El zumo de un lunes triste

El siete de febrero, al caer la tarde, el Duende se acercó a los naranjos y cogió del suelo unas cuantas naranjas. Hay naranjos que dan naranjas listas, y otros que las dan tontas. El lunes ocho de febrero despertó a las siete menos cinco. Aún era de noche. A otros les deprime levantarse de noche, y más en el campo. A él le gusta: piensa que exprimirá mejor el día.

Después de desayunarse un café con leche y dos perrunillas, partió unas cuantas naranjas y lo que  se exprimió fue  uno de los zumos más generosos que recuerda. Desayunar con zumo le sigue pareciendo un lujo, porque en su infancia eso no se estilaba. Hasta que en las las comedias de amor y lujo del cine el galán y la heroína, además de café con tostadas, mantequilla y mermelada y huevos con bacon, tomaban zumo de naranja. El Duende gozaba de su lunes de asueto, y desayunaba solo. Es decir, sin Doris Day –la que le correspondería por generación- o Julia Roberts –la que le gustaría. Daba igual: estaba contento, porque su zumo no era de categoría inferior al de un protagonista de película.

Un zumo así parece algo sencillo, pero para conseguirlo hay que tener suerte: las naranjas listas no se diferencian aparentemente en nada de las tontas. Sin embargo hay que promediarlas para que la inocencia de éstas se compense con la acidez de aquellas. Un zumo de tontas es como un refresco de naranjas sin burbujas. La lógica dice que debería de haber salido a coger naranjas con dos cestas, una para llenarla con las naranjas del naranjo listo y el segundo para las tontas. Pero si ya es ridículo ver a un Duende de pelo blanco con un cesto, como Caperucita, no vean lo que es verlo con dos. Aparte de la comodidad de tener una mano libre para coger las naranjas y la otra sólo para asir la cesta única. El pensamiento inmediato fue dedicado al que tuvo la ocurrencia de inventar la semilla del naranjo tonto. Se supone que moriría tan abochornado como el inventor del chocolate blanco.

Cualquiera que fuera la responsabilidad moral de este sujeto, el hecho obligaba a tomar ciertas medidas para que el zumo fuera un éxito. Así, para equilibrar el sabor ingenuo de las tontas con la ácida perfidia de las listas, el Duende fue probando con la punta de la lengua cada naranja partida.  Fue una buena idea entretenerse así, porque mientras tanto las noticias de la radio –uno no se libera de esa dependencia ni aún en la soledad del campo- no hacían sino esparcir malas noticias. A fuer de sincero, el Duende se preguntaba si no era inmoral embriagarse con el zumo perfecto cuando la crisis está amargando la vida de tanta gente.

¿Cuántos de los que me leen –se preguntaba el Duende- habrán tenido que cerrar su pequeño negocio? ¿Cuántos no habrán sentido en carne propia la dentellada del paro? ¿Cuántos conservan el humor bastante para hacer papiroflexia mental a cuento del zumo de tontas y listas?

No me niegues, oh Dios, el derecho a pensar que ya vendrán tiempos mejores ( Versículos 12-14  del Capítulo III de la Lectura de algún profeta inexistente). Además de la que cae, también llueve, y en unos minutos la niebla le ha envuelto al Duende en un horizonte incierto. No cabría pensar en otro día más gris. Sin embargo el zumo estaba delicioso, y además ha vuelto a ver al carbonero que todos los años anida cerca de su ventana. Debe de ser instinto de supervivencia, o un ramalazo del irresponsable  carpe diem del clásico. Inconscientemente, el Duende eleva sus ojos al cielo plomizo: Señor, perdóname, porque no se lo que hago cuando sonrío…

Esos micrófonos abiertos…

Es inexplicable que los políticos aún no sepan que siempre hay algún micrófono inoportunamente abierto para amargarte la vida...

La hoja de servicios  al partido de Pochoto Morón era sencillamente impecable.

Tenía fama de corrupto, prevaricador, manipulador de votos, conseguidor de licencias de construcción ilegales,  borrachuzo, esnifador de pimienta con almendra molida y acosador de secretarias. Y malas lenguas decían que había sido sorprendido en un local donde una tigresa ataviada con lencería gótica le flagelaba  mientras él, desnudo y con un collar de perro al cuello, se comía un hígado de cerdo crudo y luego leía, de rodillas y en voz alta, las obras completas de Karmele Merchante.

-Ah, ahhhhh….-gritaba al borde del orgasmo..

Con sus casi dos metros de altura y sus ciento treinta kilos de peso, las orgías de Pochoto dejaban en nada las de Tiberio y el Marqués de Sade. Era lo que una castiza llamaría un prenda. Pero ningún juez le había podido hincar el diente jamás. Y además ganaba elecciones.

-Es un perfecto canalla-reconocían en el Comité Central del partido- Lo malo es que todos los partidos necesitamos alguien así para que haga el trabajo sucio.

El trabajo sucio le obligaba a ser  además arrogante, chulo y mal educado en el parlamento o en las comparecencias públicas. Y cuanto más sarcásticas y corrosivas eran sus pullas a los adversarios políticos y más ordinarias sus palabras, más votos ganaba.

-¡Dales caña!-le gritaban- Pochoto, Morón, ¡el gobierno es un cabrón!

Pero todo el mundo comete un error. Un día, más difícil todavía, largó una de las soflamas más apocalípticas y demagógicas de su carrera. Henchido de rabia, vomitó su mejor repertorio de denuestos e insultos a los que criticaban a su partido y convocó una cacerolada contra el gobierno. La atronadora división de opiniones convirtió el hemiciclo  en una escandalera. Pochoto, emocionado al aquel espectáculo,  se tapó la cara con las manos y, mientras se enjugaba el sudor de la frente con un pañuelo, pareció decir algo a un compañero de partido a micrófono cerrado.

¿Cerrado?…Eso creía él. Una mano invisible lo había activado de nuevo.

