetece que cenemos juntos el 24 de mayo?…A mí me divierte el fútbol, y soy del Atleti. Pero si tus ojos de zafiro están dispuestos a iluminar el túnel de mis días, me pierdo la final y tan feliz.
Groucho Marx decía: cuanto más conozco al género humano, más amo a mi perro. Silvia suspiró y sonrió al recordarlo. Evidentemente, no conocía a un solo perro que se llamara Agustín, pero el 24 de mayo también podría ser para ella un día inolvidable.

 

 

Demasiados huevos

Un entrenador tan excepcional como SImeone no necesita ser tan vehemente en su lenguaje, qué caramba...

Un entrenador tan excepcional como Simeone no necesita ser tan vehemente en su lenguaje

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La niña ya no era tan niña. De modo que cuando escuchó por la radio que la vicepresidente Sáenz de Santamaría respondía a las acusaciones que le hacía la oposición diciendo que ella no había cobrado un sobre bajo cuerda en su puta vida, se quedó un poco pasmada.
-Mamá –le preguntó a su madre- Eso de su puta vida no es bonito, ¿no?
-No. Bonito no es, pero hay que comprenderlo. A veces incluso la gente educada se enfada y habla así de mal cuando le dicen cosas impertinentes.
-Porque Soraya es de derechas, ¿no? Y tú siempre dices que lo de hablar mal es cosa de los de izquierdas, que son peor educados.
-Bueno…
-Podría haber dicho sólo en mi vida, o en toda mi vida, o en mi puñetera vida, ¿no? Eso lo he oído muchas veces. Tú también lo dices alguna vez: en mi puñetera vida he dejado de hacer una cama, en mi puñetera vida he visto a tu padre recoger la mesa, en mi puñetera vida he visto a un tipo tan cursi como Zapatero
-Alguna vez, sí. Todos hablamos mal alguna vez.
-Es raro –insistió la niña tras un largo silencio para encontrar las palabras oportunas- Putas son esas mujeres que cobran por el amor, o por el sexo, que ya se lo que significa eso, y que siempre me decís que mejor no ser como ellas. ¿Quiere decir que Soraya, a pesar de tener cara de pececito de Walt Disney, ha llevado una vida de puta?…
La niña ya no era tan niña.
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Papá, además de ser también de derechas, era lingüista, había colaborado en la edición del último diccionario de la RAE y estaba feliz de que el Atlético de Madrid le hubiera ganado al Chelsea y se plantara en la final de la Champions para disputársela nada menos que al Real Madrid. Pero la niña observó en su rostro una mueca de disgusto cuando el entrenador Simeone acabó su rueda de prensa ante las cámaras.
-Por último –dijo el Cholo después de repasar las razones del triunfo- felicito a las mamás de mis jugadores por haber criado unos hijos con los huevos tan grandes.
-Lamentable –farfulló Papá- en los medios se ha abierto la veda de la corrección y el buen gusto.
-¿Y eso qué significa? –preguntó la niña.
– Significa que donde antes decían que estaban fastidiados, contrariados o disgustados, ahora dicen que están jodidos. Y que donde antes empleaban la palabra valor, decisión, coraje, arrojo, gallardía, bravura, intrepidez, agallas, arrestos o redaños, ahora sueltan huevos o, peor aún, cojones, y encima les ríen las gracias. Y ni libro de estilo ni respeto por las buenas palabras, caramba.
La niña que no era tan niña se quedó pensativa.
-Porque los huevos esos que dice Simeone –preguntó mientras se rascaba la cabecita como intentando encontrar la razón- ¿no son esos que ponen las gallinas y que tomamos fritos, verdad?…
Papá reconoció que ser un purista del lenguaje no le obligaba a criar a una niña tonta. Así que rescató de su arsenal de palabras las más apropiadas al caso y le explicó a su hija lo que había querido decir el entrenador del Atlético de Madrid.
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Al poco llegó a casa la tía Felisa, hermana menor de Mamá, que venía de la manifestación del 1 de mayo. La niña que no era tan niña sabía que la tía Felisa no era como Mamá. Era de izquierdas, y feminista. De vez en cuando Mamá y la tía Felisa se enzarzaban en discusiones, pero en este caso la tía sólo venía para saludar, descansar la sofoquina, hacer pis, tomarse una cerveza y criticar al gobierno lo habitual.
-Tía –le abordó la niña- hoy me enterado de lo que son los huevos de los futbolistas –le dijo con una sonrisa ingenua la niña que ya no lo era tanto.
La tía Felisa se echó a reír.
-Las mujeres no tenemos huevos, ¿verdad? –continuó la niña.
Las dos mujeres se miraron. Antes de insinuar respuesta alguna la niña dejó caer otra pregunta.
-¿Eso significa que no tenemos valor?
Papá y Mamá y la tía le dijeron que no, naturalmente, que las mujeres tenían tanto o más valor que los hombres. Felisa entonces cayó en la cuenta de que, pese a lo radical que era su ideología con el machismo en el lenguaje, jamás había protestado ante los medios de comunicación por el creciente abuso de huevos en el menú.
-Gracias, nenita –le dijo la tía al despedirse con un beso- Te debo un regalo
La niña era niña, pero no tonta.

