El Atlético te hace más que fuerte

Imagen que tomamos prestada de chotysalazarpmmc.blogspot.com Suponemos que estarán tan contentos que no se molestarán porque nos tomemos esa confianza

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Suponemos que estarán tan contentos que no se molestarán porque nos tomemos esa confianza

1

-Venga, Peque –le dijo su padre- Bájate los cascos de cerveza y los tiras en el contenedor, que hoy sí que estarás contento.

Como el Peque era un buen muchacho y un bienmandado recogió el bolsón de IKEA donde iban a parar los envases de vidrio e hizo lo que habitualmente en estos casos: acercarse al contenedor verde e imitar a Pau Gasol encestando por el agujerito, uno a uno, los innumerables  cascos de cerveza que había que eliminar después de cualquier partido de fútbol.

-¡Joder, otra vez!- exclamó mientras un goterón de cerveza le recorría la parte inferior del brazo derecho en dirección al sobaco.- Si se criaron con tanta austeridad como dicen…¿por qué no apuran toda la cerveza antes de tirar el casco?

Desde sus jóvenes y un tanto ingenuos catorce años el Peque sacó del bolsillo un pañuelito de papel, se limpió como pudo la pringue cervecera y se dijo que no comprendía a los mayores. Se habían pasado buena parte del partido contraponiendo lo miserable que era la España de su infancia con el despelote de gasto que trajeron los años de falso esplendor y ahorano tenían el detalle de bebérselo todo antes de desechar los botellines.

-Mira que se lo he dicho veces, leche- rezongó entre dientes.

2

El Peque era el menor de una familia de cinco hijos. Nació por uno de aquello errores de cálculo distanciado once años del hermano precedente, o sea, que no le sirvió de nada  llamarse Bruce en homenaje al boss, al que tanto admiraban sus padres, porque siempre fue el pequeño, y con Peque se quedó como único nombre. Mimado, sí. Pero para los efectos, el último mono, el chico de los recados. Los padres del Peque hacían de pegamento en una complejo organigrama familiar que incluía una bisabuela en silla de ruedas con la cabeza funcionándole como un Omega, dos abuelos maternos en buena forma, seis tíos con sus respectivas parejas y una ristra de primos y primas que se juntaban en el chalé de su padre en número variable según la categoría del evento deportivo que se transmitiera por la tele.

Y el de esa noche había sido uno de alta expectación.

3

-Aún recuerdo lo emocionada que estaba mi madre la primera vez que pudo votar- había comentado entre suspiros la Bisa a lo largo de la noche- cuando alguien habló de lo difícil que es cumplir sueños.

Los mayores son así-pensaba el Peque. Dan el coñazo con el rollo de la austeridad  y con lo que sdespilfarraron las autonomías y Zapatero, pero al tiempo recuerdan sus sueños cumplidos. Eso sí, luego voy yo, les digo que no quiero ni un culín de líquido en las botellas vacías y como quien oye llover.

A lo largo de la velada, entre un ¡ay! por ese entradón a los tobillos un uy por esos balones al poste, un oh por las paradas de Courtoistres explosiones de júbilo por los goles y varios mierdas repartidos entre los numerosos madridistas, muchos de los mayores habían contado algunos de sus sueños cumplidos. Quién la llegada del hombre a la luna, quién las primeras elecciones libres que trajo la democracia, quién la caída del Muro. A la abuela Pilar le emocionó que el papa Juan XXIII le regalara un rosario bendecido de su mano, al abuelo la primera moto Sanglas que se pudo comprar con sus ahorros, a la tía Elena el autógrafo que le firmó Charlton Heston cuando vino a Madrid para rodar El Cid, y al tío Vidal haber aprobado las oposiciones de letrado del Consejo de Estado. Hasta a su hermana Carmen, enamorada de Pelocho desde el primer día que le vio montando a caballo en el Club de Campo confesó que, cuando años más tarde se le declaró, ella recordó lo que acababa de decir José Luis Garci  en su desastroso inglés tras recibir el  Oscar.

O sea, eso tan manido de que sometimes dreams come trooth.

4

El Peque seguía cabreado cuando regresaba a casa. Por la falta de delicadeza de los bebedores que no apuran sus botellas y por lo que le costaba apretar el botón de la fuente pública donde se lavaba los churretones de cerveza. Esas fuentes deben de estar hechas para Mazinger Z –pensó. Pero lo cortés no quitaba lo valiente. En el fondo, y a pesar de que el  mundo seguía estando contra él en tantas cosas, se sentía  más feliz que la Bisa, que los abuelos, que la tía Elena, que el tío Vidal, que Carmencita y que el mismísimo Garci cuando tuvo en sus manos la codiciada estatuilla del Oscar. Por fin había encontrado razones aplastantes para contestar con la cabeza bien alta a todos sus compañeros de colegio que le seguían martirizando después de catorce años de derbies entre  Madrid y Aleti.

-Oye, Peque…-le decían invariablemente restregándole por los morros el fiasco de aquellos partidos-¿Por qué coño sigues siendo del Aleti?…

El Peque les iba a contestar que no sólo porque el Aleti había acabado con la maldición guindándoles la cuarta final de Copa que jugaba contra el Madrid en su propia casa. Ni tampoco porque los indios sí habían conseguido su Décima, y no como los vikingos, que habían sido incapaces de conquistar la suya. Sino porque además lo habían hecho con la misma  suerte y las mismas ayuditas del árbitro que tantas veces beneficiaron a los merengues.