-No se cómo he podido hacer este discurso –se escuchó decir al bellaco ganavotos- Ayer vi otra vez Bambi con mis hijitas y aún no he podido superar la secuencia en que los cazadores matan a mamá cierva…

Qué vergüenza, qué oprobio para el partido. Aquellas palabras impresentables provocaron el rechazo radical de sus votantes. Y fueron, al cabo,  la tumba política de Pochoto Morón.

“Invictus”, pero flojitus

En esta película que ahora los cineastas llaman "biopic", Clint Eastwood parece por primera vez un cineasta blandito...

No le gusta a Homper ir al cine solo, pero pasó por delante de una sala de esas de palomitas y Coca-Cola en hora tonta y se tropezó con Invictus. Sospechando que pronto sería esta película parte del equipaje intelectual de cualquier tertulia o sobremesa medianamente ilustrada, y dándose la circunstancia de que el calcetín de su pie derecho era sistemáticamente engullido por el zapato y le estaba amargando el paso, pagó su entrada y entró  a sentarse en la pequeña fábrica de sueños.

Qué aburrida estaba la pobre taquillera.

Seis personas, seis. Afortunadamente ni siquiera las suficientes como para que la sala oliera a cotufas. En la misma semana, Homper revisó por la tele El intercambio para ver tres días después la última, y bien promocionada película, de ese mineral cinematográfico pulido en diamante llamado Clint Eastwood, uno de los ancianos portentosos que todos querríamos ser. Es difícil que ninguna cinta  suya sea mala. Invictus, que será mucho más jaleada que aquella, por ejemplo, resulta a su juicio bastante decepcionante. Pero  habla de Mandela y el fin del Apartheid, incluye dos buenas interpretaciones de Morgan Freeman y  Matt Damon y está trufada de frases y pensamientos tan nobles como forzados en un guión de dos horas. Del gran Clint se podía esperar una hermosura con alguna astilla  que le pinchara a uno en el fondo del alma, pero aquí todo es suave, amable y perfumado. No hay violencia alguna, y apenas tensión.

-¿Qué le ha parecido? –le preguntó la amable taquillera a la salida.

-Vaya-le respondió Homper con elocuente laconismo.

Comentó luego la película con la tía Clota, y esta fue mucho más expresiva. Dijo que ella había querido ser la Meriel Streep de Los puentes de Madison, una de sus películas favoritas. La mejor película de amor y desgarro de las últimas décadas. También adoraba al Clint de Million dollar baby y, sobre todo, de Gran Torino. Pero Invictus le había dejado fría, y no compartía el entusiasmo de la crítica por ella.

-Entiéndelo, tía-Mandela, Clint Eastwood, unir el deporte con la victoria de la democracia sobre el Apartheid…Es materia sensible.

-Tonterías, sobrino-le cortó la anciana- Es una demostración más de que más vale caer en gracia que ser gracioso. ¿No te parece que los diálogos podrían estar escritos por Leire Pajín?…

-¡Santo cielo!-dijo Homper llevándose las manos a la cabeza.

Se entiende su alarma. El Campeonato del Mundo de Fútbol de este año también se celebra en Sudáfrica. Pinchado el globito de Obama, la tentación Mandela puede ser la próxima  luz del taumaturgo de la Moncloa.

La caprichosa estructura del placer

¿Imaginan que este personaje de Friedrich, además de admirar este paisaje, hubiera estado haciendo uno de esos pises que tanto placer dan al cuerpo?...

Sueltas un pececillo de colores en el blog, se abre el debate, aparece el elenco de comentaristas habituales, lanzas la caña y sacas una merluza maravillosa. De la anécdota a la categoría en un pispás. Todo depende de la parroquia.

Al Duende a veces le acompleja el calado de las reflexiones que precipitan sus comentaristas. Quisiera ser filósofo de profundidad, y formular de vez en cuando una reflexión de peso para estar a su altura. Pero está la mañana resplandeciente, y aunque las noticias siguen siendo pesimistas, se le va a la cabeza a pájaros (ya verán por qué). Sólo, y por refutar levemente a uno de nuestros más conspicuos agitadores – con nombre de escritor de novelas de misterio-, diría algo que pretende explicar la debacle del estado de bienestar que se anticipa. Allá va: en este mundo donde la economía de lo superfluo se ha convertido en esencial, todos debemos engañar un poco a todos para sobrevivir. A ver cómo atan esa mosca por el rabo.

Ayer el Duende se entretenía estudiando la estructura del placer. De momento, ha llegado a la conclusión de que hay placeres simples y placeres compuestos. Pero nunca ha tenido claro si un torrezno recién frito o una de las Variaciones Goldberg de J.S. Bach –placeres simples- son menos gratificantes para los sentidos que una ensaladilla rusa o la muerte de Tristán, modelos de creación donde varios elementos se coordinan para obtener resultados asombrosos. A veces el placer sublime es una yuxtaposición de circunstancias que concurren en un instante mágico. Naderías bonitas, y muy oportunas, que si se atrapan al vuelo dan otra idea de lo que es calidad de vida.

Verán. Pasó el Duende el fin de semana en Asturias con sus amigos Félix y Begoña, en las verdes laderas de San Martín de Luiña En uno de los pocos ratitos que dejó de llover escapó corriendo a la playa de San Pedro de la Ribera. Había marejadilla. Cuando las olas rompen con violencia, la mar parece más sincera, el olor del yodo y de las algas se hace más penetrante y la marina se le antoja a uno más limpia. La barra iba del azul plomizo del agua aborregada  al violeta algodonoso de un cielo de temporal. Por el horizonte parecía que iba a asomar la proa del buque fantasma. El Duende recorrió la playa por el suelo de arena endurecida que le alisaba la marea baja, y se llegó hasta la desembocadura del río Esqueiro, en el extremo opuesto al camino de llegada. Allí se plantó frente a aquel cuadro digno del mejor Caspar Friedrich y se puso a escuchar la incomparable música de la mar agitada.