 

Los incorregibles bocazas

 

También le habría podido recordar su anuelita que calladito estaba más guapo...1

La primera reacción de aquellas ancianas inmortales fue de estupefacción. Una vez a la semana se reunían en la mesa eterna a tomar el te, y repasaban, a vista de pájaro, los asuntos terrenales. Aquella tarde la abuela de Cristobalito Montoro  estaba confundida, y más que eso, incluso molesta por lo que acababa de decir su nieto.

-¡Pero si siempre tuvo abuela!-se lamentaba la buena señora- Y nunca le fallé…Siempre fui de lo más cariñosa con él…¿Quién es más listo?…¡Cristobalito!…¿Quién es el más aplicado?…¡Cristobalito!…¿Quién tiene la carita de murciélago más guapa de la humanidad?…¡Mi Cristobalito!…Y ahora dice que dentro de poco España asombrará al mundo con sus logros económicos…

La pobre anciana apenas pudo retener sus lágrimas.

-¡Como si no hubiera tenido abuela!- dijo entre sollozos mientras secaba su arrugado rostro con el moquero.

-Calla, calla- le consoló la abuela de ZapateroPeor fue lo de mi Joseluisín…Mira que yo le había dicho siempre que era como un principito de cuento, igual que Bambi, tan limpio y transparente en su mirada que no sabía yo si era la abuela de un chico de León o del Niño Jesús de Praga…Pero nada, no se contentó con el jabón que le daban los artistas y su claque y tuvo que decir aquello de que estábamos a las puertas del pleno empleo, que habíamos superado a Italia e incluso a Francia y que ya éramos temidos en la Champions de la economía…¡Qué bochorno!

-¡Y qué mal trago para ti y para nosotras!-dijo la abuela de Montoro señalando a otras abuelas de la eternidad que también se sentían ninguneadas.

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A la mesa de te se acercó  la abuelita de Pedro Solbes, recordando lo mal que lo pasó cuando su nieto Pedrito, tan solvente hasta entonces, dijo que de crisis nada de nada mientras el barco se hundía. Y por las bóvedas de otros rincones de la eternidad resonaban igualmente las voces de más abuelas decepcionadas por las tonterías que habían dicho sus ilustres nietos pese a los muchos elogios y cariños que ellas les prodigaron cuando eran niños.