-El Aleti te hace fuerte –murmuró el Peque mientras plegaba la bolsa de IKEA vacía y volvía a sonreír- Pero ni santo, ni gilipollas…

 

 

La medicina del alma

La foto es un churro, pero la "instalación" tiene su aquel...

La foto es un churro, pero la “instalación” tiene su aquel…

1

Viste en un ABC reciente que en algún lugar han inaugurado un busto en honor de Mingote. Recuerdas vagamente la foto de familia y autoridades que suele recoger este tipo de actos. Junto al busto aparecen todos los que lo admiraron con cara de circunstancias. Quizás sea por lo mismo que te ha llamado la atención a ti, y es que la presunta obra de arte no se parece en nada al original. Suele pasar. Nos asombran el Moisés de Miguel Angel y el Éxtasis Bernini por la asombrosa fidelidad de sus rasgos, pero lo cierto es  que nadie había visto la cara ni tiene la fotografía  de Moisés ni de santa Teresa para comparar. O sea, que el retrato de los personajes no deja de ser un suponer.

A Mingote le van a dedicar ahora una estatua en El Retiro. Ya han convocado un concurso: Dios nos coja confesados. Más valdría que le dedicaran una placa en la que se plasmara uno de los dibujos con los que se autorretrató. Sólo unas líneas de su lápiz serían para el gran público bastante más identificables y, sobre todo, más emotivas, que lo que probablemente elegirá el jurado municipalista. Basta cotejar la estatuaria conmemorativa que jalona las calles de las ciudades y pueblos de España. ¿No son sus mejores esculturas las de aquellos a los que nunca conocimos de carne y hueso?

2

A tu tío Federico Larrarte le dedicaron cuando murió uno de esos recuerdos de bronce en los jardines de Arenas de san Pedro que llevan su nombre, pero tú pasaste por allí y comprobaste que aquel bajorrelieve podía ser él o cualquier otro tío. Mejor hubiera sido sólo la leyenda: al doctor Federico Larrarte, que atendió a tantos arenenses sin cobrarles una peseta. El tío Federico Larrate siendo poco tío –estaba casado con una prima segunda de tu madre, que era la  que daba las mejores comidas y meriendas de la familia- era un gran tío. Lo suyo eran los niños, aunque no sabes si a eso hay que llamarle puericultor, como se decía entonces, o pediatra, como prefieren decir ahora. De modo que tu primera noción de un galeno se fraguó sobre la imagen de un señor sonriente, muy pulcro, elegante y simpático vestido con camisa a rayas y cuello de celuloide blanco que iba a tu casa cuando te dolía la garganta o eructabas esencias de huevo duro.

-Este niño en cama, que no vaya el colegio –decía después de auscultarte y de palparte la tripa- Y de dieta, arroz blanco, jamón de York y yogur.

Entonces te daba un cachetito en el moflete, para restarle importancia al asunto, metía el estetoscopio en su maletín de mano y se despedía.

Eran tres de tus manjares favoritos, así que tú le quedabas muy agradecido, porque te sanaba, te libraba del colegio, le daba alegrías a tu paladar imberbe y encima, en verano, hasta te llevaba de excursión en su Renault 4/4  por las carreteras de Arenas.

El tío Federico se distinguía además por su voz, que tú, en una precoz ínfula de greguerista ramoniano, asociaste a la del bocadillo de jamón, como si los bocatas de jamón hablaran. No sabías por qué, pero estabas convencido de que el tío Federico tenía voz de esa delicia, sin precisar si el jamón era de Avilés, de Teruel o de Montánchez, porque entonces lo de ibérico pata negra no entraba en tus cabales. Otra de las peculiaridades del tío Federico es que exhalaba un perfume inconfundible, el de una colonia que no oliste nunca en ninguna otra persona, y que grabó tu memoria olfativa para siempre. También lucía  en el dorso de una mano  uno de esos grandes lunares que la edad desparrama por la piel humana.

-¿Qué es eso?- le preguntaste un día.

-Un caramelo –te respondió sin darle importancia.

Tú, como buen niño, no entendías el sentido del humor. Pero te quedaste con la idea del caramelo para redondear la imagen del hombre que te ayudó a crecer. Todo positivo, todo amable. Un mal día el tío Federico se murió, y tú mojaste la  pluma en la tinta de los recuerdos para escribir El retorno del tío Federico, una semblanza imaginaria en la que resucitaba para seguir vigilando la salud de sus pacientes. Supones que aquellas cuartillas pecarían de sensibleras, pero a su hijo Adolfo, que heredó el maletín y luego te ayudaría a criar a tus hijos, le emocionaron mucho.

-Muchas gracias- te dijo por teléfono con la voz temblorosa. Era la única vez en su vida que te llamó él, porque siempre eras tú o tu mujer la que le llamaba para atender a los niños.

Ese recuerdo te estimula. Pensabas que los médicos, tan familiarizados al cabo con las glorias y miserias de la vida y de la muerte, no deben de ser propicios  a la emoción. Sin embargo muchos años después repites en cierto modo la experiencia con otro médico y te das cuenta de lo contrario. Les cuesta, probablemente están educados para la frialdad y la templanza, pero, como cada quisque, tienen su corazoncito.

3

Que la fuerza te acompañe, decía Darth Vader. Pero luego te acompaña o no, según le da. A Constantino Romero, que era quien daba voz al tal Darth, le ha acompañado sólo hasta los 65 años, dos menos de los que tú has cumplido con largueza. Sigue el desfile…

Eso quiere decir que estás en edad de riesgo, y que nada agradeces tanto como ese médico amigo que, saltándose el severo protocolo y la burocracia que hoy exige la medicina, pública o privada, te ofrece su teléfono móvil y te atiende a cualquier hora del día y de la noche. Se habla mucho de los progresos de la moderna medicina, pero a ti te nacieron en la época de los médicos de cabecera, cuando Mahoma aún iba a la montaña, y no era esta la que tenía que acudir al hospital o al ambulatorio para revisar sus debilidades. O sea, que echabas de menos al médico cercano. En más de cuarenta años de cotizante de la Seguridad Social ni siquiera recibiste la visita de ninguno de sus galenos.