No fue bastante. Embelesado estaba cuando escuchó a sus espaldas otra musiquilla singular. Volvió la cabeza y se llevó la alegría de comprobar que venía de una bandada de jilgueros que picoteaban y revoloteaban por la orilla del río. Cuánto tiempo hacía que no los veía ni escuchaba su canto, les creía huídos del desarrollo, pero allí estaban, frente al mar, dando su pintoresca fe de vida.

Y aún hubo más. Un vaso de agua al despertar, un café, un zumo, otro café. A veces el Duende se echa a la naturaleza y se olvida de que los riñones siguen trabajando. Pero qué diablos, quién iba a haber por ahí espiando, con ese día, qué otro loco iba a estar enhebrar la marina bravía,  el buque fantasma, las atmósferas mágicas de Friedrich, y los huidizos jilgueros. Estaba solo, era completamente libre, y sólo sentía, por añadidura, unos deseos irreprimibles de hacer un inocente, pero largo, larguísimo  placentero pis inexplicablemente contenido hasta ese momento tan especial.

Y, totalmente desinhibido, descubrió  otro componente eventual de  la singular estructura del placer compuesto.

Caídos del guindo

El peligro de la utopía es que al final te caes del guindo...-No hay derecho, no hay derecho-se decía el contribuyente Bonifacio- ¡Qué estafa!

La culpa quizás era suya, por su infinita predisposición a la utopía. Pero tampoco había que olvidar la responsabilidad de aquel seductor de masas que se acostó una noche como idealista de receta y se levantó al día siguiente convertido en el nuevo conducator del país.

-De momento –dijo en su discurso de investidura- prometo que cada metro cuadrado de suelo agrario producirá un jamón de pata negra, diez kilos de frambuesas, tres gallinas de Guinea y  un saco de dátiles de Basora.

-Señor presidente- le corrigieron amablemente los técnicos del Ministerio de Agricultura- Mucha promesa es esa. Por rico que sea ese metro cuadrado de suelo, no será suficiente para alimentar a un cuarto de cerdo, a tres gallinas de Guinea, a las plantas de frambuesa necesarias y a una ‘palmera datilera. Por cierto, ¿no sirven los dátiles del  Palmeral de Elche?… Además, apenas tenemos agua para la agricultura.

-No es problema –dijo el hombre providencial con una sonrisa seráfica- Ya he hablado con el Servicio de Cartografía  para que añada nuevos ríos a nuestras cuencas. Aquí se ha acabado la miseria.

No contento con sus logros, también propuso cambiar la luna.

-Cuando está llena, su redondez es como una moneda. Símbolo inequívoco de la codicia de los banqueros…A partir del próximo mes, la luna llena lucirá sus bordes dentados, como la rueda de Tiempos modernos, que son los que corren,

En su generoso diseño del estado de bienestar, el estadista imbatible se comprometió a que cada cual trabajase según su voluntad, y cobrase según sus ambiciones. Y aún fue más lejos.

-Todo contribuyente tendrá asegurado un amor maravilloso.

En enero el cielo se cubrió de nubes moradas,  se desató la tempestad con vientos de ciento veinte kilómetros por hora y el hombre providencial  se cayó del guindo. En las fotos de su conferencia de prensa se le veía el mal cuerpo de un pollo de alcaudón prematuramente arrojado de su nido. El contribuyente Bonifacio le miró con mal contenida ira.

-No hay derecho- protestaba mordiéndose los puños- ¡No hay derecho!

Lo peor no es que le acabaran de anunciar que debería de trabajar dos años más para jubilarse con una pensión. Lo peor es que a la mujer que le gustaba le había salido bigote, y se pasaba el día escuchando a todo volumen la discografía completa de Georgi Dann.

Ferrán Adriá en el país de Alicia…

Lloramos porque cierra el Bulli y bramamos porque soñamos con la felicidad sin costes...¿Por qué no entienden que sólo queremos el país de Alicia?...

Dice Doña María que la reacción de su Bloque los Arándanos, mayormente obrero, no se ha hecho esperar. En muchas ventanas aparece una sábana blanca con un crespón. ¿La causa? Ya la podemos imaginar: cierra El Bulli.

-Vamos que vamossuspira en una pausa de la fregona- No se dónde vamos a llegar…

Desde que la crisis asomó su fea jeta habrán cerrado cientos de miles de empresas, cantidad de pequeños negocios, multitud de fábricas y talleres. Estamos casi en los cuatro millones de parados. Pero el dato que airean los periódicos y los informativos y elevan hoy a la categoría de portada es que  el fenomenal artista de lo efímero, el pontífice del hedonismo, uno de los diez españoles más famosos del mundo, Ferrán Adriá, se lo ha pensado mejor y cierra la Meca de los gourmets. Él dice que para viajar, recargar baterías y seguir evolucionando en el birlibirloque de la gastronomía. Otros subrayan sotto voce que los beneficios del negocio habían caído a la mitad.

-Vamos que vamos –insiste doña María- ¡Santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo!…

Consternación es la palabra. En un país tan ideal como España nadie puede superar que este refinado templo de la cultura más exquisita cierre sus puertas. Incluso al Duende le tiemblan los dedos ante el teclado del ordenador, mientras escucha por la radio que los barandas de Cataluña y de Castilla la Mancha dicen que nones a los cementerios nucleares. Calentitos y con luz eléctrica, sí. Pero basuras peligrosas, ni de coña.

-Vamos que vamos- comenta doña María mientras comparte el café de media mañana con su vecina Jocelyn- ¿Pero no nos han enseñado a  tener la mula y los mil ducados?…

Quería decir el sueldo del general y la verga del teniente, pero ella, aunque de campo, es fina de espíritu. Como nuestros políticos, que venden lo imposible cuando están de elecciones y luego te tratan de sodomizar con el amargo, y tal vez único, posible. Quizás la doña no atina a ver que España, naturalmente, es un gran país. Y, por ende, un gran, enorme paraíso de la ingenuidad. Así nos lo vendieron: España, el país donde la gastronomía  es más arte que ningún otro y donde la energía quiere ser sólo beneficio, y nunca problema. El país de  Alicia en el país de la maravillas.