-Pues mi Felipín, tan  inteligente como era, se lució con aquello de OTAN, de entrada no

-Pues mi José Antonio dijo que España era una unidad de destino en lo universal…¿Qué necesidad tenía de decir esa tontería?…

-Pues anda, que cuando a  mi nieto  Paquito se le ocurrió decir que los Principios Fundamentales del Movimiento son por su propia esencia permanentes e intangibles, y que todo quedaba atado y bien atado…

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El descontento se había adueñado de aquel colectivo de abuelas en la eternidad. Todas creían haber amado y elogiado con el mayor cariño a sus importantísimos nietos. Pero sin embargo ellos, como si nunca hubieran tenido abuela, se habían obstinado en fanfarronear diciendo frases grandilocuentes que al poco tiempo quedaban reducidas a simples gilipolleces.

-En lugar de mimarles tanto, podíamos haberles recordado que en boca cerrada no  de entran moscas-dijo la abuela de Montoro.

-O por la boca muere el pez –añadió la de Zapatero.

-O uno es dueño de lo que calla, y esclavo de lo que dice- subrayó la abuelita de Solbes.

-O calladito estás más guapo -volvió a la carga la abuelita del ministro de Hacienda.

Las abuelitas de José Antonio  y de Franco, advirtieron entonces que el Jefe se acercaba a la mesa de te y aprovecharon la ocasión para hincarse de rodillas ante Él y pedir por todos sus nietos lenguaraces que parecen no tener abuelita.

-Perdónales, Señor- imploraron- Porque son políticos, y no saben lo que dicen…

El señor viento, que tanto se llevó…

Está la primavera tan caprichosa que no ves el momento en que el barómetro se asiente y diga, sin más, buen tiempo...

Está la primavera tan caprichosa que no ves el momento en que el barómetro se asiente y diga, sin más, buen tiempo…

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Los Reyes Magos fueron pródigos contigo, y te trajeron una estación meteorológica. Te conocen: saben que eres  mayor, hijo de tu tiempo, como si presintieras que tu supervivencia está ligada a la cosecha, y discípulo de campo del tío Jacinto, que venteaba las demudaciones atmosféricas mirando el poniente e interpretando otros signos de la naturaleza.

-Los sapos barruntan lluvia- te informó en su día- Y las hormigas voladoras también.

Había mucha sabiduría de la tierra bajo la boina del tío Jacinto. En verano añadía a su aliño indumentario un bledo, que colgaba de una de sus orejas por creer que así no se le acercaban los mosquitos. Desde entonces te has preguntado muchas veces por qué dice nuestra lengua castellana eso de “me importa un bledo”. El bledo es una planta modestísima, que se da en cualquier terreno, pero al menos sirve para ahuyentar insectos, y seguramente habrá muchísimas otras especies en la taxonomía de Linneo que nos puedan importar mucho menos que él.

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Como todo cacharrito moderno, el panel de la estación, plantado sobre el alféizar de tu ventana, ofrece muchos números y datos, depende del botoncito que pulses. Pero entre tu natural aversión a la tecnología y que anoche el viento era aterrador, fuiste incapaz de atinar con el del anemómetro, de tal manera que echaste de menos ese borriquillo que venden en las tiendas de souvenirs para turistas como barómetro elemental.

-Si el burro mueve la cola, es que hace viento –indican sus someras instrucciones.

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Con burrito barómetro o sin él, con estación digital o sin ella, y sin saber si las ráfagas de viento eran de 90 o de 120 kilómetros por hora, no es agradable dormir a solas en el campo escuchando el rugir de la naturaleza mientras se arrodillan los árboles más orgullosos y ruedan las macetas y la sillas por el jardín. Guardas cierta devoción literaria por el viento, porque en dos de tus primera lecturas –Cumbres borrascosas de la Bronte y la magnífica Posada de Jamaica de Daphne du Maurier – lo sentías en la cara, y te parecía poético, sugerente  y revitalizador. Pero cuando se desata furioso, caramba, acojona, vaya que si acojona. Por si fuera poco, y quizás para sacarle más partido a la emoción que te brindan esta noche los elementos, tiras de biblioteca y te llevas a la cama La habitación cerrada y otros cuentos de terror,  de H.P. Lovecraft, que en su ya añeja edición de Alianza Editorial lucía en portada el rostro de un reptil perfectamente encorbatado, como si fuera un banquero o un político.