-Con la de trabajo que tendrán- pensabas-¿Cómo les voy a llamar por una simple vomitera?

4

La fuerza de Darth Vader quebró con tu puñetera neoplasia y dejó de acompañarte, pero como no hay mal que por bien no venga fue entonces cuando perdiste el pudor y solicitaste la ayuda de esos médicos que, dentro o fuera de tu seguro eran tus amigos. A tu otorrino de confianza, Paco Isasa, a quien no veías desde el colegio, te lo reencontraste veinte años después trotando a tu lado entre la nube de corredores que corríais la Maratón de Madrid, y desde entonces lo llamas sin reparo alguno cuando lo necesitas. Vitín L. Barrantes, que es dermatólogo, te hace encantado la ITV de la carrocería, y te anima cariñosísimo con la autoridad añadida de haber superado su propio susto y ser un hombre feliz. El cirujano Vicente F. Nespral te arregló en su día la fontanería interior (e inferior), y es tan eléctrico atajando tus males como poniéndote en contacto con el especialista que haga falta. José Antonio Serra, que es geriatra, está abierto hasta al amanecer `para examinar tus vergüenzas y despacharte recetas adobadas con sentido del humor.

-Lo del reconstituyente  me parece bien. Lo de la muñeca hinchable –dice sin perder un ápice de su ironía- excesivo.

Y finalmente tienes a Quico L.I., que es psiquiatra,  que lleva años luchando denodadamente contra su propio bichito  y que coincide contigo en el campo los fines de semana. Tal vez por eso se ha convertido en tu mentor y supervisor, como si él fuera el prior y tú el misacantano tumoral. Qué cosas.

5

A Quico le debías un detalle, pero no es hombre fácil de regalar, pues él bebe Coca-Cola en lugar de vino, y además se ha comprado ya todos los caprichos más o menos útiles que normalmente apetecemos los hombres. Así que decidiste que más que un regalo le cuadraba un homenaje. Podías haberle encargado un busto, con el riesgo de que al artista de turno le saliera un engendro como aquel del pobre Mingote que se cita en este post, y además no tenías presupuesto Tiraste de imaginación y entonces se te ocurrió una instalación, que ese neologismo mágico con el que los artistas modernos presentan sus creaciones o sus camelos, que pueden ir desde una docena de latas de tomates ensartadas por un alambre en torno a la escafandra de un buzo –qué genial- hasta tres escarabajos peloteros disecados sobre un tablero de parchís. Asombroso, sobre todo si los escarabajos van pintados de turquesa y oro y el título de la instalación es Tres lanceros bengalíes.

 

-No te pongas estupendo- sentiste que te decía entonces Pepito Grillo- y no te comas el coco. Que Quico es más sencillo de lo que tú piensas.

6

Entonces pensaste en lo mismo que probablemente te hubiera gustado a ti, un modesto juguete de hojalata y un mensaje ad hoc, como queriendo decir que lo importante no es el valor del objeto en sí, sino su significado. Pillaste una ambulancia de los años sesenta, una caricatura suya, una foto de Gredos como marco de vuestros encuentros, y con la ayuda de tu sobrina Alicia y tu sobrino Ramón instalaste, y valga en palabro, todo esto en una caja de madera cerrada por una tapa de cristal. Lo demás fue leer el soneto en medio de un pequeño festejo entre amigos. El soneto, titulado La ambulancia de Quico, dice así

¿Por qué será que Quico, o don Francisco,

doctor en los problemas de la mente

siempre te atiende, amigo y diligente,

te duela tu locura o tu menisco?

¿Por qué no hay nieve ni rayos ni pedrisco

que frenen su atención hacia el paciente?

¿Por qué cura su optimismo impenitente

Hasta el mal más dañino y levantisco?…

La respuesta no está sólo en su ciencia,

sino en algo de aún más importancia.

Buen galeno, acude con urgencia

y para atajar cual sea tu dolencia

te acoge en su mágica ambulancia

y te inyecta cariño en abundancia.

La instalación no es para que figure en el Reina Sofía, y el soneto no hace sombra a los de Quevedo. Pero con ellos no hablaba un artista, sino sólo un amigo agradecido que mejora día a día gracias a la medicina del alma.

Santa Águeda Jolie

Santa Águeda de Zurbarán1

Por empezar el día jugando a la ficción imaginas que eres una pluma autorizada, y que uno de los grandes periódicos espera tu columna. Entonces decides que la actualidad es la mastectomía de  los pechos de Angélica Jolie y el incierto porvenir de los escarabajos, ahora que se abre la veda y la alimentación sostenible empieza a considerar a los insectos como gran reserva proteínica del planeta. Dentro de poco no habrá pollos, cerdos, vacas y pescado para que comamos todos y, por lo que cuentan los que ya los han probado en fogones exóticos, los hélitros, las patas y las antenas de los escarabajos son muy sabrosos. O sea, debes escribir de tetas y dietas.

Admites que el  primer tema te tienta más que la el de los insectos, y más incluso que la severidad de la Merkel y la financiación de las autonomías.