Aunque ahora, velay, ya no mole tanto.

Los pequeños imponderables

¿A quién no le llueven los imponderables?...

Fue comparable, en su opinión, al día en que se despidió para siempre de Elvirita. Había quedado con su compañera de oposición para fugarse juntos a  pasar el fin de semana a Salamanca,  y dio la mala suerte de que cuando salía con su maleta  una avería y la ausencia de vecinos que oyeran sus gritos le dejaron encerrado siete horas en el ascensor. Se desataron sus nervios, se estropeó el fin de semana, se frustró la fuga, naufragó aquel idilio secreto. La cosa sucedió hace más de cuarenta años. Los imponderables de la vida misma.

-Fue una de las primeras veces que me quedé estupefacto comprobando hasta qué punto el destino depende de chorradas- confesó Homper- Pero lo de hoy…

Lo de hoy, según le contó al Duende mientras tomaban café, fue así. Se iba a cocinar unas ensalada de judías verdes templadas con gulas. Había preparado las judías en juliana con un cuchillo sueco de los que cortan con sólo su peso, y no había pasado nada. Pero, ay, hervidas las judías y puestas sobre una fuente, no le quedaba más que abrir una pequeña bandejita de gulas ya guisadas, calentarlas en su aceite en una sartén y volcarlas sobre el verde lecho. Nada más y nada menos. En una esquinita de la tapa de plástico termosellada, je, había una lengüeta con un ominoso letrerito: abrefácil.

-Abremierda- rezongó Homper mientras mostraba  indignado su mano izquierda vendada- Primero tiré de la lengüeta, como recomienda el envase. Imposible que aquello se abriera. Luego, desesperado, tuve que utilizar el cuchillo como la madre de Norman Bates…Y no asesiné a Janet Leigh en la ducha, pero me acabé cortando un tendón…Las judías con gulas se regaron con sangre, un bodegón de Pinazo vistoso, pero muy macabro. Y pasé dos horas en urgencias…

Homper  volvió a exhibir su mano vendada mientras su gesto afectaba frustración..

-Ya ves, amigo –suspiró- Aquella misma tarde había quedado a tomar café con Elvirita…No la había vuelto a ver, se que enviudó, que  es una abuelita  a punto de jubilarse y que conserva un cierto encanto otoñal. Lo tenía todo planeado: al cabo de un ratito, después de lamentar que el ascensor me gastara aquella mala pasada, iba a coger sus manos entre las mías… En mi época lo llamábamos hacer manitas. Pero…¿se puede hacer manitas con las manos vendadas?…

El Duende lo entendió. Comprendió que la vida está llena de  pequeños imponderables. La tarde anterior había reunido a sus hermanos para visitar la tumba de sus padres y merendar después un chocolate con roscón. No lo hacen nunca, pero se le ocurrió que aquel era el domingo apropiado. Del palomar del Duende a la Sacramental de san Isidro sólo hay un agradable paseo por el parque que les separa. No tendría la pasión del reencuentro con Elvirita, pero aquel grupo caminando con un ramo de siemprevivas sería una de esas  curiosas secuencias de Woody Allen donde se habla mucho y, entre bromas y veras, tanto se toca la muerte como las rebajas o el abrefácil de los envases modernos.

-Tampoco salió el plan –se lamentó el Duende- Antes de que llegaran se me ocurrió llamar al cementerio,  y me dijeron que desde hace un mes los camposantos en Madrid se cierran a las  tres. El caso es que merendamos tan ricamente, hablamos de lo divino y lo humano…Pero me dejaron las  acusadoras siemprevivas en casa con el encargo de que las llevara yo y que excusara su ausencia, porque ellos viven lejos y no tienen tiempo para volver al cementerio. Ya ves el plan, amigo Homper…

El Duende pagó los cafés, se levantó y sacó de debajo del velador una bolsa de El Corte Inglés por la que asomaba el ramo de siemprevivas.

-Siemprevivas, siempremuertas. –masculló- No las puedo soportar ni un minuto más en casa…¿Me acompañas? Es un agradable paseo…

Y por el parque de San Isidro, en aquel soleado y frío lunes de enero, fueron vistos dos señores de abrigo y sombrero caminando hacia el cementerio. Uno iba con una mano vendada, y el otro con un ramo de siemprevivas. Aunque, como el resto de los mortales, sólo llevaban sus particulares imponderables.

El hombre del Vacheron Constantin

Probablemente, el amor es mirar el reloj y ver sólo en él a la persona amada...

Aquel amigo de Homper lo había ganado casi todo. Pero estaba empeñado en que su abuelo le heredara en vida uno de los primeros modelos de reloj con cronógrafo –entonces probablemente se llamaba cronómetro- de la acreditada marca suiza Vacheron Constantin. Hubiera podido comprárselo tranquilamente, pues desde que cerró muy de joven su primer negocio, este hombre no había hecho otra cosa que ganar dinero a espuertas. Pero no, tenía que ser necesariamente el reloj de su abuelo.

-Ese reloj tiene historia y literatura- decía- El abuelo fue compañero de vuelo nocturno de Antoine de Saint Exupery. El escritor francés no se fiaba de su reloj, porque era de fabricación alemana, y no se llevaba bien con los alemanes. Así que, siempre que podía,  confrontaba lo que decían sus manecillas con lo que dictaban las del  reloj del abuelo.