Te suministras tan a gusto una pequeña dosis de  placentero terror con la inventiva del genial escritor norteamericano y, justo antes de apagar la luz, observas que por las paredes de tu habitación repta torpemente un reptil de verdad. Es una de las salamanquesas que ya forman parte de la familia. No le tienes miedo. Sabes que en verano te ayudará a librarte de insectos picajosos, y que ella y sus parientes siempre han  respetado la intimidad de tu sueño. Pero este tiene sus caprichos. Entre Lovecraft y la salamanquesa, acabas soñando que un reptil con corbata y llevando una cartera de ejecutivo se te presenta junto a tu cama para cumplir una doble misión policial. Por una parte, inspeccionar que pagas correctamente tus impuestos. Y por otra, reprocharte que hayas decidido abandonar motu proprio la medicación que mitigaba tus dolores de espalda. Tú lo has hecho para conocer realmente si estás para entrar en talleres y que intervenga la cirugía sedativa. Pero no contabas con el viento, ni con la literatura de terror, ni con el poderoso influjo de la imaginación, desatada anoche como la furia de Eolo. Al final, nunca sabes con quién te acabas acostando.

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También te lamentabas por la parte de primavera que se llevaba el viento.

-Qué pena –pensabas- Sus ráfagas habrán  resecado el tempero que habían preparado las lluvias.

Afortunadamente el día amaneció calmo. Fresco y plomizo de nubes como si fuera una mañana de noviembre, pero tranquilo. Ya no ruge el cielo, no se cimbrean los árboles ni vuelan las ramas y las hojas arrancadas cuando apenas acababan de brotar. Además hasta empieza a llover mansamente, para reponer quizás la humedad perdida. La tierra, como afirmó solemnemente en Copenhague el preclaro presidente Zapatero, sólo es del viento, pero este, que tanto se llevó otras veces, no ha barrido por el momento tus esperanzas de primavera.

 

Cabezas a pájaros

Canarios amarillos1

Te invitan a cenar a su casa tus amigos Carlos y María Luisa, y la cena te resulta sumamente agradable. Carlos es de Pontedeume, y María Luisa, que con sus bellísimos ojos recuerda mucho a Yvonne  de Carlo –una estrella deslumbrante del Hollywood  de los años cincuenta- de Écija, pero en el menú manda más Galicia que Andalucía. Tú no le pones ninguna pega, naturalmente, estás enseñado a comer de todo, y aunque no debes cometer excesos, los cometes, porque es el cumpleaños de Carlos y hay mucho que festejar. La carne es débil. Cuando piensas aquello de a vivir, que son tres días, y además a la debilidad la tuya se le tienta con  delicias del mar recién llegadas del Cantábrico, más.

A vivir, y si son sólo tres días que al menos queden llenos de  recuerdos gratos.

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A la cena asisten también Chencho Arias, más conocido por su socarronería y su facundia televisiva que por sus libros, siendo así que estos también suelen ser divertidos y esclarecedores. Al último, titulado Los presidentes y la diplomacia lo subtituló con la frase Me acosté con Suárez y me desperté con Zapatero. A ti te gustan especialmente los libros que aprovechan su tema para refrescar cualquier tramo de la historia, como es el caso de este. Y eres consciente de que a los amigos hay que comprarles, leerles y elogiarles los que publican. En este caso por suerte no has tenido que fingir. El de Chencho es un ensayo detallado y ameno sobre lo que ha sido la política exterior de España  desde que el autor  empezó a prestar sus servicios como diplomático a los distintos gobiernos de la democracia. Se lee con interés y con sonrisas, porque él sabe poner la sal y pimienta incluso a los temas más áridos para el profano. Pero entiendes que tampoco hay que hacerle la ola por el hecho de que sea amigo, y te tomas la libertad de trasladarle una pequeña crítica.