2

Imaginas que tú también te quieres adelantar a los acontecimientos, y que por aquello de que quien evita la ocasión evita el peligro has introducido un bisturí invisible en tus interiores, has rebañado tus tumorcillos, los has extraído por ósmosis y los has enterrado en una maceta de geranios. Muerto el perro, dicen, se acabó la rabia. Piensas cuánto hay de valentía en la estrella del cine que ha tomado tan drástica decisión en detrimento de su probada belleza natural, y cuánto de obsesión por la salud. La divulgación médica ¿no está inoculando dosis excesivas de prevención en el cuerpo social?

El cuerpo social. No sabes muy bien qué es este eufemismo, pero la verdad es que hoy viene al pelo.

3

Recuerdas cuando un pecho de mujer era lo más fascinante de lo prohibido. No lo veías entonces más que cuando tu padre te llevaba al Museo del Prado, y tú contemplabas atónito a la Maja Desnuda, a Susana en el Baño, a las Tres Gracias y a otras regordetas desnudas que te habían legado los genios de la pintura.

-¿Y por qué estas mujeres enseñan sus tetas y Maria B. no te deja ver las suyas?- te preguntabas como un Homper cualquiera.

María B. servía en tu casa natal. Era menuda, y redonduela, de piel blanquísima, labios perfectamente dibujados y ojos claros. Tu hermana Rosa, que es muy buena fisonomista, diría más tarde que podría haber sido La joven de la Perla de Vermeer, aunque a esta no luce sus pechos en el famoso cuadro, que luego fue también famosa novela y finalmente famosa película. Los pechos de María eran monumentales, de esos globos opalinos que rebosan por el escote y que a cualquier recental de hombre le pueden volver loco, pero ella no consentía en enseñártelos. Te gustaban mucho más que los que pintaron Rafael, Tiziano, Rubens o Goya. Muchos años después Serrat cantaba: niño, que eso no se hace, que eso no se dice, que eso no se toca. Hasta decir algunas cosas era pecado,  pero al menos la transgresión así tenía menos trascendencia. De modo que a veces buscabas un rincón de la casa donde nadie te escuchaba, cerrabas los ojos, pensabas en María y te desahogabas verbalmente.

-Teta, teta, teta, teta-te repetías despacio marcando el ritmo de las sílabas  y  con la misma ansiedad con la que deseabas la leche condensada.

La edad de la inocencia. Te forjaste en una cultura tan pacata y bien almidonada que cuando el habla se desmelenó y se anunció en la tele Sin tetas no hay paraíso creías estar en Sodoma y Gomorra.

4

Las pinturas religiosas también tienen su busilis. En una de Zurbarán aparece una Santa Águeda de hermoso rostro llevando en un plato un par de tetas femeninas tan perfectamente moldeadas como si fueran de arroz. Lo curioso es que pueden ser las suyas propias, rebanadas en sádica venganza  al no claudicar ante un procónsul pecador que quiso abusar de su virtud. Qué paradoja de cuadro, y qué pruebas exigía la santidad entonces.

Santa Aguéda, santa Aguéda/ que a los idólos no quisiste adorar/ te cortarán las tetas/ como se corta un pan –ironizaba el maestro para que sus alumnos no acentuaran mal las esdrújulas. De Santa Águeda, bien acentuada, a Angelica Jolie va un trecho en la exigencia. Hoy los ídolos son otros, y puede que uno de los más venerados, aunque no  del todo falso ni perverso,  es el de la salud a toda costa. Se puede y se debe prevenir las enfermedades, aunque tú seas tan antiguo que prefieras  esperar a que aparezca la gangrena para amputarte la pierna.

Prioridades

Debías haber priorizado, pero el recuerdo de todo lo que te había hecho sentir aquel actor llamado Alfredo Landa magnetizó tu atención...

Deberías de haber marcado otras prioridades, pero el recuerdo de todo lo que te había hecho sentir aquel actor llamado Alfredo Landa magnetizó tu atención…

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Priorizar. De vez en cuando te da un ataque de importancia y piensas que lo que caracteriza a los grandes hombres, a esos que luego pasan a ser las glorias de la patria, es saber priorizar. Te imaginas que hoy, por ejemplo, habrán saltado enloquecidos de la cama gritando su obsesión del día.

-¡Educación!…¡Reformémosla como sea! ¡Educación para todos, pero como la que me gusta a mí!

Es lo prioritario. O debería serlo.

¿Por qué carajo en España nos ponemos barrotes entre las ruedas y perpetuamos los problemas que en otros países han resuelto ya hace tiempo? ¿Por qué hemos hecho del sentido común un imposible metafísico? ¿Cómo es posible que no estemos e acuerdo en los conocimientos que necesita un ser humano español para afrontar la vida? Tú ya no piensas en reformar casi nada de tu patria, porque careces de carácter para ello. Es una suerte que no pertenecieras a la  generación del 98, porque entonces tu escepticismo te hubiera rebosado hasta por las orejas, y hubieras sido una suerte de amargado de los que acaban hastiando al personal. Groucho decía que cuanto más profundamente conocía al género humano más amaba a su perro. Si hubiera sido español y renegado de todo lo que puede unir, como parece que ordena el ADN nacional, acabarías amando desesperadamente a la salamanquesa que vigila tus sueños en el campo.