Como aficionado a los relojes,  el amigo de Homper nunca había perdonado las tropelías que en nombre del arte se había hecho con ellos. Dalí los derretía en algunos de sus cuadros, mientras que  Ingmar Bergman se había atrevido a despojar de sus manecillas a un reloj de pared que aparecía en Fresas salvajes, una de sus más ácidas películas de la primera época. Nunca supo qué insinuaba el director sueco en esa imagen tan desasosegante, pero recordaba las obsesivas pesadillas que le provocó durante años. Tanto escrúpulo y tan singular sensibilidad para con los relojes no se compadecía con sus implacables métodos para conseguir lo que se proponía en la vida. Antes de que la demencia senil del abuelo fuera oficial, él aprovechó una tarde de desvaríos para apañar una sospechosa donación del Vacheron Constantin en su favor. El resto de la familia se indignó, y se lo reprocharon siempre. Pero él se salió con la suya, y a partir de entonces vivió tan pendiente del reloj como de sus negocios.

En su mirada a la esfera se concentraba su visión de la vida, un tiempo en el que contaban los días,  las horas, los minutos, los segundos y hasta las décimas de segundo sólo para marcar los pulsos de lo que debía ser una misión de éxitos y triunfos. La fortuna de aquel hombre creció hasta límites insospechados. El viejo Vacheron Constantin le acompañaba infalible, anunciándole con precisión, y cada vez más frecuentemente, el momento exacto en el que él conseguía un nuevo pelotazo.

-No hay placer más intenso que mirar en el reloj del abuelo y constatar que en ese mismo momento crece el estado de mis cuentas-se decía.

Pero apareció Patricia.

Nunca hasta entonces había tenido aquel hombre tiempo para el amor. Entre otras cosas, porque consideraba que era una flaqueza propia de poetas sin porvenir. Nunca había tenido problemas con el sexo opuesto. O seducía a las mujeres, o las pagaba, siempre con una mirada puesta en el Vacheron Constantin. Hasta que apareció Patricia, una chiquilla menuda, pero tan bella y proporcionada, tan inteligente y sensible y, sobre todo, tan divertida, que resultaba sencillamente irresistible.

-Es grave –le confesó a Homper- Creo que siento debilidad por ella. A su lado no siento el tiempo…

Homper se escandalizó. ¿Pero cabe en este hombre alguna luz de ternura? Sin embargo su amigo fue dejando de mirar la pequeña esfera del contador de décimas de segundo. Y luego  la de los minutos. Y a continuación la de los treinta minutos. Hubo un momento en que le sobraban las manecillas. Primero las largas, y, al cabo, la que marcaba las horas y, finalmente, el calendario de los días. El Vacheron Constantin seguía aparentando lo mismo, peo después de haber conocido a Patricia la precisión mecánica de sus tripas carecía de sentido.

El obseso de Vacheron Constantin voló a Ginebra, se presentó en la sede de la compañía relojera más antigua del planeta y pidió que le pusieran en contacto con el mejor experto en modelos históricos.

-Este reloj es la segunda cosa más importante de mi vida-le dijo mostrándole el precioso modelo que rapiñó a su abuelo- Y lo seguiré llevando siempre. Pero necesito que desactive todos los marcadores. El calendario, las horas, los minutos, los segundos, las décimas…No quiero ver en ni un signo del tiempo.

El relojero, un hombre con bigotes de otro siglo, levantó los ojos por encima de sus gafas.

-Este reloj es una joya- dijo- ¿Y me pide usted que lo desnaturalice?…

-Tómese el tiempo que necesite. Y cóbreme lo que haga falta, pero haga lo que le digo.

Pasaron dos meses durante los cuales el hombre del Vacheron Constantin llevaba la muñeca desnuda. Hasta que recibió el aviso de que el encargo estaba listo para su entrega.

-Aquí lo tiene-dijo el relojero alargándole la caja mientras que, con un movimiento de cabeza, subrayaba el absurdo que acababa de cometer.

El amigo de Homper  abrió la funda, vio el cadáver del reloj del abuelo y sonrió. Las manecillas habían volado. Las microesferas de los distintos marcadores no se movían. El calendario estaba en blanco. Y, sin embargo, aquella prodigiosa  maquinita, a diferencia del reloj de Fresas salvajes, no inspiraba desasosiego y miedo, sino una indescriptible sensación de paz y felicidad.

-Perfecto, perfecto, ¿no lo ve?-dijo mostrándoselo al propio relojero, que aún se mesaba los cabellos apesadumbrado.

El relojero negó. Él no era capaz de ver nada, pero el amigo de Homper, el fanático del Vacheron Constantin del abuelo, veía en la esfera blanca a Patricia. Y era completamente feliz, porque todo el tiempo era ella, y sólo ella. Y él no necesitaba más medida de los segundos, los minutos, las horas y los días que mirarla y sentir que otra vida nueva le empezaba en cada instante.

Gila en el FBI

A veces, este mundo tan serio parece el mundo según Gila...

-¿Es el  jefe?…

-…

-Vale…Soy Miguelín, el de los retratos-robot…Que como me habían encargado el del Bin Laden ese, pues es para decirles que ya lo tengo…

- ….

-Me ha quedao muy majo, sí. ¡Tó profesional!…

-…..

-¿Qué cómo lo he hecho?…Mu sencillo, primero me dije;: este es morenito y con barba…Para dar con el modelo, iba a tirar de mi primo Bonifacio, que es representante de una fábrica de alabastros, y ha ido mucho por Oriente Medio con el muestrario…Ya sabes, los jeques, que son muy buenos clientes.

-….

-¡Claro!…Y como además está delgado, y le han salido canas,  me dije: este me va a quedar clavadito…Pero resultó que tenía que ir al urólogo, porque está de la próstata, y no pudo venir.

-……

-Sí…Y entonces tiré de archivo y me encontré a Llamazares…Mucho no se parece, pero como luego, cuando se deja fotografiar el de verdad, lleva  puesta la toalla esa en la cabeza y las gafas de sol, se dan un aire…Le pones ante una cámara con una metralleta y amenazando que va arrasar el Capitolio o la Casa Blanca, y te lo crees…¡Acojona!…

-….

-¿Enfadarse?…No creo…¡Si luego sólo van a matar al de verdad!…

-….

-Claro…Además, como siempre va de antiamericano…

-…..