-Para mí que el subtítulo le perjudica al libro-  le dices- porque induce a pensar que va a  ser una boutade, cuando luego resulta que es muy riguroso.

Y piensas que a Chencho, con fama observador ingenioso y desprejuiciado, también le puede pasar lo que a ti, que te da un cierto pudor desdecir tu fama de humorista caricato o excéntrico y te sientes inseguro cuando tienes que ser serio.

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Sin embargo afirmas algo muy en serio: esta cena te será especialmente provechosa, pues tu anfitriona te señala un camino esperanzador. Ella sufrió hace años otro cáncer, y sin embargo, cautivo y desarmado el enemigo, luce hoy rozagante como una rosa de primavera. Además, sabe de ti porque te lee.

-¿Y cómo te da por escribir esas historias y bromear con estas cosas?-te pregunta con una sonrisa.

Y tú te encoges de hombros sin saber qué responder. Piensas que debe de ser porque tienes la cabeza a pájaros.

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Recuerdas que tu casa natal había dos saleros que eran un par de gorriones de plata. No eran los más apropiados para echar sal en el huevo frito, pues con la humedad los granos blancos solían quedarse atrancados en el orificio del pico y no circulaban, pero tu madre tenía debilidad por ellos. Años después, le regalaste otro par de pajarillos de cristal de Murano que compraste en tu primer viaje a Venecia. Eran cursilísimos, no obstante lo cual a ella le gustaron mucho, y los depositó sobre la cómoda de la sala donde se recibía a las visitas. De las paredes de ésta colgaban dos medallones decimonónicos de sus abuelos niños con dos jilgueros posados en los dedos de sus pequeñas manos. Además su hermano, Augusto Gil Lletget, fue un eminente ornitólogo. Tenía este una novia eterna que se llamaba Pepita, compañera en el Museo de Ciencias Naturales, donde ambos trabajaban, pero le sorprendió la muerte, ya sesentón, sin que le hubiera dado tiempo a pedirle la mano, porque se pasaba el día observando aves, tomándoles las medidas o diseccionándolas.

-Un día en el campo nos asustamos porque no apareció a la hora de la comida -te contaba tu madre- Y cuando regresó por la noche  se excusó diciendo que había estado observando a un martín-pescador en el río Arbillas, y que no era cosa de interrumpir esa maravilla de la naturaleza.

Se puede decir por tanto que eres de casta pajarera.

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A los pobres pajarillos que cantaba san Francisco de Asís le hicieron mucho daño la película de Hitchcock, las palomas urbanitas y la invasión de cacatúas chillonas que ahora colonizan los jardines de Madrid. De repente eso de tener un pajarito, que era una aspiración de tu niñez, se convirtió en algo siniestro, o una invitación al mal fario. Tu propia esposa declaraba su poca simpatía por todo bicho que volara, hasta que, a la vejez viruelas, impulsada por no se sabe qué mandato de ternura, ha comprado a sus nietas una pareja de canarios que ahora animan con sus trinos a la familia.

Ánimo –te parece que dicen en su gorjeo- Ya has visto a María Luisa…¡Tú también puedes!

Creías hasta ahora que ya habías adormecido el gen del tío Augusto, y hasta frunciste el ceño cuando recibiste a los canarios  como nuevos inquilinos de la casa de Candeleda. Pero después de que a Maduro se le apareciera el ínclito comandante Chávez en forma de volátil para animarle a que cumpla su misión histórica,  por qué no va a ser verdad que tu tío el ornitólogo también  te está diciendo desde el más allá que le eches un par de cojones y venzas al cáncer.