2

Deberías priorizar. Pero como lo único que tienes claro es que no tienes nada claro, se te ha entreverado un sueño que te deja trastornado, y no estás para priorizar nada. Te situaba el sueño en la casa de un compañero de colegio que reúne el dudoso honor de haberse hecho multimillonario, ser conocido de toda España por sus amoríos y sus negocios y condenado por notoria estafa de muchos ceros a la derecha. Un prenda. Nunca fue compañero de pupitre, ni propiamente amigo. Tampoco sufriste las humillaciones y las gamberradas que solía prodigar con los más apocaditos de la clase. Sin embargo aparecía en el sueño como si fuera un tipo normal, incluso más bien atento contigo. Tú sabías que era un perfecto bellaco, pero te planteabas una cuestión que siempre te ha inquietado: cuando un pajarraco te ofrece su cara más buena…¿lo correcto es volverle la espalda o, por el contrario, corresponderle con la generosidad y el buen trato que merece incluso el delincuente?

Ni en el sueño despejaste la duda. Al revés, se vio ésta emponzoñada porque de repente, cosa muy de colegial, te dio un apretón, corriste al cuarto de baño y al final se te rasgó la piñata de caca antes de que te diera tiempo a centrarla en la taza del retrete.

-Pobre Alberto –pensaste- Encima  de lo que piensas de él le dejas el cuarto de baño regado de mierda.

Sentiste vergüenza, y quisiste escapar de aquella pesadilla a toda costa. Cuando despertaste, no eras capaz de dar lecciones de buena educación a nadie. Todo por no saber priorizar a tiempo, y haberte largado de la casa del compañero rana antes de cagarte por la pata abajo.

3

-Gregory Peck  y Marlon Brando no necesitaban más que su rostro para ser actores-sostenía la tía Clota, que en paz descanse- Por mucho que aprendieran en el Actor´s Estudio y le dieran al método Strasberg, se lo debían todo a haber nacido así de guapos e interesantes. El mérito es tener cara de berenjena como Alfredo Landa y que te haga reír, llorar y emocionarte como si habitara un mago dentro de su cuerpo.

La tía de Homper  pasó en Estados Unidos más de la mitad de su vida, y era una apasionada del cine. Hoy recuerdas esta anécdota que te contó tu amigo porque no puedes estar más de acuerdo con ella. Algunos actores no son más que el pueblo mismo carrozado con su fisonomía, y este era el caso del fallecido Landa.

Últimamente el destino furibundo ha inflado sus carrillos y se va llevando de un soplo a muchos de de los personajes del cine y del teatro que llenaron tu vida. Te van abriendo el camino, demostrando que la muerte discreta, después de todo, no es tan mal final. El último ha sido el gran Alfredo, al que la mayoría echará más de menos que a muchos de sus familiares. Lo prioritario era desvivirse hoy por la negra suerte de la educación en España. Pero tú te desvives –o sea, vives un poco menos- suspirando por la ausencia de otro de los tuyos, otro de los nuestros. Menos mal que la carrera de relevos continúa.

Pegamento de corazones

Estra es otra hostoria de un amor otoñal unido por por un pegamento imposible...

Esta es otra historia de  amor otoñal unido por por un pegamento imposible…

1

La lista de los motivos que siguen causando la estupefacción de Homper es infinita. Uno se puede sorprender por los fenómenos de la naturaleza, por la incomprensible existencia del mal en el mundo que diseñó el Creador perfecto, por el descubrimiento de secretos de la historia que afloran de vez en cuando, por la variedad de los inventos, por los increíbles avances de la ciencia y de la tecnología, por la extravagancia de las conductas humanas, por la versatilidad y la frivolidad de lo que se sigue llamando arte, por los registros imprevisibles que muestran las almas de los mortales. Y por otras naderías que a veces le llevan a uno a conectarse con los grandes misterios.

-Hoy me ha sorprendido mi propia ignorancia –admite el Hombre perplejo- Y me ha causado más asombro aún descubrir que bajo la apariencia de mansa cordera de Dios, mi amiga Flora también se cuestiona muchos contradioses.

2

Flora coincide con Homper de vez en cuando en la biblioteca del barrio. Después de años de saludarse y de intercambiar algunas impresiones en la cafetería del centro cultural,  el hombre perplejo había elaborado un retrato robot de ella. Decía éste que era una digna dama en la edad dorada, de estampa agradable y carácter suave y bonancible, soltera y, por lo que aparentaba, con suficientes recursos para llevar una vida acomodada. Flora iba a misa los domingos, funerales de amigos y conocidos aparte, y dedicaba su tiempo a visitar hospitales y cárceles para dar ayuda psicológica a los allí recluídos. Un día a la semana invitaba a comer a sus sobrinos, otro pasaba la tarde en la biblioteca estudiando libros de moral y religión, un jueves de cada dos iba al cine y una vez al mes pasaba por la peluquería, donde Dora, la guardiana de su estética, le reformaba levemente el corte de pelo de sufragista trasnochada que ella consideraba que le cuadraba.

-Parecía cerrada a otros fantasmas que de vez en cuando nos acechan a sus contemporáneos. Por ejemplo, al amor tardío. En ocasiones le había escuchado que aunque no entendía del todo a Dios, había consagrado su vida a Él. Por eso no había hecho demasiado caso a los caprichos del corazón. Pero, como ocurre tantas veces, las apariencias engañan a menudo…

3

Un día que tomaban café juntos Homper reparó en que Flora llevaba el dedo índice de su mano izquierda vendado. Le llamó la atención que la caperuza de esparadrapo se prolongase mucho más que lo que cabía suponer si lo único que protegía era el dedo herido. Le preguntó entonces qué le había pasado.

-Soy una víctima de la fe- confesó Flora bajando tímidamente los ojos- De la fe y de la buena fe…Creo en Dios, y respeto sus leyes y sus símbolos. Creía también en el amor humano, aunque llegue tarde, como pensé que me llegaba a mí. Por ser ingenua, hasta creía en lo que dicen en sus envases los productos que una compra, pero…

-¿Pero qué?- preguntó Homper intrigadísimo.