-Pues nada, para servirles. ¡Todo profesional!…Y si hay que ponerle cara al Ahmadineyad, que está muy pesado con las bombas atómicas, me lo digan…¡Tengo un churrero en el barrio que es su doble!…

-…..

-Bueno, Amadineyad es más bajito, y es verdad que el churrero juega de pívot al baloncesto…Pero como la foto-robot se hace sentado, no se nota…

-…..

-La factura…¿puede ser sin IVA, ¿eh?…Por ayudar al ministro Corbacho, ya sabe, que luego hay que encontrar subterráneaos para justificar el porcentaje que ha dicho y no los encuentras…

-…

-¡Lo que yo le diga!…Este es un país muy poco serio, oiga…

Dice Homper que, cuando se supo la chapuza del retrato-robot de Bin Laden/Llamazares, se quedó, una vez más, estupefacto.

-La vida suele superar a la ficción -le comentó a su anciana tía, nacida en un pueblo de Granada y hoy ciudadana de los Estados Unidos.

Y tanto él como la tía Clota pensaron que Gila había resucitado para colaborar con el FBI.

Un éxito de la buena educación

La buena sangre, el cariño y la educación hacen excelentes personas...

Dicen las novelas y las revistas de la época que entonces en España había muchas Pilares. Y  que a buena parte e ellas se les llamaba Pili o, más ñoñito aún, Pilarín. En 1960 el Duende tenía una prima Pilar de las que se había quedado en Pili. Se la podría describir como si fuera una heroína de novela de Jane Austen: rostro muy del gusto romántico, piel blanca y fina, labios marcados cabello oscuro ensortijado y una figura, en conjunto, delicada. Era verdad, parecía la inspiración de un bibelot de porcelana o el retrato de una musa de Lord Byron. El Duende, que era entonces un aprendiz de adolescente, la tenía entonces por modelo de prima mayor guapa. Lo cual era muy importante, porque antes de que se inventara el primo de Zumosol en el cole se presumía de otras cosas.

-Pues mi padre tiene una moto con sidecar-decía uno.

-Pues mi hermano mayor lanza jabalina más lejos que nadie-decía otro.

-Pues mi prima Pili es muy guapa –se defendía el Duende- Y además, en su boda hubo langostinos.

Sirvieron langostinos en aquella boda de los años cincuenta. Para las hermanas del Duende, que eran las cronistas sociales que le informaron, aquello era un lujo de príncipes imposible de ocultar.

Al contrario de lo que decía la canción, también de la época, la prima Pili no murió muy joven para amar. Ya estaba casada y era madre de cinco hijos. Murió demasiado joven para morir. Sólo había cumplido treinta y dos años cuando una mala anestesia después de un simple raspado de matriz acabó con su vida. Su viudo se llamaba Carlos,  y era un abogado de Valladolid que se parecía a Marcello Mastroianni. La prima Pili murió un dos de enero, sólo cuatro días antes del día de Reyes. El Duende andaba por allí, impresionado por el cuento roto de la prima guapa convertida en un cuerpo pálido yacente. Los niños no entendían nada, y el Duende se preguntaba cómo crecerían esas criaturas sin  mamá.

Aparecieron la abuela Marina y las tías Mary –la aprendiz de escritora tardía de la que ya habló el Duende- y Tere. También aparecieron los Reyes Magos. El Duende ayudó a poner  sus regalos en los zapatos: un balón de fútbol de esos que aún tenían cordones, un triciclo de madera, una muñeca para María, la única niña, que era una muñeca de caolín en sí misma. Y una primitiva maquinita de cine cuya marca se decía algo así como Cine Mig.

-Siempre te recordaré  desesperado dándole a la manivela para que funcionara –recordaba divertido el doctor Fernando Baró mientras veía la osamenta del viejo Duende en unos rayos X de ultimísima tecnología.

El doctor Fernando Baró, segundo de los hijos de la prima Pili, es un eminente traumatólogo de Valladolid que ha abierto las puertas de su clínica a los alifafes del Duende. Tanto Fernando como sus hermanos son hoy unos magníficos profesionales. Tuvieron una infancia dura, pero se han ganado la vida muy bien, y todos han formado familias estables que parecen felices. Durante más de un cuarto de siglo, y luego de que se vendiera la finca de la familia donde coincidían, apenas se han visto con él. Pero ayer le recibieron con una alegría y una generosidad que le llegó muy dentro al Duende. Pasaron de los huesos y cartílagos al lechazo y al Ribera del Duero, y se despidieron con un fuerte abrazo. La terapia se completó con esa medicina mágica que se llama cariño.

Y el Duende se acordó de su prima Pili, muerta, tan guapa, en plena juventud Y del gran trabajo que, en su ausencia, habían hecho en su familia la buena cuna y, sobre todo, la excelente educación.

Andándose por las ramas

Cordones, sacapuntas, sombreros. Y el Duende sigue andándose por las ramas...

Detesta el Duende recurrir tan a menudo a los refranes, a las citas y a las frases hechas. Le parece el recurso típico del que no sabe qué decir y quiere decirlo alardeando de lo que carece. O sea, de cultura y de estilo. Lo detesta, pero lo practica mucho: manca finezza. Qué país, Miquelarena. Lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible. Houston, tenemos un problema…

Antaño –que ya van siendo muchos, muchísimos años- los columnistas de postín se distinguían por  administrarlas con destreza para afectar ingenio y retranca. Piensa el Duende que ahora ya no cuela. Aunque siga cayendo en la socorrida vulgaridad.

Por ejemplo: genio y figura hasta la sepultura. Discutible tanto lo primero como lo segundo, aunque suela ser verdad que uno es lo que es  por el carácter, y que la vida le modifica lo justito. Quién te ha visto y quién te ve. Sólo a veces. La cosa es que hoy cambiaba de año, y procurando hacer memoria de los tres primeros pensamientos que habían copado su aniversario, llegaba a la conclusión de que en nada le desdecían.