Lo de los cojones no es muy de tu familia, que siempre fue bien hablada. Aunque vaya usted a saber, con tanta cabeza a pájaros…

El sugerente viaje del caracol

…Y Homper decidió incicar unas vacaciones perfectas olvidándose de la crisis mientras observaba el sugerente viaje del caracol…

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De repente, Homper se queda perplejo por algo nuevo, que no había conocido jamás en la vida y que le acerca a la sensación de que ya es un hombre maduro. Se siente felizmente irresponsable.

Durante estos últimas semanas de angustia nacional soportaba el peso de la crisis sobre sus hombros. Creía que él formaba parte de la lista letal en la que están Lehman Brothers, Moodys, Zapatero, Grecia, Krugman, Bernanke, Draghi, Bankia, Blesa, Mafo, Merkel, Rajoy, Montoro, De Guindos, Almunia, las palabras déficit, rescate, autonomías, prima de riesgo y todos cuantos demonios se nos aparecen diariamente desde que dejamos de ser el milagro español para convertirnos en la Cenicienta con peor madrastra y más vesánicas hermanastras que se ha conocido jamás en Europa. A Homper la España triunfal y gloriosa, la que llenaba la boca de satisfacción a nuestros presidentes, se la refanfinflaba. No soporta las fanfarronadas. Pero ha bastado que nos derriben del machito para que se sienta llamado por la patria. Viva Agustina de Aragón, Daoiz y el Teniente Ruiz, a mí la Legión, Santiago y cierra España.

(Mejor no demos ideas, que hoy es su santo y a lo mejor el Patrón se anima y echa el cierre definitivo. Que patronear a esta España invertebrada y desconojada no debe de ser plato de gusto ni `para el más milagrero de los santos).

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Mientras estos días se hablaba de la Batalla de las Navas de Tolosa y de la de Clavijo y los nuevos regeneracionistas reprocharan que los españoles de hoy pasemos de las hazañas históricas de nuestras armas, Homper se preguntaba qué batallita podría emprender él, a su edad, para ayudar a sus compatriotas. ¿Sumarse a los indignados y quemar contenedores de plástico en el barrio de Esperanza Aguirre? ¿Cocinar y servir croquetas en un comedor social? ¿Denunciar al vecino que es electricista y suele cobrar sus servicios sin IVA? ¿Renunciar a su tarjeta de Pensionista de la Seguridad Social para comprar Paracetamol a su precio, aprovechando, por cierto, que este medicamento sólo cuesta 85 céntimos? ¿Gastar menos de lo que ya gasta?…A decir verdad, le gustaría ser Superman, multiplicarse como tal, trabajar todo lo que debería trabajar España para salir de este trance y mejorar en un par de semanas tres puntos del PIB.

Pero sólo de pensarlo se ha quedado tan fatigado que ha decidido emprender ya sus vacaciones.

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Y aquí, en el Principado de Asturias, viendo la barra del mar al fondo de la V que dibujan las dos laderas del valle de las Luiñas, Homper se ha liberado. Lleva casi veinticuatro horas y no ha sentido la menor curiosidad por saber qué hace nuestra prima de riesgo, ni por escuchar el llanto indigente de la próxima comunidad autónoma que se pondrá a limosnear de nuestra menguada hacienda. La de igual. Recuerda la pobreza de la primera España que vieron sus ojos. Y los españoles salimos de ella. De repente, cuando empezábamos a creer en nosotros mismos, este país se llenó de sabios, ricos y de políticos que vendían crecepelos de oro líquido. Hasta que estos nos hundieron y ahora, aparte de aplicarnos sanguijuelas múltiples incluso en el forro de los cataplines, nos quieren laminar la alegría de vivir.

-Pues conmigo que no cuenten– se dice Homper-Yo ya he dejado de rasgarme las vestiduras y de compartir el patriotismo del desánimo.