4

La de Flora fue una prolongada respuesta en espiral, una explicación que iba girando sobe una anécdota inicial y que se enroscaba después en complicados círculos que abarcaban cuestiones de lo divino y de lo humano. Empezó contando que guardaba una especial devoción por un Sagrado Corazón de Jesús tallado en madera policromada que le trajo de Polonia su sobrino Alfredo. Justo entonces ella acababa de conocer en una reuníón parroquial a Samuel, un general retirado y viudo aficionado a construir maquetas de barcos que también empleaba su tiempo en labores asistenciales. Sin entrar en demasiados detalles ambos trabaron una relación de amistad, que poco a poco se transformó en algo más.

-Yo estaba muy poco entrenada en esas emociones especiales –precisó- pero me empecé a preocupar que poco a poco me gustara más ver a Samuel que a los presos y enfermitos a los que me dedicaba habitualmente. Yo le rezaba por las noches al Sagrado Corazón: Señor, Señor, no me alejes de mis deberes. Aunque a continuación añadía: pero, si no te sirve de molestia, tampoco me alejes de Samuel. Yo miraba  la imagen, esa mano derecha de Jesús bendiciéndome con el índice y el corazón extendidos hacia el cielo mientras el pulgar sujeta al anular y el meñique plegados…¿Sabe el por qué de esa peculiar posición de los dedos que repiten tantas imágenes religiosas?

-No, la verdad es que no-dijo Homper.

-Para afirmar la doble naturaleza  humana y divina de Cristo. En los orígenes del cristianismo unos sostenían que Jesús era sólo Dios, mientras que otros suscribían la herejía contraria, o sea, que era sólo hombre. Así que la Iglesia zanjó la cuestión proclamando que era el mismo tiempo Dios y hombre, y la imaginería a partir de entonces representó a Jesús con los dos dedos arriba….Aunque a mí, la verdad, la que más me interesaba para mis dudas era su naturaleza humana. Señor, entiéndeme, le decía en mis oraciones, ¿no  voy a poder ilusionarme con el amor por el hecho de ser buena cristiana y, además, mayor?…

5

-Antes de que el Sagrado Corazón me diera su visto bueno –continuó Flora- dio la mala suerte de que limpiando el polvo de mi habitación se me fue el plumero y derribé su imagen, que rompió su mano derecha al caer al suelo… Fíjate qué disgusto.

-Ya me hago cargo, ya…

-Yo, ni corta ni perezosa, me dispuse a reparar el entuerto. Pero…¡caramba con los adhesivos modernos! Compré uno que se llama Lochtite, desenrosqué su tapón,  lo acerqué a la pieza rota que mantenía entre los dedos índice y pulgar de mi mano izquierda, sin darme cuenta apreté demasiado, y en un instante, en lugar de pegar la manita de madera al brazo del Sagrado Corazón me encontré con que la había adherido a mi propio dedo. La quise despegar, pero el dichoso invento había fraguado, y no supe cómo arrancar la pieza.

-Suele pasar. Son unos adhesivos desesperantes. A mí no me sirven más que para un solo uso, porque una vez abiertos su contenido se funde con el tapón y no hay Dios  que lo vuelva a abrir.

-Ya…Yo sólo quería un Dios que por culpa de su mano rota no echara a perder mis esperanzas.

6

-Porque aquella tarde había quedado con Samuel en ir al cine. Ya había notado yo en otras películas románticas que en los momentos más emocionantes Samuel aproximaba una de sus manos a las mías y me miraba de reojillo, como esperando una señal para dar el paso siguiente. Debía de haberlo tenido en cuenta a la hora de sentarme en la butaca y darle la derecha. No lo hice, me senté a su izquierda, sin recordar que hacía una hora, incapaz de despegar la mano rota del Sagrado Corazón de mi propio dedo, había decidido disfrazar éste vendándolo. Me quedó un dedo muy raro, como si fuera el de un fakir o el de Cruella de Vil, cuando lo que necesitaba era estar bien guapa.

-Bueno –interrumpió Homper con un leve carraspeo señalando el dedo vendado- Eso se disimula, cierras la mano izquierdas, te pones la otra encima y no se ve nada.

-Ya, ya –subrayó Flora enfatizando la intensidad de su relato- Eso es lo que había hecho. La película era Lo que queda del día, que va justamente de amores otoñales,  y el momento cumbre, te lo aseguro, Samuel levantó su mano derecha y buscó mi mano. Entonces, tonta de mí, separé mis manos y extendí los dedos de la izquierda, con el índice incluído. Él miraba a la pantalla, pero por el rabillo del ojo debió ver el dichoso dedo, y le debió causar mal efecto, porque se frenó. Lentamente fue retirando su mano y la película acabó dejándome con la miel en los labios. Más que un contratiempo, aquello fue un contradios.

7

Homper considera esta historia como otro ejemplo más de que Dios debe de escribir derecho con los renglones torcidos. Flora le contó que días después de aquellas manitas frustradas, irritada y desesperada, se arrancó de la punta de su índice la mano del Sagrado Corazón y con él, parte de la yema de su dedo, que fue a parar al cubo de la basura junto con la pieza de madera que confirmaba la doble naturaleza divina y humana de Jesucristo. El Sagrado Corazón se quedó pues manquito para siempre, y ella acabó por perder el pudor y relatarle a Samuel su pequeña odisea. Era la primera vez que desvelaba sus debilidades ante un hombre, no sabía si echarse a reír o a llorar, aunque al final hizo las dos cosas: llorar de emoción y reír de felicidad. Porque cuando mostraba a Samuel la cicatriz que habían dejado en su dedo el amor y el Lochtite, el viejo general extendió el índice de su mano derecha marcado también por otra herida y dijo con la tradicional rotundidad y laconismo castrenses.