El primer pensamiento le sobrevino quitándose el pijama, modelo tradicional de aquéllos con cordón a la cintura  que es preciso anudar y desanudar para ajustarlo como es debido. La sorpresa de comprobar que a estas alturas del progreso los cordones no hayan sido sustituidos definitivamente por los elásticos. Y la curiosidad de preguntarse: ¿cuántas horas, y quizás días, de una vida se habrá pasado uno atándose el pantalón del pijama? Y si a eso se le añaden los lazos, los cordones de los zapatos, los de los paquetes, o los de los rollos de carne asada…¿qué parte de la propia existencia se le va a uno entre nudos?

El segundo pensamiento era la enorme dificultad que es alcanzar la perfección. Se lo sugirió  la mina  rota del lápiz que pretendía afilar. Qué difícil es sacar el afilado perfecto del al primer intento del sacapuntas. Cuánto grafito roto se queda en el camino para conseguir una punta que siempre queda ligerísimamente mocha. (Inevitable recordar aquel sacapuntas de manivela que aparecía anclado en el pupitre del profesor: ese sí que afilaba bien).

Finalmente, más que un pensamiento, una duda. El Duende hace tiempo que se ve en la edad del sombrero y busca el perfecto para el tiempo frío. Los que le encajan en la cabeza, le moldean el cabello que le queda y se lo dejan con forma de flan de arroz. Los que le gustan por holgados, se le vuelan con el viento. Y luego están las dudas estilísticas: el Borsalino, el flexible, el Stetson, el de fieltro agansterado, el modelo Indiana Jones el de cazador, el de tweed blandito…Sus preferencias van por este último tipo, aunque lleva buscándolo todo el invierno y no lo encuentra a su gusto. Efectivamente, hay cuestiones mucho más importantes en la vida de un hombre. Pero quién es capaz  de controlar lo tradicional de este duende, que es andarse por las ramas…

Dolor cercano y horror lejano

¿Qué ha hecho el pobre Haití para merecer ésto?...

Al despertar hoy, el mundo le daba vueltas al Duende. Vértigo, presión de las cervicales, empanada cerebral, vaya usted a saber qué. La salud toma sus rumbos según le peta. A saber lo que dirá la medicina, si tiene palabras para todos y para todo. La moral, por el contrario, denuncia el insolente protagonismo del yo como eje del planeta. Qué desfachatez, priorizar las propias miserias del cuerpo y del alma cuando escuchas las primeras noticias y te enteras de que el seísmo se ceba con el país más pobre de América. Cien mil muertos por un calentón de las placas tectónicas en Haití, donde la renta media por habitante y día no daría en España para comprar un billete de metro.

-¡Ay qué pena! –modelo de comentario en cualquier sala de espera de un ambulatorio- Pero me he levantado yo con unos mareos que…

Ojos que no ven, corazón que no siente. Mi molesto uñero puede ser un dolor más sensible que una hambruna o un terremoto canalla del que, al cabo, nadie nos podrá culpar. Además: ¿quién quiere eso?…

En su juventud, el Duende leyó un libro del filósofo católico francés Jacques Maritain, que trataba de explicar el por qué del mal humano sin detrimento de lo que llamamos Dios. No lo llegó a entender.  En casos tan pavorosos como el de Haití, así es inevitable recordar una frase  de Lobo Antunes que pone los pelos de punta: el azar –o el terremoto en este caso- es el pseudónimo que emplea Dios cuando no quiere dejar su firma.

Menos mal que, como es todopoderoso, a grandes males pondrá grandes remedios.

El chaleco imperfecto de Dios

Señor, Señor...Hasta los chalecos de pura lana virgen son manifiestamente mejorables.

Según un teólogo alemám – que no quiere revelar su nombre por discreción, pero  que dice haber estudiado bien el tema- cuando Dios culminó la creación, y antes de complacerse en ella, se puso un chaleco de pura lana virgen.

Las ovejas se sintieron entonces  muy reconocidas y felices, pues su lana agradaba a Dios. Y Éste creía que la lana era buena, y que lucir un chaleco de esta fibra natural era un argumento más que avalaba la perfección de su obra,

Pero antes de llegar a esta convicción, observó decepcionado que a pesar de la garantía de marca, la lana hacía pelotillas.

Suspiró profundamente.

-Ay, amigo- se dijo-¡Tanto trabajo para esto!…

Y se propuso que,  si volviera a crear otro mundo, prohibiría que los chalecos de `pura lana virgen hicieran pelotillas.

Caprichos de un cerebro caótico

Un cerebro es una esponja que lo absorbe y lo resgistra todo. Pero también un caos...Lo contará el Duende como si fuera una película moderna. Guerra al academicismo. Si  tienes muchas cosas en la cabeza y no te apetece ordenarlas, invéntate licencias. El caso es que se le apareció el ángel de la guarda y le pidió explicaciones. Por respeto a la  Ley de Igualdad, el ángel era una angela o una angelesa –ahora se dice cualquier tontería y no pasa nada-, y se parecía mucho a Audrey Tatou. El caso es que le exigió que justificara tantos días de silencio.

-No eres un Vicent ni un Muñoz Molina-le reprochó la angelesa- Pero si quieres  ser leído, tienes que dar señales de vida.

Señales de vida. La vida del Duende es un tanto desordenada. Desordenada, que no licenciosa. El ángel o la angelesa se parecía a Autrey Tatou, decíamos, y él, naturalmente, no se pudo resistir. Se puso a escribir, de lo que fuera. Y en el desorden natural que guía su pensamiento cupo un poco de casi todo.

No lo cuenta casi nunca, pero de repente este fin de semana que, entre la salud del tiempo y la del cuerpo, pasó muchas horas en el campo no haciendo nada, advirtió cómo la mente, o al menos la suya, va de una cosa a la otra constantemente, y sin reparar en jerarquías de importancia. Del recuerdo a la consideración presente. De un apunte práctico a un suspiro que es un confetti de la imaginación. De repente echaba diez minutos embobado en una voluta del fuego de la chimenea. Luego se acercaba a la ventana y, para su pasmo, veía retozar, con este frío, al carbonero, al petirrojo (o es el pinzón, con su pechuga anaranjada, que no lo tiene muy claro: en el campo de  su infancia le llamaban tintín a uno y chamarreto al otro, pero no anotó bien las diferencias). Y al mirlo, y al rabilargo, que si  no están a cerezas están a aceitunas.