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Por no escurrir el bulto y poder decir que también trabaja a favor del bien común, ha regado un par de hortensias que necesitaban agua y ha seguido durante no menos de diez minutos las evoluciones de un caracol por el tallo de una cala. Hortensias y caracoles: también son naturaleza, y parte de este mundo que tiene tantas cosas pendientes de arreglo.

Antes el Hombre Perplejo ha empezado sus vacaciones leyendo páginas de los dos libros que ha traído en su cartera de mano. Elegir las lecturas de vacaciones siempre fue un problema para él, pero este verano tiene la sensación de que ha acertado. Uno es Aquella mitad de mi tiempo, el relato de un viaje por su biografía a cargo de Javier Marías. El otro es En mares salvajes, subtitulado Un viaje al Ártico, del magnífico Javier Reverte. Dos libros deliciosos, de prosa clara y amena, que intruyen y se leen fácilmente mientras de reojo Homper levanta la mirada para comprobar que el caracol continúa su lento viaje por el jardín.

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Hace un día soleado en el norte de España, no pinta ni una sola nube en el cielo, y sopla una brisa deliciosa. Homper ni siquiera está obligado a bajar a la playa, ni a bañarse en las gélidas aguas del Cantábrico, ni a pasar diez minutos quitándose la arena de los pies antes de meter estos en los zapatos, ni a contemplar esos barrigones o esas celulitis indecorosas que se pasean por la orilla. Muchos más refrescantes de pies que bañistas arriesgados. Homper prefiere ver la mar de lejos, como la crisis, como los males de la patria. Y casi le da vergüenza confesarlo, pero si esta vez está asombrado es porque olvida la depresión, disfruta del vaje del caracol y de lo que tiene más a mano y cree rozar las vacaciones perfectas.

Zorongo en la Plaza de Oriente

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No hay que darle más vueltas, aquí cada quisque debe colaborar en la medida de sus posibilidades al rearme de la moral colectiva. Contrariamente a lo que dijo el poeta, y aunque pueda sorprender la afirmación, cualquier tiempo pasado fue peor. Su espejismo no sirve de nada cuando sólo cuenta lo que nos espera. Hasta los años de euforia entran en esa consideración, pues de los tiempos de Felipe González, de Aznar y no digamos de Zapatero datan muchos de los polvos que hoy enlodan nuestra esperanza. Fuimos cigarras en lugar de ser hormigas. De repente España se convirtió en Antoñita la Fantástica, y así nos luce el pelo.

Pero a pesar de todo en algún rincón de cada día, cuando menos se lo espera, puede encontrar uno algo que le reconforta el alma.

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Ocurrió mientras caía la tarde y empezaba a cernerse la noche, tan perezosa en estos días de julio. Atravesaba el Duende la Plaza de Oriente cuando llegó a sus oídos una voz que le retrotraía a la adolescencia. Un día tan importante como aquel otro en que anunció que acababa de comprar el Espasa –y casi nadie en aquella casa sabía lo que significaba eso- apareció su padre con un tocadiscos alemán. Antes la familia sólo guardaba memoria de una gramola de la Yaya que se accionaba a mano. Se cargaba con un manubrio, se ponía en el plato un disco de pizarra y gracias a un altavoz como de La Voz de su Amo se escuchaba a Gardel, cantando un tango desde el más allá con su tono cansino y arrastrado. Más devahído a medida que se acababa la cuerda al invento.

A uno la voz de Gardel le sonaba como el llanto de un pimiento morrón a punto de ponerse pocho, pero eran figuraciones, porque los pimientos morrones no cantan, aunque cada cual sea muy libre de elaborar sus propias imágenes para vestir los sonidos.

