¿Música, ruido, empatía? No se sabe muy bien qué busca el público que va a un concierto. De entrada hay que recordar que esta palabra registra dos acepciones musicales. En la que se refiere a función, nunca, hasta hace unos treinta años, se aplicó a otro tipo de música que no fuera la clásica. Uno recuerda singularmente el primer cartel que rompió la tradición, porque le llamó mucho la atención. Anunciaba Concierto de rock y amor, y lo ilustraba una fotografía de Miguel Ríos llevando a un bebé a cuestas. Desde esta propuesta ligeramente pretenciosa a esta parte, aquí hasta el que hace sonar la carraca dice que hace conciertos. No desesperen, algún día lo verán, como si fuera una diva exclusiva de Emi o de Hispavox: Esmeralda Clamores en concierto.
Cree el Duende haber leído alguna vez de un músico eminente que despreciaba el rock., reduciéndolo a un repertorio de ruidos de mal gusto. Muy audaz debe de ser, pues de lo que no hay duda es de que este tipo de música ya tiene una larga historia, y arrastra multitudes. Ante fenómenos así, los que ya tenemos una cierta edad debemos ser prudentes. Cuando uno observa que la tarde de un sábado El Corte Inglés está a tope de gente y lo que más aborrece precisamente es pasar la tarde allí, lo correcto es pensar que el rarito es él, y no los demás. Y cuando abre el frigorífico, sale de los yogures el Chikilicuatre cantando y más que un premio lo considera una pesadilla, lo cabal es autoconvencerse de que ya habita en la marginalidad total.
El Duende hubiera agradecido que la música pop se pudiera escuchar a la cuarta parte de volumen que uno soporta en auditorios, discotecas o salas de concierto. Pero no, desgraciadamente el exceso de decibelios parece que es tan importante para ella como el contrapunto para Bach. Muy frecuentemente nos paramos en un disco y a nuestro alrededor varios coches atruenan con bakalao, música techno o no se sabe qué clase de tortura para los tímpanos. Luego se habla del alcohol o la droga, pero ¿hay quien haya calculado el efecto destructor de los decibelios en el cerebro de los jóvenes?
Cuando el Duende se lamentaba del divorcio entre la música pop con la clásica, ha tenido la suerte de descubrir a un genio llamado Nigel Kennedy, que hace una semana tocaba en el Auditorio de Madrid con la Orquesta de Cámara de España el Concierto nº 4 para violín y orquesta de Mozart y el único que para este instrumento escribió Beethoven. Kennedy sale a escena vestido de rockero, peinado de punki y con una gestualidad más propia de hincha del Aston Vila –equipo del que es forofo-que de un virtuoso del violín. El hombre se mueve sin cesar, ensaya torpes pasos de baile, saluda al público enfervorizado, lanza besos, baja al patio de butacas y vacila con el público. Y, entre medias, aprovechando las cadencias –espacios que los compositores clásicos dejaban para la improvisación y el lucimiento del solista- reinterpreta a Mozart en clave de jazz o al genio de Böhn como si fuera Elton John. Kennedy fue alumno predilecto de Yehudi Menuhin, a quien el Duende alcanzó a escuchar en directo interpretando el de Beethoven. Pero, aupado en su virtuosismo, se toma la música de los clásicos con tan entusiasmo y desenfado que magnetiza incluso al público tan estirado que llena los conciertos de los abonos caros.
No se cuándo volverá por aquí, pero si pueden, no se pierdan a Nigel Kennedy. Es para cerrar los ojos y volar o para abrirlos y divertirse. Es música de siempre interpretada por un genio de nuestro tiempo. Música y empatía que invita, nada más y nada menos, a sentirse feliz malgré tout..











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