Cuando despuntó el sol salió de paseo a desentumecer el cuerpo, con su pequeña sierra y sus tijeras, aprovechando el frío para podar y guiar robles y castaños. Antes de que se echara la nieve, quemó ramas, hojas secas y  maleza para limpiar el monte. Qué delicia calentarse con una fogata  al aire libre. Y entretanto, querida angelesa, la cabeza dando vueltas como una batidora a las reflexiones, los problemas, las esperanzas que cada quisque procesa como puede a lo largo del día.

Qué curioso, querida Audrey. Por qué,  en ese torbellino de ideas que pasan por un cerebro inquieto siempre, aparecieron este fin de semana  por el del Duende sensaciones tan distantes como el horror y la maravilla, el espanto y la sorpresa, la negrura de la muerte y el pálpito emocionante de una vida que empieza. No te lo creerás, angelesa de la guarda, pero el Duende te habla nada menos que de Stalin y de una niña llamada Camila, un añito con andares de zombi, lengua de trapo y curiosidad inagotable por todo lo que ven sus ojitos. El por qué del monstruo y la niña inocente en secuencias cerebrales próximas habla del caos de la mente. Por una parte el Duende acababa la lectura de El Imperio, del gran  Rysziard Kapuzinsky, una apasionante  crónica de lo que fue el imperio soviético y otro alegato más contra el bellaco al que por fin la historia pone en su sitio. Por otra parte, empezaba a descubrir a una criatura que no tiene ni año y medio, pero que es feliz porque sólo sabe ver lo bueno de la vida.

Camila lo señala todo y lo intenta decir a su manera. Su padre, Juan, un padre moderno que sabe estar a las duras y a las maduras, lo mismo le cambia pañales que le enseña el bello nombre de las cosas. Juan estudió en Inglaterra, y ha decidido hablar a su hija en español y en inglés, de manera que la criatura igual se emociona ante un caballo, una cabra o un pato que con el horse, la goat o el duck. Al abuelo sólo le dice olo. Y éste no sabe qué tiene que ver esta tontería con el sentido de un blog ni con el deseo de contar algo para que lo lean, con la cantidad de cosas interesantes que hay en los libros. Pero ya anticipó que su cerebro es un caos, y que si tiene que escribir de lo que piensa, ha de dar salida a estas observaciones tan opuestas. Stalin y Camila, el horror  del conocimiento de la historia y la ternura de un ser humano que rompe a andar. Las sombras y las luces de la vida misma

La nieve sugerente

Tras los copos se ve mucho más que un paisaje nevado...

Nevaba en Madrid.

Había poca gente en la calle y en las tiendas, pese a ser el primer día de las rebajas. Glorioius day para la sociedad de consumo. En vacas gordas, claro, que ahora andan magras. Aún a pesar de los esfuerzos del Corte Inglés, ya les digo, la ciudad metida en casa. Qué haríamos los madrileños si en lugar vivir en el sur de Europa nos hubieran puesto Madrid donde el blanco meteoro –qué cursilada, para no repetir otra vez la hermosa palabra que es nieve- fuera lo habitual en invierno.

Se imaginaba el Duende a todos los que no estaban en la calle alrededor de ese calor ya olvidado del brasero. Invento borrado de la memoria: hace poco mencionó la palabra badila entre  gente que no cumpliría ya los cuarenta y no sabían a qué se refería. Badila: utensilio de metal en forma de pala pequeña para remover las brasas. Perteneciente o relativo, añadiríase, a aquellos inviernos en los que el grajo siempre  volaba bajo. Dios, qué frío hacía en la niñez que le tocó vivir al Duende.

Nació en una casa antigua de grandes balcones y techos altos. Heladora. Sólo había una salamandra en el hall y un par de braseros por toda calefacción. Aquel frío unió mucho a la familia. Apenas se comía o se cenaba, se enfilaba el pasillo, se hacía un alto en el hall para calentarse la espalda en la salamandra y se corría después a coger un buen sitio en la camilla. Todos juntos alrededor del brasero, arropados por las faldas que guardaban el calor del cisco, escuchaban a Gila o al Zorro por la radio, mientras el abuelo Pablo consumía ceremoniosamente la última pipa antes de retirarse  a la cama.

Cómo se olvidan las pequeñas miserias de los tiempos que luego creemos que fueron más felices. Ayer mismo José Pedro Sebastián de Erice, un amigo del Duende que por ser hijo de diplomático y diplomático él mismo, viajó desde niño, recordaba un viaje  a Ginebra en un Citroën Once Ligero. Era  el cinco de enero de 1953 o 1954. Resulta chocante recordar que entonces un buen automóvil como aquel modelo que popularizó el general De Gaulle carecía de calefacción. Forrados de abrigos,  bufandas, gorros y manoplas de lana, envueltos en mantas. Así viajaban los intrépidos viajeros invernales de la época. Ah, y con un termo de café con leche caliente y una bayeta a mano para desempañar continuamente el parabrisas. Postales antiguas que hoy se antojan entrañables.

Nevaba el siete de enero en Madrid. Y se dio el Duende el lujo de contemplar la tarde a través de la nieve racheada que le daban al paisaje urbano el encanto de otros tiempos. Se dejó llevar por la deliciosa pereza de no hacer nada. Solo mirar e imaginar. Se acordaba del misterioso Rosebud que musitan los labios del Ciudadano Kane moribundo, mientras cae de sus manos una bola de cristal con nieve. Rosebud era el nombre del trineo en el que se deslizaba de  niño. Los sentimientos, que siempre aparecen tras los visillos intermitentes de los copos blancos.

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