-Los puñeteros adhesivos instántáneos. Esta es la huella que me dejó a mí el mascarón de proa del Santísima Trinidad antes de conseguir arrancármelo para pegarlo en la proa de la maqueta que estaba construyendo.

Dice Flora que entonces el general dejó caer su mano sobre la suya, y que se miraron a los ojos un ratito como el mayordomo y la doncella de Lo que queda del día. También reconoce que a partir de entonces, aunque prefiere el viejo pegamento Ymedio para recomponer santos, confía mucho en los adhesivos instantáneos para unir corazones solitarios.

 

 

 

Un amante de las margaritas

El filósofo Cunegundo de Érfurt no pasó a la historia `por haber acuñado el concepto de las personas-margaritas...

El filósofo Cunegundo de Érfurt no pasó a la historia `por haber acuñado el concepto de las personas-margaritas…

1

Consciente de que un día cualquiera será de momento el más importante de tu vida, te propones convertir el 3 de mayo en una joya para el recuerdo. El sol traspasando el fresco de la mañana  estuca el panorama con un brillo y una viveza de colores como no habías visto aún esta primavera. Noches de un frío aún casi invernal, jornadas impolutas de sol sincero con algunas pequeñas nubes por la tarde que parecen hacerle cosquillas al azul del cielo. Este es el día. Paseas por la dehesa de Navalcán bordeando su embalse y cuando crees que esa visión de naturaleza exultante te hará caer en éxtasis te cruzas con un tipo cuyo rostro irradia serenidad y alegría.

-Buenos días- te dice extendiendo su mano- Cunegundo de  Erfurt, filósofo. Para servirle.

Te quedas pasmado. Creías que estas cosas sólo le pasaban a Homper. Pero no te planteas más dudas sobre la verosimilitud del encuentro. Si no es Cunegundo de Erfurt serás su espíritu, así que respondes a su saludo presentándote y a continuación le haces una delicadísima pregunta.

-Oiga, Cunegundo. Y si es usted filósofo…¿cómo puede ir de feliz por la vida?

2

-Es la historia de una imprudencia- te dice poniendo en su mirada un acento de melancolía.

Te invita entonces a sentarte sobre unas rocas musgosas al borde de un arroyo de los que sólo cantan cuando la dehesa está sobrada de agua. Y te cuenta que su espíritu vaga en el anonimato desde que en la última reunión de filósofos que mantuvo en vida su contemporáneo Duns Scoto le amonestó y le acusó de falta de corporativismo.

-¿Qué le hiciste?

-Contestarle con sinceridad. Yo estaba ya en las últimas, presto  a morirme con el consuelo de que al menos mi nombre figuraría entre los grandes pensadores de la historia por algunos de mis escritos. Entonces Duns Scoto me preguntó si había algo que me hubiera reportado más felicidad que la sabiduría. La pregunta tenía trampa: si contestaba que sí es que no era un verdadero filósofo, porque nosotros debemos amar la sabiduría por encima de todo. Pero si se decía que no, mentía, lo que tampoco es de recibo en nuestra profesión. Lo cierto es que si eres sabio de verdad  conoces la naturaleza humana y sus miserias, y entonces no puedes ser feliz. Yo quería morirme en paz, así que había elaborado como contraposición mi propia  teoría, a despecho de que lo dijeran los maestros. Le dije a Duns Scoto que lo que más grato me había hecho la vida no era la sabiduría, sino haber encontrado en mi camino muchas margaritas.

3

Cunegundo de Erfurt había propinado un segundo sopapo a tu capacidad de sorpresa. ¡Un filósofo que reparaba en las margaritas!

-Por eso me tienes aquí- dijo señalando las margaritas blancas que florecían en el arroyo y las muchas otras que moteaban de amarillo el verde pasto- La margarita es una flor sencilla y sonriente siempre. Aparece en el esplendor de la primavera, te saluda amablemente y se despide dejándote un pellizco de felicidad. Como esas personas simpáticas que, sin entrar decisivamente en tu vida, te dejan una impresión positiva cuando las conoces. La suma de muchas de estas margaritas humanas te llena  mucho más que la sabiduría, que no da más que problemas para la razón.

Suspiraste para que el espíritu de las margaritas y el recuerdo de tus margaritas humanas te oxigenara a fondo.

-Ya…Por eso no figurabas en nuestros manuales de Filosofía. Aparecían Sócrates, Platón, Duns Scoto, Tomás de Aquino, Kant, Schopenhauer, Ortegapero ni una palabra de Cunegundo de Erfürt.

-Me hicieron el boicot –dijo el espíritu de Cunegundo si mostrar en su gesto ni un leve asomo de reproche- No pudieron soportar que un hombre de pensamiento pasase a los anales de la historia como alguien que ponderó como importante el valor social de la simpatía. Si no vas de torturado por la vida, no hay quien te tome en cuenta para nada.

4

Continuasteis el delicioso paseo entre las margaritas. Te acordaste de tu encantadora sobrina Margarita, una joya desde niña, tan alegre y luminosa como ese día de mayo.

-A veces los nombres marcan a quien los llevan –le dijiste al sabio-Y a esta Margarita de ojos azules siempre alegre seguro que le hubieras dado matrícula de honor.