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La novedad ya no se llamaba gramola, ni tampoco pikú. Era un aparato que sabía atinar automáticamente con el primer surco del disco y depositar en él el brazo con la aguja de diamante. Qué milagro: aquella aguja exploraba los surcos de pizarra y resucitaba a Gardel. Ahora, y con una tecnología más moderna, iba a reproducir a Bach, Beethoven, Haendel, y Debussy, primeros clásicos que entraron en la casa familiar. El quinto disco de 33 revoluciones por minuto llevaba en su funda la cara de un hombre joven y agraciado, con el pelo revuelto y corbata de rayas. Es el retrato que pintó Gregorio Prieto, en nada parecido al modelo original, de García Lorca. El disco llevaba por título El mundo lírico de Federico García Lorca, y era una recopilación de romances y canciones populares que inicialmente debió de tocar al piano el poeta granadino acompañando a una voz que podía ser la de la Argentinita, aunque fuera en esta grabación la de Lina Richarte. La luna es un pozo chico/ las flores no valen nada…/Debajo de la hoja de la lechuga/ tengo a mi amante enfermo con calentura/ De los cuatro muleros/ de los cuatro muleros, mamita mía, que van al río, que van al río…

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Y de repente, en esa Plaza de Oriente ya despejada de guiris se escuchó la misma voz del romancero que tanto fascinó a nuestro poeta universal. Venía de una pareja de jóvenes: una de ellas tocaba la guitarra, y la otra cantaba exactamente las mismas canciones y con la misma voz de mezzo que uno guardaba en el disco duro de su memoria, con el mismo buen gusto de la Richarte. Al Duende le pareció asombroso. Era una tarde triste y opresiva, en el imperio de la modernidad descarajada. Uno pensaba en su país hecho unos zorros, hundido en la crisis, con la cultura popular colonizada por el Gran Hermano anglosajón, el ánimo colectivo triturado en picadura amarga y de repente, al aire, sonaba una voz fresca que agitaba la bandera del cante, del arte y de la poesía con un acento lírico inequívocamente andaluz. Qué hermosa paradoja.

-No hay otro bálsamo mágico –insinuaba la nueva Argentinita mientras cantaba que En el café de Chinitas/ dijo Paquiro a su hermano/ soy más valiente que tú/ más torero y más gitano…

Ya caía la noche, y no había un gentío frente a la fachada del Palacio Real, pero poco a poco, zorongo va y seguidilla viene, entre la nana de este chiquito que no tiene cuna, el Viva Sevilla y las tres moritas que me enamoran en Jaén, se fue formando un corrillo de los abrumados ciudadanos que suspendían su paseo para escuchar a las dos jóvenes artistas. El Duende depositó sus monedas en la alfombrilla que se extendía delante de ellas y se sentó a escuchar y observar al personal.

-No pararán mucho tiempo aquí- pensó mientras tarareaba por lo bajini aquellas perlas del mundo lírico de García Lorca.

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Pero se equivocó. Uno de los que se detuvo, el que parecía más bruto, un hermano de Pedro Picapiedra, escuchaba serio y ceñudo, los brazos cruzados. Debía de tener músculos de basalto, porque no se movía nada en aquel rostro de sindicalista reivindicador. Miraba al dúo de guitarra y cantante como si fueran una Caterpillar o una veta de carbón. No era ciertamente la suya la cara de la poesía. Y si embargo descruzó los brazos, dirigió una de sus manos hacia el bolsillo y cuando el Duende, malpensado, creía que era para practicar ese gesto tan español del tocamiento cojonero, sacó del fondillo un euro y lo depositó en la alfombrilla.

-No sabeis el mérito que tenéis –les dije a las artistas mientras la gente les aplaudía- Que con la que está cayendo hagáis vibrar al público con vuestras canciones le llena a uno de optimismo.

Se llama el Dúo Zorongo. Entre los recuerdos que evocaba su repertorio y ver cómo reaccionó a su arte el Picapiedra, este Duende reconoce que le llegaron al corazón. Igual que emocionaron a los que en ese momento paseaban por la Plaza de Oriente. Qué alivio, qué desahogo. Quizás convenga envenenarse un poco menos de economía y política, y curarse el desasosiego con estas sorpresas agradables que aún se encuentran por las calles de Madrid,


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