-Puede. A mí también me gustaba mucho Margarita Gautier, aunque no se si era ella en realidad o  esta nueva actriz que llaman Greta Garbo

Llamar nueva actriz a la Garbo…Confirmaste entonces que paseabas con el espíritu de un filósofo del pasado.  No te importaba, de todos se aprende, y el día era como para embalsamarlo tal cual y recordarlo siempre. Repasaste mentalmente en voz alta todas las persona- margaritas que te habían echado un guiño en tu caminar por la vida, citaste sus nombres y sus méritos, te declaraste conegundófilo eventual… Pero ya nadie te escuchaba. El filósofo de Erfurt se había evaporado, y sólo los rebaños de margaritas aprovechaban su momento efímero recordándote que habían nacido para impartir nociones básicas de felicidad.

Reflexiones de un 1 de mayo sin afeitar

Bebé afeitándose1

Es 1 de mayo. Más déja vù. Como eres consciente de que atraviesas una etapa en la que debes a agradecer a la vida casi todo, empiezas por reconocer que estás bastante contento de no ser Cándido Méndez, Toxo ni Cayo Lara. Y, más aún, de no estar obligado a llenar el día feriado manifestándote.

No obstante decides solidarizarte con la causa orillando la burguesa costumbre del afeitado matinal.

En un principio podría pensarse que este acto de dejación es pura vaguería. O un exceso de autoestima, explicable porque cuando te arrellanas en el sillón a leer los periódicos en el IPAD adviertes que, quizás inconscientemente, te sobas el mentón, lo percibes como una lija estimulante y al frufrú que produce la epidermis de la mano deslizándose a contrapelo sobre la tímida barba de un día te sientes más respetable y mejor ciudadano. Igual que un perfecto intelectual de salón.

-Jesús, qué panorama más chungo- murmuras para ti mismo como gran aportación al pensamiento moderno.

Deberías dedicar más atención en este día a Marx, a Engels a la rebelión del proletariado y al significado simbólico del 1 de mayo.  Pero al observar que Mourinho y el Real Madrid acaparan hoy más atención que aquellos, dedicas un recuerdo a tu amigo Pemberton, con el que almorzaste hace unos días en casa de tu querido primo José. Pemberton, un buen mozo con una gran carrera profesional a sus espaldas y hoy padre y abuelo de familia numerosa, es un  tipo que irradia simpatía y felicidad. Eso no le evita tener que tomar dos píldoras de Lexatin cuando su Real Madrid juega un partido comprometido. Vaya por Dios, qué difícil se le está poniendo a Florentino Pérez enmendar sus megalómanas decisiones futbolísticas con títulos. Sientes que los lexatines que Pemberton se tomó anoche sólo le sirvieran para asimilar tranquilamente que el Madrid deberá esperar un año más `por su décima Copa de Europa.

2

Cuando te llama tu amigo Homper para interesarse por tu salud y le comentas que bien, gracias, y que hoy, contrariamente a lo que manda tu credo burgués, no te has afeitado, no pierde ocasión para mostrar otro motivo más para su tradicional perplejidad.

-Pero cómo…¿tú también has sucumbido a la moda de la capilaridad cambiante?…

Tú no entiendes muy bien qué es eso de la capilaridad cambiante, y Homper te lo explica. Según él, el prototipo masculino vigente ha depuesto sus signos tradicionales de virilidad y de prestancia afeitándose el pelo de la cabeza y dejándose de afeitar la barba.

-Alguna chica debió de comentar alguna vez que un cráneo de hombre liso y brillante es como si todo él fuera un falo enhiesto, y la ocurrencia ha hecho fortuna-dice aguantando su risita.

Tú le refieres que aunque sabías que Rosita, la cajera del pequeño supermercado de tu barrio, tenía uno de estos novios calvorotas y  metrosexuales, el primer día que pasaste por caja después de haberte cortado el pelo al cero para frenar su caída y evitar que la quimioterapia dejase tu testa como una bola de billar, la chica ni siquiera parpadeó por tu novedoso look personal.

-Te faltarían otros detalles –matiza Homper- Por ejemplo, ir vestido de negro de la cabeza a los pies, grandes gafas de sol aunque vayas en el metro y barba cortita, de dos o tres días. Este detalles es importante, incluso para los que no van de calvos por la vida: George Clooney, Johny Depp, Cliff Owen, Brad Pitt, Javier BardemSi aparecieran en sus películas bien afeitados nos parecerían un anuncio de Floid. Tienen que lucir aspecto de de poca ducha y menos gel de afeitar para mantener su leyenda de sex-simbols.

-Qué tontería.

-Ya, ya…-y se queda en silencio rumiando su respuesta para después concluir la conversación- Pero…¿tú has visto algo más tonto que la moda?

3

Recuerdas entonces al Chaplin barbero judío de El gran dictador, que con un tiento finísimo dejaba el rostro de su cliente impecable al ritmo de la Danza Húngara nº 5 de Brahms. Qué escena tan genial e inolvidable. Y a Gary Cooper afeitándose sin jabón y a filo de cuchillo en Tambores lejanos, todo un hombre. Respiraban esos afeitados de cine sensación de mañana fresca,  higiene, fragancia y alegría.  Piensas  que aquellos héroes se forjaron en los cánones de la ingenuidad, como la que correspondía a su tiempo, que era casi el tuyo. Y que quizás acudirían también hoy a la manifestación del 1 de mayo entre miles de mal afeitados, puede que para oponer al menos al mal tiempo buena cara y demostrar que el sueño de un mundo justo no tiene por qué estar reñido con la estética de lo limpio.


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